Versículo destacado
Isaías 5:18 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" ¡Ay de ustedes, que con mentiras arrastran la maldad, que arrastran el pecado como quien tira de un carro! "
Isaías 5:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 El Señor todopoderoso mostrará su grandeza en el juicio; el Dios Santo mostrará su santidad al hacer justicia.
17 Las ciudades serán destruidas, y entre sus ruinas pastarán ovejas y cabras.
18 ¡Ay de ustedes, que con mentiras arrastran la maldad, que arrastran el pecado como quien tira de un carro!
19 Ustedes que dicen: «Que Dios haga pronto sus cosas para que las veamos; que el Dios Santo de Israel cumpla de prisa sus planes para que los conozcamos».
20 ¡Ay de ustedes, que llaman bueno a lo malo y malo a lo bueno; que convierten la luz en oscuridad y la oscuridad en luz; que convierten lo amargo en dulce y lo dulce en amargo!
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Estos son los pecados que traen juicio sobre un pueblo. Probablemente estas palabras se dirigían primero a los hombres de Judá que vivían en aquel tiempo, pero también advierten a las personas de todas las épocas. Estos pecados destruyen tanto la vida privada como comunidades enteras, y exponen a las personas a la ira de Dios y a sus justos juicios.
En primer lugar, están quienes persiguen el pecado con entusiasmo y determinación (Isaías 5:18). «Arrastran la iniquidad con cuerdas de vanidad», como si atrajeran el pecado hacia sí mismos con cuerdas fuertes. Se esfuerzan en pecar como el ganado que tira de una carga pesada, y se llevan más allá de todo límite con tal de satisfacer sus deseos pecaminosos. Tal vez piensan que sin duda alcanzarán su malvado objetivo, pero esas cuerdas están vacías y se romperán bajo la presión. El Señor justo cortará las cuerdas de los malvados (Salmo 129:4; Job 4:8; Proverbios 22:8). El hábito prolongado los ha endurecido tanto que ya no pueden escapar fácilmente de su pecado. Quienes pecan por debilidad son arrastrados por el pecado, pero quienes pecan deliberadamente atraen el pecado hacia sí, a pesar de las advertencias de Dios y de la voz de su conciencia. Algunos entienden que esto también incluye el castigo del pecado, como si estuvieran atrayendo los juicios de Dios sobre su propia cabeza.
En segundo lugar, están quienes desafían la justicia de Dios y provocan al Todopoderoso para que haga lo peor contra ellos (Isaías 5:19). Dicen: «Que se apresure y haga lo que dice». Este es el mismo lenguaje orgulloso de los burladores de los últimos días, que preguntan: «¿Dónde está la promesa de su venida?» (2 Pedro 3:3-4). Debido a esa actitud, también arrastran la iniquidad con cuerdas de vanidad y se lanzan al pecado con atrevimiento. Se burlan de los profetas y desprecian el nombre «el Santo de Israel», un título que los profetas usaban con profunda reverencia. Se niegan a creer que la ira de Dios vendrá contra su pecado a menos que la vean suceder primero, como si sus advertencias fueran solo amenazas vacías para asustar a personas ingenuas. Aunque Dios se levante contra ellos, piensan que podrán enfrentarlo, como si fueran más fuertes que él (1 Corintios 10:22). Escuchan su palabra, pero la tratan como simples palabras y creen que se las arreglarán bien por su propia cuenta. Quienes persisten deliberadamente en el pecado no consideran cuán poderoso es el enojo de Dios.
En tercer lugar, están quienes confunden la diferencia entre el bien y el mal, llamando bueno a lo malo y malo a lo bueno (Isaías 5:20). No solo dejan de hacer el bien, sino que hablan contra él, lo juzgan con dureza e intentan avergonzar a quienes lo practican. No solo hacen lo malo, sino que lo defienden, lo elogian y se lo recomiendan a otros como algo seguro y sensato. La virtud y la piedad son verdaderamente buenas, porque son luz, dulces, justas y agradables. El pecado y la maldad son verdaderamente malos, porque son oscuridad, nacen de la ignorancia y el error, y terminan en amargura. Las personas hacen mucho daño cuando distorsionan la verdad acerca de Dios, la religión y la conciencia, y cuando ponen etiquetas falsas al pecado. Pueden llamar a la embriaguez «buena convivencia» o a la avaricia «buena administración». Cuando persiguen al pueblo de Dios, incluso pueden pensar que están sirviendo a Dios. En cambio, pueden llamar a la seriedad «malos modales» y a la santidad sobria «comportamiento extraño». Difunden mentiras acerca de la vida piadosa e intentan poner a otros en su contra, aunque la verdad sea suficientemente clara para distinguir la luz de la oscuridad y lo dulce de lo amargo.
En cuarto lugar, aun después de cometer errores tan graves, siguen teniendo una opinión exageradamente elevada de su propio criterio y sabiduría (Isaías 5:21). Se consideran sabios. Se imaginan que pueden responder a la palabra de Dios, escapar de su poder examinador y evitar sus juicios. Piensan que pueden superar con su inteligencia la sabiduría infinita y esquivar los planes de Dios. En términos más generales, Dios se opone a los orgullosos, especialmente a quienes confían en su propio entendimiento. Tales personas tienen que reconocer su necedad antes de llegar a ser verdaderamente sabias; de lo contrario, finalmente quedará en evidencia ante todos que son necias.
En quinto lugar, se jactan de poder beber grandes cantidades de vino fuerte sin dejarse dominar por él (Isaías 5:22). Se consideran poderosos para beber vino, usando su fuerza no para el trabajo útil ni para el bien de la sociedad, sino para servir a sus propios deseos. Las personas que se emborrachan deberían reconocer que están usando de manera equivocada la fuerza física que Dios les dio para buenos propósitos y que, poco a poco, la están debilitando. El hecho de que alguien pueda beber mucho y aun así mantenerse de pie no es una excusa para emborracharse. Quienes se enorgullecen de hacer que otros beban hasta caer están celebrando algo vergonzoso. Por más ligeramente que la gente trate la embriaguez, sigue siendo un pecado que los pone bajo la ira y la maldición de Dios.
En sexto lugar, como jueces, pervierten la justicia y violan toda norma de imparcialidad (Isaías 5:23). Esto suele ocurrir después de beber, porque el vino hace que las personas olviden la ley (Proverbios 31:5) y se equivoquen por causa de las bebidas fuertes (Isaías 28:7). También aceptan sobornos para poder seguir viviendo con lujos. Por dinero, absuelven al culpable, buscando alguna razón para declararlo inocente y protegerlo del castigo. Al mismo tiempo, condenan al inocente y le quitan su derecho a defenderse, volviendo el juicio en su contra. En los casos civiles, el dinero y el poder aplastaban la justicia, y hasta una persona claramente culpable podía ganar mediante un soborno. En los casos penales, un prisionero culpable podía ser puesto en libertad a cambio de dinero, mientras que un inocente podía ser condenado si no pagaba lo suficiente, si el juez había recibido dinero de un acusador malintencionado o simplemente si el juez le tenía aversión.
En segundo lugar, estos pecados traerán juicio sobre ellos. Nadie debe esperar una vida fácil si vive de una manera tan malvada, porque el Dios justo ciertamente hará justicia (Isaías 5:24-30). Aquí podemos observar lo siguiente.
Esto muestra cuán completa será la ruina y cuán seguramente seguirá al pecado. Dios había comparado a su pueblo con una vid (Isaías 5:7), bien plantada y destinada a dar fruto. Pero ellos recibieron su gracia en vano. Entonces la raíz se pudriría, se secaría por debajo y la flor se marchitaría naturalmente como el polvo, algo liviano y sin valor (Job 18:16).
El pecado debilita a un pueblo desde la raíz, de modo que puede ser arrancado con facilidad. También destruye su belleza y sus flores, y le quita toda esperanza de dar fruto. El pecado de no dar fruto es castigado haciéndolo aún más estéril. Los pecadores se vuelven como paja y rastrojo secos, combustible listo para el fuego de la ira de Dios, que los consume como el fuego consume el rastrojo. La paja arde sin ayuda y sin compasión.
Esta ruina también es perfectamente justa. El pueblo había rechazado la ley del Señor de los Ejércitos y no quiso que él gobernara sobre ellos. Rechazaron la ley de Moisés y también despreciaron la palabra del Santo de Israel, comunicada por medio de sus profetas para recordarles esa ley y llamarlos de nuevo a la obediencia. Dios no rechaza a las personas por cada falla en el cumplimiento de su ley y su palabra, pero cuando se desprecia su palabra y se desecha su ley, no pueden esperar otra cosa sino que Dios finalmente los abandone.
La fuente de esta ruina es «destrucción de parte del Todopoderoso». La justicia de Dios la determina, porque es la ira del Señor levantándose contra su pueblo en defensa de su santidad y autoridad. El poder de Dios la lleva a cabo: él ha extendido su mano contra ellos. La misma mano que tantas veces se había extendido para defenderlos de sus enemigos ahora se extiende contra ellos con toda su fuerza. Nadie puede medir el poder de su ira. Lo reconozcan o no, es Dios quien los ha herido, ha marchitado su vid y ha hecho que se seque.
Los resultados de esta ruina son terribles y continúan. Cuando Dios sale con ira contra un pueblo, hasta las montañas tiemblan y el temor se apodera de los más fuertes y encumbrados. La tierra tiembla bajo los pies de la gente, como si estuviera a punto de hundirse. Y no hay escena más espantosa que los cadáveres desgarrados por los perros o arrojados como estiércol en medio de las calles. Esto significa que muchos morirán, no solo soldados en batalla, sino también habitantes de las ciudades, asesinados a sangre fría. Los sobrevivientes no tendrán ni la fuerza ni el ánimo para enterrarlos.
Sin embargo, ni siquiera esto aparta la ira de Dios, tan grande es la culpa del pecado. Ese fuego sigue ardiendo mientras aún haya rastrojo y paja que consumir. Su mano, extendida para herir a su pueblo porque ellos no la toman en oración ni se someten a ella con arrepentimiento, permanece extendida.
La ruina llegará por medio de un enemigo extranjero enviado para devastarlo todo. No se menciona a un enemigo específico, por lo que esto apunta a los muchos juicios que Dios trajo sobre los judíos, incluida la invasión de Senaquerib poco después, la destrucción de Jerusalén por los babilonios y, más adelante, por los romanos. También sirve como advertencia sobre la misma clase de desolación que puede caer sobre cualquier nación que tolere y apoye los pecados mencionados en los versículos anteriores. Esto explica esas advertencias.
Cuando Dios se propone derribar a un pueblo que lo provoca, puede traer ayudantes desde muy lejos. Puede levantar fuerzas desde los confines de la tierra para cumplir su propósito (Isaías 5:26). Incluso usa para llevar a cabo su plan a personas que no lo conocen, aunque parezca que no tienen ningún motivo personal para estar allí. Si Dios levanta su estandarte, puede mover a la gente a alistarse bajo él, aun cuando no sepan por qué han venido. Cuando el Señor de los ejércitos convoca a sus tropas, puede reunir un gran ejército en un instante (Joel 2:2, Joel 2:11). No necesita trompeta ni tambor; solo tiene que silbarles, y ellos vienen. Dios tiene a toda criatura bajo su mando.
También puede hacer que vengan con una rapidez increíble: «Vendrán rápidamente». Quienes cumplen la obra de Dios no se detienen cuando llega el momento señalado por él. Y quienes se burlan de sus juicios se avergonzarán de su orgullo cuando ya sea demasiado tarde. Ellos habían dicho con desprecio: «Que se apresure» (Isaías 5:19), y descubrirán, aterrorizados, que de verdad se apresurará. En una sola hora puede llegar el juicio.
Dios puede impulsarlos con un entusiasmo y una furia extraordinarios. Esto se describe con un lenguaje elevado e impactante (Isaías 5:27-30). Aunque su marcha sea larga, ninguno se cansará, porque están ansiosos por entrar en acción. Aunque el camino sea áspero y esté lleno de las dificultades propias de la guerra, ninguno tropezará. Aunque tengan que mantenerse vigilantes sin descanso, ninguno se adormecerá ni dormirá, tan concentrados estarán en su tarea y en el botín que esperan obtener. No querrán descansar. No se quitarán la ropa ni aflojarán sus cinturones; permanecerán listos para la batalla. Nada los retrasará, ni siquiera se romperá una correa de sus sandalias, por lo que no tendrán que detenerse a repararla (Josué 9:13).
Todas sus armas y su equipo estarán preparados. Sus flechas estarán afiladas y sus arcos tensos; ninguno estará sin encordar, porque esperan que la batalla comience pronto. Sus caballos y sus carros también estarán listos para el servicio. Sus caballos serán tan fuertes y resistentes que sus cascos parecerán de pedernal, sin desgastarse por la larga marcha, y las ruedas de sus carros no estarán rotas ni dañadas, sino que avanzarán con rapidez, como un torbellino. Todos los soldados serán valientes y feroces. Su grito de batalla rugirá como el de un león, cuyo rugido se anima a sí mismo y atemoriza a todos los que están cerca.
Quienes no quisieron escuchar la voz de Dios cuando habló por medio de sus profetas y cerraron sus oídos a sus advertencias se verán obligados a escuchar el ruido de sus enemigos. No podrán ignorarlo. Sus enemigos rugirán como el mar durante una tormenta, cuyas olas se levantan y amenazan con tragárselo todo. También rugirán como un león que amenaza con despedazar a su presa.
No habrá ninguna señal de rescate ni esperanza de ayuda. El enemigo avanzará como una inundación, y nadie se levantará para enfrentarlo. Se apoderará de lo que quiera, y nadie podrá rescatarlo. Nadie se atreverá siquiera a intentarlo; lo dará todo por perdido.
Para la persona angustiada, todo se verá oscuro, sin importar hacia dónde mire. Si Dios frunce el ceño contra nosotros, ¿cómo podría sonreír alguna criatura? Primero, mira a tu alrededor, a la tierra que alguna vez fue conocida como una tierra de luz y alegría para todo el mundo. Ahora solo hay oscuridad y tristeza: todo es sombrío y está lleno de dolor, sin nada esperanzador a la vista.
Segundo, mira hacia el cielo, y aun allí la luz estará escondida, precisamente donde uno esperaría encontrarla. Si la luz se oscurece en los cielos, ¡qué profunda será esa oscuridad! Si Dios esconde su rostro, no sorprende que los cielos también parezcan sombríos (Job 34:29). Nuestra sabiduría consiste en mantener una conciencia limpia para permanecer en paz con el cielo. Así todavía podremos recibir luz de lo alto, aun cuando las nubes y la oscuridad nos rodeen.
De este capítulo
Isaías 5:1
"Voy a entonar, en nombre de mi mejor amigo, el canto dedicado a su viñedo. Mi amigo tenía un viñedo en un terreno muy fértil."
Isaías 5:2
"Removió la tierra, la limpió de piedras y plantó cepas de la mejor calidad. En medio del sembrado levantó una torre y también preparó un lugar donde hacer el vino. Mi amigo esperaba que el viñedo produjera uvas dulces, pero las uvas que dio fueron agrias."
Isaías 5:3
"Ahora, habitantes de Jerusalén y gente de Judá, digan ustedes quién tiene la culpa: mi viñedo o yo."
Isaías 5:4
"¿Había algo más que hacerle a mi viñedo? ¿Hay algo que yo no le haya hecho? Yo esperaba que produjera uvas dulces; entonces, ¿por qué produjo uvas agrias?"
Isaías 5:5
"Pues bien, les voy a decir qué pienso hacer con mi viñedo: voy a quitarle la cerca para que lo destruyan; voy a agrietarle el muro para que lo pisoteen;"
Isaías 5:6
"voy a dejarlo abandonado. No lo podarán ni lo desyerbarán, y se llenará de espinos y maleza. Voy a ordenar a las nubes que no envíen su lluvia sobre él."
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