Versículo destacado
Mateo 7:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" No juzguen a los demás, para que Dios no los juzgue a ustedes. "
Mateo 7:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 No juzguen a los demás, para que Dios no los juzgue a ustedes.
2 Porque Dios los juzgará a ustedes de la misma manera en que ustedes juzguen a los demás; y con la misma medida con que ustedes den a otros, Dios les dará a ustedes.
3 ¿Por qué te detienes a mirar la astilla que tu hermano tiene en el ojo, pero no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo?
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Nuestro Salvador nos enseña cómo tratar las faltas de los demás. Sus palabras también parecen ser una reprensión para los escribas y fariseos, que eran muy estrictos, duros y orgullosos al condenar a todos los que los rodeaban. Las personas orgullosas y ensimismadas suelen disculpar sus propias faltas mientras buscan defectos en los demás.
Primero, advierte contra juzgar a otros (Mateo 7:1-2). Algunas personas tienen la responsabilidad de juzgar, como los magistrados y los ministros. Cristo no se convirtió en juez civil, pero tampoco vino a eliminar esas funciones, pues por medio de él los gobernantes todavía establecen leyes justas. Esta advertencia está dirigida a los particulares, especialmente a sus discípulos, quienes algún día se sentarán en tronos para juzgar, pero no ahora.
El mandato es sencillo: no juzguen. Debemos examinarnos a nosotros mismos y nuestras propias acciones, pero no debemos ocupar el lugar de nuestro hermano ni actuar como si tuviéramos autoridad sobre él. No debemos colocarnos por encima de los demás, como si nuestra palabra fuera la ley. Santiago advierte: «No sean muchos los que se hagan maestros», es decir, no debemos estar ansiosos por gobernar y corregir a todos los demás (Santiago 3:1). No debemos juzgar a nuestro hermano hablando mal de él, como explica Santiago (Santiago 4:11). Tampoco debemos despreciarlo ni mirarlo por encima del hombro (Romanos 14:10).
Tampoco debemos juzgar precipitadamente. Es decir, no debemos formar opiniones severas sin una buena razón, solo porque somos desconfiados o poco amables. No debemos interpretar de la peor manera posible las palabras y acciones de los demás. No debemos juzgar de una manera que no refleje amor, ni con espíritu de venganza o deseo de hacer daño. No debemos determinar el carácter de una persona a partir de un solo acto, ni creer que sabemos cómo es por dentro solo por la manera en que se comporta con nosotros, ya que a menudo somos parciales cuando se trata de nuestros propios asuntos.
No debemos juzgar el corazón ni las motivaciones de otras personas, porque eso le corresponde a Dios, quien es el único que examina el corazón. No debemos decidir cuál será su destino final ni llamarlos hipócritas, rechazados por Dios o sin esperanza. Eso va más allá de nuestra responsabilidad. ¿Qué derecho tenemos para juzgar al siervo de otro? Aconséjenlo y ayúdenlo, pero no ocupen el lugar de Dios sobre él.
La razón de esta advertencia es clara: «Para que no sean juzgados». Si nos atribuimos la tarea de juzgar a los demás, debemos esperar que nosotros mismos seamos juzgados. La persona que se apodera del asiento del juez será llevada al banquillo de los acusados. Por lo general, las personas juzgan con mayor severidad al crítico severo. Todos tendrán algo que devolverle a quien siempre está lanzando piedras. Como Ismael, cuya mano estaba contra todos, esa persona encontrará la mano y la lengua de todos en su contra (Génesis 16:12).
Pero eso no es lo peor. También será juzgada por Dios, y por juzgar a los demás recibirá una condena más severa (Santiago 3:1). Todos comparecerán delante de él (Romanos 14:10). Dios ayudará al humilde que sufre, pero se opondrá al burlón orgulloso y le dará suficiente juicio para que responda por sí mismo.
Por otro lado, si somos humildes y bondadosos al juzgar, y si evitamos juzgar a los demás para examinarnos a nosotros mismos, el Señor no nos juzgará de la misma manera. Así como Dios perdona a quienes perdonan a sus hermanos, tampoco trata con dureza a quienes se niegan a tratar con dureza a los demás. «Los misericordiosos recibirán misericordia». Esa moderación demuestra humildad, amor y respeto por Dios, y él la aprobará y recompensará.
El juicio de Dios también sigue una regla de retribución. «Con el juicio que usen, serán juzgados» (Mateo 7:2). El Dios justo a menudo hace que el castigo corresponda al pecado, como en el caso de Adoni-bezec, el rey cananeo que sufrió lo mismo que había hecho sufrir a otros (Jueces 1:7). Véase también (Apocalipsis 13:10; Apocalipsis 18:6). De esta manera, Dios demuestra que es justo y grande en sus juicios, y todos guardarán silencio delante de él.
«Con la medida que usen, se les medirá otra vez» puede suceder incluso en esta vida, para que las personas vean su pecado reflejado en su castigo. Que esto nos impida tratar con dureza a nuestro hermano. ¿Qué haremos cuando Dios se levante para juzgarnos (Job 31:14)? ¿Qué sería de nosotros si Dios fuera tan estricto con nosotros como nosotros lo somos con nuestros hermanos, o si nos pesara en la misma balanza? Bien podemos esperar ese trato si siempre estamos ansiosos por señalar lo que otros hacen mal. En esto, como en muchas otras cosas, la violencia vuelve contra quien la usa.
En segundo lugar, hay advertencias acerca de reprender a los demás. Puesto que no debemos juzgar a otros, lo cual es un pecado grave, no se sigue que nunca debamos reprenderlos, pues eso también puede ser un deber importante. Una reprensión amorosa puede ayudar a salvar a una persona de la muerte y también puede impedir que compartamos la culpa de otra persona.
Sin embargo, no todos están capacitados para reprender. Quienes son culpables de la misma falta, o de pecados peores, deberían sentir vergüenza de corregir a otros. Es poco probable que hagan algún bien. Cristo reprende con firmeza aquí a quienes se apresuran a criticar las faltas pequeñas de su hermano mientras disculpan las grandes en sí mismos.
Pueden ver una astilla en el ojo de otra persona, pero no se dan cuenta de la viga que tienen en el suyo. Aun así, están listos para sacar la astilla del ojo de su hermano, aunque son tan incapaces de hacerlo como lo sería una persona ciega. Hay grados de pecado. Algunos pecados son como astillas y otros como vigas. Algunos son como mosquitos y otros como camellos. Esto no significa que algún pecado sea realmente pequeño, porque no existe un Dios pequeño contra quien pecar. Si es una astilla, sigue estando en el ojo y causa dolor. Si es un mosquito, sigue estando en la garganta y es peligroso. No podemos estar tranquilos hasta que sea retirado.
Nuestros propios pecados deberían parecernos más grandes que esos mismos pecados cuando los vemos en otros. El amor puede enseñarnos a llamar «astilla» a una falta de nuestro hermano, pero el verdadero arrepentimiento y el dolor conforme a Dios nos enseñarán a llamar «viga» a esa misma falta cuando está en nosotros. Debemos ver los pecados de los demás como menos graves, pero aumentar el peso de los nuestros.
Muchas personas tienen vigas en sus propios ojos y ni siquiera se dan cuenta. Están bajo la culpa y el poder de pecados muy grandes, pero no son conscientes de ello y todavía se justifican, como si no necesitaran arrepentirse ni cambiar. Es sorprendente que alguien pueda encontrarse en un estado tan pecaminoso y miserable sin darse cuenta, así como sería extraño que una persona tuviera una viga en el ojo y no lo supiera. Pero el dios de este mundo ciega su mente con tanta astucia que todavía dice con confianza: «Vemos».
Es común que quienes son más pecadores y menos conscientes de ello sean los más rápidos y dispuestos a juzgar a los demás. Los fariseos, que eran más orgullosos al defenderse a sí mismos, también eran los más despectivos al condenar a otros. Eran severos con los discípulos de Cristo por comer con las manos sin lavar, lo cual era poco más que una astilla, mientras apoyaban que la gente tratara a sus padres con desprecio, lo cual era una viga. El orgullo y la falta de amor suelen ser las verdaderas vigas en los ojos de quienes pretenden ser críticos cuidadosos de los demás.
Muchas personas son culpables de la misma falta que se apresuran a castigar en otros cuando queda al descubierto. Como dijo Séneca, si te examinas con cuidado, quizá encuentres en ti mismo el defecto del que te quejas en otra persona. Es injusto mostrar públicamente enojo por el pecado de tu vecino mientras ignoras ese mismo pecado en ti.
La persona que es dura con las faltas de los demás, pero indulgente con las suyas, está mostrando hipocresía, es decir, una falsa apariencia de bondad. «¡Hipócrita!» (Mateo 7:5) es una descripción apropiada para alguien así. Por mucho que hable contra el pecado, en realidad no es enemigo del pecado si tolera el suyo. De hecho, puede estar actuando como enemigo de su hermano, y no como un verdadero ayudador.
El verdadero cuidado por los demás debe comenzar con el cuidado de nosotros mismos. ¿Cómo puede una persona decirle a su hermano: «Déjame ayudarte a corregirte», cuando no se preocupa por corregirse a sí misma? Su propia conciencia condenará la poca lógica de ese razonamiento. Las personas lo verán como en la antigua advertencia: «Médico, cúrate a ti mismo» (Lucas 4:23). Véase también (Romanos 2:21).
Aun así, reconocer lo que está mal en nosotros no debería impedirnos ofrecer una corrección amable. Debería impedirnos juzgar con dureza y superioridad, y hacernos justos y compasivos con los demás. «Restáurenlo con espíritu de mansedumbre» (Gálatas 6:1), considerando lo que fueron, lo que son y en qué se convertirían si Dios los dejara a merced de ustedes mismos.
Por eso, esta es una buena regla para quienes corrigen a otros: «Primero saca la viga de tu propio ojo» (Mateo 7:5). Nuestro propio pecado no nos excusa de corregir a los demás, pero sí nos hace incapaces de hacerlo hasta que hayamos tratado con nosotros mismos. La falta de una persona nunca es una defensa para permanecer en silencio. Más bien, debe reformarse primero para poder ayudar a reformar a su hermano. Quienes culpan a otros deben vivir sin culpa.
Esto es especialmente importante para quienes reprenden desde una posición de autoridad, como los magistrados y los ministros. Necesitan vivir con cuidado y mantener una conducta intachable. El supervisor debe tener buena reputación (1 Timoteo 3:2, 1 Timoteo 3:7). Las despabiladeras que se usaban en el santuario eran de oro puro.
No todos están dispuestos a recibir una reprensión. «No den lo santo a los perros» (Mateo 7:6). Esto puede entenderse como una regla para los discípulos cuando predicaban el evangelio. No significa que nunca debieran predicarles a personas malvadas, pues Cristo mismo predicó a recaudadores de impuestos y pecadores. Significa que no debían seguir dedicando tiempo a quienes ya habían escuchado el mensaje, lo habían rechazado obstinadamente, lo habían blasfemado y habían perseguido a sus mensajeros.
También puede entenderse como una regla para todo el que corrige a otros. Nuestro celo contra el pecado debe estar guiado por la sabiduría. No debemos seguir ofreciendo instrucción, consejo, reprensión y, especialmente, consuelo a quienes se han endurecido y se burlan. Eso no les hará bien y quizá solo aumente su enojo. Si arrojas una perla a un cerdo, puede tratarla como si fuera una piedra y atacarte. De la misma manera, las reprensiones pueden ser recibidas como insultos (Lucas 11:45; Jeremías 6:10).
El buen consejo y la reprensión son cosas santas, como las perlas. Son regalos de Dios y tienen un gran valor. Quien reprende con sabiduría es como un arete de oro o una joya de oro fino (Proverbios 25:12), y la reprensión sabia es como un aceite excelente (Salmo 141:5). También es como un árbol de vida (Proverbios 3:18).
Entre los malvados hay algunos que se han endurecido tanto que son como perros y cerdos. Son abiertamente viles. Han vivido durante mucho tiempo en pecado y se han establecido en una incredulidad burlona. Odian abiertamente la instrucción y se resisten a ella. Estas personas están endurecidas y no aceptan una corrección fácil, como el perro que vuelve a su vómito y la cerda que vuelve al lodo.
La reprensión se usa mal con personas así, y muchas veces solo produce desprecio y daño para quien la ofrece. Debemos esperar que pisoteen la corrección y se vuelvan contra quien los reprende. Pueden responder palabras bondadosas con palabras de enojo, dañar una buena reputación con insultos o incluso perseguir a quien intentó ayudarlos. Herodes trató así a Juan el Bautista porque Juan fue fiel al confrontarlo.
Esto también muestra cómo reconocer, en este sentido, a los perros y los cerdos. Son las personas que odian la corrección y atacan a quienes, por amor a sus almas, les advierten sobre su pecado y su peligro. Pecar contra el remedio destinado a sanarlos revela un profundo endurecimiento. Quienes se niegan a ser sanados quedan fuera del alcance de una corrección fácil. Es evidente que Dios ya ha señalado para destrucción a personas así (2 Crónicas 25:16).
Esta advertencia también se aplica a las ordenanzas especiales del evangelio, especialmente a las señales y actos santos que identifican a los creyentes. Estas no deben entregarse a personas abiertamente malvadas y profanas, porque las cosas santas se volverían baratas y las personas impías se endurecerían aún más en su pecado. No es correcto tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros.
Aun así, debemos tener mucho cuidado antes de considerar que alguien es un perro o un cerdo. No debemos decirlo hasta que haya habido una evaluación adecuada y pruebas claras. A muchas personas se las ha considerado perdidas demasiado pronto, cuando una ayuda cuidadosa podría haberlas salvado. Así como no debemos llamar malo a lo bueno suponiendo que todos los que asisten a la iglesia son hipócritas, tampoco debemos considerar irremediable a lo malo suponiendo que toda persona malvada es un perro o un cerdo.
Nuestro Señor Jesús se preocupa profundamente por la seguridad de su pueblo y no quiere que se exponga innecesariamente a personas violentas que se volverán contra él. No exige que las personas sean tan estrictas que terminen destruyéndose a sí mismas. Cristo incluye la autoprotección sabia dentro de su propia ley, y la vida de su pueblo es preciosa para él.
De este capítulo
Mateo 7:2
"Porque Dios los juzgará a ustedes de la misma manera en que ustedes juzguen a los demás; y con la misma medida con que ustedes den a otros, Dios les dará a ustedes."
Mateo 7:3
"¿Por qué te detienes a mirar la astilla que tu hermano tiene en el ojo, pero no te fijas en el tronco que tú tienes en el tuyo?"
Mateo 7:4
"Y si tú tienes un tronco en tu propio ojo, ¿cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame sacarte la astilla que tienes en el ojo”?"
Mateo 7:5
"¡Hipócrita! Saca primero el tronco de tu propio ojo, y entonces podrás ver bien para sacar la astilla que tu hermano tiene en el suyo."
Mateo 7:6
"No den las cosas sagradas a los perros, no sea que se vuelvan contra ustedes y los despedacen. Tampoco echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen."
Mateo 7:7
"Pidan, y Dios les dará; busquen, y encontrarán; llamen a la puerta, y se les abrirá."
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