Versículo destacado

Mateo 6:19 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye, las cosas se echan a perder y los ladrones entran a robar. "

Mateo 6:19

menu_book El versículo en contexto

17 Tú, cuando ayunes, lávate la cara y arréglate bien,

18 para que la gente no note que estás ayunando. Solamente lo notará tu Padre, que está en lo oculto, y tu Padre, que ve en lo oculto, te dará tu recompensa.

19 No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye, las cosas se echan a perder y los ladrones entran a robar.

20 Más bien, amontonen riquezas en el cielo, donde la polilla no destruye, las cosas no se echan a perder ni los ladrones entran a robar.

21 Pues donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La mentalidad mundana es una señal de hipocresía tan común y tan peligrosa como cualquier otra. Satanás puede aferrarse al alma con mayor seguridad por medio de este pecado que por muchos otros, especialmente cuando una persona mantiene una apariencia externa y aceptable de religión. Por eso, después de advertirnos contra el deseo de recibir elogios de la gente, Cristo nos advierte contra el deseo de obtener las riquezas de este mundo. Debemos estar muy atentos, o terminaremos pareciéndonos a los hipócritas y haciendo lo mismo que ellos.

Su error principal es escoger el mundo como su recompensa. Por eso debemos cuidarnos tanto de la hipocresía como de la mundanalidad en el tesoro que escogemos, la meta que perseguimos y el amo al que servimos.

Primero, debemos tener cuidado con el tesoro que acumulamos. Cada persona tiene algo que considera su tesoro, su porción, aquello en lo que descansa su corazón, el lugar donde deposita todo lo que puede obtener y aquello de lo que depende para el futuro. Es ese bien supremo del que Salomón habla con tanta firmeza (Eclesiastés 2:3). Toda alma desea algo que considera lo mejor, algo en lo que confía y se deleita por encima de todo. Cristo no busca quitarnos todo tesoro, sino guiarnos a escogerlo bien.

Él nos advierte contra hacer de las cosas visibles y temporales nuestros bienes principales, o contra poner nuestra felicidad en ellas: «No acumulen para ustedes tesoros en la tierra». Los discípulos de Cristo habían dejado todo para seguirlo, y debían conservar ese mismo espíritu. Un tesoro es una reserva de cosas que consideramos valiosas y útiles para el futuro. Pero no debemos acumular tesoros en la tierra en este sentido: no debemos considerar las cosas terrenales como las mejores, las más valiosas o las más útiles para nosotros. No debemos apreciarlas como si llevaran una gloria verdadera, cuando no pueden compararse con la gloria superior. No debemos desear tener cada vez más de ellas, como si nunca fueran suficientes. Tampoco debemos confiar en ellas para el futuro, como si pudieran darnos seguridad. Y no debemos conformarnos con ellas como si fueran todo lo que necesitamos o deseamos. Podemos estar satisfechos con poco durante el camino, pero no con este mundo como nuestra porción completa.

Estas cosas no deben ser nuestro consuelo ni nuestros «bienes» (Lucas 6:24; Lucas 16:25). Debemos recordar que no estamos acumulando para nuestra familia en este mundo, sino para nosotros mismos en el mundo venidero. En cierto sentido, estamos escogiendo para nosotros, y lo que acumulamos llega a ser nuestro. Por eso importa muchísimo que escojamos bien. Si entendemos quiénes somos, para qué fuimos creados, cuán grandes son nuestras almas y cuánto tiempo continuaremos existiendo, entonces es una insensatez acumular tesoros en la tierra.

También hay una razón poderosa para no tratar nada terrenal como nuestro tesoro: puede perderse y arruinarse. Algunas cosas se deterioran desde adentro. Un tesoro guardado en ropa fina puede ser devorado por la polilla y quedar arruinado antes de que siquiera lo notemos. Si se trata de grano o comida, el óxido o la descomposición lo destruyen, como le ocurrió al rico insensato que tenía sus graneros llenos (Lucas 12:16-17). Incluso la plata y el oro pueden empañarse y corroerse, y llegan a ser menos útiles cuanto más se manipulan o se guardan. Las riquezas mundanas llevan el deterioro incorporado. Se desvanecen por sí mismas y parecen cobrar alas y volar.

También existe un peligro externo. Los ladrones entran por la fuerza y roban. Toda casa donde se guarda un tesoro se convierte en un objetivo para la violencia. Nada en la tierra puede hacerse completamente seguro contra la pérdida. Es insensato hacer de algo tan fácil de perder nuestro tesoro.

El mejor consejo de Cristo es hacer de los gozos y honores del mundo venidero nuestros bienes principales: cosas que todavía no vemos, pero que permanecerán para siempre: «Acumulen para ustedes tesoros en el cielo». En el cielo realmente hay tesoros, tan ciertamente como hay tesoros en la tierra. De hecho, los tesoros del cielo son los únicos tesoros verdaderos: las riquezas, la gloria y los placeres que están a la diestra de Dios, de los cuales las personas santas disfrutarán plenamente cuando hayan sido hechas perfectamente santas.

Es sabio guardar nuestro tesoro en esos tesoros. Debemos asegurarnos de tener derecho a la vida eterna por medio de Jesucristo, confiar en ella como nuestra felicidad y considerar con santa indiferencia todo lo que está abajo, porque nada de esto merece compararse con aquella gloria. Debemos creer que esa felicidad es real y decidir en el corazón no conformarnos con nada menos. Si hacemos nuestros esos tesoros, estarán guardados en un lugar seguro, y podremos confiar en que Dios los conservará. Así que dirijamos allí todos nuestros planes, extendamos hasta allí todos nuestros deseos y enviemos de antemano nuestros mejores esfuerzos y afectos.

No debemos cargarnos con las riquezas de este mundo. Solo nos pesan, nos manchan y pueden hundirnos. En cambio, acumulemos una seguridad firme en el cielo. Las promesas de Dios son como letras de cambio mediante las cuales los verdaderos creyentes envían de antemano su tesoro al cielo, donde les será entregado en la vida futura. De esa manera aseguramos aquello que ciertamente será asegurado.

Esta elección también trae gran consuelo, porque el tesoro en el cielo está seguro. No se deteriorará por sí mismo. Ninguna polilla ni el óxido pueden destruirlo, y ningún ladrón puede llevárselo por la fuerza o mediante engaño. Está por encima de las circunstancias cambiantes del tiempo. Es una herencia que no se deteriora.

Hay una razón más para escoger sabiamente y una señal de que lo hemos hecho (Mateo 6:21): donde esté nuestro tesoro, ya sea en la tierra o en el cielo, allí estará también nuestro corazón. Por eso debemos ser cuidadosos y sabios al escoger nuestro tesoro. La dirección de nuestra mente y, por tanto, el curso completo de nuestra vida seguirá ese tesoro, ya sea hacia las cosas terrenales o hacia las celestiales.

El corazón siempre sigue al tesoro, como una aguja sigue a un imán o un girasol sigue al sol. Dondequiera que esté nuestro tesoro, allí estarán nuestro aprecio y nuestro amor. Allí se dirigirán nuestros deseos y esfuerzos, y hacia allí apuntarán nuestros planes. Allí se reunirán nuestras preocupaciones, temores, esperanzas, alegrías y pensamientos frecuentes.

El corazón le pertenece legítimamente a Dios (Proverbios 23:26), y si él ha de tenerlo, nuestro tesoro debe estar guardado con él. Entonces nuestras almas serán atraídas hacia él. Esto encaja bien con la advertencia anterior: no debemos hacer actos religiosos para que la gente nos vea. Si solo oramos, damos o ayunamos para obtener elogios humanos, entonces hemos guardado nuestro tesoro en la tierra, en manos de la gente, y no debemos esperar nada más de ello.

Eso es insensato, porque los elogios humanos son débiles y se deterioran fácilmente. Pronto se oxidan, se los come la polilla y pierden su brillo. Un poco de insensatez puede arruinarlo todo, así como una mosca muerta arruina el perfume (Eclesiastés 10:1). Los chismes y las acusaciones falsas pueden robarnos esos elogios, y entonces perdemos la recompensa de nuestro trabajo. Hemos corrido en vano y trabajado en vano, porque nuestros motivos eran incorrectos.

El servicio hipócrita no guarda nada en el cielo (Isaías 58:3). Su ganancia desaparece cuando se le exige al alma (Job 27:8). Pero si hemos orado, ayunado y dado limosnas con honestidad y sinceridad, buscando a Dios y su aprobación, entonces hemos acumulado tesoros en el cielo. Allí se escribe un libro de memoria (Malaquías 3:16). Lo que queda registrado allí también será recompensado allí, y volveremos a encontrarnos con ello con alegría más allá de la muerte y de la tumba.

Los hipócritas están escritos en la tierra (Jeremías 17:13), pero el pueblo fiel de Dios tiene sus nombres escritos en el cielo (Lucas 10:20). Ser aceptados por Dios es un tesoro en el cielo, y no puede pudrirse ni ser robado. Su «Bien hecho» permanecerá para siempre. Si hemos guardado nuestro tesoro con él, entonces nuestro corazón también estará con él; ¿y dónde podría estar mejor?

También debemos cuidarnos de la hipocresía y del amor al mundo al escoger nuestra meta. Esta preocupación se muestra por medio de dos clases de ojos: el ojo sencillo y el ojo malo (Mateo 6:22-23). Como el dicho es breve, su significado puede ser difícil de captar, por lo que puede entenderse de más de una manera. Al ojo se le llama la luz del cuerpo porque descubre y dirige. La luz del mundo nos sirve de poco si el ojo no nos guía bien, y es la luz de los ojos la que alegra el corazón (Proverbios 15:30).

Algunos entienden que aquí el ojo representa el corazón. Si el corazón es sencillo, es decir, libre, generoso y dispuesto a dar, como suele significar la palabra (Romanos 12:8; 2 Corintios 8:2; 2 Corintios 9:11, 13; Santiago 1:5), entonces guiará a la persona hacia las acciones cristianas. Toda la vida estará llena de luz, llena de evidencias del verdadero cristianismo, de esa religión pura que Dios el Padre acepta (Santiago 1:27). Estará llena de buenas obras, de esa clase de luz que brilla delante de los demás. Pero si el corazón es malo, codicioso, duro, envidioso, ambicioso y tacaño, como suele describirse al ojo malo (Mateo 20:15; Marcos 7:22; Proverbios 23:6-7), entonces toda la vida estará llena de oscuridad y reflejará algo que no es cristiano.

Los planes de una persona egoísta siempre son malos, pero la persona generosa hace planes generosos (Isaías 32:5-8). Si la luz que hay dentro de nosotros —los sentimientos que deberían guiarnos hacia lo bueno— en realidad es oscuridad, ¡qué grande es esa oscuridad! Si una persona ni siquiera tiene una disposición bondadosa y buena, la corrupción es muy profunda. Este sentido encaja bien con el contexto, porque se nos dice que almacenemos tesoros en el cielo dando a los pobres, y que lo hagamos con alegría, no de mala gana (Lucas 12:33; 2 Corintios 9:7). Sin embargo, las mismas palabras del pasaje paralelo no aparecen en ese contexto (Lucas 11:34), así que esta conexión, por sí sola, no determina el significado.

Otros entienden que el ojo representa el entendimiento o el juicio práctico, es decir, la conciencia. Esa facultad es para el alma lo que el ojo es para el cuerpo: guía sus movimientos. Si este ojo es sano, si juzga de manera verdadera y correcta y puede distinguir entre las cosas —especialmente en el asunto fundamental de dónde almacenar los tesoros—, entonces guiará correctamente los sentimientos y las acciones. Toda la vida estará llena de la luz de la gracia y del consuelo.

Pero si este ojo es malo y está corrompido, si en vez de guiar los deseos se deja conducir, sobornar y moldear por deseos inferiores, entonces el corazón y la vida estarán llenos de oscuridad. Toda la conducta estará corrompida. De quienes se niegan a entender se dice que caminan en oscuridad (Salmo 82:5). Es triste cuando el espíritu de una persona, que debería ser la lámpara del Señor, se convierte en una luz engañosa. Peor aún es cuando quienes dirigen la mente llevan todo por mal camino, porque entonces quienes los siguen son destruidos (Isaías 9:16). Un error en el juicio práctico es mortal: es lo que llama bueno a lo malo y malo a lo bueno (Isaías 5:20). Por eso debemos entender las cosas correctamente y tener los ojos agudizados, por así decirlo, con un colirio espiritual.

Otros entienden que el ojo representa nuestros objetivos e intenciones. Con el ojo fijamos ante nosotros una meta, el punto al que aspiramos y el lugar hacia donde nos dirigimos. La mantenemos a la vista y orientamos nuestros pasos hacia ella. En todo lo que hacemos en la vida de fe, tenemos algo delante de nosotros. Si nuestro ojo es sano, si sinceramente buscamos el fin correcto y avanzamos hacia él procurando únicamente la gloria, el favor y el honor de Dios, entonces nuestro ojo es sano. Pablo tenía este espíritu cuando dijo que para él vivir era Cristo. Si estamos bien orientados en ese sentido, toda la vida estará llena de luz, con acciones ordenadas, llenas de gracia, agradables a Dios y reconfortantes para nosotros.

Pero si este ojo es malo, si junto con la gloria de Dios buscamos el aplauso de la gente, si fingimos honrar a Dios mientras intentamos honrarnos a nosotros mismos, y si buscamos nuestros propios intereses bajo la apariencia de buscar los de Cristo, entonces todo queda arruinado. Toda la vida será torcida e inestable. Cuando los cimientos están desnivelados, todo el edificio queda desordenado y lleno de toda clase de malas obras.

Si el ojo no solo está nublado, sino lleno de oscuridad, entonces la persona entera se encuentra en un grave error. Lo que buscamos determina lo que hacemos, así que en la vida de fe importa mucho que nuestras metas sean correctas. Debemos fijar el corazón en las cosas eternas, no en las cosas pasajeras (2 Corintios 4:18).

Una persona hipócrita es como un remero que mira hacia un lado, pero rema hacia el otro. Un verdadero cristiano es como un viajero que mantiene a la vista el destino del viaje. La persona hipócrita se eleva como una cometa, pero siempre vigila la presa que está abajo, lista para lanzarse sobre ella cuando se presente la oportunidad. El verdadero cristiano se eleva como una alondra, subiendo cada vez más alto y dejando atrás lo que está abajo.

También debemos cuidarnos de la hipocresía y del espíritu mundano al escoger a quién serviremos (Mateo 6:24). Nadie puede servir a dos amos. Servir a dos amos contradice tener un ojo sano, porque el siervo mira la mano de su amo (Salmo 123:1-2). Cristo expone la mentira que las personas se dicen a sí mismas cuando intentan dividir su vida entre Dios y el mundo: tener tesoros en la tierra y tesoros en el cielo, tratando de agradar a Dios y a la gente al mismo tiempo.

La persona hipócrita dice: «¿Por qué no? Es bueno tener dos opciones». Esas personas esperan que su religión ayude a sus intereses mundanos y que, de ese modo, les produzca beneficios en ambas direcciones. La madre que fingía estar dispuesta a dividir al niño, y los samaritanos que intentaron hacer un compromiso entre Dios y los ídolos, ilustran esta actitud. Pero Cristo dice que eso no funciona. Es solo la falsa idea de que la ganancia es una señal de verdadera devoción (1 Timoteo 6:5).

Cristo primero presenta una regla general, probablemente tomada de un proverbio judío: nadie puede servir a dos amos. Mucho menos puede alguien servir a dos dioses, porque tarde o temprano sus órdenes chocarán. Mientras dos amos permanecen de acuerdo, un siervo puede aparentar seguir a ambos. Pero cuando se dividen, queda claro a quién pertenece realmente el siervo. Una persona no puede amar a los dos como debe, obedecer plenamente a los dos ni mantenerse leal a ambos. Si es fiel a uno, tiene que considerar al otro menos importante.

Luego Cristo aplica esto al asunto que está tratando: «No pueden servir a Dios y al Mamón». Mamón es una palabra siríaca que significa ganancia. Por eso, todo aquello que consideramos una ganancia en este mundo es mamón: el dinero, la comodidad, el placer, los elogios o la posición social (Filipenses 3:7). Para algunos, su propio apetito es su mamón, y viven para servirlo (Filipenses 3:19). Para otros, lo son la comodidad, el sueño, los deportes y las diversiones (Proverbios 6:9). Para otros, son las riquezas (Santiago 4:13), los honores o los ascensos. Para los fariseos, era el reconocimiento de la gente. En resumen, el yo —especialmente el yo egoísta y mundano— es el mamón que no se puede servir junto con Dios.

Jesús no dice que no debamos servir a ambos, ni que no deberíamos hacerlo. Dice que no podemos. No podemos amar a ambos (1 Juan 2:15; Santiago 4:4). No podemos aferrarnos a los dos para obtener confianza, obediencia, atención y dependencia, porque están enfrentados entre sí. Dios dice: «Hijo mío, dame tu corazón». Mamón dice: «No, dámelo a mí». Dios dice: «Conténtate con lo que tienes». Mamón dice: «Agarra todo lo que puedas». Dios dice: «No engañes ni mientas. Sé honesto y justo en todo lo que hagas». Mamón dice: «Engaña hasta a tu propio padre si eso te ayuda». Dios dice: «Sé generoso». Mamón dice: «Guárdalo todo para ti, porque dar te arruina». Dios dice: «No te preocupes por nada». Mamón dice: «Preocúpate por todo». Dios dice: «Mantén santo el día de descanso». Mamón dice: «Usa también ese día para las cosas del mundo». Estos mandatos no se pueden seguir al mismo tiempo, porque Dios y Mamón impulsan en direcciones opuestas. Por eso, no debemos quedarnos a medias entre Dios y Baal; debemos escoger hoy a quién serviremos y mantenernos firmes en esa decisión.

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