Versículo destacado
Mateo 6:5 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente los vea. Les aseguro que con eso ya tienen su premio. "
Mateo 6:5
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
3 Cuando tú ayudes a los necesitados, no se lo cuentes ni siquiera a tu amigo más íntimo;
4 hazlo en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio.
5 Cuando ustedes oren, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que la gente los vea. Les aseguro que con eso ya tienen su premio.
6 Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio.
7 Y al orar, no repitan palabras inútiles, como hacen los paganos, quienes se imaginan que cuanto más hablen, más caso les hará Dios.
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En la oración tratamos más directamente con Dios que cuando damos limosnas, por eso la sinceridad importa todavía más. Cuando oras, dice Mateo 6:5, se da por sentado que todos los discípulos de Cristo oran. Tan pronto como Pablo se convirtió, comenzó a orar; sería más fácil encontrar a una persona viva que no respira que a un cristiano vivo que no ora.
«Por esto orará a ti todo santo». Si una persona nunca ora, eso es una señal grave de que no hay gracia en ella. Jesús dice: «Cuando ores, no seas como los hipócritas». Quienes no quieren imitar a los hipócritas en sus acciones también deben evitar su espíritu orgulloso. Aquí no los identifica por nombre, pero Mateo 23:13 deja claro que se refiere especialmente a los escribas y fariseos, maestros judíos que con frecuencia aparentaban ser religiosos por fuera, aunque por dentro eran falsos.
Estos hipócritas tenían dos grandes fallas en la oración, y Jesús nos advierte contra ambas. La primera es la vanagloria: orar para impresionar a la gente en vez de honrar a Dios (Mateo 6:5-6). La segunda es la repetición vacía: repetir palabras sin verdadera intención ni significado en el corazón (Mateo 6:7-8).
Los hipócritas querían recibir elogios de la gente. En cada acto de adoración, su objetivo principal era ser admirados y obtener alguna ventaja para sí mismos. Aunque parecían elevarse hacia Dios en oración, en realidad tenían la mirada puesta en la aprobación humana. Oraban en las sinagogas, que eran lugares apropiados para la oración pública, pero no para la oración privada. También oraban en las esquinas de las calles principales, lugares concurridos donde muchos podían notarlos. Actuaban como si una devoción repentina los hubiera impulsado a orar, pero su verdadero propósito era ser vistos.
También les gustaba orar de pie. Esa postura es válida y apropiada, como muestra Marcos 11:25, pero arrodillarse suele expresar mayor humildad y reverencia, como vemos en Lucas 22:41, Hechos 7:60 y Efesios 3:14. El hecho de que permanecieran de pie podía dar la impresión de orgullo y autosuficiencia, como el fariseo de Lucas 18:11, quien «puesto en pie, oraba» de una manera orgullosa.
Su elección de lugares públicos mostraba su orgullo de dos maneras. Primero, les encantaba orar allí. No amaban la oración por amor a Dios, sino por la oportunidad de llamar la atención. Algunas buenas obras deben hacerse públicamente y pueden ser vistas por otros, pero es pecaminoso disfrutar esa atención porque alimenta nuestro orgullo. Segundo, lo hacían para ser vistos por la gente, no para que Dios los aceptara, sino para que los demás los admiraran. Esto también los ayudaba a ganar confianza e influencia, e incluso a apoderarse de los bienes de viudas y huérfanos, como dice Mateo 23:14, mientras escondían su avaricia detrás de una conducta religiosa.
Jesús dice que ellos «ya tienen su recompensa». Eso significa que ya recibieron toda la recompensa que recibirán de parte de Dios, y es una recompensa muy pobre. La alabanza humana no sirve de mucho si nuestro Maestro no nos dice: «Bien hecho». Si podemos hacer que algo tan serio como la oración sirva para alcanzar una meta tan pequeña como el reconocimiento de la gente, entonces es justo que eso sea todo lo que recibamos. Lo hicieron para ser vistos, fueron vistos, y ahí terminó todo.
Si queremos ser aprobados por Dios en nuestra vida religiosa, no debemos preocuparnos por la alabanza humana. No oramos a la gente ni esperamos de ella una respuesta. Las personas no son nuestros jueces; son polvo y ceniza, igual que nosotros. Por eso, lo que sucede entre Dios y nuestra alma debe mantenerse libre de exhibicionismo. En la adoración pública debemos evitar cualquier cosa que haga destacar la devoción personal por razones equivocadas, como quienes «hicieron oír su voz en lo alto» (Isaías 58:4). Los lugares públicos no son el sitio apropiado para una oración privada y solemne.
Jesús enseña lo contrario: humildad y sinceridad. «Cuando ores», dice, «entra en tu habitación» (Mateo 6:6), es decir, ve a algún lugar privado donde puedas apartarte. Isaac salió al campo (Génesis 24:63), Cristo fue a un monte y Pedro subió a una azotea. Cualquier lugar es apropiado si cumple ese propósito. La oración secreta debe hacerse en un lugar apartado, donde no nos observen, distraigan ni escuchen, para que podamos hablar con mayor libertad. Sin embargo, si las circunstancias hacen imposible evitar que otros nos noten, no debemos dejar de orar, pues abandonar la oración podría causar más tropiezo que hacerla públicamente.
En vez de orar para ser vistos por la gente, Jesús dice que oremos a nuestro Padre que está en secreto. Los fariseos oraban más a las personas que a Dios. Cualesquiera que fueran sus palabras, su objetivo era recibir elogios y aceptación de los demás. Nosotros debemos orar a Dios y conformarnos con eso. Oramos a él como Padre: aquel que está dispuesto a escucharnos, responder, compadecerse de nosotros, ayudarnos y sostenernos. Él está en secreto, pero está verdaderamente allí. En la oración secreta honramos la presencia de Dios en todas partes (Hechos 17:24), y también encontramos consuelo en ella.
Hay además fuertes razones para animarnos a orar en secreto. Tu Padre ve en secreto. Su mirada está sobre ti cuando ningún ojo humano te observa. Él vio a Natanael debajo de la higuera, como dijo Jesús (Juan 1:48). Vio a Pablo orando en una casa determinada, en una calle determinada (Hechos 9:11). No existe un giro repentino y oculto del corazón hacia Dios que él no perciba. Y él te recompensará públicamente. Quienes oran para ser vistos por otros reciben allí su recompensa, pero quienes oran en secreto no perderán la suya.
Se le llama recompensa, pero se concede por gracia, no porque Dios nos deba algo. ¿Qué mérito verdadero puede haber en quien está suplicando? La recompensa será pública. No solo la recibirán, sino que la recibirán con honor. La recompensa pública es lo que los hipócritas aman, pero no tienen paciencia para esperar por ella. A los creyentes sinceros les importa poco esa clase de reconocimiento, y recibirán mucho más de lo que buscan. Algunas veces, las oraciones secretas reciben una respuesta pública en este mundo, mediante respuestas claras que muestran la obra de Dios a la conciencia de los enemigos de su pueblo. Aun así, en el gran día habrá una recompensa pública, cuando todos los que oran aparezcan en gloria con el gran Intercesor, Jesús. Los fariseos, esos líderes religiosos que confiaban en su propia justicia, recibieron su recompensa delante de todo el pueblo, pero solo fue un destello y una sombra. Los verdaderos cristianos recibirán la suya delante de todo el mundo, de los ángeles y de las personas, y será una gloria de incomparable grandeza.
También debemos evitar las repeticiones vacías en la oración (Mateo 6:7-8). La oración consiste principalmente en elevar el alma y derramar el corazón, pero las palabras sí importan, especialmente cuando oramos con otras personas. En ese contexto, las palabras son necesarias, y aquí parece que Jesús habla especialmente de la oración pública o compartida. Dice «cuando ores» y luego vuelve a decir «cuando ores»; además, la oración del Señor que sigue es una oración conjunta. Quien habla en nombre de otros es quien más fácilmente puede sentirse tentado a lucirse mediante el lenguaje y el estilo, y eso es lo que Jesús condena. No uses repeticiones vacías, ya sea que ores a solas o con otros. A los fariseos, aquellos líderes religiosos que confiaban en su propia justicia, les encantaba hacer esto. Pronunciaban oraciones largas (Mateo 23:14), y toda su preocupación consistía en hacerlas cada vez más extensas.
Observemos ahora qué falta se está condenando. Se trata de convertir la oración en un simple servicio de labios: el trabajo de la lengua cuando no es el trabajo del alma. Esto se describe con dos términos, *battología* y *polulogia*, ambos relacionados con el habla vacía y excesivamente abundante. Las repeticiones vacías son una tautología, una charla inútil: repetir las mismas palabras una y otra vez sin propósito. Esa manera de hablar es vulgar y cansada en cualquier conversación, y mucho peor cuando se dirige a Dios. Sin embargo, Jesús no está condenando toda frase repetida en la oración. Él mismo oró más de una vez usando las mismas palabras (Mateo 26:44), con gran fervor y pasión (Lucas 22:44). Daniel también se repitió en oración (Daniel 9:18-19), y el Salmo 136 repite las mismas palabras de una manera hermosa. La repetición puede ayudarnos a expresar lo que sentimos y a despertar los sentimientos de otros. Pero recitar palabras supersticiosamente, sin prestar atención a su significado, es algo diferente. También lo es repetir de manera seca y vacía las mismas peticiones una y otra vez solo para alargar la oración o fingir que sentimos más de lo que realmente sentimos.
Cuando queremos decir mucho, pero no tenemos nada importante que decir, eso desagrada a Dios y a toda persona sabia. La otra falta es hablar demasiado: hacer largas las oraciones por orgullo, superstición o por creer que Dios necesita que le informemos de algo o que debemos persuadirlo con muchas palabras. A veces esto nace de una simple necedad, porque a las personas les gusta escucharse hablar. Esto no significa que todas las oraciones largas estén mal. Cristo oró toda la noche (Lucas 6:12), y Salomón hizo una oración extensa. Hay momentos en que las oraciones largas son apropiadas, cuando nuestras necesidades y sentimientos son especialmente profundos. Pero alargar la oración solo para que parezca más agradable o más poderosa delante de Dios es lo que Jesús condena. Aquí no se reprende el hecho de orar mucho, pues se nos manda orar siempre; se reprende el hablar mucho. El peligro aparece cuando simplemente recitamos nuestras oraciones en vez de orar de verdad. La advertencia de Salomón encaja aquí: «Sean pocas tus palabras» (Eclesiastés 5:2). Oseas dice: «Lleven palabras» (Oseas 14:2), y Job dice: «Escoge tus palabras» (Job 9:14). No debemos decir todo lo que se nos viene a la mente.
Jesús da dos razones para rechazar esta práctica. Primero, esa es la manera de los paganos, de las naciones que no conocen al Dios verdadero. No corresponde que los cristianos adoren a su Padre como los gentiles adoraban a sus dioses. Aun por la luz natural, los paganos sabían que debían adorar a Dios, pero se volvieron necios en sus pensamientos acerca de él. Por eso también se volvieron necios en la manera de adorarlo. Como pensaban que Dios era semejante a ellos, imaginaban que necesitaba muchas palabras para entender lo que decían o para ser presionado a darles lo que querían. Lo trataban como si fuera débil, ignorante y difícil de conmover. Los profetas de Baal hicieron esto: clamaron desde la mañana casi hasta la noche, repitiendo una y otra vez: «¡Baal, respóndenos!». Pero sus gritos repetidos estaban vacíos. En cambio, Elías oró con calma y seriedad, mediante una oración muy breve, y Dios respondió con fuego del cielo y después con lluvia (1 Reyes 18:26, 36). Si la oración es solo esfuerzo de los labios, aunque sea un esfuerzo de labios bien expresado, sigue siendo un esfuerzo perdido.
Segundo, esa no tiene que ser nuestra manera, porque nuestro Padre celestial sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Por eso no hace falta una inundación de palabras. Esto no significa que no debamos orar. Dios manda que oremos para que reconozcamos nuestra necesidad de él, mostremos nuestra dependencia de él y nos aferremos a sus promesas. Debemos presentar nuestro caso delante de él, derramar nuestro corazón y después dejarlo en sus manos. Pensemos en el Dios a quien oramos. Él es nuestro Padre por creación y por pacto, así que debemos acercarnos a él de manera sencilla, natural y sincera. Por lo general, los hijos no les dan largos discursos a sus padres cuando necesitan algo. Puede bastar con decir: «¡Me duele la cabeza, me duele la cabeza!». Acerquémonos a Dios con corazón de hijos, con amor, respeto y confianza. Entonces, quienes han recibido el Espíritu de adopción pueden decir correctamente una sola palabra: «Abba, Padre».
Él también es un Padre que conoce nuestra situación y nuestras necesidades mejor que nosotros mismos. Él sabe lo que necesitamos. Sus ojos recorren toda la tierra para prestar atención a las necesidades de su pueblo (2 Crónicas 16:9). A menudo da antes de que lo llamemos (Isaías 65:24), y más de lo que pedimos (Efesios 3:20). Si no concede lo que su pueblo pide, es porque sabe que no lo necesita o que no le haría bien. Él está mejor capacitado que nosotros para juzgarlo. Por eso no necesitamos extendernos ni usar muchas palabras cuando presentamos nuestro caso delante de él. Dios lo conoce mejor de lo que nosotros podríamos explicarlo. Aun así, quiere escucharlo de nuestros labios, como cuando Jesús preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?». Después de expresárselo, debemos dejarnos en sus manos: «Señor, delante de ti están todos mis deseos» (Salmo 38:9). Dios no se conmueve por la extensión ni por el estilo de nuestras oraciones. Las oraciones más fuertes a menudo son las que se ofrecen con gemidos demasiado profundos para expresarlos con palabras (Romanos 8:26). No nos corresponde establecer las condiciones para Dios, sino someternos a él.
De este capítulo
Mateo 6:1
"No hagan sus buenas obras delante de la gente solo para que los demás los vean. Si lo hacen así, su Padre que está en el cielo no les dará ningún premio."
Mateo 6:2
"Por eso, cuando ayudes a los necesitados, no lo anuncies a los cuatro vientos, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles para que la gente hable bien de ellos. Les aseguro que con eso ya tienen su premio."
Mateo 6:3
"Cuando tú ayudes a los necesitados, no se lo cuentes ni siquiera a tu amigo más íntimo;"
Mateo 6:4
"hazlo en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio."
Mateo 6:6
"Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo que haces en secreto, te dará tu premio."
Mateo 6:7
"Y al orar, no repitan palabras inútiles, como hacen los paganos, quienes se imaginan que cuanto más hablen, más caso les hará Dios."
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