Versículo destacado
Mateo 3:13 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Jesús fue desde Galilea hasta el río Jordán, donde estaba Juan, para que este lo bautizara. "
Mateo 3:13
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
11 Yo, en verdad, los bautizo con agua para invitarlos a que se vuelvan a Dios; pero el que viene después de mí los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él es más poderoso que yo, que ni siquiera merezco llevarle las sandalias.
12 Trae su pala en la mano, y limpiará el trigo y lo separará de la paja. Guardará su trigo en el granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se apagará.
13 Jesús fue desde Galilea hasta el río Jordán, donde estaba Juan, para que este lo bautizara.
14 Al principio, Juan quería impedírselo y le dijo: —Yo debería ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?
15 Jesús le respondió: —Déjalo así por ahora, pues es conveniente que cumplamos todo lo que es justo ante Dios. Entonces Juan consintió.
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Nuestro Señor Jesucristo, desde su niñez hasta casi los treinta años, había vivido oculto en Galilea, como si estuviera sepultado en vida. Pero ahora, después de una noche larga y oscura, el Sol de justicia se levanta con gloria. Había llegado el momento indicado para que Cristo comenzara su obra como profeta. No escogió hacerlo en Jerusalén, aunque probablemente iba allí, como los demás, para las tres fiestas anuales, sino en el lugar donde Juan estaba bautizando. Allí se reunían quienes esperaban el consuelo de Israel, y solo entre ellos sería bien recibido.
Juan el Bautista era seis meses mayor que nuestro Salvador, y parece que comenzó a predicar y bautizar unos seis meses antes de que Cristo se manifestara. Durante ese tiempo, preparó el camino para Cristo en la región cercana al Jordán. En esos seis meses se hizo más que durante muchas épocas anteriores. Cristo vino de Galilea al Jordán para ser bautizado, y esto nos enseña que no debemos evitar el dolor ni el esfuerzo si queremos acercarnos a Dios en su adoración. Debemos estar dispuestos a recorrer una gran distancia antes que quedarnos lejos de la comunión con Dios. Quien quiere encontrar debe buscar.
En este relato del bautismo de Cristo, primero vemos lo difícil que fue convencer a Juan de que lo permitiera (Mateo 3:14-15). Fue una gran muestra de la humildad de Cristo que se ofreciera para ser bautizado por Juan. Él no conocía pecado; sin embargo, se sometió a un bautismo destinado al arrepentimiento. En cuanto comenzó a predicar, Cristo predicó la humildad. La predicó con su ejemplo y se la enseñó a todos, especialmente a los ministros jóvenes. Cristo estaba destinado a recibir los honores más elevados, pero desde el primer paso se humilló. Quienes desean subir muy alto deben comenzar desde abajo. Antes del honor viene la humildad.
Esto también fue un gran honor para Juan, porque Cristo acudió a él, como recompensa por el servicio que Juan había prestado al anunciar su venida. Dios honra a quienes lo honran. La primera reacción de Juan fue oponerse a bautizar a Jesús (Mateo 3:14). Se negó, tal como Pedro lo hizo cuando Cristo quiso lavarle los pies (Juan 13:6, Juan 13:8). Los actos bondadosos de humildad de Cristo son tan sorprendentes que pueden parecer increíbles incluso para creyentes firmes. Son tan profundos y misteriosos que aun quienes conocen bien su voluntad pueden tardar en comprenderlos y, en su debilidad, oponerse a lo que Cristo quiere.
La modestia de Juan le hacía pensar que aquel honor era demasiado grande para recibirlo. Le habló a Jesús como su madre le había hablado una vez a la madre de Jesús: «¿Por qué tengo este honor, de que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lucas 1:43). Juan ya tenía una gran reputación y era muy respetado, pero seguía siendo humilde. Dios tiene más honores preparados para quienes permanecen humildes de espíritu, aun cuando su nombre llegue a ser conocido.
Juan pensaba que era necesario que él mismo fuera bautizado por Cristo. Con las palabras «Necesito ser bautizado por ti con el bautismo del Espíritu Santo», se refería al bautismo que Cristo da (Mateo 3:11). Aunque Juan había sido lleno del Espíritu Santo desde el vientre materno (Lucas 1:15), aun así confesaba que necesitaba ese bautismo. Incluso quienes tienen mucho del Espíritu de Dios reconocen, mientras viven en este estado imperfecto, que necesitan más y que deben acudir a Cristo para recibir más. Juan también necesitaba el bautismo, aunque era la persona más grande que jamás había nacido de mujer. Sin embargo, por haber nacido de mujer, compartía la corrupción de la raza de Adán y sabía que necesitaba ser limpiado.
Las almas más puras sienten con mayor profundidad la impureza que todavía permanece en ellas, y buscan con mayor urgencia el lavamiento espiritual. Juan necesitaba ser bautizado por Cristo porque Cristo puede hacer por nosotros lo que nadie más puede hacer, y si no lo hace por nosotros estamos perdidos. Incluso las personas mejores y más santas necesitan a Cristo; y cuanto mejores son, con mayor claridad reconocen esa necesidad. Juan dijo esto delante de la multitud, que lo admiraba mucho y estaba dispuesta a aceptarlo como el Mesías. Aun así, confesó públicamente que necesitaba ser bautizado por Cristo. La persona más grande no pierde su dignidad al admitir que está perdida sin Cristo y sin su gracia.
Juan era el precursor de Cristo, pero aun así reconoció que necesitaba el bautismo de Cristo. Incluso quienes nacieron antes que Cristo en el tiempo dependían de él, recibían de él y miraban hacia él. Mientras Juan atendía las almas de los demás, habló de manera profunda y personal acerca de su propia alma: «Necesito ser bautizado por ti». Los ministros que predican y bautizan a otros deben tener cuidado de predicarse a sí mismos y de ser bautizados ellos también con el Espíritu Santo. Deben velar primero por sí mismos y procurar su propia salvación (1 Timoteo 4:16).
Entonces Juan pensó que era muy incorrecto e irrazonable que Cristo fuera bautizado por él. «¿Tú vienes a mí?», preguntó. ¿Acaso Jesús, santo y apartado de los pecadores, viene a ser bautizado por un pecador, como si él fuera pecador y estuviera entre pecadores? ¿Cómo puede ser esto? ¿Qué explicación podemos dar? La venida de Cristo a nosotros debe llenarnos de asombro.
Jesús rechazó la objeción de Juan (Mateo 3:15). «Permítelo por ahora», dijo. Cristo aceptó la humildad de Juan, pero no su negativa. Quería que el acto se realizara, y es correcto que Cristo siga su propio camino aun cuando nosotros no lo entendamos ni podamos explicarlo. Cristo insistió en ello: «Debe hacerse ahora». No negó que Juan necesitara ser bautizado por él; sin embargo, en ese momento sería bautizado por Juan. «Permítelo por ahora», dijo.
Todo es hermoso en su debido momento. ¿Por qué ahora? ¿Por qué en ese instante? Cristo se encontraba entonces en un estado de humillación. Se había despojado de sí mismo y se había hecho de ninguna reputación. No solo fue hallado como hombre, sino también en semejanza de carne pecaminosa. Por eso, debía ser bautizado por Juan en ese momento, como si necesitara ser lavado, aunque era perfectamente puro. De este modo fue hecho pecado por nosotros, aunque él no conoció pecado.
El bautismo de Juan también tenía entonces la aprobación de Dios. Esa era la obra que Dios estaba realizando en ese momento, la manera en que estaba tratando con la gente. Por eso Jesús sería bautizado con agua, mientras que su bautismo con el Espíritu Santo vendría después, muchos días más tarde (Hechos 1:5). El bautismo de Juan tenía su propio tiempo, y ese tiempo debía ser honrado. Quienes participaban en él debían recibir ánimo. Incluso quienes tienen los dones y la gracia más grandes deben apoyar, en el lugar que les corresponde, las ordenanzas establecidas por Dios, asistiendo a ellas con humildad y fidelidad para dar un buen ejemplo a los demás. Lo que Dios aprueba, nosotros también debemos aprobarlo. Juan estaba aumentando en reconocimiento, así que por el momento debía ser de esa manera. Pronto él disminuiría, y entonces las cosas serían diferentes.
Debía ser así por ahora porque había llegado el momento de que Cristo se manifestara públicamente, y esta sería una ocasión adecuada para hacerlo. De esta manera sería dado a conocer a Israel y señalado por medio de maravillas del cielo, en un acto de profunda humildad y humillación (Juan 1:31-34).
La razón que dio fue esta: «Es apropiado que cumplamos toda justicia». Había una belleza apropiada en todo lo que Cristo hizo por nosotros. Todo fue adecuado y hermoso (Hebreos 2:10; Hebreos 7:26), y nosotros también debemos procurar hacer no solo lo que es obligatorio, sino también lo que es apropiado y honorable.
Jesús consideró correcto cumplir toda justicia; es decir, como lo explica el doctor Whitby, reconocer cada mandato divino y mostrar su disposición a obedecer todas las instrucciones justas de Dios. De este modo honró a Dios y aprobó su sabiduría al enviar a Juan para preparar el camino mediante un bautismo de arrepentimiento. De la misma manera, nosotros debemos apoyar y animar todo lo bueno, tanto con nuestro ejemplo como con nuestras palabras.
Cristo habló muchas veces de Juan y del bautismo de Juan con honor. Para honrar aún más a Juan, él mismo fue bautizado. Así, Jesús comenzó haciendo y después enseñando, y sus ministros deben seguir ese mismo patrón. De esta manera, Cristo también cumplió la justicia de la ley ceremonial, que incluía diversos lavamientos. Además, honró la ordenanza evangélica del bautismo, le dio valor y mostró el poder que tenía la intención de obrar por medio de ella.
Era apropiado que Cristo se sometiera al lavamiento con agua de Juan, porque este había sido establecido por Dios. Pero era apropiado que se opusiera a los lavamientos con agua de los fariseos, porque eran solo reglas humanas impuestas a los demás. También defendió a sus discípulos cuando se negaron a seguir aquellos lavamientos establecidos por los hombres. Cuando Juan escuchó la razón y la voluntad de Cristo, quedó completamente satisfecho y permitió que fuera bautizado. La misma humildad que al principio le había hecho rechazar el honor que Cristo le ofrecía ahora lo llevó a realizar el servicio que Cristo le pedía. Ninguna muestra de humildad debe llevarnos a descuidar nuestro deber.
Cuando Jesús fue bautizado, salió inmediatamente del agua. Otros que eran bautizados se quedaban allí para confesar sus pecados (Mateo 3:6), pero Cristo no tenía pecados que confesar, así que salió enseguida. Las palabras indican que salió del agua, desde la orilla del río, adonde había bajado para ser lavado con agua, probablemente en la cabeza o el rostro (Juan 13:9). No se menciona que se quitara o se pusiera la ropa; seguramente eso se habría señalado si hubiera sido bautizado desnudo.
Salió de inmediato, como alguien dispuesto a comenzar su obra con plena determinación y energía. No perdería tiempo. ¡Cuánto anhelaba que llegara el momento de terminarla! Mientras salía del agua y todos lo miraban, los cielos se abrieron delante de él. Algo más allá del cielo estrellado se hizo visible, al menos para él. Esto lo animó a continuar con su misión, teniendo delante el gozo y la gloria. El cielo se abriría para recibirlo cuando terminara la obra que ahora estaba comenzando.
Esto también nos anima a recibirlo y someternos a él. En Jesucristo y por medio de él, el cielo se abre para las personas. El pecado cerró el cielo y rompió toda relación amistosa entre Dios y la humanidad. Pero ahora Cristo ha abierto el reino de los cielos para todos los creyentes. La luz y el amor de Dios descienden sobre nosotros, y se nos concede entrar con confianza al lugar santo. Recibimos la misericordia de Dios y le ofrecemos nuestra obediencia, y todo esto sucede por medio de Jesucristo.
Él es la escalera con un extremo en la tierra y el otro en el cielo; solo por medio de él podemos tener una verdadera comunión con Dios o alguna esperanza de llegar finalmente al cielo. Los cielos se abrieron cuando Cristo fue bautizado para enseñarnos que, cuando atendemos debidamente a las ordenanzas de Dios, podemos esperar tener comunión con él y recibir sus dones. Él vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre él. Cristo lo vio (Marcos 1:10), Juan lo vio (Juan 1:33-34), y es probable que los demás presentes también lo vieran, pues este era el comienzo público de su ministerio.
El Espíritu descendió y reposó sobre él. Al principio del mundo antiguo, el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas (Génesis 1:2), como un ave que se cierne sobre su nido. De la misma manera, al comienzo de este mundo nuevo, Cristo, por ser Dios, no necesitaba recibir el Espíritu Santo. Sin embargo, se había anunciado que el Espíritu del Señor reposaría sobre él (Isaías 11:2; Isaías 61:1), y ahora así sucedió. Él sería profeta, y los profetas siempre hablaban por el Espíritu de Dios, que venía sobre ellos. Cristo desempeñaría el oficio profético, no por su naturaleza divina, como afirma el doctor Whitby, sino por el poder del Espíritu Santo.
También sería la cabeza de la iglesia, y el Espíritu vino sobre él para que, por medio de él, el Espíritu pudiera darse a todos los creyentes mediante dones, gracia y consuelo. El aceite derramado sobre la cabeza bajaba hasta los bordes de la vestidura. Cristo recibió dones para las personas a fin de dar dones a las personas.
El Espíritu vino como una paloma. No sabemos con certeza si era una paloma viva y real o solo la semejanza de una paloma en una visión. Si debía verse una forma corporal (Lucas 3:22), no podía ser la forma de un hombre, porque aparecer en forma humana correspondía únicamente a la segunda persona de la Trinidad. Por eso, ninguna forma habría sido más apropiada que la de una de las aves del cielo, ya que el cielo acababa de abrirse; y ninguna habría tenido un significado más profundo que la paloma.
El Espíritu de Cristo es como una paloma, no como una paloma insensata y sin entendimiento (Oseas 7:11), sino como una paloma inocente y sin amargura. El Espíritu no vino en forma de águila, aunque el águila es un ave majestuosa, porque es un ave de presa. Vino como una paloma, una de las criaturas más mansas y menos dañinas. Así, el Espíritu de Cristo es apacible y pacífico. «No discutirá ni gritará», y los cristianos deben ser inocentes como palomas.
La paloma también se distingue por sus ojos. Tanto los ojos de Cristo (Cantares 5:12) como los ojos de la iglesia (Cantares 1:15; 4:1) se comparan con los ojos de las palomas, porque comparten el mismo espíritu. La paloma también es un ave de lamento (Isaías 38:14). Cristo lloró muchas veces, y las almas arrepentidas se comparan con las palomas de los valles.
La paloma era la única ave que se ofrecía en sacrificio (Levítico 1:14), y Cristo, por el Espíritu, el Espíritu eterno, se ofreció a sí mismo a Dios sin mancha. Una paloma con una hoja de olivo en el pico llevó la noticia de que las aguas del diluvio de Noé estaban bajando. Por eso era apropiado que el Espíritu, en forma de paloma, trajera la buena noticia de la paz con Dios. Esto muestra la buena voluntad de Dios hacia las personas, que sus pensamientos para nosotros son pensamientos de bien y no de mal.
Cuando Cantares habla de «la voz de la paloma» que se oye en la tierra (Cantares 2:12), la paráfrasis caldea entiende que se refiere a la voz del Espíritu Santo. El mensaje de que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo es una noticia gozosa que llega hasta nosotros sobre las alas de una paloma.
Para explicar y completar este acontecimiento solemne, una voz vino del cielo, y hay razones para pensar que todos los que estaban allí la escucharon. El Espíritu Santo se manifestó como una paloma, pero Dios el Padre habló con una voz. Cuando se dio la ley, el pueblo no vio ninguna forma; solo escuchó una voz (Deuteronomio 4:12). De la misma manera vino este evangelio, y verdaderamente es una buena noticia: la mejor noticia enviada del cielo a la tierra. Nos declara clara y plenamente el favor de Dios hacia Cristo y hacia nosotros en él.
Observa cómo Dios reconoce públicamente a nuestro Señor Jesús: «Este es mi Hijo amado». Primero, considera la relación que tiene con él: «Él es mi Hijo». Jesucristo es el Hijo de Dios por generación eterna, es decir, fue engendrado por el Padre antes de todos los mundos (Colosenses 1:15; Hebreos 1:3). También es el Hijo de Dios por su concepción sobrenatural, porque fue concebido por el poder del Espíritu Santo (Lucas 1:35). Pero eso no es todo. Es el Hijo de Dios por designación especial para la obra y el oficio de Redentor del mundo. Fue apartado, sellado y enviado para esa tarea; fue criado junto al Padre con ese propósito (Proverbios 8:30) y destinado a ella: «Yo lo constituiré como mi primogénito» (Salmo 89:27).
Luego, considera el amor del Padre por él. Es «mi Hijo amado», mi Hijo querido, el Hijo de mi amor (Colosenses 1:13). Desde toda la eternidad ha reposado en el abrazo del Padre (Juan 1:18) y siempre ha sido su deleite (Proverbios 8:30). Pero especialmente como Mediador, es decir, como aquel que une a Dios y a las personas, y al asumir la obra de salvarlas, es el Hijo amado del Padre. Es su escogido, en quien se deleita su alma (Isaías 42:1). Como aceptó el pacto de redención y se complació en hacer la voluntad de Dios, el Padre lo amó (Juan 10:17; Juan 3:35).
Pensemos, entonces, y maravillémonos ante el amor que el Padre nos ha mostrado. Entregó al Hijo de su amor para que sufriera y muriera por personas que merecían su ira. Más aún, lo amó porque entregó su vida por las ovejas. Ahora sabemos que Dios nos amó, pues no escatimó a su Hijo, su único Hijo, su Isaac amado, sino que lo entregó como sacrificio por nuestro pecado.
Observa también cuán dispuesto está Dios a recibirnos en él. Él es «mi Hijo amado, en quien me complazco». Dios se complace en todos los que están en Cristo y unidos a él por la fe. Hasta entonces, Dios había estado enojado con los hijos de la humanidad; pero ahora su ira se ha apartado y nos ha hecho aceptos en el Amado (Efesios 1:6). Que todo el mundo lo reconozca: este es el Pacificador, el Mediador, aquel que se coloca entre ambas partes y extiende su mano hacia las dos. No podemos acercarnos a Dios como Padre sino por medio de Cristo como Mediador (Juan 14:6).
En él, nuestros sacrificios espirituales son aceptables, porque su altar es el que hace santo todo lo que se ofrece (1 Pedro 2:5). Fuera de Cristo, Dios es un fuego consumidor; pero en Cristo es un Padre reconciliado. Este es el corazón de todo el evangelio. Es una palabra digna de confianza y de toda aceptación: Dios declaró, mediante una voz del cielo, que Jesucristo es su Hijo amado, en quien se complace. Con fe, debemos afirmarlo con alegría y decir que él es nuestro amado Salvador, en quien nos complacemos.
De este capítulo
Mateo 3:1
"Por aquel tiempo, Juan el Bautista se presentó en el desierto de Judea."
Mateo 3:2
"En su proclamación decía: «¡Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!»"
Mateo 3:3
"Juan era aquel de quien Dios había hablado por medio del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto.”»"
Mateo 3:4
"La ropa de Juan estaba hecha de pelo de camello y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero; su comida consistía en langostas y miel del monte."
Mateo 3:5
"La gente de Jerusalén, todos los de la región de Judea y los de la región cercana al Jordán salían a oírlo."
Mateo 3:6
"Confesaban sus pecados, y Juan los bautizaba en el río Jordán."
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