Versículo destacado

Mateo 3:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Por aquel tiempo, Juan el Bautista se presentó en el desierto de Judea. "

Mateo 3:1

menu_book El versículo en contexto

1 Por aquel tiempo, Juan el Bautista se presentó en el desierto de Judea.

2 En su proclamación decía: «¡Vuélvanse a Dios, porque el reino de los cielos está cerca!»

3 Juan era aquel de quien Dios había hablado por medio del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto.”»

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Este pasaje nos habla de la predicación y el bautismo de Juan, que marcaron la primera luz de la era del evangelio. Él apareció «en aquellos días» (Mateo 3:1), mucho tiempo después de los acontecimientos del capítulo anterior, cuando Jesús todavía era un niño pequeño. Ese era el tiempo que el Padre había señalado para que comenzara el evangelio, cuando había llegado «el cumplimiento del tiempo». También era el tiempo anunciado en el Antiguo Testamento, la última parte de las setenta semanas de Daniel, cuando el Mesías confirmaría el pacto con muchos (Daniel 9:27).

Cristo siempre aparece en el momento preciso. Antes de que nacieran, se dijeron grandes cosas acerca de Juan y de Jesús, así que quizá la gente esperaba ver señales públicas extraordinarias de ellos durante su niñez. Sin embargo, aparte de la ocasión en que Jesús habló con los maestros a los doce años, no se registra nada notable de ninguno de los dos hasta que tenían alrededor de treinta años. Su niñez y juventud permanecen en gran parte ocultas para nosotros. Esto muestra que Dios suele obrar de manera silenciosa y que la fe debe fijarse principalmente en la obra y el ministerio de Cristo, donde se manifiesta su poder.

Esto también les enseña algo a los jóvenes. Aunque tengan dones y estén preparados, no deben apresurarse a ponerse al frente de la obra pública. Deben permanecer humildes, modestos y prudentes, dispuestos a escuchar y lentos para hablar. Mateo no nos cuenta acerca del nacimiento de Juan, como sí lo hace Lucas. En cambio, presenta a Juan ya adulto, como si hubiera aparecido de repente desde el cielo para predicar en el desierto.

Durante más de trescientos años, la iglesia no tuvo profetas. Esas luces llevaban mucho tiempo apagadas, por lo que el pueblo valoraría más a Juan cuando llegara como el gran profeta. Después de Malaquías no hubo ningún profeta ni nadie que afirmara legítimamente tener ese don, hasta Juan el Bautista. Por eso Malaquías apunta directamente a él cuando dice: «Yo envío mi mensajero» (Malaquías 3:1).

Juan apareció primero en el desierto de Judea. No era un desierto completamente vacío, sino una región con pocos habitantes, pueblos y aldeas. Juan predicaba en esos lugares, cerca de donde había vivido antes, pues había nacido en los alrededores, en Hebrón. Allí había pasado mucho tiempo en reflexión tranquila, y aun durante su ministerio público seguía mostrando cuánto amaba la soledad, tanto como su llamado se lo permitía.

La palabra del Señor encontró a Juan en el desierto. Ningún lugar está demasiado lejos para impedirnos recibir la gracia de Dios. De hecho, algunos de los momentos más dulces de comunión con el cielo ocurren cuando las personas están más alejadas del ruido del mundo. David tuvo una comunión así con Dios en el desierto cuando escribió el Salmo 63. La ley también fue dada en un desierto, e Israel fue encontrado primero en una tierra desértica, antes de que Dios lo guiara y le enseñara (Deuteronomio 32:10).

Juan era sacerdote, descendiente de Aarón; sin embargo, lo encontramos predicando en el desierto y nunca sirviendo en el templo. Cristo, que no era hijo de Aarón, aparecía con frecuencia en el templo y enseñaba allí con autoridad. Esto correspondía a la profecía de que «el Señor a quien ustedes buscan» vendría de repente a su templo (Malaquías 3:1). Mostraba que el sacerdocio de Cristo reemplazaría al de Aarón y lo dejaría en segundo plano. Que el evangelio comenzara en un desierto también traía esperanza al mundo estéril de los gentiles. Los profetas habían prometido que Dios plantaría árboles en el desierto, haría fértil la tierra árida y convertiría el desierto en un lugar de alegría (Isaías 41:18, 41:19; Isaías 32:15; Isaías 35:1, 35:2).

La obra principal de Juan era predicar. No vino a pelear ni a discutir, sino a predicar (Mateo 3:1), porque el reino de Cristo debe establecerse mediante la «locura de la predicación». El mensaje que predicaba era el arrepentimiento (Mateo 3:2): «Arrepiéntanse». Predicaba esto en Judea, entre personas llamadas judías que ya tenían una forma de religión, porque aun ellas necesitaban apartarse del pecado. Predicaba en el desierto, entre gente común del campo, porque incluso quienes creen estar lejos de las tentaciones de las ciudades necesitan arrepentirse.

Juan llamaba a las personas a reconsiderar su pecado. El arrepentimiento significa un cambio de manera de pensar que conduce a un cambio de vida. Quien se arrepiente de verdad ve de una manera nueva a Dios, a Cristo, al pecado, a la santidad, a este mundo y al mundo venidero. Las personas que sienten un verdadero dolor por lo malo que han hecho también tienen cuidado de no volver a hacerlo. El arrepentimiento es necesario porque Dios lo ordena (Hechos 17:30), y también prepara el corazón para recibir el consuelo del evangelio. Si el corazón humano hubiera permanecido recto y limpio, podría haber recibido el consuelo de Dios sin pasar primero por este cambio doloroso. Pero como somos pecadores, es necesario examinar la herida antes de sanarla. Dios dice: «Yo hiero y yo sano».

Juan respaldó este llamado con una razón poderosa: «El reino de los cielos está cerca».

Los profetas del Antiguo Testamento llamaban al pueblo al arrepentimiento para que recibiera bendiciones nacionales y evitara juicios nacionales. Aquí el llamado al arrepentimiento es el mismo, pero la razón es nueva y está plenamente formada por el evangelio. Ahora se habla más a las almas individuales que a los miembros de una nación, y se les dice: «Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca» (Mateo 3:2).

Esta es la era del evangelio, el tiempo del pacto de gracia de Dios, cuando el reino de los cielos se abre a todos los creyentes mediante la muerte y resurrección de Jesucristo. Cristo es el Rey de este reino, y nosotros debemos convertirnos en súbditos dispuestos y leales. Es un reino celestial, no terrenal. Su origen está en el cielo y su propósito es llevar a las personas al cielo.

Juan predicó que este reino estaba cerca y, en aquel tiempo, ya estaba a las puertas. En nuestros días, ha venido mediante el derramamiento del Espíritu y la manifestación plena de la gracia del evangelio. Esto nos da una razón poderosa para arrepentirnos. Nada enternece tanto el corazón como la gracia de Dios, tanto para apartarnos del pecado como para vencer su poder. Ese es el arrepentimiento del evangelio: un arrepentimiento que nace al contemplar a Cristo, percibir su amor y esperar el perdón por medio de él.

La bondad conquista el corazón. Cuando esa bondad ha sido despreciada, también humilla y quebranta al pecador. Entonces la persona dice: «¡Qué miserable fui al pecar contra una gracia tan grande, contra la ley y el amor de un reino como este!». El arrepentimiento también se fortalece mediante la promesa del perdón: «Regresa a Dios en obediencia, y él, por medio de Cristo, regresará a ti con misericordia». Cuando se anuncia el perdón, la persona culpable que se había estado escondiendo sale de su escondite. La bondad humana y los lazos del amor nos atraen.

Juan es aquel de quien habló la profecía de Isaías, especialmente en la sección que mira hacia los tiempos del evangelio y la gracia del evangelio (Isaías 40:3, Isaías 40:4). Se le describe como «la voz de uno que clama en el desierto» (Mateo 3:3). Juan también dijo esto acerca de sí mismo: «Yo soy la voz» (Juan 1:23). Es decir, Dios era el verdadero orador, y Juan solo era la voz mediante la cual Dios daba a conocer su voluntad. Así debemos recibir la palabra de Dios (1 Tesalonicenses 2:13). Pablo y Apolos solo eran voces.

A Juan se le llama «la voz de uno que clama», una voz fuerte que despierta y llama la atención. A Cristo se le llama el Verbo, que es claro, completo y lleno de enseñanza. Juan, como la voz, despertaba a las personas. Después Cristo, como el Verbo, les enseñaba. Algunos también han observado que a la madre de Sansón se le ordenó no beber bebidas fuertes, aunque su hijo sería un hombre fuerte, y que el padre de Juan quedó mudo, aunque Juan estaba destinado a ser la voz de uno que clama. Que el que clama provenga de un padre que había quedado mudo muestra que el poder viene de Dios y no del ser humano.

Juan también vino a preparar el camino del Señor y a enderezar sus sendas. Esto se había anunciado antes de su nacimiento: él prepararía para el Señor un pueblo dispuesto (Lucas 1:17). Era el precursor de Cristo, el que iba delante para preparar los corazones para recibirlo. No vino con la vestimenta llamativa de un heraldo real, sino con la apariencia sencilla de un profeta del desierto.

Preparó el camino en medio de aquella generación al enfrentar la verdadera condición del pueblo. La iglesia y la nación judías estaban gravemente desordenadas. La piedad había decaído y el corazón de la religión había sido corrompido por las tradiciones y los mandamientos de los ancianos. Los escribas y fariseos, que se encontraban entre los hipócritas más grandes del mundo, controlaban tanto el conocimiento como el gobierno. El pueblo se enorgullecía de sus privilegios, estaba convencido de que era justificado por su propia justicia y no veía su pecado. Aunque poco tiempo antes había sido humillado al convertirse en parte del Imperio romano, todavía no era humilde de espíritu. Juan fue enviado para derribar esas colinas de orgullo, dejar al descubierto el pecado del pueblo y hacer que la enseñanza de Cristo fuera recibida con mayor disposición y eficacia.

El mensaje de arrepentimiento y humildad de Juan todavía es necesario para preparar el camino del Señor. Hay mucho que debe hacerse antes de que Cristo entre en un alma. El corazón debe inclinarse para recibir al Hijo de David (2 Samuel 19:14). Nada es más necesario que ver claramente el pecado y aprender que nuestra propia justicia no es suficiente. Todo lo que obstruye el camino debe ser removido. Debe desaparecer el prejuicio. Los pensamientos orgullosos deben ser humillados y sometidos a la obediencia a Cristo. Las puertas de bronce deben quebrarse y las barras de hierro deben cortarse antes de que se abran las puertas eternas para el Rey de gloria. El camino del pecado y de Satanás es torcido; por eso, los senderos deben enderezarse para recibir a Cristo (Hebreos 12:13).

La ropa, la apariencia y la manera de vivir de Juan correspondían a su mensaje (Mateo 3:4). Quienes esperaban que el Mesías viniera como un príncipe de este mundo habrían imaginado que su precursor aparecería con gran esplendor. Sin embargo, Juan era grande ante los ojos del Señor y pequeño ante los ojos del mundo, de manera semejante a Cristo mismo, quien no tenía una belleza ni una majestad exterior que atrajeran la mirada. Desde el principio, esto mostró que el reino de Cristo sería espiritual y que su pueblo con frecuencia sería pobre y despreciado, pues recibiría su honor, su gozo y sus riquezas de otro mundo.

Su ropa era sencilla. Vestía prendas hechas de pelo de camello y llevaba un cinturón de cuero alrededor de la cintura. No se vestía como los escribas, con túnicas largas, ni como los cortesanos, con ropa fina, sino como un trabajador del campo, adaptando su vestimenta a la vida que llevaba en el desierto. Es bueno que vivamos de una manera apropiada al lugar y a la condición que la providencia de Dios nos ha asignado. Juan se vestía así para mostrar que, como Jacob, era sencillo y estaba apartado de las comodidades y los placeres de este mundo. Mostraba que una persona verdaderamente humilde no debe convertir la ropa en un motivo de orgullo ni juzgar a los demás por lo que llevan puesto.

La manera de vestir de Juan mostraba que era un profeta, porque los profetas usaban ropa áspera como señal de una vida de abnegación (Zacarías 13:4). También apuntaba al Elías prometido, pues se señala de manera especial que Elías era un hombre velludo, lo que puede significar que usaba prendas hechas de pelo, y que llevaba un cinturón de cuero alrededor de la cintura (2 Reyes 1:8). Juan el Bautista no era menos estricto en su abnegación; por eso, él era el Elías que habría de venir.

También mostraba que era un hombre de firme determinación. Su cinturón no era del tipo fino que la gente usaba comúnmente, sino uno fuerte, hecho de cuero. Dichoso aquel siervo a quien su señor encuentre preparado cuando venga, con el cinturón puesto (Lucas 12:35; 1 Pedro 1:13).

La comida de Juan era sencilla. Comía langostas y miel silvestre; esto no significa que nunca comiera otra cosa, sino que con frecuencia se alimentaba de esos alimentos, especialmente cuando se retiraba a lugares solitarios durante largos períodos de reflexión. Las langostas eran un tipo de insecto volador apto para el consumo y considerado limpio (Levítico 11:22). Requerían poca preparación y eran ligeras y fáciles de digerir. La miel silvestre era la que se encontraba en Canaán, una tierra que fluía con ella (1 Samuel 14:26).

Esta dieta sencilla mostraba que comía con moderación. No era fácil comer en exceso con langostas y miel silvestre. Juan no comía ni bebía de la manera habitual en las reuniones sociales (Mateo 11:18). Estaba tan dedicado a las cosas espirituales que rara vez podía apartar tiempo para las comidas regulares. Esto correspondía al mensaje de arrepentimiento que predicaba y al fruto que debía seguirlo. Quienes llaman a otros a lamentar el pecado y apartarse de él deben vivir también con seriedad, con abnegación y sin aferrarse a las cosas de este mundo.

La manera de vivir de Juan también correspondía a su papel como precursor de Cristo. Al vivir así, mostraba que entendía el reino de los cielos y que había experimentado su poder. Quienes conocen los gozos divinos y espirituales no pueden dejar de mirar con santa indiferencia los placeres y las apariencias de este mundo, porque conocen algo mejor. Al dar este ejemplo, ayudó a preparar el camino para Cristo. Una conciencia clara de cuán vacío está el mundo prepara el corazón para recibir el reino de los cielos. Dichosos los pobres en espíritu.

Entonces Jerusalén y toda Judea salieron a buscarlo (Mateo 3:5). Grandes multitudes venían de la ciudad y de todo el campo. Iban personas de toda condición: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, fariseos y cobradores de impuestos. Salían en cuanto escuchaban que predicaba el reino de los cielos, deseosos de oír más acerca de aquello de lo que todos hablaban.

Esto fue un gran honor para Juan, porque tanta gente iba a escucharlo y le mostraba respeto. Con frecuencia, quienes menos se preocupan por recibir honra son los que más la reciben. Las personas respetan a quienes viven con humildad, se niegan a sí mismos y están muertos para el mundo, incluso más de lo que ellos mismos se dan cuenta. También le dio a Juan una gran oportunidad de hacer el bien y mostró que Dios estaba con él. La gente comenzaba a entrar en el reino de los cielos (Lucas 16:16), y era una escena hermosa, como el amanecer del evangelio, cuando los jóvenes se ofrecían voluntariamente (Salmo 110:3), como una red echada en un lugar donde había muchos peces.

Esto también era una señal de que la gente esperaba algo grande. Muchos pensaban que el reino de Dios aparecería pronto (Lucas 19:11). Por eso, cuando Juan se presentó ante Israel y vivía y predicaba de una manera tan distinta a la de los escribas y fariseos, la gente estaba dispuesta a preguntarse si quizá él era el Cristo (Lucas 3:15). Eso ayudó a atraer a las multitudes.

Aun así, cualquiera que quisiera beneficiarse del ministerio de Juan tenía que salir al desierto para encontrarlo y compartir su deshonra. Quienes realmente tienen hambre de la leche pura de la palabra la buscarán si no se la llevan hasta donde están. Quienes quieren aprender a arrepentirse deben apartarse del ritmo acelerado de este mundo y quedarse quietos. El resultado mostró que, entre los muchos que acudieron al bautismo de Juan, solo unos pocos perseveraron. Más tarde, Cristo recibió una bienvenida fría en Judea y alrededor de Jerusalén. Puede haber una gran multitud de oyentes entusiasmados donde hay muy pocos creyentes verdaderos. La curiosidad y el gusto por lo novedoso pueden llevar a muchos a escuchar una buena predicación y sentirse conmovidos por un tiempo, pero nunca llegan a someterse a su poder (Ezequiel 33:31-32).

Los que aceptaban su enseñanza y se sometían a su disciplina eran bautizados por él en el Jordán (Mateo 3:6). Al hacerlo, confesaban su arrepentimiento y su creencia de que el reino del Mesías estaba cerca. Mostraban su arrepentimiento al confesar sus pecados. Probablemente se trataba de una confesión general delante de Juan: reconocían que eran pecadores, contaminados por el pecado y necesitados de limpieza. Pero delante de Dios habrían confesado pecados específicos, pues él era aquel contra quien habían pecado. A los judíos se les había enseñado a justificarse, es decir, a defenderse como si fueran justos. Juan les enseñaba, en cambio, a acusarse a sí mismos y a no depender de la confesión general anual que se hacía por todo Israel en el Día de la Expiación. Cada persona necesitaba confesar de manera personal la herida que había en su propio corazón. Una confesión arrepentida del pecado es necesaria para recibir paz y perdón, y solo quienes llegan a reconocer con tristeza y vergüenza su propia culpa están preparados para recibir a Jesucristo como su justicia (1 Juan 1:9).

En el bautismo, se les confirmaban las bendiciones del reino de los cielos, que ahora estaba cerca. Juan los lavaba con agua como señal de que Dios los limpiaría de todos sus pecados. Los judíos estaban acostumbrados a bautizar a quienes admitían como convertidos a su religión, especialmente a los que eran convertidos en la puerta, pues no estaban circuncidados como los convertidos plenamente incorporados. Algunos piensan que las personas de una posición religiosa especial, que se establecían como maestros, también usaban el bautismo para admitir a estudiantes y discípulos.

Cuando Cristo preguntó acerca del bautismo de Juan: «¿Venía del cielo o de los seres humanos?», quiso decir que algunos bautismos procedían únicamente de la autoridad humana, sin ningún llamado divino. Juan practicaba el bautismo exterior, pero su bautismo venía del cielo. Se diferenciaba de todos los demás porque era un bautismo de arrepentimiento (Hechos 19:4).

Todo Israel había sido bautizado en Moisés, es decir, había sido puesto bajo su liderazgo y autoridad del pacto al pasar por el mar (1 Corintios 10:2). La ley ceremonial también incluía muchos lavamientos o bautismos (Hebreos 9:10). Pero el bautismo de Juan pertenecía al camino superior de la gracia, la ley que llama a las personas a arrepentirse y creer.

Mateo dice que Juan bautizaba en el Jordán, el río conocido por el cruce de Israel hacia la tierra prometida y por la sanidad de Naamán. Sin embargo, es probable que Juan no comenzara allí. A medida que aumentaban las multitudes, quizá se trasladó al Jordán para poder seguir bautizando a todos los que acudían a él.

Al bautizarlos, Juan también los llamaba a vivir vidas santas que correspondieran a su confesión pública. Debemos recordar esto: la confesión del pecado siempre debe ir acompañada de resoluciones santas, hechas con la fuerza de la gracia de Dios, para apartarse del pecado y no volver a él.

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