Versículo destacado

Mateo 16:24 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Luego Jesús dijo a sus discípulos: —Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. "

Mateo 16:24

menu_book El versículo en contexto

22 Entonces Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo, diciendo: —¡Dios no lo quiera, Señor! ¡Esto no te puede pasar!

23 Pero Jesús se volvió y le dijo a Pedro: —¡Apártate de mí, Satanás, pues eres un tropiezo para mí! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres.

24 Luego Jesús dijo a sus discípulos: —Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame.

25 Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda la vida por causa mía la encontrará.

26 ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida? ¿O cuánto podrá pagar el hombre por su vida?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cristo ya les había mostrado a sus discípulos que tenía que sufrir y que estaba dispuesto a hacerlo. Ahora les dice que ellos también tendrán que sufrir y que deben estar igualmente dispuestos. Estos versículos nos presentan una enseñanza seria y de gran peso.

Aquí Cristo establece la regla del discipulado y las condiciones para recibir su honra y sus beneficios (Mateo 16:24). Les dijo esto a sus discípulos no solo para que pudieran enseñárselo a otros, sino también para que se examinaran a sí mismos conforme a esta regla. Ser discípulo de Cristo significa ir detrás de él. Cuando Cristo llamó por primera vez a sus discípulos, les dijo: «Sígueme». El verdadero discípulo sigue a Cristo en el deber y lo seguirá hasta la gloria. No va delante de Cristo ni pretende decirle qué hacer, como Pedro acababa de intentar hacerlo. Más bien, va detrás de Cristo, como las ovejas siguen al pastor, los siervos a su amo o los soldados a su capitán.

El discípulo tiene como meta lo mismo que Cristo: la gloria de Dios y la gloria celestial. Camina por el mismo camino que Cristo recorrió, es guiado por el Espíritu Santo, sigue las huellas de Cristo, se somete a su autoridad y sigue al Cordero por dondequiera que va (Apocalipsis 14:4). Las palabras de Cristo, «Si alguno quiere venir», significan: «Si alguien está dispuesto a venir». Señalan una decisión deliberada, tomada con alegría y firmeza. Muchas personas son consideradas discípulas más por casualidad o por deseo de otros que por una decisión propia, pero Cristo quiere que los suyos vengan voluntariamente (Salmo 110:3).

Es como si Cristo dijera: «Si alguno que todavía no es mi discípulo está firmemente decidido a venir a mí, y si alguno de ustedes que ya es mi discípulo está firmemente decidido a permanecer conmigo, estas son las condiciones, y no hay otras. Deben seguirme en el sufrimiento, así como en todo lo demás. Por eso, al calcular el costo, cuenten con esto». La primera condición es esta: que se niegue a sí mismo. Pedro acababa de aconsejarle a Cristo que se evitara el sufrimiento, y probablemente habría hecho lo mismo consigo. Pero Cristo les dice a todos que deben ir mucho más allá de protegerse: deben negarse a sí mismos.

En esto deben seguir a Cristo, porque su nacimiento, su vida y su muerte fueron un largo acto de negación propia, un completo vaciamiento de sí mismo (Filipenses 2:7-8). Si negarnos a nosotros mismos resulta difícil y va en contra de nuestros deseos naturales, no es más de lo que nuestro Maestro aprendió y practicó antes que nosotros y por nosotros, tanto para nuestra redención como para enseñarnos. El siervo no es superior a su señor. Todos los discípulos de Cristo deben negarse a sí mismos. Esta es la regla básica para entrar en la escuela de Cristo y la primera gran lección que se aprende allí. Es la puerta estrecha y el camino angosto.

Debemos negarnos a nosotros mismos de una manera plena y completa. No debemos admirarnos a nosotros mismos, dejarnos llevar por nuestros estados de ánimo, confiar en nuestro propio entendimiento, buscar nuestros propios intereses ni convertirnos en nuestro objetivo principal. También debemos negarnos a nosotros mismos de una manera relativa: nos negamos por Cristo, por su voluntad y su gloria, y por el bien de su obra en el mundo. Nos negamos por nuestros hermanos y hermanas y por el bien de ellos. Y nos negamos por nuestro propio bien, al rechazar los deseos del cuerpo para buscar el bien del alma.

La segunda condición es tomar la cruz. Aquí la cruz se refiere a toda clase de sufrimiento, ya sea el que experimentamos como seres humanos o como cristianos. Incluye las dificultades que vienen por la providencia de Dios, la persecución por hacer lo correcto y toda dificultad que surge por hacer el bien o negarnos a hacer lo malo. Es apropiado llamar cruces a los sufrimientos cristianos porque nos recuerdan la muerte de Cristo en la cruz, a la que él se sometió. Esto debería hacernos más dispuestos a soportar las dificultades y disminuir parte de nuestro temor, pues son cargas que compartimos con Cristo y que él llevó antes que nosotros.

Todo discípulo de Cristo tiene su propia cruz y debe esperarla. Así como cada persona tiene un deber particular que cumplir, también tiene una dificultad particular que soportar, y cada uno siente con mayor intensidad su propia carga. Las cruces son parte de la experiencia común de los hijos de Dios, pero cada hijo tiene una porción personal dentro de esa realidad. Nuestra cruz es lo que la sabiduría infinita ha dispuesto para nosotros y lo que la providencia soberana de Dios ha puesto sobre nosotros para nuestro bien. Nos hace bien llamar nuestra a la cruz que estamos llevando y recibirla de esa manera.

A menudo tenemos la tentación de pensar que podríamos soportar mejor la cruz de otra persona que la nuestra, pero lo que Dios nos da es lo mejor, y debemos aprovecharlo de la mejor manera posible. Cada discípulo debe tomar la cruz que el Dios sabio ha preparado para él. Esta expresión alude a la práctica romana de obligar a los condenados a cargar el madero transversal hasta el lugar de su ejecución. Cuando Simón llevó la cruz de Cristo detrás de él, estas palabras adquirieron un significado especialmente claro.

En primer lugar, esto supone que la cruz ya está en nuestro camino y preparada para nosotros. No debemos fabricarnos cruces, sino prepararnos para las cruces que Dios ha puesto delante de nosotros. Nuestra regla no es apartarnos del deber, ya sea para buscar una cruz o para evitarla. No debemos provocarnos dificultades por imprudencia o por falta de buen juicio. Pero cuando la dificultad se presenta delante de nosotros, debemos tomarla. Debemos enfrentar la aflicción de tal manera que no se convierta en una piedra de tropiezo ni en una barrera para cumplir ningún deber que tengamos delante de Dios. Debemos quitarla del camino elevándonos por encima de la ofensa de la cruz y diciendo: «Nada de esto me hará retroceder»; luego debemos seguir adelante con ella, aunque todavía se sienta pesada.

En segundo lugar, nuestro deber no consiste solamente en soportar la cruz, como un poste o una piedra pudieran cargarla, ni siquiera en permanecer callados bajo su peso. Debemos tomar la cruz, lo que significa que debemos darle algún buen uso. No debemos decir: «Esto es malo, y tengo que soportarlo porque no puedo evitarlo», sino más bien: «Esto es malo, pero lo soportaré porque Dios hará que resulte para mi bien». Cuando podemos regocijarnos en nuestras aflicciones y gloriarnos en ellas, entonces verdaderamente estamos tomando la cruz. Esto viene de manera natural después de negarnos a nosotros mismos, porque quien no está dispuesto a renunciar por Cristo a los placeres del pecado y a las ganancias de este mundo tampoco tendrá el corazón dispuesto a tomar su cruz. Como dijo el arzobispo Tillotson, la persona que no puede decidirse a vivir como santa demuestra en su interior que probablemente nunca llegará a morir como mártir.

El tercer término es seguir a Cristo en este asunto de tomar la cruz. Los creyentes que sufren deben mirar a Jesús y recibir de él tanto dirección como valor para sufrir. ¿Llevamos la cruz? Entonces estamos siguiendo a Cristo, quien la lleva delante de nosotros y por nosotros, y de ese modo nos la quita. Él cargó con el extremo más pesado de la cruz, el que estaba bajo la maldición, y dejó ligero y llevadero el otro extremo para nosotros. O, en un sentido más general, debemos seguir a Cristo en cada acto de santidad y obediencia.

Los discípulos de Cristo deben aprender a imitar a su Maestro y a seguir su ejemplo en todo. Deben continuar haciendo el bien, sin importar los obstáculos que encuentren. Hacer lo correcto y sufrir por ello es seguir a Cristo. Por eso, cuando Jesús dice: «Si alguno quiere venir detrás de mí, sígame», no está diciendo exactamente lo mismo dos veces. Quiere decir que, si alguien desea llevar el nombre de discípulo, también debe hacer la obra de un discípulo. O, si alguien comienza bien a seguir a Cristo, debe continuar siguiéndolo con plena perseverancia, como Caleb, quien siguió completamente al Señor.

Estas palabras buscan persuadirnos a someternos a las exigencias de Cristo. La negación de nosotros mismos y el sufrimiento paciente son lecciones difíciles, y nunca las aprenderemos si solo prestamos atención a nuestros propios deseos. Debemos escuchar al Señor Jesús y seguir su consejo. Él ofrece razones contundentes para cumplir estos deberes, especialmente el llamado a negarnos a nosotros mismos y a sufrir por él.

Una razón es el peso de la eternidad, que depende de nuestra decisión presente (Mateo 16:25). «El que quiera salvar su vida», negando a Cristo, «la perderá»; y «el que pierda su vida» por causa de Cristo «la hallará». Aquí se nos presentan la vida y la muerte, la bendición y la maldición. La peor forma de apartarse de la fe suele ser la que parece más razonable. Una persona puede pensar que está salvando su vida en este mundo por medio del pecado, pero la perderá en el venidero. Si se aparta de Cristo para proteger su vida temporal y evitar una muerte temporal, ciertamente perderá la vida eterna y sufrirá para siempre la segunda muerte.

No existe una excusa más comprensible para abandonar a Cristo y hacer lo malo que intentar salvar la propia vida. El instinto de conservación es poderoso, pero incluso puede conducir a la ruina. Al final, se convierte en autodestrucción. La vida que se salva dura solo un momento, y la muerte que se evita es apenas como un sueño. Pero la vida que se pierde es eterna, y la muerte que se acepta tiene todo el peso de la miseria: una separación interminable de todo bien. Toda persona sensata debería considerar cuidadosamente si la apostasía realmente produce alguna ganancia a largo plazo, aunque por medio de ella alguien logre conservar sus bienes, su posición o su vida.

Por otro lado, existe una gran ganancia en la forma más difícil de fidelidad. Quien pierda su vida por causa de Cristo en este mundo la encontrará en una vida mucho mejor, para su beneficio eterno. Muchos pierden su vida por Cristo al servirlo con gran esfuerzo y fervor. Otros la pierden en el sufrimiento, cuando prefieren morir antes que negarlo a él, a su verdad o a sus caminos. La santa religión de Cristo ha llegado hasta nosotros sellada con la sangre de miles que no consideraron su propia vida más valiosa que el deber y el testimonio de Jesús (Apocalipsis 20:4).

Aunque muchos han perdido incluso la vida misma por Cristo, al final nadie ha salido verdaderamente perdiendo por causa de él. Algunas pérdidas de otros consuelos por amor a Cristo pueden ser restauradas en este mundo (Marcos 10:30), pero la pérdida de la vida no puede ser restaurada aquí. Será recompensada en el mundo venidero con la vida eterna. La esperanza firme de esa vida ha sido el gran apoyo de los creyentes que sufren en cada época. La confianza en lo que recibirían a cambio de aquello que arriesgaban los ayudó a triunfar sobre la muerte con todos sus terrores, a caminar sonrientes hacia el cadalso, a permanecer cantando en la hoguera y a considerar la peor furia de sus enemigos como una aflicción leve.

También está el valor del alma y la insignificancia del mundo en comparación con ella (Mateo 16:26). «¿De qué le sirve a una persona ganar todo el mundo y perder su propia alma?». La palabra que aquí se traduce como «alma» es la misma que en el versículo anterior se traduce como «vida», porque el alma es la vida (Génesis 2:7). En el sentido más sencillo, esto significa que, aunque una persona lo gane todo, si pierde la vida no podrá disfrutar de lo que ha ganado. Pero también señala una realidad más profunda. El alma es inmortal, y si se pierde después de la muerte, el mundo entero no puede compensar esa pérdida.

Cada persona tiene su propia alma. El alma es la parte espiritual y perdurable de nuestro ser. Piensa, razona, reflexiona, mira hacia el futuro y ahora da vida al cuerpo. Pronto actuará separada del cuerpo. Nuestras almas son nuestras, no porque seamos sus dueños, pues no lo somos, ya que Dios dice: «Todas las almas son mías». Son nuestras porque ellas mismas constituyen nuestro ser.

Es posible que el alma se pierda, y existe un peligro real de que eso ocurra. El alma se pierde cuando queda separada para siempre de todo bien y entregada a todo el mal que puede sufrir. Se pierde cuando muere, hasta donde un alma puede morir, separada del favor de Dios y hundida bajo su ira y su maldición. Nadie está verdaderamente arruinado hasta que se encuentra en el infierno.

Si el alma se pierde, el pecador la ha perdido por su propia culpa. Destruye su propia alma al hacer lo que ciertamente la perjudica y descuidar lo único que podría salvarla (Oseas 13:9). El pecador muere porque escoge la muerte. La responsabilidad de su sangre recae sobre su propia cabeza.

Un alma vale más que el mundo entero. Nuestra propia alma tiene más valor para nosotros que todas las riquezas, los honores y los placeres de esta vida presente, aun si pudiéramos poseerlos todos. Aquí se coloca el mundo entero en un lado de la balanza y un alma en el otro, y el mundo resulta demasiado liviano. Ese es el juicio de Cristo, y él está plenamente capacitado para juzgar. Conoce el valor de las almas porque las redimió, y no subestimaría el valor del mundo, pues él lo creó.

Ganar el mundo muchas veces significa perder el alma. Muchas personas han arruinado su bienestar eterno por preocuparse demasiado, y de una manera equivocada, por su éxito terrenal. Es el amor al mundo y la búsqueda codiciosa de sus cosas lo que hunde a las personas en la destrucción y la ruina. La pérdida del alma es tan grande que ni siquiera ganar el mundo entero puede compensarla. Quien pierde su alma para ganar el mundo hace un trato terrible y termina perdiéndolo todo. Cuando llegue el momento de ajustar cuentas y compare la ganancia con la pérdida, verá que, en lugar del beneficio que esperaba, está arruinado en todos los sentidos.

¿Qué puede dar una persona a cambio de su alma? Si el alma se pierde, se pierde para siempre. No existe un pago equivalente ni un precio sustituto que se pueda ofrecer o aceptar. Es una pérdida que jamás puede repararse ni recuperarse.

Si, después de que Cristo pagó ese gran precio para redimir nuestras almas y restaurarlas a la posición que les correspondía, las personas todavía descuidan esas almas por causa del mundo y las pierden, esa segunda responsabilidad sobre ellas nunca será eliminada. No hay otro sacrificio por los pecados, ni otro precio por las almas, ni una oportunidad posterior para volver a comprar lo que se ha perdido. Por eso es sabio tener cuidado ahora y actuar para nuestro propio bien mientras todavía podemos hacerlo.

Estos versículos también dan razones poderosas para negarnos a nosotros mismos y sufrir por Cristo. Una de ellas es la esperanza segura de la gloria de Cristo cuando venga de nuevo para juzgar al mundo (Mateo 16:27). Si pensamos en cómo se verá todo al final y en cómo estarán las almas en ese momento, juzgaremos el presente de una manera muy diferente. Lo que ahora parece insignificante se verá de otra forma cuando se contemple a la luz de aquel día.

El principal apoyo para mantener una fe firme proviene de la segunda venida de Cristo, considerada primero como la manifestación de su honor. El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles. Si miramos a Cristo solamente en sus sufrimientos, tan humillado, maltratado y despreciado, podríamos desanimarnos de trabajar o arriesgar algo por él. Pero la fe ve al Capitán de nuestra salvación venir en gloria, con el poder y el esplendor del cielo, y eso nos fortalece para hacer mucho y soportar mucho por él.

Él se llama a sí mismo el Hijo del Hombre, un título que habla de su humilde vida humana y muestra que no se avergüenza de ella. En su primera venida llegó en humildad, compartiendo nuestra carne y nuestra sangre. En su segunda venida aparecerá en la gloria de su Padre. En su primera venida lo acompañaron discípulos pobres; en la segunda lo acompañarán ángeles gloriosos. Si sufrimos con él, también seremos glorificados con él (2 Timoteo 2:12).

La venida de Cristo también nos concierne, porque entonces recompensará a cada persona según lo que haya hecho. Jesucristo vendrá como Juez, y dará recompensas y castigos muy superiores a todo lo que los gobernantes terrenales pueden otorgar. El temor a los tribunales humanos (Mateo 10:18) se hace menos intenso cuando, por la fe, miramos de antemano la gloria del tribunal de Cristo. En aquel momento, las personas no serán juzgadas por su éxito en el mundo, sino por sus obras, por lo que fueron y por lo que hicieron. Ese día, los que aparentaban creer enfrentarán la ruina eterna, y las almas fieles recibirán la corona de vida.

La mejor manera de prepararnos para ese día es negarnos a nosotros mismos, tomar nuestra cruz y seguir a Cristo. De esa manera hacemos del Juez nuestro Amigo, y lo que hayamos hecho quedará bien registrado en el juicio. Las recompensas y los castigos finales están reservados para aquel día. Aquí, el bien y el mal muchas veces parecen estar mezclados. No siempre vemos un castigo inmediato por apartarse de Dios ni una recompensa inmediata por serle leales. Pero en aquel día todo será puesto en orden; por eso no juzguen nada antes de tiempo (2 Timoteo 4:6-8).

Otro motivo de ánimo es la llegada cercana del reino de Cristo a este mundo (Mateo 16:28). Estaba tan cerca que algunos de los que estaban allí vivirían para verlo. A Simeón se le prometió que no moriría antes de ver al Cristo del Señor venir en carne; de la misma manera, a algunos de los que estaban allí se les dijo que no probarían la muerte, es decir, que no morirían antes de ver al Cristo del Señor venir en su reino. Al final de los tiempos, él vendrá en la gloria de su Padre. Pero, llegado el momento señalado, debía venir en su propio reino, su reino mediador; es decir, su gobierno como el intermediario designado entre Dios y las personas.

Una pequeña señal de esa gloria se manifestó pocos días después en la transfiguración (Mateo 17:1). Aquello fue una especie de anticipo. Pero esto también apunta a la venida de Cristo mediante el derramamiento de su Espíritu, el establecimiento de la iglesia del evangelio, la destrucción de Jerusalén y el desplazamiento de la nación judía de su lugar, pues se oponía con mayor fuerza al cristianismo. De esta manera, el Hijo del Hombre vino en su reino. Muchos de los que estaban allí vivieron para verlo, especialmente Juan, quien vivió más allá de la destrucción de Jerusalén y vio cómo el cristianismo se extendía por todo el mundo.

Esto debía animar a los seguidores de Cristo a sufrir por él. Su obra tendría éxito aunque enfrentaran oposición. Los apóstoles estaban edificando el reino de Cristo, y podían tener la certeza de que cumplirían su tarea y verían el fruto de su trabajo. Es un gran consuelo para los creyentes que sufren saber que el reino de Cristo crecerá entre las personas, no solo a pesar de sus sufrimientos, sino también por medio de ellos. Una perspectiva esperanzadora del avance del reino de la gracia, así como de nuestra participación en el reino de la gloria, puede sostenernos con valor en medio del sufrimiento.

También podían tener la certeza de que su causa sería defendida. Se haría justicia por sus muertes y sus perseguidores rendirían cuentas. Y esto sucedería pronto, en esa misma generación. Cuanto más se acerca la liberación de la iglesia, más dispuestos y alegres debemos estar para sufrir por Cristo. El Juez está a la puerta. Estas palabras fueron dadas como consuelo a quienes vivirían durante aquel tiempo oscuro, porque verían días mejores. Es bueno compartir las alegrías de la iglesia (Daniel 12:12).

Cristo dijo que algunos vivirían para ver aquellos días gloriosos, pero no todos. Algunos entrarían en la tierra prometida, mientras que otros caerían en el desierto. No dijo quiénes vivirían para ver el reino, porque, si lo hubieran sabido, quizá habrían dejado de pensar en la muerte. Pero algunos de ellos sí lo verían. El Señor está cerca. El Juez está a la puerta; por eso, tengan paciencia, hermanos y hermanas.

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