Versículo destacado

Juan 13:36 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Simón Pedro le preguntó a Jesús: —Señor, ¿adónde vas? —Adonde yo voy —le respondió Jesús—, no puedes seguirme ahora, pero me seguirás después. "

Juan 13:36

menu_book El versículo en contexto

34 Les doy este mandamiento nuevo: Que se amen unos a otros. Así como yo los amo a ustedes, así también deben amarse unos a otros.

35 Si se aman unos a otros, todo el mundo se dará cuenta de que ustedes son discípulos míos.

36 Simón Pedro le preguntó a Jesús: —Señor, ¿adónde vas? —Adonde yo voy —le respondió Jesús—, no puedes seguirme ahora, pero me seguirás después.

37 Pedro le dijo: —Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¡Estoy dispuesto a dar mi vida por ti!

38 Jesús le respondió: —¿De veras estás dispuesto a dar tu vida por mí? Pues te aseguro que, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos vemos la curiosidad de Pedro y la corrección que Jesús le dio. La pregunta de Pedro fue audaz y directa: «Señor, ¿adónde vas?». Se refería a lo que Jesús acababa de decir: «Adonde yo voy, no puedes seguirme ahora» (Juan 13:33). Pedro pasó por alto la enseñanza práctica que Jesús acababa de dar acerca del amor fraternal y, en cambio, preguntó por algo que Jesús había dejado sin aclarar deliberadamente.

Esta es una debilidad humana muy común. A menudo estamos más ansiosos por conocer los secretos que pertenecen solo a Dios que por obedecer las cosas que Él nos ha mostrado claramente. Queremos satisfacer la curiosidad más que dejar que la conciencia sea guiada. Queremos saber qué está sucediendo en el cielo, en vez de saber qué debemos hacer para llegar allí.

Jesús le respondió a Pedro de una manera que le enseñó, sin darle todos los detalles que quería. No describió el lugar adonde iba, y nunca habló de su gloria y su gozo con tanta claridad como habló de su sufrimiento. Sencillamente repitió lo que ya había dicho: «No puedes seguirme ahora, pero me seguirás después» (Juan 13:36).

Esto puede significar que Pedro todavía no podía seguir a Jesús hasta la cruz. No tenía suficiente fortaleza de fe ni valor para beber aquella copa. Su debilidad se manifestó más tarde, cuando Cristo estaba sufriendo y Pedro tuvo miedo. Por eso, cuando arrestaron a Jesús, Él protegió a sus discípulos y dijo: «Dejen ir a estos», porque en ese momento ellos no podían seguirlo. Jesús conoce la condición de sus seguidores y no les asigna trabajos ni sufrimientos para los cuales todavía no están preparados. Cada día trae una carga correspondiente a la fuerza necesaria para llevarla.

Pedro ciertamente estaba destinado a sufrir el martirio, pero no en ese momento. No podía seguir a Cristo entonces porque todavía no había llegado a la madurez plena. Pero lo seguiría después y, al final, sería crucificado como su Maestro. No debía pensar que, por haber escapado del sufrimiento una vez, nunca volvería a sufrir. Si en un momento evitamos la cruz, no debemos suponer que nunca volveremos a encontrarla. Es posible que se nos esté reservando una prueba mayor que cualquiera de las que hemos conocido hasta ahora.

Estas palabras también pueden señalar el hecho de seguir a Cristo hasta la gloria. Jesús iba hacia su propia gloria, y Pedro estaba ansioso por ir con Él. Pero, en efecto, Cristo le estaba diciendo: «No puedes seguirme ahora. Todavía no estás listo para el cielo y tu trabajo en la tierra no ha terminado. El precursor, el que va delante para preparar el lugar, debe entrar primero. Después me seguirás, cuando hayas peleado la buena batalla, en el momento señalado». Los creyentes no deben esperar ser glorificados tan pronto como son llamados verdaderamente. Hay un desierto entre el mar Rojo y Canaán.

También vemos la confianza de Pedro y la corrección que recibió por causa de ella. Pedro hizo una promesa audaz de lealtad. No estaba dispuesto a quedarse atrás, así que preguntó: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? ¿Dudas de mi sinceridad y de mi valor? Daré mi vida por ti». Algunos piensan que Pedro imaginaba que Jesús hablaba de un viaje a algún lugar distante. Pero, como había escuchado tantas veces a su Maestro hablar del sufrimiento, difícilmente pudo haber entendido sus palabras de otra manera que no fuera como una referencia a su partida por medio de la muerte. Al igual que Tomás, parece estar dispuesto a morir con Cristo; preferiría morir con Él que vivir sin Él.

Debemos notar el afecto genuino de Pedro por el Señor Jesús. «Daré mi vida por ti» no eran palabras vacías, aunque Pedro habló sin haberlo pensado lo suficiente. Amaba profundamente a Cristo. Cristo debe ser más querido para nosotros que nuestra propia vida y, cuando Él nos llama, debemos estar dispuestos a dar la vida por su causa (Hechos 20:24).

También vemos lo mucho que Pedro tomó la idea de que se pusiera en duda su sinceridad. Sus palabras, «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora?», muestran que se sintió herido por la sugerencia de que podía fracasar. El amor verdadero no recibe bien que se cuestione su honestidad. Jesús había dicho que uno de ellos era un diablo, pero ese hombre ya había quedado expuesto y se había ido. Por eso Pedro quizá se sentía aún más seguro de su propia sinceridad. Sin embargo, todavía tenía demasiada confianza en sí mismo y, en efecto, estaba diciendo: «Señor, estoy decidido a no dejarte nunca; entonces, ¿por qué no puedo seguirte?».

A menudo estamos listos para pensar que podemos hacer cualquier cosa. Tampoco nos gusta que nos digan que no podemos hacer esto o aquello. Pero separados de Cristo no podemos hacer nada.

Entonces Jesús le dio a Pedro una predicción sorprendente de su fracaso. Cristo nos conoce mejor de lo que nosotros mismos nos conocemos. Tiene muchas maneras de sacar a la luz el orgullo oculto de las personas que ama y de humillarlo. Primero puso a prueba la confianza de Pedro: «¿Darás tu vida por mí?». Fue como si Jesús expusiera con gentileza lo enorme que era la promesa de Pedro. Pedro no había considerado cuán difícil es morir ni cuánto sufrimiento implica entregar la vida. Es más fácil decirlo que hacerlo.

Jesús no estaba tratando de hacer que Pedro abandonara su determinación, sino de llevarlo a añadir la condición necesaria: «Señor, si tu gracia me fortalece, daré mi vida por ti». Jesús estaba diciendo: «¿Te comprometes a morir por mí? ¿Tú, que temblaste al caminar sobre el agua hacia mí? ¿Tú, que una vez exclamaste: “¡Dios no lo permita, Señor!”, cuando se habló del sufrimiento? Fue fácil dejar tus barcas y tus redes para seguirme, pero no es tan fácil morir por mí». Incluso Cristo mismo luchó cuando llegó el momento de su propio sufrimiento, y el discípulo no es superior a su Señor. Es bueno que nos avergoncemos de nuestra confianza orgullosa en nosotros mismos. ¿Puede una caña quebrada sostenerse como una columna, o puede un niño débil asumir el papel de un campeón? Qué insensato es hablar con tanta presunción.

Después, Jesús predijo claramente la cobardía de Pedro en el momento decisivo. Para detener sus palabras jactanciosas, Cristo dijo con certeza: «De cierto, de cierto te digo: el gallo no cantará hasta que me hayas negado tres veces» (Juan 13:38). No mencionó, como lo haría después, «esta noche», porque parece que esto ocurrió dos noches antes de la Pascua. Sin embargo, quiso decir que Pedro lo negaría tres veces muy pronto, todo dentro del transcurso de una sola noche. De hecho, sucedería en tan poco tiempo que ocurriría entre el primer y el último canto del gallo.

El gallo se menciona por dos razones. Primero, muestra que Pedro fallaría durante la noche, lo que hacía aún más sorprendente la predicción, pues algo así parecía poco probable. El conocimiento anticipado de Cristo era exacto y seguro. Segundo, el canto del gallo después se convertiría en el medio que llevaría a Pedro al arrepentimiento; por sí solo no habría producido ese efecto si Cristo no lo hubiera incluido en la advertencia.

Cristo vio de antemano que Judas lo traicionaría, aunque Judas apenas había formado ese plan en su corazón. También vio que Pedro lo negaría, aunque Pedro pretendía hacer lo contrario y no tenía la intención de fallar. Cristo conoce no solo la maldad que hay en los pecadores, sino también la debilidad que hay en su pueblo.

En primer lugar, Cristo le dijo a Pedro que lo negaría, que renunciaría a Él y que se negaría a reconocerlo. En otras palabras, Pedro haría algo más que dejar de seguir a Cristo por un momento. Incluso le daría vergüenza admitir que alguna vez lo había seguido. En segundo lugar, Cristo dijo que Pedro no haría esto una sola vez, en un descuido momentáneo. Lo negaría después de detenerse a pensarlo y luego lo repetiría por segunda y tercera vez. Y eso fue exactamente lo que sucedió.

A menudo se dice que las profecías de la Escritura se expresan algunas veces en un lenguaje oscuro o figurado porque, si fueran demasiado claras, las personas podrían intentar impedir que se cumplieran; o bien parecerían impuestas por el destino de una manera que entraría en conflicto con la libertad humana. Pero esta profecía clara y directa acerca de Pedro no produjo ninguno de esos resultados. No evitó que Pedro negara a Cristo, ni hizo que Cristo fuera responsable del pecado de Pedro.

Solo podemos imaginar cuánto debió sacudir esto la confianza de Pedro en sí mismo. Debió ser difícil escuchar aquella advertencia, y aún más difícil escucharla expresada de una manera que no pudiera negar con seguridad. Si lo hubiera intentado, quizá habría respondido como Hazael, un hombre de la Escritura que se sorprendió ante la posibilidad de hacer semejante maldad: «¿Qué es tu siervo? ¿Acaso es un perro?». Esta advertencia debió llenarlo de vergüenza y confusión.

La lección es clara: quienes se sienten más seguros suelen estar en mayor peligro. Los que más confían en sus propias fuerzas a menudo manifiestan la debilidad más profunda cuando caen, como advierte Pablo (1 Corintios 10:12).

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