Versículo destacado
Lucas 9:57 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Mientras iban por el camino, un hombre le dijo a Jesús: —Señor, deseo seguirte adondequiera que vayas. "
Lucas 9:57
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
55 Pero Jesús se volvió y los reprendió.
56 Luego se fueron a otra aldea.
57 Mientras iban por el camino, un hombre le dijo a Jesús: —Señor, deseo seguirte adondequiera que vayas.
58 Jesús le respondió: —Las zorras tienen cuevas y las aves tienen nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde recostar la cabeza.
59 Jesús le dijo a otro: —Sígueme. Pero él respondió: —Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.
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Aquí tenemos a tres personas que ofrecieron seguir a Cristo y las respuestas que él les dio a cada una. Las dos primeras también aparecen en Mateo 19:21. El primer hombre estaba muy dispuesto a seguir a Jesús de inmediato, pero parece haber sido impulsivo y poco cuidadoso. No se había detenido a pensar en el costo.
Mientras caminaban hacia Jerusalén, donde la gente esperaba que Cristo manifestara pronto su gloria, un hombre le dijo a Jesús: «Señor, te seguiré adondequiera que vayas» (Lucas 9:57). Ese debe ser el deseo de todo aquel que verdaderamente será discípulo de Cristo. Sus seguidores van adondequiera que va el Cordero (Apocalipsis 14:4), incluso en medio de las dificultades, la prisión y la muerte.
Jesús respondió con una advertencia importante. Le dijo al hombre que no debía esperar comodidad ni éxito según los criterios del mundo por seguirlo, sino pobreza y sufrimiento. «El Hijo del Hombre» era el título que Jesús usaba para referirse a sí mismo como aquel que verdaderamente compartió nuestra naturaleza humana. Él dijo que no tenía dónde recostar la cabeza.
Esto muestra hasta qué punto Jesús estuvo dispuesto a humillarse en este mundo. No tenía siquiera las comodidades básicas que tienen las zorras y las aves. Aquel que hizo todas las cosas no tenía un hogar propio. Dependía de otros para tener dónde refugiarse. Él asumió esa pobreza por nosotros, para mostrar su amor y hacer aún más evidente el valor de su obra salvadora, a fin de que por medio de su pobreza nosotros llegáramos a ser ricos (2 Corintios 8:9).
Jesús también habla de esta manera a quienes desean ser sus discípulos. Si nos proponemos seguir a Cristo, debemos renunciar a los sueños de alcanzar un gran éxito mundano. No debemos pensar en la fe como un medio para obtener ventajas terrenales. Cristo ha mantenido separadas esas cosas, y nosotros no debemos intentar unirlas. Más bien, debemos esperar entrar en el reino de los cielos por medio de muchas dificultades. Tenemos que negarnos a nosotros mismos y tomar nuestra cruz. Jesús le dijo a aquel hombre con qué debía contar si lo seguía: noches frías, una vida difícil y el desprecio de los demás. Si no podía aceptar eso, no debía fingir que seguía a Cristo.
Hasta donde sabemos, esta respuesta pudo haberlo hecho alejarse. Pero no desanimará a nadie que conozca lo que hay en Cristo y en el cielo, y que lo compare con cualquier pérdida terrenal.
La segunda persona parecía dispuesta a seguir a Cristo, pero pidió un retraso (Lucas 9:59). Jesús lo había llamado primero y le había dicho: «Sígueme». El hombre que se había ofrecido por iniciativa propia retrocedió cuando oyó hablar de las dificultades. Este otro, aunque al principio fue lento para responder, parece haberse rendido finalmente. En su caso se cumplió aquello de: «Ustedes no me eligieron a mí, sino que yo los elegí a ustedes» (Juan 15:16). No es la voluntad entusiasta del ser humano, sino la misericordia de Dios, la que hace el llamado y lo vuelve eficaz.
La excusa que dio fue: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre». Quería decir: «Tengo en casa un padre anciano que no puede vivir mucho más. Debo quedarme para cuidarlo hasta que muera; después iré y haré todo lo que me pidas».
A partir de esto, podemos ver tres tentaciones que podrían impedirnos seguir a Cristo, y debemos cuidarnos de ellas. Primero, podemos conformarnos con ser discípulos comprometidos solo a medias, manteniendo cierta distancia en vez de entregarnos por completo a Cristo. Segundo, podemos retrasar la obediencia a deberes que ya conocemos y dejarlos para después. Podemos decir que comenzaremos a vivir para Dios después de cumplir una tarea más, obtener una ganancia más o atravesar una etapa más de la vida, y así perdemos el tiempo presente. Tercero, podemos pensar que nuestro deber hacia la familia nos excusa de cumplir nuestro deber hacia Cristo. Parece razonable decir: «Primero déjame cuidar de mi familia y después serviré a Cristo», pero el reino de Dios y su justicia deben ocupar el primer lugar.
Jesús respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos. Pero tú ve y anuncia el reino de Dios» (Lucas 9:60). No quiso decir que sus seguidores debieran ser fríos o crueles con sus familias. Nuestra fe nos enseña a amar y cumplir fielmente cada responsabilidad familiar, a cuidar de los nuestros en casa y a honrar a nuestros padres. Pero no debemos usar esas responsabilidades como una razón para posponer el llamado de Dios.
Si el vínculo familiar más cercano en la tierra se interpone entre nosotros y Cristo, debemos tener un celo tan firme que nos lleve a poner incluso al padre y a la madre en segundo lugar, como lo hizo Leví (Deuteronomio 33:9). Este discípulo estaba siendo llamado a ser un ministro, por lo que no debía enredarse en los asuntos comunes de este mundo (2 Timoteo 2:4). Y cada vez que Cristo nos llama a cumplir un deber, no debemos detenernos primero a consultar el criterio humano (Gálatas 1:15-16). Ninguna excusa debe aceptarse para desobedecer de inmediato a Cristo.
El tercer hombre estaba dispuesto a seguir a Cristo, pero quería tomarse un poco de tiempo para hablar primero con sus amigos. Dijo: «Señor, te seguiré, pero déjame primero ir a despedirme de los que están en mi casa» (Lucas 9:61). Esto parecía razonable. Eliseo había pedido algo parecido cuando Elías lo llamó, y se le permitió hacerlo. Pero la obra del evangelio es superior y su urgencia es mayor que la de los profetas; por eso, en este caso, no se le permitió. Algunos entienden sus palabras de esta manera: «Déjame ir a arreglar los asuntos de mi casa y darles instrucciones».
¿Qué había de malo en esta petición? Primero, parecía pensar que seguir a Cristo sería triste, problemático y peligroso. Era como si creyera que estaba a punto de morir y necesitara despedirse de sus amigos para siempre, o al menos sin esperanza. Sin embargo, al seguir a Cristo podría haberse convertido en un consuelo y una bendición mucho mayores para ellos que si se hubiera quedado con ellos.
Segundo, parecía demasiado atado a sus preocupaciones terrenales. Su corazón todavía estaba puesto en sus parientes y en los asuntos de su familia, y no podía separarse de ellos con facilidad ni de manera apropiada. Ellos todavía lo retenían. Tal vez ya se había despedido una vez, pero quien no está dispuesto a irse sigue diciendo adiós una y otra vez. Por eso quería volver una vez más, porque ellos estaban en su casa.
Tercero, estaba dispuesto a exponerse a una tentación que iba en contra de su propósito de seguir a Cristo. Regresar a despedirse de los que estaban en su casa lo expondría a la presión más fuerte posible para cambiar de opinión. Todos se opondrían a su decisión, y le suplicarían que no los dejara. Fue imprudente entrar voluntariamente en una prueba así. Quienes deciden caminar con su Creador y seguir a su Redentor también deben decidir no detenerse a conversar con quien los tienta.
Entonces Cristo lo reprendió con esta respuesta (Lucas 9:62): «Nadie que pone la mano en el arado y quiere arar bien se queda mirando atrás. Si lo hace, abre surcos torcidos y la tierra que ara no queda preparada para la semilla. De la misma manera, si quieres seguirme y disfrutar de las bendiciones que reciben mis seguidores, pero sigues mirando atrás hacia la vida mundana y anhelándola, no eres apto para el reino de Dios». Mirar atrás de esa manera es como la esposa de Lot mirando hacia Sodoma (Génesis 19:26).
En un sentido, esa persona no es un terreno apropiado para recibir la buena semilla del reino de Dios, porque la obra no se ha llevado a cabo hasta el final. En otro sentido, tampoco es apta para trabajar en el reino, porque ni siquiera puede sostener bien el arado. Primero se ara y después se siembra. Así como las personas no están preparadas para recibir los consuelos de Dios hasta que primero se ha quebrado la dureza de su corazón, tampoco están preparadas para esparcir la buena semilla si no pueden perseverar en la obra y siguen mirando atrás con deseos de abandonarla.
La lección es clara. Quienes comienzan la obra de Dios deben decidir firmemente en su corazón continuar con ella; de lo contrario, no lograrán nada. Mirar atrás lleva a retroceder, y retroceder lleva a la destrucción. No son aptos para el cielo quienes se encaminan hacia él y luego se dan la vuelta. Pero quien persevere hasta el fin será salvo.
De este capítulo
Lucas 9:1
"Jesús reunió a sus doce discípulos y les dio poder y autoridad para expulsar toda clase de demonios y curar enfermedades."
Lucas 9:2
"Los envió a anunciar el reino de Dios y a sanar a los enfermos."
Lucas 9:3
"Les dijo: —No lleven nada para el camino: ni bastón, ni bolsa, ni pan, ni dinero ni ropa de repuesto."
Lucas 9:4
"En cualquier casa a la que lleguen, quédense allí hasta que se vayan de ese lugar."
Lucas 9:5
"Y si en algún pueblo no quieren recibirlos, salgan de allí y sacúdanse el polvo de los pies, para que esto les sirva a ellos de advertencia."
Lucas 9:6
"Ellos salieron y recorrieron todas las aldeas, anunciando la buena noticia y sanando enfermos."
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