Versículo destacado

Lucas 5:17 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Un día, mientras Jesús estaba enseñando, estaban sentados allí algunos fariseos y maestros de la ley que habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor se manifestaba en Jesús sanando a los enfermos. "

Lucas 5:17

menu_book El versículo en contexto

15 Sin embargo, la fama de Jesús aumentaba cada vez más, y mucha gente se reunía para oírlo y para que curara sus enfermedades.

16 Pero Jesús se retiraba a lugares donde no había nadie para orar.

17 Un día, mientras Jesús estaba enseñando, estaban sentados allí algunos fariseos y maestros de la ley que habían venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor se manifestaba en Jesús sanando a los enfermos.

18 Entonces llegaron unos hombres que llevaban en una camilla a un paralítico. Querían llevarlo dentro de la casa y ponerlo delante de Jesús,

19 pero no encontraban por dónde meterlo porque había mucha gente. Así que subieron al techo y, después de abrir un hueco entre las tejas, bajaron al enfermo en la camilla, allí en medio de todos, delante de Jesús.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos un relato general de la predicación y los milagros de Cristo en Lucas 5:17. Él estaba enseñando en un día común, no en sábado. Esto nos recuerda que los seis días no pertenecen únicamente al trabajo que hacemos para el mundo, sino también al bien de nuestra alma. Predicar y escuchar la Palabra de Dios son buenas obras cualquier día de la semana, cuando se hacen correctamente, tal como en sábado.

No estaba en la sinagoga, sino en una casa particular. Incluso en los lugares comunes donde pasamos tiempo con nuestros amigos es apropiado dar y recibir buena instrucción. Allí enseñaba y sanaba, como ya lo había hecho en Lucas 5:15. Que «el poder del Señor estaba presente para sanarlos» significa que el poder de Dios estaba actuando allí para sanar. Esto puede referirse a sanar sus almas, curar su enfermedad espiritual y darles una vida y una naturaleza nuevas.

Quienes reciben con fe la palabra de Cristo descubrirán que el poder divino acompaña esa palabra para sanarlos. Cristo vino con consuelo para sanar a los quebrantados de corazón (Lucas 4:18). Ese poder está presente con la Palabra, especialmente para quienes oran por él y se someten a ella. Está presente para sanar. Estas palabras también pueden referirse a la sanidad de enfermedades físicas, pues la gente acudía a Cristo para ser curada. Siempre que había necesidad, Cristo no tenía que salir a buscar poder. El poder ya estaba allí para sanar.

Había personas importantes presentes, y eran más de lo habitual: unos fariseos y maestros de la ley estaban sentados allí. No estaban sentados a los pies de Jesús para aprender de él. Si así hubiera sido, podríamos haber pensado que las palabras siguientes se referían a ellos y que el poder del Señor estaba presente para sanarlos. Pero Lucas pronto muestra que no fueron sanados, sino que criticaron a Cristo. Por eso, estos hombres estaban allí como observadores, críticos y espías, buscando algo que pudieran usar en su contra.

Cuántas personas en las reuniones cristianas se parecen a ellos. Se predica el evangelio, pero no se ponen bajo la autoridad de la Palabra. Se sientan junto a ella, sin someterse a ella. Para ellos, solo es una historia que se cuenta, no un mensaje que Dios les envía. Están dispuestos a que prediquemos delante de ellos, pero no a ellos. Estos fariseos y maestros de la ley habían venido de todas las poblaciones de Galilea, de Judea y de Jerusalén. Parece que habían acordado reunirse allí para observar juntos a Cristo, como quienes conspiran contra un profeta y se ponen de acuerdo para atacarlo con palabras (Jeremías 18:18; Jeremías 20:10). Aun así, Cristo continuó predicando y sanando, aunque veía sentados allí a aquellos hombres que lo despreciaban y vigilaban para atraparlo.

La sanidad del hombre paralítico nos enseña varias cosas importantes. Primero, el pecado es la raíz de toda enfermedad, y el perdón es el único fundamento seguro de una recuperación en la que verdaderamente podamos descansar. Llevaron al enfermo ante Cristo, y Cristo le dijo: «Hombre, tus pecados te son perdonados» (Lucas 5:20). Esa era la bendición mayor, la que más valía la pena buscar. Si sus pecados eran perdonados, aunque la enfermedad permaneciera, eso era misericordia. Si sus pecados no eran perdonados, aunque la enfermedad desapareciera, eso seguiría siendo juicio. Las ataduras de nuestro pecado son también las cadenas de nuestro sufrimiento.

Segundo, Jesucristo tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados, y su sanidad de enfermedades lo demostró sin lugar a dudas. Ese era el punto que estaba planteando en Lucas 5:24, para que supieran y creyeran que el Hijo del Hombre, aunque en ese momento se encontraba en una condición humana humilde en la tierra, tenía poder para perdonar pecados y, conforme a los términos del evangelio, liberar a los pecadores del castigo eterno del pecado. Le dijo al paralítico: «Levántate y anda», y el hombre fue sanado de inmediato.

Cuando Cristo perdonó el pecado, afirmó tener uno de los derechos que pertenecen al Rey de reyes, y era justo que diera una prueba clara de esa afirmación. Por eso puso el asunto a prueba. Allí estaba un hombre paralítico a causa del pecado. Si Cristo no podía curarlo al instante con una palabra —una sanidad que ninguna capacidad natural ni humana podía producir—, entonces no debían aceptarlo como aquel que perdona pecados, ni como el Mesías, ni como el Hijo de Dios y Rey de Israel. Pero si lo sanaba, tendrían que admitir que tenía autoridad para perdonar pecados. La prueba era justa, y una sola palabra de Cristo resolvió el asunto. Simplemente dijo: «Levántate, toma tu camilla», y aquella enfermedad de tantos años fue curada al instante. El hombre se puso de pie delante de todos.

Nadie podía dudar de que no había engaño ni fraude. Quienes lo habían llevado podían testificar lo indefenso que había estado. Quienes lo vieron podían dar testimonio de lo completamente sano que estaba ahora, con suficiente fuerza para recoger la camilla en la que había estado acostado y llevársela. Es una gran misericordia que esta verdad consoladora del evangelio —que Jesucristo, nuestro Redentor y Salvador, tiene poder para perdonar pecados— cuente con una prueba tan firme.

Tercero, esta historia también nos enseña que Jesucristo es Dios. Lo demuestra, en primer lugar, al conocer lo que los escribas y fariseos estaban pensando (Lucas 5:22). Ese conocimiento pertenece a Dios. Estos hombres sabían ocultar sus pensamientos y mantener un rostro serio tan bien como cualquiera, y probablemente se esforzaban mucho por hacerlo en ese momento, pues observaban en secreto para encontrar una manera de acusar a Jesús.

También demuestra que es Dios al hacer lo que, según sus propios pensamientos, nadie sino Dios podía hacer (Lucas 5:21). Ellos pensaban: «¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?». En efecto, Cristo les respondió: «Les mostraré que puedo perdonar pecados». Y si puede hacer eso, entonces es Dios. Qué terrible fue la maldad de quienes lo acusaron de blasfemia cuando pronunció la mejor de las bendiciones: «Tus pecados te son perdonados».

Esta historia también nos enseña cuál es nuestro deber. Cuando acudimos a Cristo, debemos hacerlo con fervor y urgencia. Eso es señal de fe y agrada mucho a Cristo. También tiene poder delante de él. Los amigos de aquel enfermo buscaron la manera de llevarlo ante Cristo (Lucas 5:18). Cuando eso no funcionó, no se dieron por vencidos. Como no podían entrar por la puerta, abarrotada de gente, descubrieron el techo y bajaron al pobre hombre por allí, justo delante de Jesús (Lucas 5:19). En eso, Jesús vio la fe de ellos (Lucas 5:20).

Aquí Cristo nos enseña —y sería bueno que aprendiéramos la lección— a dar a las palabras y las acciones el sentido más favorable posible, siempre que lo permitan. Cuando el centurión, un oficial romano, y la mujer cananea no mostraron preocupación por llevar ante Jesús a las personas por las que intercedían, porque creían que él podía sanarlas a distancia, Cristo elogió su fe. Pero aquí, aunque aquellos hombres parecían pensar que el enfermo necesitaba ser llevado ante Jesús, Cristo no criticó ni condenó su debilidad. No les dijo: «¿Por qué están causando semejante alboroto? ¿Acaso creen que yo no habría podido sanarlo aunque se hubiera quedado afuera?». Más bien, interpretó sus acciones de la manera más bondadosa y aun así vio fe en ellas. Es un consuelo para nosotros servir a un Maestro que está dispuesto a ver lo mejor en nosotros.

Cuando estamos enfermos, debemos preocuparnos más por recibir el perdón de nuestros pecados que por recuperar la salud. Con lo que Jesús le dijo a este hombre, nos enseñó que, cuando le pedimos a Dios salud, debemos comenzar pidiendo perdón. Las misericordias que recibimos de Dios deben llevarnos a alabarlo. El hombre se fue a su casa glorificando a Dios (Lucas 5:25). Puesto que Dios es quien nos rescata de la muerte, también debe recibir la gloria por esos rescates.

Los milagros que Cristo realizó dejaron asombrados a todos los que los presenciaron, y nosotros también debemos glorificar a Dios por ellos (Lucas 5:26). Ellos dijeron: «Hoy hemos visto cosas extraordinarias, cosas que nunca antes habíamos visto, y que tampoco habían visto nuestros padres». Consideraron que todo aquello era completamente nuevo. Sin embargo, glorificaron a Dios, quien había enviado a su país a un ayudador tan grande. También estaban llenos de temor, de un sentido reverente de la presencia de Dios y quizá de la inquietante sospecha de que él era el Mesías y de que su nación no lo estaba tratando como debía. Si fue así, tal vez temían que eso trajera la ruina sobre su nación, y también podían estar preocupados por ellos mismos.

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