Versículo destacado
Marcos 7:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Los fariseos se acercaron a Jesús junto con unos maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén. "
Marcos 7:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Los fariseos se acercaron a Jesús junto con unos maestros de la ley que habían llegado de Jerusalén.
2 Estos, al ver que algunos discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin haber cumplido la ceremonia de lavárselas, los criticaron.
3 (Porque los fariseos y todos los judíos siguen la tradición de sus antepasados de no comer sin antes lavarse debidamente las manos.
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Uno de los grandes propósitos de la venida de Cristo fue dejar a un lado la ley ceremonial que Dios había dado y llevarla a su fin. Para preparar el camino, primero trató con la ley ceremonial que la gente había creado y añadido a la ley de Dios. Aquí libera a sus discípulos de esa carga, después de que los fariseos se escandalizaran porque ellos no la observaban.
Estos fariseos y escribas que discutieron con él habían venido de Jerusalén a Galilea, recorriendo unas ochenta o cien millas, solo para causar problemas a nuestro Salvador en el lugar donde pensaban que era más respetado e influyente. Si hubieran hecho un viaje tan largo para aprender de él, su celo habría sido digno de elogio. Pero viajar tan lejos para oponerse a él y frenar la difusión de su evangelio fue muy pecaminoso. Parece que los escribas y fariseos de Jerusalén no solo afirmaban estar por encima de los maestros locales, sino también tener autoridad sobre ellos. Por eso mantenían sus inspecciones y enviaban hombres a interrogar a otros, tal como lo habían hecho con Juan cuando apareció (Juan 1:19).
Aquí podemos observar varias cosas. Primero, veamos en qué consistía la tradición de los ancianos. Exigía que todas las personas se lavaran las manos antes de comer. Era un hábito de limpieza, y no había nada malo en ello. Pero le daban una importancia excesiva, mostrando una preocupación poco saludable por el cuerpo, que es solamente terrenal. Peor aún, lo trataban como un asunto religioso y se negaban a dejarlo como una decisión personal. Las personas eran libres de lavarse las manos o no, pero los líderes usaban su autoridad para ordenar que todos lo hicieran, bajo amenaza de ser excluidos de la comunidad. Así mantuvieron esta práctica como una tradición de los ancianos.
Los líderes católicos romanos afirman valorar la autoridad y la historia antigua de la iglesia, sus reglas, concilios y padres. Sin embargo, con frecuencia lo que realmente los impulsa es la preocupación por la riqueza, el poder y el control. Con los fariseos ocurría algo parecido. Marcos nos muestra cómo practicaban esto ellos y todos los judíos en ese asunto (Marcos 7:3, 4). Se lavaban las manos con frecuencia. La palabra griega usada aquí se ha explicado de distintas maneras: algunos entienden que se refiere a lavados repetidos y otros, al cuidado que ponían al lavarse. Se lavaban minuciosamente, incluso hasta las muñecas, y algunos dicen que levantaban las manos mientras estaban mojadas para que el agua corriera hasta los codos.
Se lavaban especialmente antes de comer pan, es decir, antes de una comida formal. Esa era su regla. Querían asegurarse de lavarse antes de comer el pan sobre el cual pronunciaban una bendición: «Bendito sea el que hace salir el pan». También insistían en lavarse cuando regresaban de los mercados o de lugares públicos donde se reunían personas de toda clase. Pensaban que podían quedar ceremonialmente impuros por el contacto con gentiles o con judíos que fueran impuros. En efecto, estaban diciendo: «Mantente alejado. Soy más santo que tú» (Isaías 65:5).
Los rabinos incluso decían que, si una persona se lavaba bien por la mañana, como primera actividad del día, eso la cubría durante todo el día mientras permaneciera sola. Pero si salía y se relacionaba con otras personas, al regresar no podía comer ni orar hasta volver a lavarse. De este modo, los ancianos adquirían entre el pueblo una reputación de santidad y mantenían el control sobre la conciencia de las personas.
A esto añadían el lavado de vasos, ollas, utensilios de bronce e incluso las mesas donde comían. Moisés había requerido ciertos lavamientos en muchos casos, pero ellos fueron más allá y exigieron sus propias reglas con la misma firmeza que los mandamientos de Dios.
Segundo, vemos la práctica de los discípulos de Cristo. Ellos conocían la ley y la costumbre común, pero entendían que no estaban obligados por esta regla. Comían pan con las manos impuras, es decir, sin lavar (Marcos 7:2). Los fariseos llamaban «manos impuras» a las manos sin lavar, y así es como funciona la superstición: le pone un nombre negativo a todo lo que se opone a ella.
Es probable que los discípulos supieran que los fariseos los estaban observando, pero no intentaron agradarles siguiendo sus tradiciones. Mantuvieron su libertad y comieron como lo habían hecho antes. En este asunto, su justicia, aunque pudiera parecer insignificante, era realmente mayor que la de los escribas y fariseos (Mateo 5:20).
Tercero, vemos el escándalo que esto causó a los fariseos. Encontraron faltas en los discípulos (Marcos 7:2). Los juzgaron como personas irreligiosas, o como gente que vivía sin disciplina, o más probablemente como personas que no querían someterse al poder de la iglesia cuando este intentaba establecer sus propios ritos y ceremonias. Por eso llevaron el asunto ante su Maestro, con la esperanza de que reprendiera a los discípulos y los obligara a conformarse. Las personas orgullosas de sus propias invenciones y reglas suelen acudir a Cristo como si él debiera apoyarlas y hacer cumplir sus exigencias.
No preguntaron: «¿Por qué tus discípulos no hacen lo mismo que nosotros?», aunque eso era lo que querían decir. Querían convertir sus propias prácticas en la norma. En cambio, preguntaron: «¿Por qué no andan conforme a la tradición de los ancianos?» (Marcos 7:5). Habría sido fácil responder que, al recibir la enseñanza de Cristo, los discípulos tenían más entendimiento que todos sus maestros, incluso más que los ancianos de tiempos pasados (Salmo 119:99-100).
Cuarto, vemos cómo Cristo defendió a sus discípulos. Primero discutió con los fariseos acerca de la autoridad que respaldaba esa ceremonia, y ellos eran las personas indicadas para hablar de ello, pues eran quienes más la defendían. No dijo esto públicamente a la multitud, como se muestra más adelante, cuando llamó a la gente para que se acercara (Marcos 7:14). No quería dar la impresión de estar provocando enojo o rebelión contra sus gobernantes. Habló directamente con los hombres involucrados, porque a cada persona se le debe dar lo que le corresponde.
Los reprendió por su hipocresía, porque afirmaban honrar a Dios, pero no tenían un deseo verdadero de hacerlo en sus actos religiosos (Marcos 7:6, 7). Lo honraban con los labios y fingían que sus reglas tenían como propósito glorificar a Dios y distinguirlos de los gentiles. En realidad, su corazón estaba lejos de Dios, y sus acciones estaban gobernadas por el orgullo y la avaricia. Querían que la gente pensara que estaban ocupando un lugar santo entre el pueblo del Señor, pero eso estaba muy lejos de lo que realmente había en su corazón.
Se mantenían en la parte externa de todos sus actos religiosos. Su corazón no estaba bien con Dios, así que su adoración era vacía. Dios no se agradaba de una devoción tan falsa, y ellos no obtenían ningún beneficio de ella.
También los reprendió por convertir la religión en las reglas y exigencias de sus ancianos y líderes: «Enseñaban como doctrina mandamientos humanos». En vez de insistir en las grandes verdades de la religión, imponían las reglas de su iglesia. Determinaban si las personas eran verdaderos judíos según obedecieran o no esas reglas, sin preocuparse por si obedecían la ley de Dios. Es cierto que la ley de Moisés exigía muchos lavamientos (Hebreos 9:10). Estos señalaban hacia la limpieza interior del corazón de los deseos mundanos y carnales, que Dios requiere para tener una verdadera comunión con él. Pero, en vez de preocuparse por lo esencial, añadieron más ceremonias y se volvieron muy estrictos acerca del lavado de ollas y vasos. Él añade: «Y muchas otras cosas semejantes hacen» (Marcos 7:8). La superstición nunca se detiene en una sola cosa. Si se acepta una regla humana, aunque parezca inofensiva, como lavarse las manos, pronto le siguen muchas otras reglas semejantes.
También los reprendió por dejar de lado el mandamiento de Dios e ignorarlo. No lo promovían en su enseñanza y, en su disciplina, permitían que la gente lo quebrantara, como si ya no importara (Marcos 7:8). El daño de estas reglas añadidas es que quienes muestran celo por ellas suelen tener poco celo por los deberes esenciales de la religión. Pueden ver cómo se descuidan esos deberes sin preocuparse. De hecho, rechazaban el mandamiento de Dios (Marcos 7:9). Realmente dejaban a un lado y anulaban la ley de Dios, y por medio de sus tradiciones hacían que la palabra de Dios quedara sin efecto (Marcos 7:13). Los mandamientos de Dios no solo eran olvidados como leyes antiguas; en la práctica, los trataban como si hubieran sido derogados para que sus tradiciones ocuparan su lugar. Se suponía que debían explicar y defender la ley, pero bajo ese pretexto la quebrantaban y debilitaban su autoridad obligatoria, destruyendo el texto con su comentario.
Cristo presenta un ejemplo claro. Dios mandó que los hijos honraran a sus padres, no solo por medio de la ley dada por Moisés, sino también por medio de la ley natural. «El que hable mal de su padre o de su madre debe morir» (Marcos 7:10). A partir de esto se entiende fácilmente que los hijos deben sostener a sus padres cuando estos son pobres, según sus posibilidades. Si los hijos merecían la muerte por maldecir a sus padres, ¡cuánto peor son quienes permiten que pasen hambre!
Sin embargo, si alguien estaba dispuesto a seguir en todo lo demás la tradición de los ancianos, ellos podían encontrar una manera de excusarlo de este deber (Marcos 7:11). Si sus padres estaban necesitados y él tenía los medios para ayudarlos, pero no quería hacerlo, podía jurar por Corbán —es decir, por el dinero del templo o la ofrenda del altar— que sus padres no recibirían ningún beneficio de él. Entonces, si ellos le pedían ayuda, solo tenía que decirlo, y eso bastaba, como si ese juramento perverso lo hubiera liberado de la santa ley de Dios. Algunos rabinos antiguos incluso enseñaban que los votos debían cumplirse, ya fuera que implicaran cosas ordenadas por la ley o cosas opcionales; así, si un voto exigía quebrantar un mandamiento, el voto debía mantenerse y el mandamiento quebrantarse. Este tipo de enseñanza también fue usado por los papistas, quienes liberaban a los hijos de su deber hacia sus padres mediante votos monásticos y el ingreso en órdenes religiosas, como las llamaban.
Cristo concluye: «Y hacen muchas otras cosas semejantes». Una vez que las personas permiten que la tradición humana desplace la palabra de Dios, ¿dónde se detendrán? Al principio, esos estrictos creadores de reglas solo trataban los mandamientos de Dios como menos importantes que sus tradiciones. Después, anulaban los mandamientos de Dios siempre que estos chocaban con sus tradiciones. En efecto, Isaías ya había hablado acerca de ellos. Lo que dijo sobre los hipócritas de su propia época también se aplicaba a los escribas y fariseos. Cuando vemos la maldad de nuestro tiempo y nos quejamos de ella, no pensamos correctamente si decimos que el pasado siempre fue mejor (Eclesiastés 7:10). Los peores hipócritas y malhechores siempre han tenido antepasados semejantes.
Después enseñó al pueblo el verdadero principio que estaba detrás de aquel rito. Esta explicación debía darse públicamente, porque trataba de la vida diaria y buscaba corregir un grave error al que sus ancianos los habían conducido. Por eso llamó a la gente (Marcos 7:14) y le dijo que escuchara y entendiera. No basta con que la gente común oiga; debe comprender lo que escucha. Cuando Cristo atacó la tradición de los fariseos sobre lavarse antes de comer, señaló la falsa idea que estaba debajo de ella. Las prácticas corruptas se corrigen mejor cuando se corrigen las creencias corruptas.
Lo que Cristo aclaró fue la naturaleza de la contaminación: la impureza que nos pone en peligro delante de Dios (Marcos 7:15). No es la comida que ingerimos, aunque la comamos con las manos sin lavar. Eso viene de afuera y atraviesa a la persona. El verdadero peligro es la corrupción que brota del corazón. La mente y la conciencia se ensucian, aparece la culpa y nos volvemos ofensivos ante Dios por lo que sale de nosotros. Nuestros pensamientos y deseos pecaminosos, nuestras palabras y nuestras acciones nos contaminan, y solo estas cosas lo hacen. Por eso debemos ocuparnos de limpiar nuestro corazón del mal.
Luego explicó esta enseñanza en privado a sus discípulos. Cuando estaban a solas con él, le preguntaron acerca de la parábola (Marcos 7:17), porque les parecía una parábola. En respuesta, reprendió su falta de entendimiento: «¿También ustedes están sin entendimiento? ¿Son tan torpes como la gente que no puede entender, o como los fariseos que no quieren entender? ¿También ustedes son tan lentos para comprender?». No esperaba que entendieran todo de inmediato, pero sí esperaba que entendieran esto. Luego explicó la verdad con mayor claridad para que pudieran verla, y una vez que la comprendieran, creerían en ella, porque la verdad lleva en sí misma su propia evidencia.
Si entendemos la naturaleza espiritual de Dios y de su ley, y comprendemos qué lo ofende y qué nos hace incapaces de tener comunión con él, pronto veremos dos cosas. Primero, lo que comemos y bebemos no puede contaminarnos en sentido religioso, así que no requiere un lavado ceremonial. La comida entra en el estómago, pasa por los procesos naturales que Dios estableció y cualquier impureza que contenga es expulsada y desaparece. La comida está destinada al cuerpo y el cuerpo a la comida, pero al final Dios destruirá ambas cosas.
Segundo, lo que sale del corazón —del corazón corrupto— es lo que nos hace impuros. Bajo la ley ceremonial, casi cualquier cosa que saliera de una persona la hacía impura (Levítico 15:2; Deuteronomio 23:13). De la misma manera, lo que sale de la mente y de la vida interior de una persona es lo que la contamina delante de Dios y requiere limpieza (Marcos 7:21). Cristo dice que desde adentro, desde el corazón de las personas —ese lugar del que muchos se jactan como su mejor parte— salen las cosas que realmente contaminan. Así como un manantial contaminado produce agua contaminada, un corazón corrupto produce pensamientos, deseos, pasiones, palabras y acciones corruptos.
Aquí se mencionan varios pecados, como también en Mateo. Uno de los que allí aparecen, el falso testimonio, no se menciona aquí, pero en este pasaje se agregan siete a los que ya se habían señalado. Primero están las avideces, en plural, lo cual expresa deseos intensos y crecientes de obtener más riquezas y placeres de este mundo, siempre diciendo: «Dame, dame». Por eso leemos acerca de un corazón entrenado en prácticas avaras (2 Pedro 2:14). Segundo está la maldad, que incluye la hostilidad, el odio, la mala voluntad y el deseo de hacer daño, o incluso el placer de ver que se les hace daño a otros. Tercero está el engaño, que es la maldad escondida bajo una máscara para llevarse a cabo con mayor seguridad y eficacia.
Cuarto está la conducta indecente: la conducta sucia y vergonzosa, las conversaciones vulgares o insensatas, las miradas lujuriosas y el coqueteo inapropiado. Quinto está el ojo maligno, el ojo envidioso y codicioso que les escatima a otros el bien que les damos o que vemos en ellos (Proverbios 23:6), o que se entristece cuando otros prosperan o reciben honra. Sexto está el orgullo, que consiste en elevarnos en nuestra propia mente por encima de los demás y despreciarlos. Séptimo está la insensatez, es decir, la falta de sentido y de prudencia, el pensamiento descuidado y la acción precipitada que conducen a mucho mal. Algunos lo entienden especialmente como jactancia, a la que Pablo llama insensatez (2 Corintios 11:1, 19), porque está estrechamente relacionada con el orgullo. Pienso que se refiere principalmente a la precipitación irreflexiva al hablar y actuar, que causa tantos pecados.
Cristo coloca primero los malos pensamientos, porque son la fuente de todos nuestros pecados de acción. Coloca al final la insensatez, porque es la fuente de muchos pecados de omisión. De todo esto enseña dos cosas. Estos pecados vienen de adentro, de nuestra naturaleza corrupta, de nuestra mente carnal y del mal tesoro que hay en el corazón. Con razón se dice que el interior está lleno de maldad, pues tanto mal procede de adentro. Además, esos pecados contaminan a la persona. La hacen incapaz de tener comunión con Dios, manchan la conciencia y, si no son vencidos y arrancados de raíz, impedirán la entrada a la Nueva Jerusalén, donde no entrará nada impuro.
De este capítulo
Marcos 7:2
"Estos, al ver que algunos discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin haber cumplido la ceremonia de lavárselas, los criticaron."
Marcos 7:3
"(Porque los fariseos y todos los judíos siguen la tradición de sus antepasados de no comer sin antes lavarse debidamente las manos."
Marcos 7:4
"Y cuando regresan del mercado, no comen sin antes cumplir la ceremonia de lavarse. También tienen muchas otras costumbres, como lavar los vasos, los jarros, las vasijas de metal y las camas.)"
Marcos 7:5
"Por eso, los fariseos y los maestros de la ley le preguntaron: —¿Por qué tus discípulos no siguen la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?"
Marcos 7:6
"Jesús les contestó: —Bien habló el profeta Isaías acerca de lo hipócritas que son ustedes cuando escribió: Este pueblo me honra con la boca, pero su corazón está lejos de mí."
Marcos 7:7
"De nada sirve que me rinda culto: sus enseñanzas son mandatos de hombres."
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