Versículo destacado

Lucas 5:12 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Un día, mientras Jesús estaba en un pueblo, llegó un hombre enfermo de lepra. Al ver a Jesús, se inclinó hasta el suelo y le rogó: —Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. "

Lucas 5:12

menu_book El versículo en contexto

10 También estaban asustados Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón. Pero Jesús le dijo a Simón: —No tengas miedo; desde ahora pescarás hombres.

11 Entonces llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo y se fueron con Jesús.

12 Un día, mientras Jesús estaba en un pueblo, llegó un hombre enfermo de lepra. Al ver a Jesús, se inclinó hasta el suelo y le rogó: —Señor, si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad.

13 Jesús lo tocó con la mano y dijo: —Quiero. ¡Queda limpio! En ese mismo momento se le quitó la lepra al enfermo,

14 y Jesús le ordenó: —No se lo digas a nadie; solamente ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que conste ante los sacerdotes.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí encontramos el relato de la limpieza de un leproso (Lucas 5:12-14). También aparece en Mateo y Marcos. Lucas dice que sucedió en cierta ciudad, que era Capernaúm, aunque aquí no menciona su nombre. Tal vez la deja sin nombrar porque era una vergüenza para los líderes de la ciudad haber permitido que un leproso viviera allí.

Este hombre es descrito como lleno de lepra, es decir, su enfermedad estaba avanzada y era grave. Esa imagen representa muy bien nuestra contaminación natural por el pecado. Estamos llenos de esa clase de inmundicia. Desde la cabeza hasta la planta de los pies, no hay en nosotros nada sano.

De esto debemos aprender qué hacer cuando percibimos nuestra lepra espiritual. Primero, debemos buscar a Jesús, preguntar acerca de él, llegar a conocerlo y recibir con agrado cada descubrimiento que el evangelio nos permita hacer de Cristo. Segundo, debemos humillarnos delante de él. Cuando el leproso vio a Jesús, cayó rostro en tierra. Nosotros también debemos avergonzarnos de nuestro pecado y sentirnos incapaces de levantar el rostro delante del santo Jesús.

Tercero, debemos desear sinceramente ser limpiados de la mancha del pecado y sanados de la enfermedad del pecado, que nos hace incapaces de tener comunión con Dios. Cuarto, debemos creer firmemente que Cristo es capaz y suficiente para limpiarnos: «Señor, puedes limpiarme», aun cuando estemos llenos de lepra. Nunca debemos dudar del mérito ni de la gracia de Cristo. Quinto, debemos seguir orando con urgencia por la misericordia que perdona y por una vida nueva en la gracia. Él cayó rostro en tierra y le rogó. Quienes desean ser limpiados deben considerar esa limpieza una bendición por la que vale la pena luchar con perseverancia.

Sexto, debemos ponernos bajo la buena voluntad de Cristo: «Señor, si quieres, puedes». Estas no son realmente palabras de duda acerca de la bondad de Cristo. Son palabras de sumisión, mediante las cuales el hombre deja su vida y su situación en las manos de Jesucristo.

También podemos ver qué esperar de Cristo cuando acudimos a él de esta manera. Él está muy dispuesto a notar nuestra necesidad. Lucas dice que extendió la mano y lo tocó. Cuando Cristo vino a este mundo leproso, aun sin que se lo pidieran, mostró hasta qué punto podía humillarse para hacer el bien. Tocar al leproso fue una muestra extraordinaria de bondad, pero es una bondad aún mayor que él mismo se compadezca de nuestras debilidades.

También lo encontraremos lleno de compasión y dispuesto a ayudar. Él dijo: «Quiero». Nunca lo dudes. A quien acude a él para ser sanado, jamás lo rechaza. Está tan dispuesto a limpiar las almas pecadoras como ellas lo están a ser limpiadas. Además, tiene pleno poder para sanarnos, aunque estemos cubiertos de esta repugnante enfermedad. Una palabra, un toque de Cristo, fue suficiente: «Al instante la lepra desapareció». Si Cristo dice: «Quiero; sé justificado, sé santificado», así sucede, porque tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados y poder para dar el Espíritu Santo (1 Co 6:11).

Cristo también nos muestra lo que exige de aquellos a quienes limpia. Cuando ha hablado su palabra y nos ha sanado, debemos ser humildes. Le ordenó al hombre que no se lo dijera a nadie. Esto probablemente no le prohibía hablar para honrar a Cristo, pero sí le impedía jactarse de sí mismo. Quienes son sanados y limpiados por Cristo deben saber que él lo ha hecho de una manera que no deja lugar para el orgullo.

También debemos ser agradecidos y expresar una alabanza agradecida a Dios. Jesús le dijo que fuera y ofreciera la ofrenda requerida por su limpieza. Cristo no le pidió un pago, sino una ofrenda de agradecimiento a Dios. Hizo esto sin dejar de lado la ley de Moisés. Nosotros también debemos mantenernos fieles a nuestro deber. Le dijo que fuera al sacerdote y a quienes servían con él. Más tarde, encontraron en el templo al hombre que Cristo había sanado (Juan 5:14). Quienes por causa de alguna dificultad se han visto alejados del culto público deben, cuando esa dificultad desaparezca, congregarse con mayor fidelidad y perseverancia.

Aquí se colocan juntas la utilidad pública de Cristo para las personas y su comunión privada con Dios, de modo que cada una resplandece con mayor claridad. Aunque nadie disfrutó más que Cristo de la soledad, también estaba con frecuencia entre las multitudes para hacer el bien (Lucas 5:15). Aunque el leproso hubiera guardado silencio, la noticia no podía permanecer oculta, y la fama de Jesús se extendió aún más. Cuanto más intentaba esconderse con humildad, más lo notaba la gente. El honor es como una sombra: huye de quienes lo persiguen, pero sigue a quienes no lo buscan. Mientras menos digan las personas buenas de sí mismas, más hablarán otros de ellas.

Sin embargo, a Cristo le importaba poco la fama en sí misma. Lo que importaba era que su fama llevara a muchas personas a recibir ayuda de él. Unos acudían para escucharlo predicar y aprender acerca del reino de Dios. Otros venían para ser sanados de sus enfermedades. Sus milagros atraían a la gente, confirmaban su enseñanza y le daban autoridad.

Aunque hacía tanto bien en público, todavía encontraba tiempo para apartarse en santa soledad (Lucas 5:16). Se retiraba a lugares desiertos y oraba. No necesitaba escapar de las distracciones ni de la exhibición personal, pero quiso dejarnos un ejemplo. Necesitamos organizar nuestros momentos de devoción de manera que estemos protegidos de ambas cosas. También es sabio ordenar nuestra vida para que el trabajo público y la adoración privada no se desplacen mutuamente. La oración secreta debe mantenerse en secreto. Aun quienes realizan el trabajo más importante en este mundo deben apartar tiempos regulares para ella.

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