Versículo destacado
Marcos 1:40 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Un hombre enfermo de lepra se acercó a Jesús y, poniéndose de rodillas, le dijo: —Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad. "
Marcos 1:40
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
38 Pero él les contestó: —Vamos a los otros lugares cercanos; también allí debo anunciar el mensaje, porque para esto he salido.
39 Así que Jesús andaba por toda Galilea, anunciando el mensaje en las sinagogas de cada lugar y expulsando a los demonios.
40 Un hombre enfermo de lepra se acercó a Jesús y, poniéndose de rodillas, le dijo: —Si quieres, puedes limpiarme de mi enfermedad.
41 Jesús tuvo compasión de él, lo tocó con la mano y dijo: —Quiero. ¡Queda limpio!
42 Al momento se le quitó la lepra al enfermo y quedó limpio.
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Aquí tenemos el relato de cómo Cristo sanó a un leproso, que también leemos en Mateo 8:2-4. Nos enseña cómo acercarnos a Cristo. Debemos hacerlo como aquel leproso, con profunda humildad. Se arrodilló y le rogó; y, ya fuera que le rindiera honor divino a Cristo como Dios o simplemente le mostrara gran respeto como a un profeta poderoso, manifestó el espíritu correcto.
Quienes desean recibir misericordia de Cristo deben honrarlo y acercarse con humildad y reverencia. También debemos acudir con una fe firme en su poder. El leproso dijo: «Puedes limpiarme». Aunque Cristo se veía sencillo y humilde por fuera, aquel hombre creyó en su poder, lo cual también demostraba que creía que Cristo había sido enviado por Dios. No se limitó a creer, en términos generales, que Cristo podía hacer cualquier cosa, como en Juan 11:22, sino que llevó esa convicción a su propia necesidad: «Puedes limpiarme». Nosotros también debemos hacer lo mismo y aplicar el poder de Cristo a nuestra propia situación.
También se acercó sometiéndose a la voluntad de Cristo al decir: «Si quieres». No lo dijo porque dudara de que a Cristo le importaran, en general, las personas que sufren, sino porque habló como un mendigo humilde y dejó su caso en las manos de Cristo. También aprendemos qué podemos esperar de Cristo: conforme a nuestra fe, así se hará con nosotros. Sus palabras no tenían la forma de una oración formal, pero Cristo las recibió como una petición.
La confianza afectuosa y fiel en Cristo, junto con la entrega a su voluntad, son poderosos ruegos por misericordia. Cristo se conmovió de compasión. Marcos añade este detalle para mostrar que Cristo ejerce su poder movido por compasión hacia las almas necesitadas. La razón de su ayuda nace de él mismo, porque no hay nada en nosotros que merezca su favor; solo tenemos nuestra miseria, que nos convierte en objetos de misericordia. Lo que hace por nosotros, lo hace con la mayor ternura.
Entonces Cristo extendió la mano y lo tocó. Mostró su poder y lo dirigió hacia aquel hombre que sufría. Al sanar las almas, Cristo verdaderamente las toca. Cuando se decía que una reina podía sanar al tocar a una persona enferma, se afirmaba: «Yo toco; Dios sana». Pero Cristo hace ambas cosas: toca y sana. Luego dijo: «Quiero; queda limpio». Su poder obró por medio de su palabra, mostrando cómo suele producir la sanidad espiritual. Él envía su palabra y sana (Salmo 107:20), y su palabra limpia y santifica; es decir, hace a las personas santas y apartadas para Dios (Juan 15:3; Juan 17:17).
El pobre leproso había dicho: «Si quieres», pero Cristo quitó rápidamente aquella duda: «Quiero». Cristo está especialmente dispuesto a conceder sus bendiciones a quienes más prontamente se ponen en sus manos. El hombre había confiado en el poder de Cristo: «Puedes limpiarme», y Cristo mostró cuán plenamente estaba activo ese poder en respuesta a la fe. Habló con autoridad: «Queda limpio». De inmediato, el poder acompañó la palabra y la sanidad quedó completa en un instante. En seguida desapareció la lepra, sin dejar ninguna señal de ella.
También aprendemos qué debemos hacer después de recibir misericordia de Cristo. Debemos recibir sus mandatos junto con sus regalos. Después de sanarlo, Cristo le dio una advertencia severa. La palabra utilizada es muy fuerte: significa que le encargó algo con gran seriedad y con amenazas. No creo que esto se refiera a las instrucciones posteriores de guardar silencio, porque esas se mencionan por separado en Marcos 1:44. Más bien, parece corresponder a la advertencia que Cristo dio al hombre sanado en Betesda, en Juan 5:14: «No peques más, para que no te suceda algo peor». A menudo la lepra aparecía como castigo por ciertos pecados, como ocurrió con Miriam, Giezi y Uzías.
Por eso, al sanarlo, Cristo le advirtió acerca del resultado mortal de volver al pecado. También le dijo, en primer lugar, que se presentara ante el sacerdote, para que el propio juicio del sacerdote sobre el leproso sanado se convirtiera en un testimonio acerca de Cristo y mostrara que él era el Mesías, el Salvador prometido (Mateo 11:5). En segundo lugar, hasta haber cumplido con esto, no debía contárselo a nadie. Esto muestra la humildad y la abnegación de Cristo. No buscaba su propia gloria ni gritaba ni hacía una exhibición llamativa de sí mismo (Isaías 42:2). También es un buen ejemplo para que nosotros no busquemos nuestra propia gloria (Proverbios 25:27).
No debía difundir la noticia porque eso atraería todavía a más personas hacia Cristo, y las multitudes ya eran demasiado grandes. Cristo no se negaba a hacer el bien a todos los que acudían a él, pero quería hacerlo tranquilamente, causando la menor agitación posible. No quería ofender al gobierno, alterar la paz ni hacer algo que pareciera una demostración ostentosa o un intento de ganar la alabanza de la gente. No puedo afirmar con certeza cómo debemos considerar la decisión posterior del leproso de publicar la noticia por todas partes. A menudo, las órdenes discretas de las personas humildes son respetadas mejor por otros que por sus propios amigos. Además, no siempre estamos obligados a mantener en secreto algo que otra persona, con humildad, nos pidió que no contáramos.
El leproso debió obedecer el mandato de Cristo, aunque sin duda tuvo buenas intenciones al anunciar la sanidad. El único resultado fue que las multitudes alrededor de Cristo crecieron tanto que ya no podía entrar abiertamente en la ciudad. Esto todavía no se debía a la persecución, pues en ese momento no había peligro de ello, sino a que la multitud era tan grande que las calles no podían contenerla. Por eso tuvo que ir a lugares solitarios, a un monte (Marcos 3:13) y a la orilla del lago (Marcos 4:1). Esto muestra cuán beneficioso fue para nosotros que Cristo se retirara y enviara al Consolador, el Espíritu Santo. Su presencia corporal podía estar en un solo lugar a la vez, y aun allí las multitudes que venían de todas partes no podían acercarse todas a él. Pero por medio de su presencia espiritual, él está con su pueblo dondequiera que esté y viene a ellos en todo lugar.
De este capítulo
Marcos 1:1
"Comienzo de la buena noticia de Jesús el Mesías, el Hijo de Dios."
Marcos 1:2
"Está escrito en el libro del profeta Isaías: Envío a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino."
Marcos 1:3
"Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor; ábranle un camino recto”."
Marcos 1:4
"Y así se presentó Juan el Bautista en el desierto. Decía a todos que debían volverse a Dios y ser bautizados para que Dios les perdonara sus pecados."
Marcos 1:5
"Todos los de la región de Judea y de la ciudad de Jerusalén salían a oírlo. Confesaban sus pecados, y Juan los bautizaba en el río Jordán."
Marcos 1:6
"La ropa de Juan estaba hecha de pelo de camello y se la sujetaba al cuerpo con un cinturón de cuero; comía langostas y miel del monte."
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