Versículo destacado

Lucas 24:36 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Todavía estaban hablando de estas cosas cuando Jesús se puso en medio de ellos y los saludó diciendo: —Paz a ustedes. "

Lucas 24:36

menu_book El versículo en contexto

34 que les dijeron: —De veras ha resucitado el Señor y se le ha aparecido a Simón.

35 Entonces ellos dos les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo reconocieron a Jesús cuando partió el pan.

36 Todavía estaban hablando de estas cosas cuando Jesús se puso en medio de ellos y los saludó diciendo: —Paz a ustedes.

37 Ellos se asustaron mucho, pensando que estaban viendo un espíritu.

38 Pero Jesús les dijo: —¿Por qué están asustados? ¿Por qué tienen esas dudas en su corazón?

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cinco veces se vio a Cristo el mismo día en que resucitó: primero María Magdalena sola en el huerto (Juan 20:14); luego las mujeres, cuando iban a avisarles a los discípulos (Mateo 28:9); después Pedro solo; luego los dos discípulos que iban camino a Emaús; y finalmente, esa noche, los once discípulos. Leemos acerca de esto aquí y también en Juan 20:19.

Observemos primero la gran sorpresa que produjo su aparición. Llegó en el momento preciso, mientras ellos hablaban sobre las pruebas de su resurrección. Mientras conversaban, quizá preguntándose si las evidencias bastaban para resolver el asunto, Jesús mismo se puso en medio de ellos y puso fin a sus dudas. Quienes aprovechan bien las evidencias que tienen para recibir consuelo pueden esperar una seguridad aún mayor. El Espíritu de Cristo dará testimonio a nuestro espíritu, así como Cristo dio testimonio a sus discípulos y confirmó su testimonio: que son hijos de Dios y han resucitado con Cristo.

Observemos también el consuelo que Cristo les dio: «Paz a ustedes». Esto muestra, en general, que su visita fue bondadosa y estuvo llena de amor y amistad. Aunque ellos lo habían abandonado de manera lamentable durante su sufrimiento, él aprovechó la primera oportunidad para presentarse ante todos. No nos trata conforme a lo que merecemos. Ellos no les habían creído a quienes lo habían visto, así que él mismo vino para que no permanecieran en su triste incredulidad. Había prometido encontrarse con ellos en Galilea después de su resurrección, pero estaba tan deseoso de verlos y asegurarlos que fue a ellos antes, en Jerusalén. Cristo con frecuencia hace más de lo que promete, pero nunca menos.

Su primera palabra para ellos fue «Paz a ustedes», no como un simple saludo, sino como una expresión de consuelo. Era un saludo judío común, y Cristo lo usó para mostrar que seguía siendo cercano a ellos, aunque ahora había entrado en su gloria. Muchas personas, cuando alcanzan una posición honorable, se olvidan de sus viejos amigos y comienzan a tratarlos con superioridad. Cristo siguió siendo tan abierto y cercano con ellos como antes. Al mismo tiempo, dejó claro que no había venido a reprender a Pedro por haberlo negado ni a los demás por haberlo abandonado. Vino en paz, demostrando que los había perdonado y que se había reconciliado con ellos.

Su aparición los llenó de miedo. Estaban aterrorizados porque pensaban que habían visto un espíritu; él se había puesto en medio de ellos sin hacer ruido y, antes de que se dieran cuenta, ya estaba allí. La palabra que se usa aquí significa espíritu, no cuerpo. Pensaban que estaban viendo un espíritu sin carne ni huesos reales. Aunque pertenecemos al mundo espiritual y nos dirigimos hacia él, mientras vivimos en este mundo visible y material todavía nos atemoriza que un espíritu parezca cruzar a nuestro mundo y presentarse ante nosotros. Eso indica que ocurrió algo completamente fuera de lo común.

Luego vienen las grandes palabras de consuelo que les dirigió. Primero reprendió su miedo innecesario: «¿Por qué están confundidos? ¿Por qué les surgen dudas en el corazón?». Cuando estamos afligidos, con frecuencia surgen malos pensamientos en nuestro corazón. A veces nuestras dificultades nacen de esos pensamientos; otras veces, los pensamientos nacen de la angustia que ya llevamos dentro. Las personas tristes y afligidas suelen pensar cosas que deshonran a Dios y las alteran todavía más. Pueden decir: «Estoy excluido de tu presencia» o «El Señor se ha olvidado de mí».

Muchos de los pensamientos que nos perturban nacen de una comprensión equivocada de Cristo. Ellos pensaron que habían visto un espíritu cuando en realidad habían visto a Cristo, y eso los llenó de miedo. Olvidamos que Cristo es nuestro hermano mayor y pensamos en él como si estuviera tan lejos de nosotros como el mundo espiritual lo está de este mundo. Eso nos atemoriza. Cuando Cristo, por medio de su Espíritu, nos convence de pecado y nos humilla, o cuando su providencia nos prueba y nos transforma, podemos interpretarlo mal y pensar que quiere hacernos daño. Entonces nos turbamos.

Cristo conoce cada pensamiento inquietante en el momento mismo en que surge en nuestro corazón, y le desagrada. Corrigió a sus discípulos por tener esos pensamientos para enseñarnos a corregirnos a nosotros mismos. ¿Por qué habríamos de dejarnos abatir o perturbar? ¿Por qué deberían surgir en nosotros pensamientos que no son verdaderos ni buenos, que no tienen un fundamento firme ni producen fruto alguno, sino que solamente nos roban el gozo en Dios, nos debilitan para cumplir nuestro deber, ayudan a Satanás y nos privan del consuelo que Dios ha preparado para nosotros?

Después les dio pruebas de su resurrección, tanto para calmar su temor mostrándoles que no era un espíritu como para fortalecer su fe en el mensaje que predicarían al mundo. Les dio dos pruebas. Primero, les mostró su cuerpo, especialmente sus manos y sus pies. Ellos vieron la forma y el aspecto de su Maestro, pero ¿era acaso su fantasma? No. Cristo les dijo, en efecto: «Miren mis manos y mis pies. Pueden ver que tengo manos y pies, así que tengo un cuerpo real. Pueden ver que puedo moverlos, así que tengo un cuerpo vivo. También pueden ver las marcas de los clavos, así que este es mi propio cuerpo, el mismo que vieron crucificado, no otro».

También les dio a entender que un espíritu no tiene carne ni huesos. Un espíritu no está hecho de materia sólida unida en distintas partes como lo están nuestros cuerpos. No explicó qué es un espíritu, porque eso se puede conocer cuando entremos en el mundo espiritual. Les dijo qué no es un espíritu: no tiene carne ni huesos. De ahí concluyó, en esencia: «Soy yo mismo, el mismo a quien ustedes han conocido tan bien y con quien han hablado tantas veces. Soy yo mismo, y tienen razones para alegrarse de mí, no para temerme».

Apeló a su vista y les mostró las manos y los pies traspasados por los clavos. Cristo conservó las marcas de sus heridas en su cuerpo glorificado para que supieran que realmente era él. Estuvo dispuesto a que ellos vieran esas marcas. Más tarde se las mostró a Tomás, porque no se avergüenza de haber sufrido por nosotros. Si él no se avergüenza de eso, tenemos pocas razones para avergonzarnos de ello o de cualquier sufrimiento que soportemos por él.

Así como mostró sus heridas a sus discípulos para fortalecer su enseñanza, también se las mostró a su Padre para fortalecer su intercesión, es decir, su oración a nuestro favor. En el cielo aparece como un Cordero que había sido sacrificado (Apocalipsis 5:6), y su sangre todavía habla por nosotros (Hebreos 12:24). Le pide al Padre basándose en su sacrificio salvador, como les dijo aquí a los discípulos: «Mira mis manos y mis pies» (Zacarías 13:6-7).

También los invitó a tocarlo: «Tóquenme y vean». En ese momento no permitió que María Magdalena lo tocara (Juan 20:17), pero sí permitió que los discípulos lo hicieran aquí. Quería que quienes predicarían su resurrección y sufrirían por ese mensaje estuvieran completamente convencidos de ella. Les dijo que lo tocaran para que supieran que no era un espíritu. Los discípulos claramente creían que los espíritus o apariciones podían presentarse, y Cristo parece hablar de una manera que da por sentada esa posibilidad.

Esto también responde a antiguas enseñanzas falsas. Algunos herejes de los primeros tiempos, que en realidad eran incrédulos, afirmaban que Cristo nunca había tenido un cuerpo humano real, sino solamente una apariencia; según ellos, nunca había nacido verdaderamente ni había sufrido de verdad. Los valentinianos, los maniqueos y los seguidores de Simón el mago difundieron ideas semejantes. Fueron llamados docetistas y fantasiastas. Gracias a Dios, esos errores quedaron sepultados hace mucho tiempo. Sabemos con certeza que Jesucristo no era un espíritu ni una aparición, sino que después de su resurrección tenía un cuerpo verdadero y real.

También comió con ellos para mostrar que tenía un cuerpo real y que se alegraba de hablar abiertamente y con afecto con sus discípulos, como un amigo con sus amigos. Más tarde Pedro dio mucha importancia a este hecho: «Comimos y bebimos con él después de que resucitó» (Hechos 10:41).

Cuando vieron sus manos y sus pies, todavía no sabían qué decir. «No lo creían aún, a causa del gozo, y estaban maravillados» (Lucas 24:41). Su incredulidad era una debilidad, aunque se puede entender. No nació de un rechazo a las evidencias. Más bien, estaban tan abrumados de alegría que apenas podían aceptarlo. Como Jacob cuando oyó que José estaba vivo, pensaban que la noticia era demasiado buena para ser verdad. Cuando la fe se debilita porque el amor y el deseo son intensos, esa fe débil debe recibir ayuda, no ser desechada.

También se maravillaban porque pensaban que la verdad era demasiado grande para ser posible, y habían olvidado tanto las Escrituras como el poder de Dios. Para darles una prueba más completa y animarlos, Jesús pidió comida. En Emaús comió con los dos discípulos, aunque allí las Escrituras no lo dicen con tanta claridad. Aquí, para eliminar cualquier objeción, realmente comió con ellos y con los demás. Esto mostró que su cuerpo había vuelto verdaderamente a la vida. Ya no siguió comiendo y bebiendo con ellos de la misma manera que antes, porque eso no correspondía al nuevo estado de su vida resucitada. Lázaro, en cambio, volvió a su vida anterior y murió otra vez.

Ellos le dieron un pedazo de pescado asado y un panal de miel (Lucas 24:42). Es posible que el panal de miel se usara con el pescado, pues Canaán era una tierra que fluía leche y miel. Era una comida sencilla, pero si esa era la comida de los discípulos, su Maestro comería como ellos. En el reino de su Padre, ellos comerán y beberán con él.

También les dio luz por medio de la Palabra de Dios, que ellos ya habían escuchado y leído. Así produjo fe en ellos respecto a su resurrección y disipó sus dudas. Primero, les recordó las palabras que había pronunciado cuando todavía estaba con ellos: «Estas son las palabras que les dije» (Lucas 24:44). Entenderíamos mejor lo que Cristo hace si recordáramos mejor lo que ha dicho y aprendiéramos a comparar sus palabras con sus obras.

Después los dirigió al Antiguo Testamento, al cual sus propias palabras ya los habían guiado: «Era necesario que se cumpliera todo lo que estaba escrito». Cristo ya les había enseñado esta regla general para sus expectativas: todo lo que estaba escrito acerca del Mesías en el Antiguo Testamento debía cumplirse en él, tanto lo relacionado con sus sufrimientos como lo relacionado con su reino. Dios había unido esas cosas en la profecía, y no podían separarse al cumplirse. Todo tenía que cumplirse, incluso las partes más difíciles y dolorosas, hasta el vinagre, porque él no podía morir antes de decir: «Todo está cumplido».

Aquí se mencionan las distintas partes del Antiguo Testamento como textos que contienen enseñanzas acerca de Cristo. La ley de Moisés se refiere al Pentateuco, los cinco libros escritos por Moisés. Los profetas incluyen no solo los libros estrictamente proféticos, sino también los libros históricos escritos por hombres proféticos. Los Salmos incluyen los demás escritos, que ellos llamaban los Hagiógrafos, es decir, los escritos sagrados. Vemos cuántas maneras diferentes usó Dios para revelar su voluntad en el pasado; sin embargo, todo provenía de un mismo Espíritu, quien dio testimonio anticipado de la venida y del reino del Mesías. Todos los profetas dieron testimonio de él.

Luego, mediante una obra directa en sus mentes, que ellos podían percibir claramente, les ayudó a entender el verdadero significado de las profecías del Antiguo Testamento acerca de Cristo y a ver cómo se habían cumplido en él. «Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras» (Lucas 24:45). En su conversación con los dos discípulos, quitó el velo del texto al abrirles las Escrituras. Aquí quitó el velo de sus corazones al abrirles el entendimiento.

Observemos que Jesucristo, por medio de su Espíritu, obra en la mente de las personas, en la mente de todos los que le pertenecen. Él tiene acceso a nuestro espíritu y puede influir directamente en él.

Vale la pena notar cómo Cristo, después de su resurrección, dio un ejemplo claro de las dos grandes maneras en que su Espíritu obra en las personas. Él ilumina la mente, como cuando abrió el entendimiento de sus discípulos, y calienta el corazón, como cuando hizo que sus corazones ardieran dentro de ellos.

Aun las personas buenas necesitan que se les abra el entendimiento, porque, aunque ya no están en la oscuridad en la que nacieron, todavía no ven todo con claridad. David oró: «Abre mis ojos. Dame entendimiento». Pablo, que sabía tanto acerca de Cristo, aun reconocía que necesitaba aprender más. Cristo produce fe en el alma y establece allí su dominio al abrir la mente para que vea las pruebas de aquello que debe creer. De esta manera entra en el alma por la puerta, mientras que Satanás, como ladrón y asaltante, intenta entrar por otro lado.

El propósito de abrir el entendimiento es que comprendamos las Escrituras. No es para que lleguemos a ser sabios más allá de lo que está escrito, sino más sabios en lo que está escrito y hechos sabios para la salvación por medio de ellas. El Espíritu que obra en la Palabra y el Espíritu que obra en el corazón dicen lo mismo. En este mundo, los discípulos de Cristo nunca superan la necesidad de sus Biblias; deben seguir aprendiendo cada vez más de ellas y adquirir mayor habilidad y firmeza en las Escrituras. Si queremos tener pensamientos correctos acerca de Cristo y corregir nuestros errores acerca de él, no necesitamos nada más que una verdadera comprensión de las Escrituras.

También les dio instrucciones como apóstoles, ya que ellos ayudarían a establecer su reino en el mundo. Mientras su Maestro estaba con ellos, esperaban ocupar posiciones de honor y pensaban que las habían perdido cuando él murió. Pero ahora les dice que están a punto de recibirlas. Debían ser testigos de estas cosas (Lucas 24:48) y llevar la noticia a todo el mundo. No debían presentarlas como noticias casuales, sino como pruebas en el gran caso que desde hacía mucho tiempo se desarrollaba entre Dios y Satanás, cuyo resultado sería el derrocamiento del príncipe de este mundo. Ellos mismos estaban plenamente convencidos de estas cosas, pues eran testigos presenciales y habían escuchado al Señor; ahora debían ir a convencer al mundo de ellas. El mismo Espíritu que los había iluminado iría con ellos para iluminar a otros.

Ahora se les dice qué debían predicar. Debían predicar el evangelio: el Nuevo Testamento como el cumplimiento pleno del Antiguo y como la continuación y culminación de la revelación de Dios. Debían llevar consigo las Escrituras, especialmente cuando predicaran a los judíos. Pedro incluso hizo esto en su primer sermón a los gentiles, dirigiéndolos a los profetas (Hechos 10:43). Debían mostrar a las personas lo que se había escrito desde mucho tiempo atrás acerca del Mesías, su reino, su gloria y su gracia, y después explicarles cómo todo se había cumplido en el Señor Jesús.

La gran verdad del evangelio acerca de la muerte y resurrección de Jesucristo debía anunciarse a todas las personas (Lucas 24:46). Esto estaba escrito en el plan secreto de Dios desde la eternidad, en el libro de la redención, y también estaba escrito abiertamente en el Antiguo Testamento. Por eso Cristo tenía que sufrir: el plan de Dios debía cumplirse y ninguna palabra de Dios podía fallar. Primero debían decirle al mundo que Cristo sufrió tal como estaba escrito acerca de él. Debían predicar a Cristo crucificado y no avergonzarse de su cruz ni de un Jesús sufriente. Debían explicar qué sufrió, por qué sufrió y cómo todas las Escrituras del Antiguo Testamento se cumplieron en sus sufrimientos. Debían mostrar que era necesario que sufriera, porque ese era el camino para quitar el pecado del mundo y rescatar a la humanidad de la muerte y la ruina. En efecto, era apropiado que Dios perfeccionara a Cristo por medio de los sufrimientos (Hebreos 2:10).

En segundo lugar, debían anunciar al mundo que él resucitó de entre los muertos al tercer día. Esto quitó la vergüenza de la cruz, demostró que él era el Hijo de Dios con poder y también cumplió las Escrituras (ver 1 Corintios 15:3-4). Debían contar cuántas veces lo habían visto después de su resurrección y lo cerca que habían estado de él al hablar con él. «Sus ojos ven», como dijo José a sus hermanos cuando se les reveló: «que es mi boca la que les habla» (Génesis 45:12). Así debían decirle a la gente que aquel que había muerto estaba vivo, vive para siempre y tiene las llaves de la muerte y del sepulcro.

También debía insistirse ante todas las personas en el gran deber del evangelio: el arrepentimiento. El arrepentimiento del pecado debía predicarse en el nombre de Cristo y por su autoridad (Lucas 24:47). Todas las personas, en todo lugar, debían ser llamadas y mandadas a arrepentirse (Hechos 17:30). Debían decirle a todos que el Dios que los creó y el Señor que los compró exige que, en cuanto escuchen este mensaje, abandonen la adoración de los dioses que ellos mismos han hecho y adoren al Dios que los creó. También deben dejar de servir al mundo y a la carne. Deben entregarse al servicio de Dios en Cristo, hacer morir los hábitos pecaminosos y abandonar las prácticas pecaminosas. Su corazón y su vida deben cambiar. Deben ser renovados y reformados en cada área.

El gran privilegio del evangelio, el perdón de los pecados, debía ofrecerse a todos y asegurarse a todos los que se arrepienten y creen en el evangelio. Debían decirle a un mundo culpable, condenado delante de Dios, que el rey había aprobado un decreto de perdón. Todos los que se arrepintieran y creyeran recibirían sus beneficios; no solo serían perdonados, sino también aceptados y favorecidos. Debían decirle a la gente que hay esperanza para ellos.

También se les dice a quiénes debían predicar y hasta dónde se extendía su comisión. Debían predicar entre todas las naciones. Tenían que dispersarse, como los hijos de Noé después del diluvio, yendo unos en una dirección y otros en otra, llevando esta luz adondequiera que fueran. Los profetas habían predicado el arrepentimiento y el perdón a los judíos, pero los apóstoles debían predicarlos a todo el mundo. Nadie queda excluido del llamado del evangelio al arrepentimiento, y nadie queda fuera de sus beneficios invaluables, excepto quienes cierran el paso por su propia incredulidad y su obstinada negativa.

Debían comenzar en Jerusalén. Allí predicarían su primer sermón del evangelio; allí se formaría primero la iglesia del evangelio; allí comenzaría el día del evangelio, y desde allí la luz se extendería hasta los confines de la tierra. ¿Por qué debían comenzar allí? Primero, porque así estaba escrito y ellos estaban obligados a seguir ese camino. La palabra del Señor saldría de Jerusalén (Isaías 2:3). Ver también Joel 2:32, Joel 3:16, Abdías 1:21 y Zacarías 14:8.

En segundo lugar, porque allí ocurrieron los acontecimientos principales en los que se fundamenta el evangelio. Así que Jerusalén fue el primer lugar donde esos acontecimientos fueron comprobados públicamente, y también el mejor lugar para examinarlos y cuestionarlos, si hubiera existido alguna buena razón para hacerlo. El primer resplandor de la gloria del Redentor resucitado fue tan intenso y brillante que se enfrentó con valentía a los mismos enemigos que lo habían llevado a una muerte vergonzosa, y los desafió a hacer todo lo que pudieran. «Comiencen en Jerusalén», como si dijera: que los principales sacerdotes intenten usar toda su fuerza para aplastar el evangelio, y que se enfurezcan al descubrir que han sido derrotados.

En tercer lugar, porque Cristo quiso darnos otro ejemplo de cómo perdonar a los enemigos. Jerusalén le había mostrado los peores insultos, tanto de parte de sus gobernantes como de la multitud, y según la justicia humana esa ciudad podría haber quedado fuera de cualquier oferta de perdón. Pero sucedió todo lo contrario. La primera oferta de la gracia del evangelio se hizo a Jerusalén, y poco tiempo después miles de personas allí llegaron a participar de esa gracia.

En cuanto a la ayuda que necesitarían para predicar, se trataba de una tarea enorme. Estaban siendo enviados a un campo extenso y difícil, especialmente por la oposición que enfrentarían y el sufrimiento que les sobrevendría. Así que, si preguntaban: «¿Quién es suficiente para estas cosas?», tenían una respuesta preparada: «Yo enviaré lo que mi Padre prometió; ustedes serán revestidos de poder desde lo alto» (Lucas 24:49). Cristo les aseguró que pronto el Espíritu Santo sería derramado sobre ellos en una medida mayor que nunca, y que por medio de él recibirían todos los dones y las gracias necesarias para esta gran obra. Por esa razón, tenían que esperar en Jerusalén y no comenzar hasta que esto hubiera sucedido.

A quienes reciben el Espíritu Santo se les da poder desde lo alto, un poder sobrenatural que va más allá de sus propias fuerzas. Viene del cielo y eleva el alma, ayudándola a aspirar a cosas más altas. Los apóstoles de Cristo nunca habrían podido plantar su evangelio y establecer su reino en el mundo como lo hicieron si no hubieran recibido este poder, y su extraordinario éxito demuestra que ese poder estaba con ellos.

Este poder desde lo alto era la promesa del Padre, la gran promesa del Nuevo Testamento, así como la promesa de la venida de Cristo era la gran promesa del Antiguo Testamento. Y si es la promesa del Padre, podemos tener la certeza de que nunca fallará y de que aquello que promete tiene un valor incalculable. Cristo no dejaría a sus discípulos hasta que estuviera muy cerca el momento de que esta promesa se cumpliera. Solo diez días después de su ascensión ocurrió el descenso del Espíritu.

Los mensajeros de Cristo deben esperar hasta recibir la autoridad que necesitan, y no deben salir a cumplir su misión hasta haber recibido instrucciones completas y sus credenciales. Aunque parecía haber una gran urgencia por predicar el evangelio, aun así tenían que esperar el poder desde lo alto, y tenían que esperar en Jerusalén, un lugar peligroso, porque allí era donde la promesa del Padre los encontraría (Joel 2:28).

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