Versículo destacado
Lucas 20:9 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Luego Jesús comenzó a hablarle a la gente y contó esta parábola: —Un hombre plantó un viñedo, lo alquiló a unos labradores y se fue de viaje por mucho tiempo. "
Lucas 20:9
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
7 Así que respondieron que no sabían quién había enviado a Juan a bautizar.
8 Entonces Jesús les contestó: —Pues yo tampoco les digo con qué autoridad hago esto.
9 Luego Jesús comenzó a hablarle a la gente y contó esta parábola: —Un hombre plantó un viñedo, lo alquiló a unos labradores y se fue de viaje por mucho tiempo.
10 A su debido tiempo, envió a un criado para pedirles a los labradores la parte de la cosecha que le correspondía; pero ellos lo golpearon y lo enviaron con las manos vacías.
11 Entonces el dueño envió a otro criado; pero también a este lo insultaron, lo golpearon y lo enviaron con las manos vacías.
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Cristo contó esta parábola contra quienes estaban decididos a no aceptar su autoridad, aunque las pruebas de ella eran claras. La contó en el momento preciso, porque al cuestionar su autoridad, ellos mismos perdieron la suya. Al negarse a reconocer al dueño de la viña, renunciaron a su arrendamiento y a todo derecho sobre ella.
La parábola no añade nada nuevo a lo que ya encontramos en Mateo y Marcos. Su propósito es mostrar que la nación judía, al perseguir a los profetas y finalmente al mismo Cristo, provocó que Dios le quitara sus privilegios como iglesia y la dejara expuesta a la ruina. También nos enseña que quienes disfrutan de las bendiciones de la iglesia visible son como arrendatarios y labradores que tienen una viña que cuidar y una renta que pagar. Dios plantó una viña al establecer en el mundo la religión revelada y el culto ordenado, y la entregó a las personas entre quienes se encuentra su morada (Lucas 20:9). Ellos tienen un trabajo que realizar en esa viña: un trabajo necesario, constante, agradable y provechoso.
Aunque el pecado condenó a la humanidad a trabajar la tierra con esfuerzo, quienes tienen un lugar en la iglesia son llevados de nuevo a algo parecido al trabajo que Adán realizaba antes de la caída: cuidar y cultivar el huerto. La iglesia es como un paraíso, y Cristo es el árbol de la vida en ella. También tienen fruto que entregar al dueño de la viña. Hay una renta que pagar y servicios que prestar; aunque nada de eso puede compararse con el valor de lo que han recibido, aun así deben cumplirlo.
Esto también muestra que los ministros de Dios son enviados para llamar a quienes disfrutan de los privilegios de la iglesia a dar un fruto digno de ellos. Son como cobradores de la renta de Dios, pues recuerdan a las personas lo que deben; o, mejor dicho, les recuerdan que tienen un dueño que espera tener noticias de ellos y recibir alguna señal de su dependencia y gratitud (Lucas 20:10). Para eso fueron enviados los profetas del Antiguo Testamento a la iglesia judía: para exigir el deber y la obediencia que se le deben a Dios.
Con frecuencia, los siervos fieles de Dios han sido maltratados por los mismos arrendatarios de Dios. Los han golpeado y humillado quienes estaban decididos a despedirlos con las manos vacías. Quienes se empeñan en no cumplir su deber con Dios no soportan que se les recuerde que deben cumplirlo. Algunas de las mejores personas del mundo han recibido el trato más cruel, aun cuando prestaban el mejor servicio.
Dios envió a su Hijo al mundo para continuar la misma obra que habían realizado los profetas: recoger para Dios el fruto de la viña. Parecía razonable pensar que sería honrado y recibido con agrado. Los profetas hablaron como siervos, diciendo: «Así dice el Señor»; pero Cristo habló como Hijo, entre su propio pueblo, diciendo: «En verdad les digo». Enviar a alguien con semejante honor debió haberlos movido a aceptarlo.
Quienes rechazan a los ministros de Cristo también rechazarían a Cristo mismo si él viniera a ellos. Esto ya quedó demostrado, porque los que persiguieron y mataron a sus siervos, los profetas, también persiguieron y mataron a Cristo. Dijeron: «Este es el heredero; matémoslo». Cuando mataban a los siervos, se enviaban otros siervos. Pero si podían matar al hijo, ya no habría otro hijo que enviar, y entonces dejarían de ser confrontados por aquellas exigencias. Podrían quedarse con la viña.
Los escribas y los fariseos, maestros y líderes religiosos judíos, esperaban que, si lograban quitar de en medio a Cristo, gobernarían para siempre sobre la iglesia judía. Por eso dieron el audaz paso que habían planeado desde hacía tiempo: lo expulsaron de la viña y lo mataron. Al darle muerte a Cristo, colmaron la medida de su maldad y trajeron sobre sí mismos una ruina sin remedio. No podía esperarse otra cosa que Dios destruyera a aquellos arrendatarios malvados. Primero se negaron a pagar la renta; después golpearon y mataron a los siervos; y finalmente mataron también al joven dueño.
Quienes viven descuidando su deber para con Dios no se dan cuenta de hasta dónde los está llevando el pecado ni de lo cerca que está la destrucción.
A la aplicación de la parábola se añade aquí su protesta contra el juicio que anunciaba (Lucas 20:16). Al oírla, dijeron: «¡Dios no lo permita!», es decir: «¡Que nunca suceda!». Así debe entenderse su respuesta. No podían evitar admitir que un castigo así era justo para un pecado semejante y que podía esperarse; pero no soportaban oírlo expresado claramente. Es señal de la necedad y la insensibilidad de los pecadores que continúen en sus caminos pecaminosos aun cuando temen la destrucción que se encuentra al final de ellos. Intentan escapar de ella con un frío «¡Dios no lo permita!», sin hacer nada para detenerse. Pero eso no hará inútil la advertencia de Dios. Al final aprenderán cuál palabra permanece: la de Dios o la de ellos.
También se registra la respuesta de Cristo a aquella protesta infantil. Los miró con compasión y tristeza, afligido al ver que se engañaban a sí mismos mientras avanzaban hacia la ruina (Lucas 20:17). Observó si sentirían vergüenza por su propia necedad o si mostrarían alguna señal de estar ablandando el corazón. Luego los remitió a las Escrituras. Les mostró que no podían escapar del juicio de Dios, porque no podían impedir que fuera exaltado aquel a quien despreciaban y rechazaban. La Palabra de Dios había dicho que la piedra que desecharon los constructores se convertiría en la piedra principal del ángulo.
El Señor Jesús será exaltado a la diestra del Padre. Toda autoridad y todo juicio le han sido entregados. Él es la piedra angular y la piedra que corona la iglesia; por eso sus enemigos solo pueden esperar destrucción. Aun quienes lo menosprecian, tropiezan con él y se ofenden por causa de él serán quebrantados, y esa será su ruina. Pero quienes hacen algo más que rechazarlo —quienes lo odian y lo persiguen, como lo hicieron los judíos— serán aplastados cuando él caiga sobre ellos. Su condenación será mucho peor que la de los incrédulos indiferentes.
Finalmente, se nos dice cuánto se enojaron los principales sacerdotes y los escribas por causa de esta parábola (Lucas 20:19). Comprendieron que la había contado contra ellos, y así era. Una conciencia culpable no necesita un acusador. Sin embargo, en vez de rendirse ante su conciencia, se enojaron con aquel que había despertado en ellos a ese león dormido, y trataron de apresarlo. Sus malos deseos se rebelaron contra sus convicciones y terminaron imponiéndose.
No fue el temor de Dios ni el temor de su ira lo que los detuvo. Lo único que les impidió atacarlo en ese mismo momento fue el temor a la gente. Estaban casi listos para poner en práctica las mismas palabras de la parábola: «Este es el heredero; matémoslo».
Cuando las personas están completamente decididas a hacer el mal, ni siquiera las advertencias más claras sobre el pecado que están a punto de cometer y sus consecuencias producen en ellas alguna impresión. Cristo les dijo que, en vez de honrar al Hijo de Dios, lo matarían. Eso debió haberlos humillado profundamente y haberlos llevado a reconocer, en efecto: «¿He caído tan bajo y me he endurecido tanto que actuaría así?». Pero respondieron como si dijeran: «Sí, lo haremos. Vamos, ataquémoslo ahora mismo». Aunque temen el castigo del pecado, ya están planeando cometerlo.
De este capítulo
Lucas 20:1
"Un día, mientras Jesús enseñaba a la gente en el templo y anunciaba la buena noticia, llegaron los jefes de los sacerdotes y los maestros de la ley junto con los ancianos,"
Lucas 20:2
"y le dijeron: —¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Quién te dio esta autoridad?"
Lucas 20:3
"Jesús les respondió: —Yo también les haré una pregunta. Respóndanme:"
Lucas 20:4
"¿Quién envió a Juan a bautizar: Dios o los hombres?"
Lucas 20:5
"Ellos comenzaron a discutir entre sí: Si respondemos que Dios lo envió, dirá: “¿Por qué no le creyeron?”"
Lucas 20:6
"Y no podemos decir que fueron los hombres, porque la gente nos matará a pedradas, pues todos están convencidos de que Juan era un profeta."
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