Versículo destacado

Lucas 2:41 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. "

Lucas 2:41

menu_book El versículo en contexto

39 Después de cumplir todo lo que manda la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su propio pueblo de Nazaret.

40 Y el niño crecía y se hacía más fuerte, estaba lleno de sabiduría y gozaba del favor de Dios.

41 Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén para la fiesta de la Pascua.

42 Así, cuando Jesús cumplió doce años, todos ellos fueron allá, como era costumbre en esa fiesta.

43 Pero, pasados aquellos días, cuando volvían a casa, el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres se dieran cuenta.

auto_stories

Explora estudios bíblicos guiados

Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor

Micro-Study 5 días

Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)

Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.

Vista previa de la sesión 1:

Dichosos los humildes

schedule 6 min

Micro-Study 5 días

Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)

Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.

Vista previa de la sesión 1:

El cuidado del Pastor

schedule 5 min

lock_open Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones

person_add Crear cuenta gratis

auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí tenemos el único relato registrado acerca de nuestro bendito Salvador desde su niñez hasta que apareció ante Israel, cuando tenía alrededor de veintinueve años. Por eso debemos prestar mucha atención a este pasaje, pues es inútil desear más de lo que la Escritura nos da. Aquí vemos a Cristo subiendo con sus padres a Jerusalén para la Pascua (Lucas 2:41-42).

Esta era la práctica habitual de ellos, conforme a lo que exigía la ley, aunque el viaje era largo y eran pobres. Probablemente tenían que esforzarse mucho para reunir lo necesario. Es necesario participar en el culto público y no debemos dejar de congregarnos, como algunos acostumbran. Los negocios y responsabilidades de este mundo deben ceder ante los deberes espirituales. José y María tenían en casa a un Hijo que podía enseñarles mejor que todos los rabinos de Jerusalén, pero aun así subieron a la fiesta. El Señor ama las puertas de Sion más que todas las moradas de Jacob, y nosotros también debemos amarlas.

Es probable que José también subiera para Pentecostés y para la fiesta de los Tabernáculos, ya que todos los varones debían presentarse tres veces al año. María subió para la Pascua, la más importante de las tres fiestas y la que representaba con mayor claridad el evangelio.

El niño Jesús, a los doce años, fue con ellos. Los maestros judíos enseñaban que a esa edad los niños debían comenzar a ayunar de vez en cuando, para aprender a ayunar en el Día de la Expiación. A los trece años, según ellos, el niño se convertía en un «hijo del mandamiento», es decir, en alguien plenamente responsable de los deberes propios de los miembros adultos del pueblo del pacto. El texto no dice que esta fuera la primera vez que Jesús subía a la fiesta para adorar. Bien pudo haberlo hecho durante varios años, con una sabiduría y un entendimiento superiores a los propios de su edad.

Todos los que pueden escuchar con entendimiento deben participar en el culto público (Nehemías 8:2). También debemos animar en la fe a los niños que muestran iniciativa en otras áreas. Cuando los niños asisten al culto público, Cristo recibe honra, y él recibe con agrado sus alabanzas. A los niños dedicados a Dios desde la infancia se les debe llevar, cuando crezcan, a la Pascua del evangelio, la Cena del Señor, para que hagan suyo ese compromiso.

Entonces Cristo se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo supieran, y con ello dio una primera señal de la obra para la que había sido enviado. Sus padres no se fueron hasta que terminaron los días de la fiesta. Permanecieron los siete días completos, aunque muchas personas regresaban a casa después de los primeros dos. Es bueno quedarse hasta que termine una ordenanza, como aquellos que dicen: «Bueno es estar aquí», y no marcharse apresuradamente, como si no estuviéramos dispuestos a permanecer delante del Señor.

El niño se quedó en Jerusalén, no porque no quisiera volver a casa ni porque no amara a sus padres, sino porque tenía asuntos que atender allí. Quería enseñarles que tenía un Padre en el cielo y que estaba obligado a obedecerlo por encima de todos los demás. El respeto a Dios no debe confundirse con una falta de respeto hacia los padres. Algunos piensan que permaneció en el templo, pues los judíos devotos solían ir allí a primera hora de la mañana, antes de emprender el regreso, para adorar a Dios antes de volver a casa. Otros creen que se quedó en la casa donde se hospedaban o en la casa de algún amigo, ya que un niño como él seguramente era querido por todos. En ese caso, habría ido al templo únicamente a la hora acostumbrada del culto. De cualquier manera, se quedó atrás. Es una buena señal cuando los jóvenes están dispuestos a permanecer en la casa del Señor, porque entonces se parecen a Cristo.

Sus padres viajaron durante el primer día sin sospechar que él se había quedado atrás, porque suponían que estaba con el grupo (Lucas 2:44). La multitud era grande, especialmente durante el primer día del viaje, y los caminos estaban llenos de gente. Así que pensaron que había ido con algunos vecinos. Mientras bajaban de Jerusalén, lo buscaron entre sus parientes y conocidos que viajaban con ellos. En efecto, preguntaban: «¿Han visto a nuestro hijo?». Como la novia en la Escritura, buscaban a aquel que amaban de corazón. Él valía la pena buscarlo. Sabían que todos querrían tenerlo cerca y que él estaría dispuesto a hacer el bien entre sus parientes y amigos.

Pero no lo encontraron allí (Lucas 2:45). Hay muchos —demasiados— entre nuestros parientes y conocidos, personas con quienes no podemos evitar relacionarnos, y aun así encontramos poco o nada de Cristo entre ellos.

Cuando no pudieron encontrarlo entre los viajeros, esperaron verlo en el lugar donde se hospedaban esa noche. Pero tampoco allí recibieron noticias de él. Compárese esto con Job 23:8-9. Al no encontrarlo esa noche, regresaron a Jerusalén a la mañana siguiente para buscarlo. Quienes desean encontrar a Cristo deben seguir buscándolo hasta encontrarlo. Él se deja hallar por quienes lo buscan y recompensa abundantemente a los que lo hacen.

Quienes han perdido el consuelo que tienen en Cristo, o las señales de que le pertenecen, deben pensar en dónde, cuándo y cómo lo perdieron. Deben volver al lugar donde lo tuvieron por última vez. Tienen que recordar de dónde han caído, arrepentirse, hacer las primeras obras y regresar a su primer amor (Apocalipsis 2:4-5). Quienes desean recuperar una comunión cercana con Cristo deben ir a Jerusalén, la ciudad de nuestras fiestas señaladas, el lugar que él escogió para poner allí su nombre. Deben acercarse a él en sus ordenanzas, especialmente en la Pascua del evangelio, y allí pueden esperar encontrarse con él.

Al tercer día lo encontraron en el templo, en una de las salas donde los maestros de la ley se reunían para enseñar y dialogar. Allí estaba, sentado en medio de ellos (Lucas 2:46). No estaba allí de pie como un estudiante al que examinaban o instruían, pues había demostrado tal conocimiento y sabiduría que le permitieron sentarse entre ellos como uno de los suyos. Esto demuestra no solo que estaba lleno de sabiduría (Lucas 2:40), sino también que deseaba crecer en ella y estaba dispuesto a compartirla.

Aquí tenemos un ejemplo para los niños y los jóvenes. Deben aprender de Cristo a disfrutar de la compañía de quienes pueden hacerles bien. Es mejor que se sienten entre maestros que entre compañeros ociosos. Desde los doce años, e incluso antes, deben procurar adquirir conocimiento y relacionarse con personas que puedan instruirlos. En la juventud, el deseo de aprender es una señal esperanzadora y prometedora.

Muchos jóvenes de la edad de Cristo estarían jugando con otros niños en el templo, pero él estaba sentado con los maestros en el templo. Los escuchaba, y quienes desean aprender deben estar dispuestos a escuchar. También les hacía preguntas. Ya fuera que lo hiciera como maestro, porque tenía autoridad para preguntar; como aprendiz, porque mostraba humildad; o como alguien que buscaba la verdad junto con otros, el punto es que a menudo la verdad se encuentra por medio de un diálogo cordial.

También dio respuestas que causaron gran asombro y fueron plenamente satisfactorias (Lucas 2:47). Su sabiduría se manifestó tanto en las preguntas que hacía como en las respuestas que daba, de modo que todos los que lo escuchaban estaban maravillados. Nunca habían oído a nadie, joven o adulto, hablar con tal sentido y perspicacia. Como David, tenía más entendimiento que todos sus maestros, más que los ancianos (Salmo 119:99-100).

Cristo mostró allí algunos rayos de su gloria, pero solo por un momento. Como dijo Calvino, les dio a probar su sabiduría y conocimiento divinos. Esta aparición pública en el templo, como maestro, parece semejante al primer intento de Moisés por ayudar a Israel, algo que Esteban entendió como una señal de lo que Dios haría después por medio de él (Hechos 7:24-25). Ellos pudieron haber reconocido la señal y haberlo recibido entonces, pero no la entendieron. Así que, como Moisés, Cristo volvió a retirarse a una vida escondida, y durante muchos años no volvieron a saber nada de él.

Entonces su madre habló con él en privado acerca de lo sucedido. Cuando el grupo se dispersó, ella lo llevó aparte y le preguntó con ternura y afecto (Lucas 2:48). Tanto José como María se asombraron al encontrarlo allí, y también se sorprendieron de que le hubieran mostrado el respeto suficiente para sentarlo entre los maestros y prestar atención a sus palabras. José permaneció en silencio, pues sabía que solo era su padre legal.

María le explicó cuánto habían sufrido: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? ¿Por qué nos hiciste pasar por tanta angustia?». Tal vez habían pensado en muchas cosas terribles, incluso que lo hubiera atacado o secuestrado algún enemigo. Como Herodes había intentado matarlo cuando era pequeño, quizá temieron lo peor. «¿Por qué nos diste motivo para sufrir de esta manera? Tu padre y yo te hemos estado buscando, llenos de tristeza». No solo estaban afligidos porque lo habían perdido, sino también avergonzados de no haberlo vigilado más de cerca y de no haberlo llevado con ellos.

Quienes piensan que han perdido a Cristo pueden lamentar justamente esa pérdida. Pero su tristeza no debe llevarlos a la desesperación. Deben seguir buscándolo. Si queremos encontrar a Cristo, debemos buscarlo con dolor: dolor porque lo perdimos, porque lo alejamos de nosotros y porque no lo buscamos antes. Quienes lo busquen de esa manera finalmente lo encontrarán, y su gozo será mayor por causa de la espera.

Él corrigió con ternura la preocupación que ellos tenían (Lucas 2:49): «¿Por qué me buscaban? Podían haber confiado en que regresaría con ustedes a casa cuando terminara aquí lo que tenía que hacer. No podía estar perdido en Jerusalén. ¿Acaso no sabían que tenía que estar en la casa de mi Padre?». Algunos entienden esto como: «Tengo que ocuparme de los asuntos de mi Padre». De cualquier manera, quiso decir que él pertenecía al lugar donde se estaba llevando a cabo la obra de su Padre.

En primer lugar, también quiso decir que estaba bajo el cuidado y la protección de su Padre. Ellos debían haber confiado en que Dios cuidaría de él, en vez de cargar ellos mismos con esa preocupación. Cristo es como una flecha escondida en la aljaba de su Padre (Isaías 49:2). Dios cuida de su iglesia de la misma manera; por eso, nunca debemos desesperarnos por su seguridad.

En segundo lugar, quiso decir que debía ocuparse de los asuntos de su Padre. Ese era su llamado, y no podía regresar a casa tan pronto como ellos esperaban. «¿Acaso no han visto ya eso en mí?», les estaba diciendo. «Me he entregado a Dios y debo ocuparme de su obra». Aquí nos dejó un ejemplo. Los hijos de Dios deben, como Cristo, dar el primer lugar a la obra de su Padre celestial y hacer que todo lo demás se someta a ella.

Ahora entendemos bien estas palabras, porque Cristo explicó su significado por medio de lo que dijo e hizo después. Cumplir la voluntad de su Padre y terminar su obra era su misión en el mundo, y también su alimento y su bebida. Sin embargo, en ese momento sus padres no entendieron lo que quería decir (Lucas 2:50). No comprendían qué obra tenía que hacer en el templo para su Padre. Creían que él era el Mesías que ocuparía el trono de David, pero pensaban que eso lo llevaría al palacio real, no al templo. Todavía no entendían su papel como profeta, y gran parte de su obra se realizaría de esa manera.

Luego viene el regreso a Nazaret. Este vistazo de su gloria fue breve; terminó, y él no les pidió a sus padres que se quedaran en Jerusalén ni que lo dejaran allí, aunque ese era el lugar donde podría haber alcanzado reconocimiento público y mostrado mejor su sabiduría. En cambio, regresó de buena gana a la vida tranquila de Nazaret, donde durante muchos años estuvo, por así decirlo, enterrado en vida. Sin duda subía a Jerusalén tres veces al año para la fiesta, pero no se nos dice si volvió a hablar con los maestros del templo.

Primero se nos dice que estaba sujeto a sus padres. En una ocasión, para mostrar que era más que un simple ser humano, se apartó de ellos para ocuparse de la obra de su Padre celestial. Pero esa no fue su manera constante de actuar. Durante muchos años después, permaneció bajo la autoridad de ellos, siguió sus instrucciones y probablemente trabajó con José en el oficio de carpintero. De esta manera, dio a los hijos un ejemplo de obediencia diligente a sus padres en el Señor. Aunque nació de una mujer y estuvo bajo el quinto mandamiento, mostró a los fieles cómo debe vivir el pueblo fiel. Aunque sus padres eran pobres y de condición humilde, y aunque José era solamente su padre legal, él les obedeció. Aunque era fuerte de espíritu y estaba lleno de sabiduría, sí, aunque era el Hijo de Dios, estaba sujeto a sus padres. ¿Cómo responderán, entonces, por su desobediencia quienes son insensatos y débiles, pero aun así se niegan a obedecer a sus padres?

En segundo lugar, su madre no entendió por completo las palabras de su hijo, pero las guardó en su corazón. Esperó, confiando en que más adelante se le explicarían y que entonces las comprendería plenamente y sabría cómo ponerlas en práctica.

Aunque podemos pasar por alto las palabras humanas cuando no son claras, nunca debemos pensar así de las palabras de Dios. Algo que al principio parece oscuro, de modo que no sabemos qué pensar de ello, puede volverse claro y evidente más adelante. Por eso debemos guardarlo en nuestro corazón para usarlo después (Juan 2:22). Podemos descubrir que algo que ahora no parece útil lo será en otro momento. Un estudiante memoriza las reglas de gramática aunque todavía no vea por qué son importantes, porque le han dicho que le servirán más adelante. Debemos tratar las palabras de Cristo de la misma manera.

Él también creció, y ese crecimiento fue extraordinario (Lucas 2:52). «Crecía en sabiduría y en estatura». En su naturaleza divina, Cristo no podía crecer en absoluto, porque Dios ya es perfecto. Esto se refiere a su naturaleza humana: su cuerpo crecía en estatura y fuerza mientras pasaba por los años de la niñez y la juventud, y su alma humana crecía en sabiduría y en todos los dones propios de un alma verdaderamente humana. El Verbo eterno estuvo unido a su alma humana desde el momento de su concepción; sin embargo, la vida divina que estaba en él se manifestaba en su humanidad poco a poco, conforme a lo que su naturaleza humana podía recibir.

A medida que sus facultades humanas se desarrollaban, los dones de su naturaleza divina se manifestaban más plenamente. También crecía en favor delante de Dios y de los seres humanos; es decir, todas las cualidades que lo hacían agradable eran percibidas cada vez más por unos y otros. De esta manera, Cristo se adaptó a la vida de humillación que había asumido. Descendió para ser un bebé, un niño y luego un joven; y, mientras crecía, la imagen de Dios resplandecía en él con mayor claridad que cuando era más pequeño. Los jóvenes deben hacer lo mismo: al crecer físicamente, deben crecer en sabiduría. Entonces, al crecer en sabiduría, también crecerán en favor delante de Dios y de las personas.

IA cristiana que tiene en cuenta tu denominación

Aplica Lucas 2:41 a tu vida hoy

Recibe orientación basada en las Escrituras, consciente de tu denominación y personalizada para tu situación.

1 Haz tu pregunta arrow_forward 2 Considera tu tradición arrow_forward 3 Aplica las Escrituras

✓ No necesitas tarjeta de crédito • ✓ 100 % privado • ✓ Obtén 30 créditos gratis para comenzar

De este capítulo

Oración diaria

Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria

Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.

Gratis. Cancela tu suscripción cuando quieras. Nunca compartimos tu correo electrónico.

Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.

Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.