Versículo destacado

Lucas 10:25 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Un maestro de la ley se acercó para hablar con Jesús y, con la intención de ponerlo a prueba, le preguntó: —Maestro, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna? "

Lucas 10:25

menu_book El versículo en contexto

23 Luego, volviéndose hacia los discípulos, les dijo solo a ellos: Dichosos quienes vean lo que ustedes están viendo;

24 porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver esto que ustedes ven, pero no lo vieron; quisieron oír esto que ustedes oyen, pero no lo oyeron.

25 Un maestro de la ley se acercó para hablar con Jesús y, con la intención de ponerlo a prueba, le preguntó: —Maestro, ¿qué tengo que hacer para alcanzar la vida eterna?

26 Jesús le respondió: —¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?

27 El maestro de la ley respondió: —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”; y “ama a tu prójimo como a ti mismo”.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos a Cristo conversando con un experto en la ley acerca de asuntos de conciencia, cosas que todos necesitamos entender correctamente. El experto hizo la pregunta, pero no con un deseo sincero de aprender. Aun así, Cristo aprovechó el momento para enseñar lo que realmente importa.

Necesitamos saber qué bien debemos hacer en esta vida si queremos alcanzar la vida eterna. Cierto experto en la ley, o escriba, le hizo esta pregunta a Jesús solo para ponerlo a prueba, no para recibir instrucción (Lucas 10:25). Se levantó y dijo: «Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?». Si Cristo tenía alguna enseñanza especial, el experto esperaba hacer que la expresara para quizá atraparlo. O tal vez simplemente quería tener una discusión religiosa, como algunas personas que van a la iglesia solo para escuchar qué dirá el ministro.

La pregunta en sí era buena: ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? Pero dejó de ser buena cuando se hizo con una intención incorrecta o superficial. No basta con hablar de las cosas de Dios o hacer preguntas acerca de ellas. Debemos hacerlo con una preocupación verdadera. Si hablamos de la vida eterna con ligereza, solo como un tema de debate, tomamos el nombre de Dios en vano, como lo hizo este experto en la ley.

Cuando se planteó la pregunta, observemos cómo Cristo lo envió de vuelta a la ley de Dios y le dijo que la siguiera. Aunque Jesús conocía los pensamientos de su corazón, no respondió conforme a la intención insensata que había detrás de la pregunta. Le respondió con otra pregunta: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas?» (Lucas 10:26). El experto había ido a interrogar a Cristo, pero Cristo le devolvió la pregunta y lo ayudó a verse a sí mismo.

Jesús le habló como a un experto en la ley, alguien instruido en ella. Sus propios estudios debieron haberle mostrado la respuesta. Si practicaba lo que ya sabía, no se quedaría corto en cuanto a la vida eterna. En nuestro camino al cielo, es muy útil pensar en lo que está escrito en la ley y en cómo la interpretamos. Debemos volver a nuestras Biblias, a la ley tal como ahora está en manos de Cristo, y caminar por el camino que nos muestra.

Es una gran misericordia que la ley esté escrita. Eso nos da certeza, permite que llegue a más personas y ayuda a que permanezca por más tiempo. Puesto que la tenemos por escrito, debemos leerla, entenderla y tenerla presente. Así, cuando sea necesario, podremos decir qué está escrito en la ley y cómo la interpretamos. Debemos recurrir a ella, evaluar las enseñanzas por medio de ella, resolver las disputas conforme a ella y permitir que nos guíe. «¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretamos?». Si hay luz en nosotros, esa luz honrará la luz.

Entonces el experto dio un buen resumen de la ley, especialmente de los mandamientos principales que debemos obedecer si queremos heredar la vida eterna (Lucas 10:27). No apeló a las tradiciones de los ancianos, como solían hacerlo los fariseos. En cambio, se aferró a los dos grandes mandamientos, que correctamente reconoció como el centro de toda la ley.

Primero, debemos amar a Dios con todo nuestro corazón. Debemos verlo como el mejor de todos los seres, infinitamente hermoso, perfecto y digno de alabanza. Le debemos lo máximo, tanto por gratitud como porque nuestro verdadero bien depende de él. Debemos valorarlo por encima de todo, medirnos según nuestra relación con él, deleitarnos en él y entregarnos por completo a él. Nuestro amor por él debe ser sincero, profundo y fuerte. Debe ser mayor que cualquier otro amor, tan fuerte como la muerte, y al mismo tiempo reflexivo y consciente de las razones por las que lo amamos. Debe ser un amor completo. Él debe tener todo nuestro corazón, y todo lo que hay en nosotros debe servirle. No debemos amar nada más, excepto cuando lo amamos por causa de él y bajo su autoridad.

Segundo, debemos amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Esto se vuelve más fácil cuando amamos a Dios más que a nosotros mismos, como debemos hacerlo. Debemos desear el bien de todos y no hacerle daño a nadie. Debemos hacer todo el bien que podamos en el mundo y no causar ningún mal. Esta debe ser nuestra regla: tratar a los demás como quisiéramos que ellos nos trataran. Eso significa amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

Cristo aprobó lo que el experto había dicho, aunque aquel hombre había venido a ponerlo a prueba (Lucas 10:28). Jesús le dijo: «Has respondido correctamente». Cristo mismo había dicho que estos eran los dos grandes mandamientos de la ley (Mateo 22:37), así que ambos estaban de acuerdo en esto. A quienes hacen bien se les debe reconocer por ello, y a quienes hablan bien también se les debe reconocer.

Pero todavía quedaba la parte más difícil: «Haz esto y vivirás». Heredarás la vida eterna si realmente guardas estos mandamientos. El experto comenzaba a sentir el peso de las palabras de Cristo. El mandato de Jesús mostraba que él no había hecho esto como debía y que necesitaba misericordia por sus pecados pasados. También mostraba que no podía cumplir la ley perfectamente en el futuro con sus propias fuerzas y que necesitaba la ayuda de Dios para hacerlo. Pero quería justificarse a sí mismo, así que no quería seguir por ese camino. En esencia, respondió como otro hombre: «Todo esto lo he cumplido desde mi juventud» (Mateo 19:20).

Muchas personas hacen buenas preguntas, pero principalmente para aparentar que tienen la razón, no para aprender la verdad. Prefieren mostrar lo bueno que hay en ellas en vez de enfrentar con honestidad lo que está mal en ellas.

También necesitamos saber quién es nuestro prójimo, porque el segundo gran mandamiento nos dice que debemos amar a nuestro prójimo. Esta fue otra pregunta que planteó el experto, y la hizo en parte para alejarse de la primera. Temía que, si Cristo seguía profundizando, se vería obligado a condenarse a sí mismo. Como estaba decidido a justificarse, no quería que la conversación continuara. En cuanto a amar a Dios, estaba dispuesto a no decir nada más. Pero, cuando se trataba de su prójimo, pensaba que ya había cumplido con el estándar, pues siempre había sido amable y respetuoso con quienes lo rodeaban.

Ahora debemos notar la idea falsa que los maestros judíos tenían sobre este asunto. El Dr. Lightfoot cita a los judíos diciendo, en esencia: «Cuando la Escritura dice: “Amarás a tu prójimo”, excluye a todos los gentiles, porque no son nuestros prójimos; solo lo son las personas de nuestra propia nación y religión». Incluso decían que no debían matar a un israelita por matar a un gentil, porque el gentil no era su prójimo. Tampoco se sentían obligados a salvar la vida de un gentil si lo veían en peligro, a menos que estuvieran en guerra con él.

Este fue un uso perverso de la elección del pacto de Dios, es decir, de la manera especial en que él había apartado a Israel. Como abusaron de ese privilegio, lo perdieron. Dios les quitó justamente el favor que habían despreciado y les dio las bendiciones del pacto a los gentiles, a quienes ellos cruelmente habían negado incluso la bondad común.

Cristo corrigió esta idea cruel mediante una parábola. Mostró que toda persona que necesita nuestra ayuda, y toda persona dispuesta a ayudarnos en nuestra necesidad, debe ser tratada como nuestro prójimo. Por eso debemos considerar prójimos a todas las personas cuando necesitan nuestra bondad, aunque no pertenezcan a nuestra nación o religión.

La parábola muestra a un judío pobre en una situación desesperada, ayudado por un buen samaritano. Primero, consideremos cómo fue maltratado por sus enemigos. Viajaba tranquilamente, atendiendo un asunto legítimo, por el camino de Jerusalén a Jericó (Lucas 10:30). Ese detalle sugiere que probablemente se trató de un acontecimiento real, o de algo muy parecido a uno. La providencia de Dios nos da muchas lecciones, si estamos atentos y sabemos aprovecharlas.

Este pobre hombre cayó en manos de ladrones. No sabemos si eran asaltantes árabes, hombres sin ley de su propia nación o incluso soldados romanos. Pero eran crueles. No solo le quitaron su dinero y su ropa; también lo hirieron y lo dejaron medio muerto, a punto de morir por causa de sus heridas.

Es correcto sentir indignación contra los asaltantes de caminos, que han expulsado toda humanidad de su corazón. Actúan como bestias salvajes, como animales depredadores hechos para destruir. Al mismo tiempo, debemos sentir compasión por quienes caen en manos de hombres así. Cuando podamos, debemos ayudarlos. ¡Y cuánto debemos agradecerle a Dios por protegernos de los ladrones y de otros peligros!

Después, observemos cómo fue ignorado por quienes debieron haberlo ayudado. No eran extraños, sino personas de su propia nación y religión. Uno era sacerdote y el otro levita; ambos tenían responsabilidades públicas y una posición respetada. Más aún, eran hombres que afirmaban ser santos, y su oficio debió haberlos hecho sensibles y compasivos (Hebreos 5:2). Debían haber enseñado a otros a rescatar a quienes eran llevados a la muerte, pero ellos mismos no quisieron hacerlo.

El Dr. Lightfoot dice que muchos sacerdotes vivían en Jericó y viajaban por este camino para servir en Jerusalén; después regresaban por la misma ruta. Eso habría hecho que el camino estuviera lleno de sacerdotes y levitas que iban y venían. Pasaron junto al hombre, lo vieron y probablemente escucharon sus gemidos. El levita incluso se acercó y lo miró (Lucas 10:32). Sin embargo, ambos pasaron por el otro lado, manteniéndose tan lejos como podían, como si después quisieran poder decir: «No sabíamos nada».

Es triste cuando quienes deberían dar ejemplo de caridad terminan siendo ejemplos de crueldad. Y es aún más triste cuando aquellos cuya responsabilidad es mostrar la misericordia de Dios terminan cerrando su propio corazón.

Luego vemos cómo un extraño lo ayudó: cierto samaritano, un hombre de la nación que los judíos más odiaban y con cuyos habitantes se negaban a tratar. Este hombre tenía verdadera humanidad en su corazón (Lucas 10:33). El sacerdote endureció su corazón contra uno de los suyos, pero el samaritano abrió el suyo a alguien de otra nación. Cuando lo vio, sintió compasión. No se detuvo a preguntar de qué país era; vio a un hombre en desgracia y lo trató con la dignidad que merece todo ser humano.

Este fue un acto genuino de misericordia, no una compasión vacía. No se limitó a decir: «Que te ayuden» o «Que te sanen» (Santiago 2:16). También actuó con sus manos y sus recursos, como enseñan las Escrituras (Isaías 58:7, 10; Proverbios 31:20). Primero, se acercó al hombre herido, mientras el sacerdote y el levita se mantenían a distancia. Probablemente le preguntó cómo había llegado a encontrarse en semejante situación y le habló con bondad.

Segundo, actuó como un cirujano, aunque quizá no lo fuera. Vendó las heridas del hombre, probablemente usando parte de su propia ropa, y les echó aceite y vino. El vino limpiaría la herida, y el aceite aliviaría el dolor y ayudaría a que sanara. Hizo todo lo que pudo para disminuir el sufrimiento y reducir el peligro, como alguien cuyo corazón había sido profundamente conmovido.

Tercero, puso al hombre sobre su propio animal y caminó él mismo hasta una posada. Es una gran bendición que haya posadas a lo largo del camino, donde los viajeros pueden conseguir comida y descanso por su dinero. El samaritano quizá esperaba llegar a su destino esa misma noche, pero interrumpió su viaje para cuidar de aquel hombre herido. Algunos piensan que el sacerdote y el levita usaron sus deberes en el templo como excusa para no detenerse. Podemos suponer que el samaritano también tenía sus propios asuntos, pero entendió que la misericordia debía estar antes que sus planes personales e incluso antes que los sacrificios religiosos.

Cuarto, cuidó de él en la posada. Lo acomodó en una cama, le consiguió comida adecuada y se aseguró de que recibiera la atención necesaria. Incluso pudo haber orado con él. Quinto, como si aquel hombre fuera su propio hijo, a la mañana siguiente dejó dinero al encargado de la posada para que lo cuidara y prometió pagar cualquier gasto adicional.

Dos denarios, en la moneda de aquel tiempo, equivalían aproximadamente a quince peniques en la nuestra y, según los valores de entonces, alcanzaban para mucho. Aun así, solo eran una muestra de que estaba dispuesto a pagar todo lo necesario. Fue un gesto bondadoso y generoso, tanto como podría esperarse de un amigo o un hermano, y sin embargo lo hizo un extraño y extranjero.

Esta parábola también cumple otro propósito además de aquel para el que fue contada originalmente. Muestra de manera hermosa la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador hacia las personas pecadoras y desdichadas. Nosotros éramos como aquel pobre viajero. Satanás, nuestro enemigo, nos había robado, despojado y herido, y ese es el daño que el pecado nos había causado. Por naturaleza estábamos más que medio muertos, muertos por completo en delitos y pecados, e incapaces de ayudarnos a nosotros mismos porque no teníamos fuerzas.

La ley de Moisés, representada por el sacerdote y el levita, que eran ministros de la ley, nos miró, pero no tuvo compasión de nosotros. No nos ofreció ayuda y pasó de largo por el otro lado, porque no tenía misericordia ni poder para salvar. Entonces vino el bendito Jesús, el buen samaritano, aunque en otro tiempo usaban ese nombre como un insulto. Él tuvo compasión de nosotros. Venda nuestras heridas sangrantes (Salmo 147:3; Isaías 61:1) y derrama en ellas, no aceite ni vino, sino algo mucho más precioso: su propia sangre. Él cuida de nosotros y nos dice que carguemos todos los costos de nuestra sanidad a su cuenta.

Hizo todo esto aunque no era uno de nosotros, hasta que voluntariamente se humilló para hacerse como nosotros; y, en sí mismo, estaba infinitamente por encima de nosotros. Esto demuestra enormemente las riquezas de su amor y hace que todos digamos: «¿Cuánto debemos y qué podemos darle a cambio?» (2).

La lección de la parábola se hace evidente entonces por medio de las propias palabras del experto en la ley. «Ahora dime», dice Cristo, «¿cuál de estos tres fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones: el sacerdote, el levita o el samaritano?». ¿Cuál de ellos actuó como un prójimo? El experto en la ley debió haber respondido: «Sin duda, el samaritano». En cambio, dijo: «El que tuvo misericordia de él». En otras palabras, admitió que el samaritano era el verdadero prójimo y que había sido bueno salvar de la muerte a un judío honrado.

El deber que se desprende de esto queda grabado en la conciencia del experto en la ley: «Ve y haz tú lo mismo». Las responsabilidades entre personas relacionadas son mutuas. Los nombres amigo, hermano y prójimo comprometen a ambas partes, como señala Grocio. Si una de las partes está obligada, la otra no puede considerarse libre, tal como sucede en cualquier contrato. Si un samaritano hace lo correcto al ayudar a un judío necesitado, entonces un judío hace lo incorrecto si se niega a ayudar de la misma manera a un samaritano necesitado. Estos actos de bondad deben corresponderse.

Así que ve y haz lo que hizo el samaritano cada vez que se presente la oportunidad. Muestra misericordia a quienes necesiten tu ayuda y hazlo libremente, con verdadera preocupación y compasión, aunque no sean de tu misma nación, de tu misma iglesia, de tus mismas convicciones o de tu mismo grupo religioso. Deja que tu amor abarque a todos antes de presumir que has cumplido el gran mandamiento de amar a tu prójimo. Aquel experto en la ley tenía una opinión muy elevada de su aprendizaje y de su conocimiento de la ley, y esperaba atrapar a Cristo con ellos. Pero Cristo lo envía de vuelta a la escuela para que aprenda de un samaritano: «Ve y haz tú lo mismo».

Es deber de cada uno de nosotros, en el lugar que ocupamos y conforme a nuestras capacidades, ayudar, sostener y aliviar a todos los que estén en dificultades y necesidad, y especialmente de quienes conocen la ley. En esto debemos procurar superar a muchos que se sienten orgullosos de ser sacerdotes y levitas.

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