Versículo destacado
Marcos 10:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuando Jesús iba a continuar su viaje, llegó un hombre corriendo, se arrodilló delante de él y le preguntó: —Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna? "
Marcos 10:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
15 Les aseguro que quien no acepta el reino de Dios como un niño no entrará en él.
16 Luego tomó a los niños en sus brazos y los bendijo poniendo las manos sobre ellos.
17 Cuando Jesús iba a continuar su viaje, llegó un hombre corriendo, se arrodilló delante de él y le preguntó: —Maestro bueno, ¿qué debo hacer para alcanzar la vida eterna?
18 Jesús le respondió: —¿Por qué me llamas bueno? Solo hay uno bueno: Dios.
19 Ya sabes los mandamientos: «No mates, no cometas adulterio, no robes, no digas mentiras en perjuicio de nadie ni engañes; honra a tu padre y a tu madre».
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Aquí vemos un encuentro lleno de esperanza entre Cristo y un joven. Mateo lo llama joven (Mateo 19:20, 19:22), y Lucas dice que era un gobernante, una persona de cierta importancia (Lucas 18:18). Marcos añade detalles que hacen que su acercamiento a Jesús parezca muy prometedor. Llegó corriendo, lo cual mostraba humildad y entusiasmo. También se acercó públicamente, mientras Jesús estaba en el camino, y se arrodilló ante él para mostrar respeto y un corazón dispuesto a aprender. Llamó a Jesús «Maestro bueno» y preguntó: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». La vida eterna ocupaba sus pensamientos, aunque los saduceos, un grupo que negaba la resurrección, la rechazaban.
Era una pregunta seria. Quería saber qué debía hacer ahora para ser feliz para siempre. La mayoría pregunta cómo obtener cosas buenas en esta vida, pero él preguntó cómo vivir correctamente en esta vida para poder disfrutar del bien supremo en la venidera. Eso era una señal alentadora. Las personas comienzan a mostrar verdadera disposición cuando empiezan a preguntarse con seriedad qué deben hacer para ser salvas. Además, le preguntó a la persona correcta, porque Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida; él vino del cielo para mostrarnos el camino al cielo.
También preguntó con un buen propósito: quería recibir instrucción. En Lucas 10:25, un intérprete de la ley hizo una pregunta parecida, pero lo hizo para poner a prueba a Jesús y provocar problemas. Cristo no mira solamente las palabras, sino también la intención que hay detrás de ellas. Jesús respondió de una manera que fortaleció la fe de aquel hombre y orientó su vida. Cuando el joven lo llamó bueno, Jesús dirigió su atención a la verdad de que solo Dios es verdaderamente bueno, y que la bondad perfecta le pertenece únicamente a Dios.
Después, Jesús lo dirigió a los mandamientos. Mencionó los deberes que regulan la manera en que tratamos a los demás y los ordenó de una forma que mostraba la gravedad del pecado. Puso el adulterio antes que el asesinato para mostrar que el pecado sexual no es menos grave que la violencia. Colocó al final el mandamiento de honrar a los padres, como un recordatorio de que debía guardar también todos los demás. En vez de decir: «No codiciarás», dijo: «No defraudarás», es decir, no debes conformarte con tus propios bienes de tal manera que eso te lleve a enriquecerte perjudicando a otros.
El joven parecía estar bien en relación con estos mandamientos. Dijo: «Maestro, todo esto lo he cumplido desde mi juventud». Él creía que era cierto, y quienes lo rodeaban probablemente también lo pensaban. Pero las personas a menudo creen ser mejores de lo que realmente son porque no perciben todo el alcance de la ley de Dios. Pablo tuvo una experiencia parecida: pensaba que estaba vivo hasta que la ley le mostró su pecado (Romanos 7:9, 7:14). Aun así, la respuesta de este hombre mostraba que, al menos, estaba libre de pecados públicos y vergonzosos, y eso lo colocaba más adelante que a muchas otras personas. Sin embargo, aunque no conozcamos en nosotros ninguna falta grave, eso no nos justifica (1 Corintios 4:4).
Jesús lo amó. Marcos dice: «Jesús, mirándolo, lo amó». A Cristo le agradaba ver que había vivido una vida recta y que deseaba saber cómo vivir mejor. A Jesús le agrada especialmente ver a los jóvenes y a las personas ricas buscar el camino al cielo con el corazón dirigido hacia ese propósito.
Pero entonces llegó una despedida dolorosa entre Cristo y aquel joven. Jesús le dio una prueba que mostraría si realmente deseaba la vida eterna y si estaba decidido a buscarla. Si su corazón estaba verdaderamente puesto en ella, obedecería. Jesús le dijo que vendiera todo lo que tenía, que lo diera a los pobres y que lo siguiera. En aquel tiempo, cuando la iglesia apenas comenzaba, los creyentes que tenían terrenos a menudo necesitaban venderlos y poner el dinero a los pies de los apóstoles, como vemos en Hechos 4:34-35. Más adelante, la persecución también pondría a prueba si valoraba a Cristo por encima de sus bienes. Jesús le estaba mostrando desde el principio lo más difícil, para que pudiera decidir con honestidad si estaba dispuesto a seguirlo por completo. Si no aceptaba esas condiciones, debía dejar de aparentar que buscaba la vida eterna.
El mandato de Jesús significaba que debía vender lo que tuviera más allá de lo necesario para su sustento. Tal vez no tenía una familia que mantener. En ese caso, debía convertirse en padre de los pobres y dejarles su riqueza. Cada persona, según sus posibilidades, debe ayudar a los pobres y estar dispuesta, cuando sea necesario, a limitar sus propias comodidades para hacerlo. La riqueza no se nos da únicamente para sostenernos en este mundo, sino también como un encargo que debemos usar para la gloria de Dios. Los pobres siempre están entre nosotros, y Dios ha dispuesto las cosas de tal manera que puedan recibir nuestra ayuda.
Este joven debía mostrar si estaba dispuesto a soportar el servicio más difícil y costoso que Cristo pudiera pedirle, y aun así confiar en que Cristo le daría una recompensa en el cielo. Le preguntó a Cristo qué más debía hacer, además de lo que ya había hecho, para obtener la vida eterna. Jesús lo llevó a enfrentar una cuestión seria: si realmente creía en la vida eterna y si la valoraba tanto como parecía. Debía considerar si creía de verdad que había un tesoro tan grande en el cielo que compensaría todo lo que pudiera dejar, perder o entregar por causa de Cristo. Debía decidir si estaba dispuesto a confiar plenamente en Cristo, reconocer que él valía más que todo lo demás y llevar una cruz presente mientras esperaba una corona futura.
En ese momento, el joven se alejó (Marcos 10:22). Se entristeció por lo que Cristo le dijo. Lamentó no poder seguir a Cristo bajo condiciones más fáciles que las de renunciar a todo para seguirlo, y no poder conservar al mismo tiempo la vida eterna y su dinero. Pero, como no aceptó las condiciones del discipulado, tuvo la honestidad de no fingir que lo haría. Se fue afligido. En él se hizo evidente la verdad de (Mateo 6:24): no se puede servir a Dios y al dinero. Mientras se aferraba a su dinero, en realidad estaba rechazando a Cristo, como lo hacen todos los que eligen el mundo en lugar de él. Hizo una propuesta para obtener lo que deseaba, pero se alejó triste cuando descubrió que no podía tenerlo al precio que él mismo había establecido. Los compromisos a medias no forman discípulos. Lo que arruinó a este joven fue su gran riqueza. La prosperidad a menudo destruye a los necios, y quienes viven cómodamente pueden verse tentados a decirle a Dios: «Apártate de nosotros», o a decirse a sí mismos: «Aléjate de Dios».
Aquí encontramos la enseñanza de Cristo a sus discípulos. Tal vez quisiéramos que Cristo hubiera suavizado aquellas palabras que hicieron que este joven gobernante se alejara, o que las hubiera explicado de una manera más amable. Pero él conocía el corazón de cada persona. No intentaría convencer a aquel gobernante rico de seguirlo solamente porque era rico e importante. Si quería alejarse, Cristo lo dejó ir. Cristo no retiene a nadie contra su voluntad. Por eso no vemos que lo llamara de vuelta. En cambio, aprovechó aquel momento para enseñarles dos cosas a sus discípulos.
La primera es lo difícil que es para quienes tienen abundancia en este mundo ser salvos, porque a pocas personas que tienen mucho que perder se las puede persuadir de abandonarlo por causa de Cristo o de usarlo para hacer el bien. Cristo lo afirma claramente. Miró alrededor a sus discípulos porque quería que todos escucharan y recordaran sus palabras, para corregir su manera de pensar acerca de las riquezas terrenales, que ellos tendían a valorar demasiado. Dijo: «¡Qué difícil es para los que tienen riquezas entrar en el reino de Dios!» (Marcos 10:23). Las riquezas presentan muchas tentaciones y obstáculos que las personas pobres no enfrentan.
Jesús explica más esto en (Marcos 10:24), donde llama «hijos» a los discípulos, porque quiere enseñarles y cuidar de ellos como lo haría un padre. El peligro no proviene simplemente de tener riquezas, sino de confiar en ellas y apoyarse en ellas para obtener protección, provisión y seguridad. Esas personas le dicen a su oro lo que solo deberían decirle a Dios: «Tú eres mi esperanza» (Job 31:24). Quien valora de esa manera las riquezas del mundo nunca valorará correctamente a Cristo y su gracia. La persona rica que no confía en sus riquezas, que reconoce su vacío y su incapacidad para hacer feliz al alma, ya ha pasado la prueba y puede desprenderse de ellas por causa de Cristo. Pero incluso una persona pobre, si pone su corazón en lo poco que tiene y encuentra allí su felicidad, puede quedar apartada de Cristo.
Cristo refuerza esta enseñanza en (Marcos 10:25): es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico que confía en sus riquezas, o que se inclina a confiar en ellas, entre en el reino de Dios. La imagen es tan extrema que algunos han intentado hacer que el camello y el ojo de la aguja encajen de manera más precisa. Algunos creen que pudo haber existido en Jerusalén una puerta pequeña llamada «el ojo de la aguja» porque era muy estrecha, por la cual un camello no podía pasar a menos que le quitaran la carga y lo hicieran arrodillarse, como los camellos de (Génesis 24:11). En ese caso, la persona rica no puede llegar al cielo a menos que esté dispuesta a dejar a un lado la carga de las riquezas terrenales, humillarse y entrar por la puerta estrecha. Otros dicen que la palabra traducida como «camello» también puede significar una cuerda gruesa o un cable. Comparado con el hilo de una persona pobre, un rico sería como un cable: más fuerte, pero menos flexible, y no podría pasar por el ojo de una aguja a menos que lo desenredaran. Así, la persona rica debe ser liberada y desenredada de sus riquezas. Entonces queda alguna esperanza de que, hilo por hilo, pueda pasar por el ojo de la aguja. De lo contrario, solo sirve para anclarse a la tierra.
Esta enseñanza sorprendió mucho a los discípulos. Se asombraban de sus palabras (Marcos 10:24) y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?». Sabían lo que solían decir los maestros judíos: que el Espíritu de Dios escogía habitar en las personas ricas. También conocían las muchas promesas del Antiguo Testamento acerca de las bendiciones terrenales. Sabían, además, que casi todos son ricos o desean serlo, y que las personas ricas suelen tener más oportunidades de hacer el bien. Por eso se asombraron al escuchar que es tan difícil para los ricos entrar en el cielo.
Cristo tranquiliza sus corazones al señalarles el poder todopoderoso de Dios, quien puede ayudar incluso a los ricos a superar los obstáculos que encuentran en el camino de la salvación (Marcos 10:27). Los miró para captar su atención y les dijo: «Para las personas es imposible. Los ricos no pueden superar esas barreras por su propia sabiduría o fuerza. Pero la gracia de Dios sí puede hacerlo, porque para Dios todo es posible». Si los justos apenas se salvan, podemos decirlo con mayor razón de los ricos. Por eso, cada vez que alguien llega al cielo, toda la gloria debe atribuirse a Dios, quien produce en esa persona tanto el querer como el hacer.
Lo segundo que enseña es la grandeza de la salvación de quienes tienen poco de este mundo y lo dejan por causa de Cristo. Habla de esto cuando Pedro dice por sí mismo y por los demás: «Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Marcos 10:28).
«Han hecho bien —dice Cristo—, y al final descubrirán que también han hecho bien por ustedes mismos. Recibirán una gran recompensa. Esto es cierto no solo para quienes dejan poco, sino también para quienes dejan mucho, incluso tanto como tenía este joven. Si no logran renunciar a ello por causa de Cristo, aun así recibirán mucho más de lo que valía».
La pérdida puede ser muy grande. Jesús menciona primero las riquezas de este mundo, y habla de las casas antes que de las tierras. Una persona puede dejar una casa, que sirve para vivir, y tierras, que sirven para ganarse la vida, y quedar pobre y sin hogar. Esta ha sido la decisión de creyentes que han sufrido. Se despiden de sus casas y sus tierras, aun cuando les son útiles y queridas, porque son herederos de un hogar mejor en el cielo y de la herencia de los santos en la luz, donde hay muchas moradas.
Jesús también menciona los lazos familiares más queridos. Habla del padre y la madre, la esposa y los hijos, los hermanos y las hermanas. En estas relaciones, como en muchos de los mejores regalos de la vida, está ligada gran parte del consuelo de una persona. Sin ellos, el mundo se sentiría como un desierto. Sin embargo, si debemos escoger entre ellos y Cristo, debemos recordar que estamos unidos a Cristo más estrechamente que a cualquier persona creada. Por eso, para permanecer fieles a él, debemos estar dispuestos a separarnos del mundo entero y, como Leví, decirle al padre y a la madre: «No los he conocido».
Esta es una de las pruebas más difíciles de la fidelidad de una persona piadosa: cuando el amor por Cristo se enfrenta a un amor legítimo, incluso a un amor lleno de sentido del deber. Es más fácil dejar atrás un deseo pecaminoso por causa de Cristo, porque hay algo dentro de nosotros que ya se rebela contra el pecado. Pero es mucho más difícil dejar a un padre, a un hermano o a una esposa, porque sabemos que debemos amar a esas personas. Aun así, si fuera necesario, debemos hacer incluso eso antes que negar o rechazar a Cristo.
El sacrificio es grande, pero se hace para honrar a Cristo y para que el evangelio se extienda. No es el sufrimiento por sí mismo lo que convierte a alguien en mártir, sino la causa por la que sufre. Por eso, también será grande la ganancia.
Quienes renuncien a estas cosas recibirán cien veces más en este tiempo presente: casas, hermanos y hermanas, no exactamente en la misma forma, sino en aquello que corresponde a esas cosas. Tendrán abundante consuelo mientras vivan, suficiente para compensar todo lo que hayan perdido. Su unión con Cristo, su comunión con los creyentes y su esperanza de vida eterna serán para ellos como hermanos, hermanas, casas y todo lo demás que necesiten. La providencia de Dios le dio a Job el doble de lo que tenía antes, pero los cristianos que sufren reciben cien veces más en el consuelo del Espíritu, que endulza incluso las bendiciones ordinarias.
Sin embargo, Marcos añade estas palabras: «con persecuciones». Aunque reciban beneficios por medio de Cristo, todavía deben esperar sufrir por él, y no estarán fuera del alcance de la persecución hasta que lleguen al cielo. De hecho, parece que las persecuciones están incluidas entre los regalos de este tiempo presente. A los creyentes se les ha concedido no solo creer en Cristo, sino también sufrir por su nombre.
Y eso no es todo. En el mundo venidero tendrán vida eterna. Si reciben cien veces más en este mundo, alguien podría pensar que no deberían esperar nada más. Sin embargo, como si aquello fuera poca cosa, también tendrán vida eterna, que supera por mucho cualquier pérdida terrenal que pueda medirse.
Como los discípulos hablaron tanto, y quizá con más atrevimiento del que debían, acerca de dejarlo todo por Cristo, Jesús les dijo que, aunque fueran llamados primero, otros serían llamados después de ellos y ocuparían un lugar más importante que ellos. Pablo es un ejemplo: fue «como uno nacido fuera de tiempo», y sin embargo trabajó más que todos los apóstoles (1 Corintios 15:10). Así, los primeros fueron últimos, y los últimos, primeros.
De este capítulo
Marcos 10:1
"Jesús salió de Cafarnaúm y se dirigió a la región de Judea y a la tierra situada al oriente del Jordán. Allí la gente volvió a reunirse alrededor de él, y él comenzó de nuevo a enseñarles, como era su costumbre."
Marcos 10:2
"Algunos fariseos se acercaron a Jesús y, para tenderle una trampa, le preguntaron si al esposo le estaba permitido divorciarse de su esposa."
Marcos 10:3
"Él les respondió: —¿Qué les mandó a ustedes Moisés?"
Marcos 10:4
"Ellos dijeron: —Moisés permitió divorciarse de la esposa dándole un certificado de divorcio."
Marcos 10:5
"Entonces Jesús les dijo: —Moisés les dio ese mandato por lo tercos que son ustedes."
Marcos 10:6
"Pero al principio de la creación, Dios los creó hombre y mujer."
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