Versículo destacado
Lucas 10:1 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Después de esto, el Señor eligió también a otros setenta y dos y los envió de dos en dos delante de él a cada pueblo y lugar adonde tenía que ir. "
Lucas 10:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Después de esto, el Señor eligió también a otros setenta y dos y los envió de dos en dos delante de él a cada pueblo y lugar adonde tenía que ir.
2 Les dijo: La cosecha es ciertamente abundante, pero hay pocos trabajadores. Por eso, pidan ustedes al Dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recogerla.
3 Vayan ustedes; miren que los envío como corderos en medio de lobos.
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Aquí vemos el envío de setenta discípulos, de dos en dos, a distintas regiones del país. Fueron enviados a predicar el evangelio y a hacer milagros en los lugares que Cristo mismo tenía pensado visitar, para preparar a la gente para recibirlo. Los otros escritores de los Evangelios no mencionan este acontecimiento, pero las instrucciones que aparecen aquí se parecen mucho a las que recibieron los doce apóstoles.
Notemos primero su número: setenta. Cuando Cristo escogió a los doce apóstoles, parece haber tenido en mente a los doce patriarcas, las doce tribus y los doce líderes de Israel. Aquí quizá estaba pensando en los setenta ancianos de Israel: el mismo número de hombres que subieron con Moisés y Aarón y vieron la gloria del Dios de Israel (Éxodo 24:1, 24:9), y el mismo número que después fue escogido para ayudar a Moisés a gobernar al pueblo, cuando el espíritu de profecía vino sobre ellos (Números 11:24-25). Los doce manantiales y las setenta palmeras de Elim también apuntaban hacia los doce apóstoles y los setenta discípulos (Éxodo 15:27). Incluso los setenta ancianos judíos que Ptolomeo, rey de Egipto, empleó para traducir al griego el Antiguo Testamento dieron su nombre a esa traducción, la Septuaginta. El gran consejo judío, el Sanedrín, también tenía setenta miembros.
Es motivo de alegría ver esto, porque muestra que Cristo tenía muchos seguidores capacitados para ser enviados. Su obra no había sido en vano, aunque se había enfrentado a una fuerte oposición. Su reino seguía creciendo. Sus seguidores, como Israel en Egipto, podían estar oprimidos y, aun así, multiplicarse. Estos setenta no permanecían tan cerca de él como los doce, pero habían escuchado sus enseñanzas, visto sus milagros y creído en él. Incluso podrían haber incluido a los tres hombres mencionados al final del capítulo anterior, si se habían entregado seriamente a la obra. Probablemente estaban entre las personas que Pedro describió después como quienes habían estado con Jesús desde el principio (Hechos 1:15, 1:21), y muchos de los compañeros de los apóstoles mencionados en Hechos y en las Epístolas quizá pertenecían a este grupo.
También debemos alegrarnos de que hubiera trabajo para tantos ministros y oyentes para tantos predicadores. La pequeña semilla de mostaza comenzaba a crecer, y la levadura se estaba extendiendo por toda la masa, avanzando hacia el momento en que todo quedaría transformado.
Los envió de dos en dos para que pudieran fortalecerse y animarse mutuamente. Si uno caía, el otro podía ayudarlo a levantarse. No los envió a todas las ciudades de Israel, como había enviado a los doce, sino a los lugares adonde él mismo pensaba ir (Lucas 10:1). Eran sus mensajeros que iban delante de él. Podemos suponer, aunque no está registrado, que después llegó a esos lugares, aunque solo pudiera quedarse poco tiempo en cada uno.
Se les indicó que hicieran dos cosas, las mismas que Cristo hacía dondequiera que iba. Primero, debían sanar a los enfermos (Lucas 10:9), haciéndolo en el nombre de Jesús. Eso despertaría en la gente el deseo de conocer personalmente a Jesús, pues su nombre tenía tal poder. Segundo, debían anunciar que el reino de Dios se había acercado. Debían decirle a la gente: «El reino de Dios se ha acercado a ustedes, y ahora tienen la oportunidad de entrar en él, si tan solo prestan atención». Es una muestra de misericordia saber cuándo Dios nos está dando una oportunidad, para poder aprovecharla. Cuando el reino de Dios se acerca, debemos salir a su encuentro.
También debían comenzar con oración (Lucas 10:2). Al orar, debían sentir profundamente la necesidad espiritual de las personas, una necesidad que requería su ayuda. Debían mirar el gran campo de cosecha y ver cuántas personas necesitaban el evangelio y estaban listas para recibirlo. Muchos esperaban al Mesías y su reino; por eso el grano estaba maduro y listo, pero había muy pocas manos para recogerlo. Los ministros deben considerar que las almas son preciosas y que son riquezas que deben reunirse para Cristo. También deben lamentar que haya tan pocos obreros. Había muchos maestros judíos, pero no eran obreros de la cosecha, porque no llevaban a las almas al reino de Dios. Los buenos ministros desean que haya más buenos ministros, porque hay trabajo suficiente para muchos más. Es común que quienes ejercen un oficio no se preocupen si hay pocos trabajadores en él, pero Cristo quiere que los obreros de su campo consideren un problema la escasez de trabajadores.
También debían pedirle a Dios con fervor que los enviara. Él es el Señor de la cosecha, así que debían orar para que los enviara a ellos y a otros como obreros a su cosecha. Si Dios los enviaba, podían confiar en que él iría con ellos y bendeciría su trabajo. Por eso debían estar dispuestos a decir, como Isaías: «Aquí estoy, envíame» (Isaías 6:8). Recibir nuestro encargo de parte de Dios es algo grande, porque entonces podemos avanzar con confianza.
Debían salir esperando enfrentar dificultades y persecución: «Los envío como corderos en medio de lobos». Sus enemigos serían crueles, como lobos listos para despedazarlos. Con amenazas e insultos tratarían de atemorizarlos como lobos que aúllan. En la persecución, los atacarían como lobos hambrientos. Sin embargo, los discípulos debían ser como corderos: tranquilos y pacientes, aun cuando fueran una presa fácil. Habría sido muy difícil enfrentar todo aquello sin el propio Espíritu y el valor de Cristo.
No debían cargarse de provisiones, como si fueran a emprender un viaje largo. Debían depender de Dios y de la bondad de los demás para recibir lo que necesitaran. No debían llevar dinero, una bolsa para las provisiones ni calzado adicional, tal como antes les había indicado a los doce (Lucas 9:3). Tampoco debían detenerse a saludar a la gente por el camino. Eliseo dio una instrucción parecida a su siervo cuando lo envió al hijo muerto de la mujer sunamita (2 Reyes 4:29).
Cristo no les estaba enseñando a ser groseros ni poco amistosos. Primero, quería decir que debían ir como personas apuradas, con lugares asignados y un mensaje claro, sin dejarse retrasar por ceremonias innecesarias. Segundo, debían ir como personas ocupadas en un asunto importante, un asunto relacionado con el mundo venidero, y por eso no debían enredarse en asuntos comunes. El siervo de la palabra debe dedicarse a su trabajo. Tercero, debían ir como personas serias y afligidas.
Durante los primeros siete días de duelo, era costumbre que quienes estaban de luto no saludaran a nadie, como vemos en (Job 2:13). Cristo era un hombre de dolores, profundamente familiarizado con el sufrimiento, así que era apropiado que sus mensajeros se parecieran a él en esto y en otros aspectos. También debían mostrar que sentían los sufrimientos de la humanidad, precisamente los sufrimientos que habían venido a aliviar, y que estos los conmovían.
No solo debían mostrar su propia buena voluntad, sino también la buena voluntad de Dios a todas las personas con las que se encontraran, y dejar el resultado en manos de aquel que conoce el corazón (Lucas 10:5, 6). Este era el mandato que recibieron: al entrar en cualquier casa, debían decir: «Paz a esta casa». Aquí se da por sentado que entrarían en hogares particulares, porque no se les permitía entrar en las sinagogas y tenían que predicar donde encontraran libertad para hacerlo. Así como su predicación pública fue obligada a trasladarse a las casas, ellos también llevaron allí el mensaje. Al igual que su Maestro, dondequiera que iban predicaban de casa en casa (Hechos 5:42; Hechos 20:20). Al principio, la iglesia de Cristo fue, en gran medida, una iglesia que se reunía en los hogares.
Debían decir: «Paz a esta casa», refiriéndose a todos los que vivían bajo ese techo, a toda la familia y a todos los que pertenecían a ella. «Paz a ustedes» era el saludo común entre los judíos. No debían usarlo de manera superficial, como una cortesía pasajera con las personas que encontraran en el camino. Más bien, debían pronunciarlo solemnemente en los hogares donde entraran. «No saluden a nadie por el camino» significaba que no debían usar cumplidos vacíos; pero a quienes recibieran en sus casas debían decirles: «Paz a ustedes», con seriedad y sinceridad. No debía ser solo una frase cortés. Los ministros de Cristo van por todo el mundo para decir, en el nombre de Cristo: «Paz a ustedes».
Primero, deben ofrecer paz a todos. Predican la paz por medio de Jesucristo, proclaman el evangelio de la paz y el pacto de paz, anuncian la paz en la tierra e invitan a las personas a venir y recibir sus beneficios. Segundo, deben orar por la paz de todos. Deben desear sinceramente la salvación de aquellos a quienes predican y presentar esos deseos delante de Dios en oración. También puede ser bueno hacerles saber a las personas que se está orando por ellas y bendiciéndolas en el nombre del Señor.
El resultado sería distinto según la clase de personas que los escucharan y por quienes se orara. Así como fueran hijos de paz o no, la paz reposaría sobre aquella casa o no. La disposición de quien recibe determina, en cierto modo, cómo recibe el mensaje. Algunos serían hijos de paz, preparados por la gracia de Dios, conforme a su sabio propósito, para recibir el evangelio en su luz y amor. Sus corazones serían suaves como la cera, listos para recibir su impresión. Quienes tienen en su interior una verdadera obra de la gracia están preparados para recibir los consuelos del evangelio. En ellos encontraría reposo la paz de los mensajeros. Sus oraciones serían escuchadas, las promesas del evangelio serían confirmadas para ellos, sus bendiciones les serían concedidas y el fruto de ambas cosas permanecería con ellos: una buena porción que nadie les quitaría.
Otros no estarían dispuestos en absoluto a escuchar ni a recibir el mensaje; habría casas enteras sin un solo hijo de paz. En esos casos, la paz de los mensajeros no reposaría sobre ellos. No tendrían parte en ese asunto. La bendición que descansa sobre los hijos de paz nunca descansará sobre los hijos de Belial, es decir, sobre los malvados. Nadie puede esperar las bendiciones del pacto si no acepta someterse a sus obligaciones. Sin embargo, la paz volvería a ellos. Esto significa que tendrían el consuelo de haber cumplido su deber delante de Dios y de haber sido fieles a la responsabilidad que recibieron. Sus oraciones, como las de David, volverían a su propio corazón (Salmo 35:13), y podrían continuar con libertad en la obra. Su paz volvería a ellos, no solo para su propio consuelo, sino también para que pudieran llevarla a las siguientes personas que encontraran y que fueran hijos de paz.
También debían aceptar la bondad de quienes los recibieran (Lucas 10:7, 8). Quienes recibieran el evangelio también recibirían a sus predicadores y proveerían para ellos. Los mensajeros no debían tratar de ganar dinero ni acumular riquezas, pero sí podían depender de que se les sostuviera. No debían desconfiar de la hospitalidad que recibieran ni temer que se estaban convirtiendo en una carga. Debían comer y beber lo que les ofrecieran, porque cualquier bondad que se les mostrara sería apenas una pequeña retribución por la bondad que ellos llevaban al anunciar las buenas noticias de paz. Lo merecían, porque «el obrero es digno de su salario». Un ministro que trabaja verdaderamente es digno de recibir apoyo, y no es un acto de caridad, sino de justicia, que quienes reciben enseñanza de la palabra compartan sus bienes con quienes les enseñan.
Tampoco debían ser exigentes ni quisquillosos con la comida. Debían comer y beber lo que les pusieran delante (Lucas 10:7, 8). Debían agradecer aun la comida sencilla y no quejarse si no estaba preparada con gran habilidad. No corresponde a los discípulos de Cristo anhelar manjares exquisitos. Cristo no los sometió a las estrictas reglas de ayuno, creadas por los hombres, que seguían los fariseos; tampoco les permitió el lujo de los epicúreos, personas entregadas al placer. Tal vez también se refería a las tradiciones de los ancianos acerca de los alimentos, que eran tantas y tan exactas que quienes las seguían se volvían extremadamente exigentes. Casi no se les podía servir una comida sin que surgiera alguna pregunta. Pero Cristo no quería que sus discípulos se preocuparan por esas cosas. Debían comer lo que les dieran, sin hacer preguntas por motivos de conciencia.
También debían advertir del juicio de Dios contra quienes los rechazaran a ellos y a su mensaje. Si entraban en una ciudad y no eran recibidos, si nadie estaba dispuesto a escuchar su enseñanza, debían salir de allí (Lucas 10:10). Si la gente no los recibía en sus casas, debían advertirles en las calles. Cristo les da la misma instrucción que ya había dado a los apóstoles: debían decirles, no con enojo, desprecio ni deseo de venganza, sino con compasión por sus almas que estaban pereciendo y con santo temor ante la ruina que estaban trayendo sobre sí mismos, que hasta el polvo de su ciudad que se les había pegado a los pies lo sacudían contra ellos (Lucas 10:11). No debían llevarse ninguna muestra de bondad de parte de ellos. El profeta del Señor pagó muy caro haber aceptado una comida de un profeta en Betel (1 Reyes 13:21, 22). Debían decirles que no llevarían consigo ni siquiera el polvo de su ciudad. Que se lo quedaran, pues polvo eran.
Esto serviría de testimonio a favor de los mensajeros de Cristo: habían estado allí en obediencia a su Maestro. Fueran recibidos o rechazados, habían cumplido con su deber. Pero también serviría de testimonio contra quienes no recibieran a los mensajeros de Cristo, ni siquiera con agua para lavarles los pies, de modo que el polvo tuviera que ser sacudido. Aun así, debían hablarles con claridad y asegurarse de que lo entendieran: el reino de Dios se había acercado a ellos. Se les había ofrecido plenamente. Si no se beneficiaban de esa oferta, la culpa sería solamente de ellos.
El evangelio había llegado hasta la puerta de su casa. Si cerraban la puerta delante de él, la responsabilidad recaería sobre ellos mismos. Ahora que el reino de Dios se había acercado a ellos, si no querían acercarse a él ni entrar en él, su pecado quedaría sin excusa y su juicio sería insoportable.
Mientras mejores sean las ofertas de gracia y vida por medio de Cristo, mayor será la responsabilidad de quienes las ignoren. El juicio sería más tolerable para Sodoma que para aquella ciudad (Lucas 10:12). Los habitantes de Sodoma rechazaron la advertencia que Lot les dio, pero rechazar el evangelio es un pecado mucho mayor, y será castigado de acuerdo con esa gravedad. Cristo se refiere al día del juicio (Lucas 10:14), pero lo llama «aquel día» con especial énfasis, porque es el último gran día. Será el día en que habrá que rendir cuentas por todos los días de esta vida y en que quedará establecida la condición eterna de cada persona.
Luego el evangelista repite la condena especial de las ciudades donde se realizaron la mayoría de las obras poderosas de Cristo, la misma advertencia que aparece en Mateo 11:20 y siguientes. Aquí se mencionan Corazín, Betsaida y Capernaúm, todas cerca del mar de Galilea, lugares donde Cristo pasó buena parte de su tiempo. Gozaron de mayores privilegios porque Cristo hizo allí obras poderosas, y todas fueron obras de misericordia. De ese modo fueron elevadas hasta el cielo: no solo fueron honradas, sino que recibieron una verdadera oportunidad de alcanzar la bendición. Fueron acercadas al cielo tanto como podía acercarlas una ayuda externa.
El propósito de Dios al favorecerlas de esa manera era llevarlas al arrepentimiento y a una vida transformada, a sentarse vestidas de cilicio y ceniza, tanto en tristeza por sus pecados como en humilde sumisión al gobierno de Dios. Pero frustraron ese propósito al recibir la gracia de Dios sin que les aprovechara. Se da a entender que no se arrepintieron. Ninguno de los milagros de Cristo las llevó a pensar mejor de él ni a considerar más grave el pecado, y no produjeron los frutos que debían haber seguido a privilegios tan grandes.
Es razonable pensar, al menos desde el punto de vista humano, que si Cristo hubiera ido a Tiro y Sidón, ciudades gentiles, y allí hubiera predicado el mismo mensaje y hecho los mismos milagros, sus habitantes se habrían arrepentido hacía mucho tiempo. Su arrepentimiento habría sido rápido y profundo, con cilicio y ceniza. Tendremos que esperar al gran día de la revelación para comprender la sabiduría de Dios al conceder los medios de la gracia a algunos que no los aprovechan y negárselos a otros que sí los habrían aprovechado.
El juicio de quienes reciben la gracia de Dios en vano será muy severo. Los que fueron elevados y no hicieron nada con la ventaja que recibieron serán arrojados al infierno con vergüenza y deshonra. Tal vez intenten abrirse paso y entrar al cielo junto con la compañía de quienes profesan creer, pero será inútil. Serán arrojados, para su dolor y decepción eternos, al lugar más profundo del infierno, y para ellos el infierno será verdaderamente infierno.
En el día del juicio, Tiro y Sidón estarán en una situación más favorable. El juicio será más tolerable para ellas que para aquellas ciudades.
Cristo también establece una regla general sobre la manera en que juzgará a quienes reciben a sus ministros. Considera que la forma en que tratan a sus ministros es la forma en que lo tratan a él (Lucas 10:16). Lo que se le hace al embajador se le hace, en cierto sentido, a quien lo envió. Quien los escucha y acepta lo que dicen, escucha a Cristo y lo honra de esa manera. Pero quien los desprecia, en realidad desprecia a Cristo y será juzgado como si lo hubiera insultado. De hecho, desprecia al que envió a Cristo.
Quienes menosprecian la fe cristiana, en efecto, están despreciando la religión natural, que el cristianismo completa y lleva a su plenitud. Quienes desprecian a los ministros fieles de Cristo, aunque no los odien ni los persigan abiertamente, sino que piensen mal de ellos, los miren con desprecio y se aparten de su enseñanza, serán tratados como personas que desprecian a Dios y a Cristo.
De este capítulo
Lucas 10:2
"Les dijo: La cosecha es ciertamente abundante, pero hay pocos trabajadores. Por eso, pidan ustedes al Dueño de la cosecha que envíe trabajadores a recogerla."
Lucas 10:3
"Vayan ustedes; miren que los envío como corderos en medio de lobos."
Lucas 10:4
"No lleven dinero, provisiones ni sandalias, y no se detengan a saludar a nadie por el camino."
Lucas 10:5
"Cuando entren en una casa, digan primero como saludo: “Paz a esta casa”."
Lucas 10:6
"Si allí hay gente de paz, el deseo de paz de ustedes se cumplirá; pero, si no, ustedes no perderán nada."
Lucas 10:7
"Permanezcan en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que ellos tengan, porque el trabajador tiene derecho a recibir su paga. No vayan de casa en casa."
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