Versículo destacado

Lucas 1:26 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, "

Lucas 1:26

menu_book El versículo en contexto

24 Después de esto, su esposa Isabel quedó embarazada y durante cinco meses no salió de su casa. Ella pensaba:

25 «Esto ha hecho ahora el Señor por mí, para que la gente deje de despreciarme.»

26 A los seis meses, Dios envió al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret,

27 donde vivía una joven llamada María. Era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David.

28 El ángel entró donde ella estaba y le dijo: —¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí se nos dice todo lo que es apropiado que sepamos acerca de la encarnación y concepción de nuestro bendito Salvador, seis meses después de la concepción de Juan. El mismo ángel, Gabriel, que había dado a conocer a Zacarías el propósito de Dios acerca de su hijo, también es enviado aquí. La misma gran obra de redención que comenzó allí ahora avanza aquí.

Los ángeles malos no están entre los redimidos, y los ángeles buenos no son los redentores. Sin embargo, el Redentor los usa como sus mensajeros, y ellos cumplen con gusto sus encargos. Lo hacen porque son humildes siervos de su Padre y amigos sinceros de sus hijos.

Ahora se nos presenta a la madre de nuestro Señor, María, de quien él habría de nacer. No debemos orarle a ella, sino alabar a Dios por ella. Su nombre era María, el mismo nombre de Miriam, la hermana de Moisés y Aarón. El nombre significa «exaltada», y verdaderamente ella fue honrada por encima de todas las hijas de la descendencia de David.

Ella pertenecía a la familia real y descendía directamente de David. Ella y sus amigos lo sabían, por lo que era reconocida como parte de la casa de David, aunque era pobre y de condición humilde en el mundo. Por la providencia de Dios y por el cuidado de los judíos, se conservaron los registros familiares para que su descendencia pudiera rastrearse. Eso era importante mientras aún debía cumplirse la promesa del Mesías, pero tal ascendencia no representa una ventaja especial para quienes ahora viven en una condición humilde.

Era virgen, pura e intachable, pero estaba comprometida con un hombre de la misma línea real, José, quien también pertenecía a la casa de David (Mateo 1:20). La madre de Cristo tenía que ser virgen porque él no habría de nacer de la manera ordinaria, sino por un milagro. Tenía que compartir nuestra naturaleza humana, pero no la corrupción de esa naturaleza. Aun así, nació de una virgen comprometida, para honrar el matrimonio y evitar que ese buen orden fuera tratado con desprecio. El matrimonio fue establecido desde el tiempo de la inocencia, y el nacimiento del Salvador no debía llevar a que se menospreciara.

Ella vivía en Nazaret, una ciudad de Galilea, en un rincón apartado de la tierra que no tenía gran reputación por su religión ni por su aprendizaje. Limitaba con territorio gentil, por lo cual se le llamaba Galilea de los gentiles. El hecho de que los parientes de Cristo vivieran allí insinúa que se estaba preparando el camino para que la gracia alcanzara al mundo gentil. El doctor Lightfoot observa que Jonás nació en Galilea, y que Elías y Eliseo también pasaron mucho tiempo allí; todos ellos fueron profetas conocidos y relacionados con los gentiles.

El ángel fue enviado a ella desde Nazaret. Ninguna distancia ni lugar humilde puede impedir el favor de Dios hacia aquellos a quienes ha escogido bendecir. Gabriel llevó su mensaje a María en Galilea con el mismo gusto con que se lo había llevado a Zacarías en el templo de Jerusalén.

El saludo del ángel fue: «¡Salve, muy favorecida!». No se nos dice qué estaba haciendo ella cuando él llegó, pero ese saludo la tomó por sorpresa. Primero, tenía el propósito de darle una perspectiva correcta de sí misma. En la mayoría de las personas eso no sería necesario, pero en alguien como María, que quizá solo pensaba en su condición humilde, podía ser útil. También tenía el propósito de prepararla para recibir una gran noticia del cielo, no de la tierra.

El saludo también expresaba honor y buena voluntad. Dios la dignificó al escogerla para ser la madre del Mesías. En ese honor fue puesta por encima de Eva, quien fue la madre de todos los vivientes. Algunos han entendido la antigua frase latina «llena de gracia» como si significara que ella tenía más gracia interior que cualquier otra persona. Pero aquí el significado es más sencillo. Se refiere al favor especial que recibió al ser escogida para concebir y dar a luz a nuestro bendito Señor. Puesto que él habría de ser la simiente de la mujer, alguna mujer tendría que recibir este honor, no porque lo hubiera merecido, sino porque Dios quiso escogerla libremente. «Sí, Padre, porque así te agradó» .

El ángel también dijo: «El Señor está contigo». Aunque era pobre y ordinaria, y quizá estaba pensando en cómo sostendría un hogar después de casarse, la presencia de Dios estaba con ella. Estas mismas palabras fortalecieron la fe de Gedeón: «El Señor está contigo» (Jueces 6:12). Cuando Dios está de nuestro lado, no debemos considerar imposible nada, ya sea un deber difícil o una gran bendición. Estas palabras quizá también le recordaron a Emanuel, «Dios con nosotros», a quien una virgen concebiría y daría a luz (Isaías 7:14). ¿Por qué esa virgen no podía ser ella?

Luego el ángel dijo: «Bendita tú entre las mujeres». Esto significa más que el hecho de que la gente tendría una buena opinión de ella. Significa que verdaderamente había sido bendecida por Dios de una manera especial. Más adelante ella misma dijo: «Desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones» (Lucas 1:48). Comparemos esto con las palabras de Débora acerca de Jael, otra mujer que fue grandemente honrada entre las mujeres: «Bendita sea entre las mujeres Jael» (Jueces 5:24).

María se turbó profundamente por este saludo. Al ver al ángel y la gloria que lo rodeaba, se alteró ante la visión y aún más por sus palabras. Si hubiera sido orgullosa y estuviera deseosa de alcanzar grandeza terrenal, habría recibido esas palabras con agrado. Pero, en cambio, quedó confundida, porque no veía en sí misma nada que mereciera o anunciara semejantes cosas. Siguió pensando qué clase de saludo podía ser aquel. ¿Venía del cielo o de los hombres? ¿Pretendía engañarla, atraparla o burlarse de ella, o significaba algo serio?

No creo que por un solo momento ella imaginara que este saludo debía usarse como una oración, como ocurrió después durante muchos siglos en el estado corrompido y anticristiano de la iglesia, donde incluso se repetía diez veces por cada Padrenuestro en la Iglesia de Roma. Su cuidadosa reflexión nos deja una lección útil para las jóvenes cuando reciben atenciones o saludos. Deben considerar de dónde vienen esas palabras y a qué pretenden conducirlas, para poder responder con sabiduría y mantenerse alerta.

El ángel hace una breve pausa, pero cuando la angustia de María sigue aumentando, continúa con su mensaje (Lucas 1:30). Como ella todavía no le ha respondido, la tranquiliza: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios», más de lo que ella se daba cuenta. Muchas personas creen disfrutar del favor de Dios más de lo que realmente lo disfrutan, pero María verdaderamente lo había recibido.

Quienes han hallado favor delante de Dios no deben entregarse al temor ansioso. Si Dios está a favor de nosotros, no importa quién esté en contra. Si él nos ha mostrado misericordia, no necesitamos dejarnos sacudir por la desaprobación del mundo.

Aunque María es virgen, tendrá el honor de convertirse en madre: «Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús» (Lucas 1:31). En el Edén se le dijo a Eva que su honor como madre de todos los vivientes estaría mezclado con tristeza, porque su deseo sería para su marido y él se enseñorearía de ella (Génesis 3:16). María recibe el honor sin aquella vergüenza ni aquella carga adicional.

Aunque vive en pobreza y oscuridad, será la madre del Mesías. Su hijo se llamará Jesús, que significa Salvador: el tipo de Salvador que el mundo necesita, no simplemente el que muchos judíos esperaban. Estará estrechamente unido al mundo celestial, pues «será grande» y «será llamado Hijo del Altísimo», es decir, Hijo de Dios, quien es el Altísimo. Él es verdadera y plenamente grande, y es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos (Romanos 9:5). Quienes son hijos de Dios, incluso por adopción y por el nuevo nacimiento, también son verdaderamente grandes; por eso deben esforzarse por ser verdaderamente buenos (1 Juan 3:1-2).

También será grandemente honrado en este mundo. Aunque nacerá de la manera más humilde posible y se presentará como siervo, «el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lucas 1:32). A María se le recuerda que pertenece a la familia de David. Por eso no es imposible que ella dé a luz al heredero del trono de David, aun después de que la línea real hubiera parecido cortada desde hacía mucho tiempo. Puede que su pueblo no le conceda ese trono ni reconozca su derecho a gobernarlo, pero Dios le dará ese derecho y lo establecerá como rey en Sion.

Su reino será espiritual. Reinará sobre la casa de Jacob, no simplemente sobre Israel según la carne, porque muchos de ellos no lo recibieron ni permanecieron como su pueblo. Su verdadero reino es la casa espiritual de Israel, el pueblo que pertenece a la promesa. Su reino también será eterno. Reinará para siempre, y su reino no tendrá fin, a diferencia del gobierno terrenal y temporal de David. Otras coronas no perduran de una generación a otra, pero el reino de Cristo permanece (Proverbios 27:24). El evangelio es la manera definitiva de Dios para tratar con nosotros, y no debemos esperar otra.

Entonces María hace una pregunta razonable acerca del nacimiento de este niño prometido: «¿Cómo será esto? pues no conozco varón» (Lucas 1:34). Ella sabe que el Mesías debe nacer de una virgen y, si ella será su madre, quiere saber cómo sucederá. Esto no es incredulidad. Es la pregunta de alguien que desea recibir más luz y entendimiento.

El ángel le da una respuesta completa (Lucas 1:35). Ella concebirá por el poder del Espíritu Santo, cuya obra es santificar y apartar para este propósito. Al Espíritu Santo se le llama el poder del Altísimo. Si ella está preguntando cómo puede suceder esto, esa respuesta basta para resolver la dificultad: un poder divino lo hará.

Ella no debe preguntar más sobre la manera exacta en que ocurrirá. El Espíritu Santo, como poder del Altísimo, la cubrirá con su sombra, así como la nube cubrió el tabernáculo cuando la gloria de Dios tomó posesión de él. Ese lenguaje muestra que el misterio está oculto a la mirada curiosa. Incluso la formación normal de un niño en el vientre es un misterio de la naturaleza. Nadie conoce el camino del espíritu ni cómo crecen los huesos en el vientre (Eclesiastés 11:5). Fuimos hechos en secreto (Salmo 139:15-16). Pero la formación de Jesús fue un misterio mucho mayor: Dios se manifestó en carne (1 Timoteo 3:16). Fue algo nuevo creado en la tierra (Jeremías 31:22), y no debemos pretender saber más de lo que la Escritura revela.

Al niño que ella dará a luz se le llama santo, y por eso no debía ser concebido de la manera ordinaria. No debía participar de la corrupción y contaminación comunes de la naturaleza humana. Se habla de él como «ese ser santo», algo que nunca antes se había visto, y será llamado Hijo de Dios. Él es el Hijo del Padre por generación eterna, y su naturaleza humana fue formada por el Espíritu Santo como señal de esa verdad. Su naturaleza humana debía producirse de una manera apropiada para aquel que estaría unido a la naturaleza divina.

El ángel le da a María otra razón para confiar en la promesa. Su parienta Elisabet, aunque era anciana, también está embarazada (Lucas 1:36). Ha comenzado una época de maravillas, así que María no debe sorprenderse. Dios ya está mostrando su poder en su propia familia. A menudo pasa de una maravilla a otra. Aunque Elisabet descendía de Aarón por parte de su padre (Lucas 1:5), quizá descendía de David por parte de su madre, ya que esas familias solían casarse entre sí. Esto sería una señal apropiada de la unión venidera de la realeza y el sacerdocio en el Mesías.

Elisabet ya está en su sexto mes, aunque había sido considerada estéril. Esto, como observa el doctor Lightfoot, pudo haber preparado al mundo para creer algo aún mayor: que una virgen podía dar a luz un hijo. Los casos anteriores de mujeres que, después de muchos años de esterilidad, tuvieron hijos ya eran contrarios al curso natural de las cosas, y ayudaron a preparar a la gente para esta obra mayor de Dios.

Así, incluso en el nacimiento de Isaac, Abraham vio de antemano el día de Cristo y una representación anticipada del milagro de su nacimiento. El ángel fortalece la fe de María con esta misma verdad y termina con una declaración grande y segura para todos: «Nada es imposible para Dios» (Lucas 1:37). Si nada es imposible para Dios, entonces este acontecimiento tampoco lo es. Por eso Abraham no dudó de la promesa de Dios, pues confió plenamente en su poder (Romanos 4:20-21). Ninguna palabra de Dios debe parecernos increíble, siempre que ninguna obra de Dios esté fuera de su poder.

Entonces María acepta la voluntad de Dios para ella (Lucas 1:38). Primero se muestra como una sierva creyente bajo la autoridad de Dios: «Soy la sierva del Señor». En efecto, está diciendo: «Señor, estoy lista para servirte y a tu disposición para hacer lo que me mandes». No presenta objeciones sobre el riesgo para su matrimonio ni sobre el daño a su reputación. En lugar de eso, deja el resultado en manos de Dios y se somete por completo a su voluntad.

También se muestra como una creyente que espera recibir el favor de Dios. No solo está dispuesta a que suceda, sino que pide humildemente que así sea: «Que se cumpla en mí conforme a tu palabra». Un favor como este era demasiado grande para tratarlo con ligereza o indiferencia. Lo que Dios ha prometido, debemos pedírselo en oración. Al orar, debemos añadir nuestro propio «amén», es decir, «así sea», a su promesa. Debemos decir: «Acuérdate de tu palabra a tu siervo, porque en ella me has hecho esperar». Como María, debemos formar nuestros deseos de acuerdo con la palabra de Dios y basar nuestra esperanza en ella. «Que se cumpla en mí conforme a tu palabra»: sí, exactamente así y de ninguna otra manera.

Después de esto, el ángel se fue. Había terminado la tarea para la que fue enviado, así que regresó para dar su informe y recibir nuevas instrucciones. Los encuentros con ángeles siempre fueron breves y temporales, y pronto terminaban. En la vida venidera, serán constantes y duraderos.

Comúnmente se piensa que, en ese mismo momento, la virgen concibió por el poder del Espíritu Santo que la cubrió con su sombra. Pero, puesto que la Escritura sabiamente no dice nada más, no debemos sentir demasiada curiosidad por este asunto, y mucho menos afirmar con certeza lo que el texto deja en silencio.

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