Versículo destacado
Lucas 1:5 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" En tiempos de Herodes, rey del país de los judíos, vivía un sacerdote llamado Zacarías, que pertenecía al turno de Abías. Su esposa, llamada Isabel, era descendiente de Aarón. "
Lucas 1:5
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
3 Yo también, excelentísimo Teófilo, lo he investigado todo con cuidado desde el principio, y me ha parecido conveniente escribirte estas cosas ordenadamente,
4 para que conozcas con certeza la verdad de lo que te han enseñado.
5 En tiempos de Herodes, rey del país de los judíos, vivía un sacerdote llamado Zacarías, que pertenecía al turno de Abías. Su esposa, llamada Isabel, era descendiente de Aarón.
6 Ambos eran justos delante de Dios y obedecían de manera intachable los mandatos y las leyes del Señor.
7 Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; además, ambos eran ya muy ancianos.
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
Los primeros dos evangelistas habían comenzado con el bautismo y el ministerio de Juan, que empezaron unos seis meses antes del ministerio público de nuestro Salvador. Puesto que el gran momento decisivo estaba tan cerca, seis meses representaban un período significativo, aunque antes habría parecido poco tiempo. Lucas quiere ofrecer un relato más completo de la concepción y el nacimiento de Jesús, así que comienza todavía más atrás, con Juan el Bautista, el heraldo y precursor de Jesús, como la estrella de la mañana que anuncia al Sol de justicia.
Lo hace en parte porque naturalmente queremos conocer los antecedentes de los grandes hombres. También lo hace porque la vida temprana de Juan, al igual que la de Jesús, estuvo llena de milagros y señales de lo que llegaría a ser. Por eso, el escritor inspirado comienza con la concepción de Juan y nos cuenta acerca de sus padres.
Ellos vivían en los días del rey Herodes, un gobernante extranjero puesto en el poder por los romanos, quienes recientemente habían incorporado Judea al imperio. Esto es importante porque muestra que el dominio de Judá había decaído por completo y que había llegado el momento de que apareciera Siló, el gobernante prometido, conforme a la profecía de Jacob (Génesis 49:10). La familia de David había caído muy bajo justo cuando estaba a punto de levantarse otra vez en el Mesías.
No debemos perder la esperanza en cuanto a la religión, aun cuando se haya perdido la libertad civil. Israel estaba oprimido, pero la gloria de Israel estaba a punto de manifestarse. El padre de Juan, Zacarías, era sacerdote y descendiente de Aarón. Ninguna familia había recibido de parte de Dios mayor honor que las familias de Aarón y de David, pues una recibió el pacto del sacerdocio y la otra, el pacto de la realeza.
Ambas familias habían fallado en el honor que habían recibido, pero el evangelio vuelve a honrarlas en sus últimos días. La línea de Aarón es honrada en Juan el Bautista, y la línea de David, en Cristo. Después, ambas líneas desaparecen de la vista. Cristo vino de la casa de David, y su precursor vino de la de Aarón, porque la obra sacerdotal de Cristo abrió el camino para su autoridad real.
Zacarías pertenecía al turno de Abías. En los días de David, los descendientes de Aarón fueron divididos en veinticuatro grupos para que su servicio pudiera realizarse de manera ordenada. El octavo grupo era el de Abías (1 Crónicas 24:10), descendiente de Eleazar, el hijo mayor de Aarón. Algunos estudiosos piensan que muchas familias sacerdotales desaparecieron durante el exilio y que, después del regreso, quizá conservaron los nombres de los antiguos turnos aunque algunas líneas familiares hubieran cambiado.
La esposa de Zacarías también pertenecía a la familia de Aarón, y se llamaba Elisabet, el mismo nombre que Elisheba, la esposa de Aarón (Éxodo 6:23). Según Josefo, los sacerdotes tenían cuidado de casarse dentro de su propia familia para preservar la dignidad del sacerdocio. Lo que se dice de Zacarías y Elisabet es especialmente importante: eran una pareja profundamente religiosa.
Ambos eran justos delante de Dios, es decir, su bondad era real y no solamente exterior. Vivían para agradar a Aquel cuyo juicio es verdadero. Son verdaderamente justos quienes lo son delante de Dios, como Noé en su generación (Génesis 7:1). Vivían de una manera que recibía la aprobación de Dios, y él los aceptaba bondadosamente.
Es una bendición que el esposo y la esposa estén unidos al Señor. Esto es especialmente apropiado en el caso de los sacerdotes, los ministros del Señor, y sus esposas: deben ser justos delante de Dios para servir de ejemplo al pueblo y ser un motivo de alegría el uno para el otro. Ambos caminaban irreprensiblemente en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor.
Su justicia se veía en el patrón completo de su vida, no solo en sus palabras, sino también en sus acciones. Su adoración y su conducta diaria estaban de acuerdo. No caminaban únicamente en las ordenanzas del Señor, relacionadas con la adoración, sino también en sus mandamientos, que gobiernan la vida cotidiana. Eran cuidadosos en obedecer en todo; no eran perfectos, pero sí constantemente fieles.
Por eso eran irreprensibles. Nadie podía señalar en ellos algún pecado público o vergonzoso. Vivían con honestidad y sin causar ofensa, como deben hacerlo especialmente los ministros y sus familias, para que el ministerio no fuera desacreditado por causa de ellos.
Sin embargo, no tenían hijos, lo cual era una profunda tristeza en aquellos días. Los hijos son un regalo del Señor, pero a muchas parejas casadas y fieles se les niega ese regalo. Elisabet era estéril y ambos casi habían perdido la esperanza, porque ya eran de edad avanzada. Para ese momento, por lo general, las mujeres ya no tenían hijos.
Aun así, varias personas notables nacieron de madres que habían permanecido sin hijos durante mucho tiempo, como Isaac, Jacob, José, Sansón y Samuel. Juan el Bautista nació de la misma manera. Esto hizo que su nacimiento fuera todavía más extraordinario y que la bendición resultara más preciosa para sus padres. También muestra que, cuando Dios hace esperar mucho tiempo a su pueblo, a veces recompensa su paciencia haciendo que el regalo sea aún más valioso cuando llega.
Zacarías estaba sirviendo en el templo cuando un ángel se le apareció (Lucas 1:8-11). El profeta Zacarías fue la última persona del Antiguo Testamento de quien se sabe que tuvo relación con ángeles, y el sacerdote Zacarías es la primera en el Nuevo Testamento. Zacarías estaba cumpliendo fielmente delante de Dios el deber sacerdotal que le correspondía en su turno.
Era su semana de servicio y estaba de guardia. Aunque su propia familia aún no había sido bendecida con hijos, siguió realizando con cuidado el trabajo que se le había asignado ese día. Aunque todavía no hayamos recibido las misericordias que anhelamos, debemos continuar cumpliendo los deberes que Dios nos ha dado. Si permanecemos fieles en nuestro servicio habitual, con el tiempo pueden llegar la misericordia y el consuelo.
Durante esa semana, le tocó a Zacarías quemar el incienso por la mañana y por la tarde, mientras que otras tareas se asignaban por sorteo a otros sacerdotes. Estas responsabilidades se distribuían de esa manera para que algunos sacerdotes no las evitaran ni otros se quedaran con todas. Puesto que se consideraba que el sorteo estaba dirigido por el Señor, podían recibir aquella asignación como un llamado divino a realizar ese trabajo.
No se trataba del sumo sacerdote quemando incienso en el Día de la Expiación, como algunos han supuesto. Se ha pensado que eso ayudaría a determinar el momento del nacimiento de nuestro Salvador, pero el texto deja claro que se trataba de la quema diaria de incienso en el altar del incienso (Lucas 1:11), que estaba en el templo (Lucas 1:9), no en el Lugar Santísimo, donde entraba únicamente el sumo sacerdote.
Los judíos dicen que ningún sacerdote quemaba incienso dos veces en toda su vida, debido a la gran cantidad de sacerdotes, o al menos no más de una vez por semana. Es muy probable que esto ocurriera en sábado, porque había una gran multitud presente (Lucas 1:10), lo cual normalmente no sucedía entre semana. De esta manera, Dios suele conceder un honor especial a su propio día.
Si el doctor Lightfoot tiene razón al usar el calendario judío y afirmar que el turno de Abías servía el día diecisiete del tercer mes, Siván, que corresponde a parte de mayo y parte de junio, vale la pena notar que las lecturas de las Escrituras en las sinagogas de ese día concordaban muy bien con lo que estaba sucediendo en el templo. La ley de los nazareos (Números 6) y el relato del nacimiento de Sansón (Jueces 13) correspondían de manera notable con aquel momento.
Mientras Zacarías quemaba incienso en el templo, toda la multitud del pueblo estaba orando afuera, como dice Lucas 1:10. El doctor Lightfoot afirma que, a la hora de la oración, siempre había sacerdotes del turno que estaba sirviendo dentro del templo y que, si era sábado, también estaban presentes quienes habían servido durante la semana anterior. Había levitas bajo la autoridad de los sacerdotes y estaban allí los hombres de posición, como los llamaban los rabinos, quienes representaban al pueblo al poner las manos sobre los sacrificios. Muchos otros también acudían por devoción, dejando por ese momento sus labores para estar presentes en la adoración a Dios. Todos juntos formaban una gran multitud, especialmente en los sábados y días festivos.
Entonces se dedicaban a orar en silencio, porque sus voces no se escuchaban, y una campana les indicaba que el sacerdote había entrado para quemar el incienso. Aquí debemos observar varias cosas. En primer lugar, el verdadero Israel de Dios siempre ha sido un pueblo que ora, y la oración es el acto principal mediante el cual honramos a Dios, recibimos su ayuda y mantenemos comunión con él.
En segundo lugar, aun cuando los ritos externos estaban en plena vigencia, como aquella quema de incienso, también se exigían deberes internos y espirituales, y estos eran la preocupación principal. David sabía que, cuando estaba lejos del altar, su oración podía ser escuchada sin incienso, porque podía subir delante de Dios como incienso (Salmo 141:2). Pero cuando estaba alrededor del altar, el incienso no podía ser aceptado sin oración, del mismo modo que no se puede aceptar la cáscara sin la semilla.
En tercer lugar, no basta con estar en el lugar donde se adora a Dios si nuestro corazón no participa en la adoración ni acompaña al ministro en cada parte de ella. Aunque él queme bien el incienso, con una oración apropiada, sabia y ferviente, eso no nos aprovechará si no estamos orando con él al mismo tiempo.
En cuarto lugar, todas las oraciones que ofrecemos a Dios en sus atrios son aceptables y fructíferas únicamente por el incienso de la intercesión de Cristo en el cielo. Parece que esta es la imagen que aparece en (Apocalipsis 8:1), (Apocalipsis 8:3) y (Apocalipsis 8:4). Allí leemos que hubo silencio en el cielo durante media hora, como lo había en el templo, mientras el pueblo elevaba en silencio su corazón a Dios en oración. También leemos que un ángel, el ángel del pacto, ofreció mucho incienso junto con las oraciones de todos los santos delante del trono.
No podemos esperar participar de la intercesión de Cristo si no oramos, si no lo hacemos de corazón y si no perseveramos en la oración. Tampoco podemos esperar que aun nuestras mejores oraciones sean aceptadas y respondidas con paz, excepto por medio de Cristo, quien vive para siempre y continúa intercediendo por nosotros. Mediar significa actuar como intermediario, acercando a Dios y a los pecadores.
Mientras Zacarías estaba ocupado en este servicio, recibió el honor de ser visitado por un mensajero enviado del cielo: un ángel del Señor se le apareció (Lucas 1:11). Algunos han observado que nunca leemos que un ángel apareciera en el templo con un mensaje de Dios, excepto en el caso de Zacarías. Según ellos, Dios tenía otras maneras de dar a conocer allí su voluntad, como el Urim y el Tumim y una voz apacible que salía de entre los querubines. Pero en el segundo templo ya no estaban el arca ni el lugar donde Dios hablaba; por eso, cuando era necesario enviar un mensaje especial a un sacerdote en el templo, se utilizaba un ángel.
Esto también correspondía al comienzo del evangelio, porque la ley había sido dada en gran medida por medio de ángeles. En los Evangelios y en Hechos leemos con frecuencia acerca de apariciones de ángeles. Sin embargo, tanto la ley como el evangelio, una vez llevados a su plenitud, tenían como propósito establecer una manera más espiritual de que Dios y el ser humano tuvieran comunión.
Según el doctor Lightfoot, el ángel estaba de pie al lado derecho del altar del incienso, es decir, al norte, y a la derecha de Zacarías. Compárese esto con (Zacarías 3:1), donde Satanás está a la derecha de Josué, el sumo sacerdote, para oponerse a él. Aquí, en cambio, había un ángel bueno junto a Zacarías para animarlo. Algunos piensan que el ángel salió del Lugar Santísimo y luego se colocó al lado derecho del altar.
Esto causó una profunda impresión en Zacarías (Lucas 1:12). Cuando vio al ángel, se sobresaltó y tuvo miedo. Se turbó y el temor se apoderó de él. Aunque era justo delante de Dios e irreprochable en su conducta, no pudo evitar estremecerse al ver a alguien cuyo rostro y gloria mostraban que era más que un ser humano.
Desde que el pecado entró en el mundo, la mente humana no ha podido soportar la gloria de revelaciones semejantes, y la conciencia teme que esos mensajeros traigan malas noticias. Ni siquiera Daniel pudo soportarlo (Daniel 10:8). Por eso, Dios generalmente nos habla por medio de personas semejantes a nosotros, cuyo temor no nos abruma.
El mensaje del ángel se encuentra en Lucas 1:13. Los ángeles solían comenzar sus mensajes con las palabras: «No tengas miedo». Tal vez Zacarías nunca antes había quemado incienso. Como era un hombre muy serio y consciente de su responsabilidad, podemos suponer que estaba esforzándose por cumplir bien con su tarea. Entonces, al ver al ángel, quizá temió que hubiera venido a reprenderlo por algún error. Pero el ángel le dijo: «No tengas miedo. No traigo malas noticias del cielo. Cálmate, para que puedas recibir con serenidad lo que voy a decirte».
Luego viene el mensaje mismo: las oraciones que Zacarías había hecho tantas veces recibirían respuesta con bondad. «No tengas miedo, Zacarías, porque tu oración ha sido escuchada».
Si con el nombre de Zacarías se hace referencia a la oración que había hecho años antes por un hijo que ayudara a sostener a su familia, entonces se trataba de una petición que había presentado mucho tiempo atrás. Probablemente él y Elisabet ya habían dejado de esperar tener un hijo, y quizá también habían dejado de pedirlo. Como Moisés, tal vez ya se habían conformado y habían dejado de hablar con Dios sobre ese asunto (Deuteronomio 3:26). Sin embargo, Dios ahora vuelve la mirada a aquellas antiguas oraciones, tal como lo había hecho con Isaac y su esposa (Génesis 25:21).
La enseñanza es clara: las oraciones ofrecidas con fe son guardadas en el cielo. No se olvidan, aunque la respuesta no llegue de inmediato. Las oraciones hechas cuando éramos jóvenes, al comenzar la vida, pueden recibir respuesta cuando somos ancianos y nos acercamos al final de nuestros días. Si Zacarías se refería a las oraciones que estaba ofreciendo en ese momento, mientras quemaba el incienso, probablemente eran las que formaban parte de su servicio sacerdotal: oraciones por el bien de Israel y por el Mesías prometido y su reino. En ese caso, el mensaje del ángel significaría: «Tu oración ha sido escuchada ahora, porque tu esposa pronto concebirá al que preparará el camino del Mesías».
Algunos escritores judíos decían que, cuando un sacerdote quemaba incienso, oraba por la salvación de todo el mundo, y que ahora esa oración recibiría respuesta. O quizá el ángel lo quiso decir de una manera más general: «Tus oraciones actuales, y todas tus oraciones, son aceptadas por Dios y han subido delante de él como un memorial», tal como el ángel le dijo a Cornelio cuando lo encontró orando (Hechos 10:30-31). La señal de que Dios había aceptado a Zacarías sería que Elisabet daría a luz un hijo. Es profundamente reconfortante para quienes oran saber que sus oraciones son escuchadas, y las misericordias son doblemente dulces cuando llegan como respuesta a la oración.
Tendría un hijo en su vejez, por medio de Elisabet, su esposa, que durante mucho tiempo no había podido tener hijos. Su nacimiento estaría cerca de ser un milagro, y eso ayudaría a preparar a la gente para recibir y creer en el nacimiento completamente milagroso de Cristo por medio de una virgen. El ángel le dijo que llamara Juan al niño, del nombre hebreo Johanan, que significa «lleno de gracia» o «bondadoso». Los sacerdotes debían pedirle a Dios que mostrara su gracia (Malaquías 1:9), y bendecir al pueblo con esa esperanza (Números 6:25). Zacarías estaba orando por una misericordia semejante, y el ángel le anunció que su oración había sido escuchada. Como señal de esa respuesta, debía llamar al niño «Gracia», en el sentido de que «el Señor mostrará su gracia» (Isaías 30:18-19).
Este hijo traería alegría a su familia y a sus parientes (Lucas 1:14). Sería otro Isaac, un hijo que causaría alegría, y algunos piensan que esto se refleja en parte en el nombre Juan. Sería un niño recibido con agrado. El propio Zacarías tendría gozo y alegría. Las misericordias que se esperan durante mucho tiempo son aún más dulces cuando finalmente llegan. En esencia, el ángel le estaba diciendo: «Tu hijo será una bendición tan grande que no tendrás motivo para temer por su nacimiento, como les sucede a muchos padres cuando piensan en lo que sus hijos podrían llegar a ser. Podrás alegrarte de él con confianza».
Muchos otros también se alegrarían por su nacimiento: todos los parientes cercanos y amigos de la familia, porque el niño traería honra y consuelo a su hogar (Lucas 1:58). Todas las personas buenas se alegrarían de que una pareja tan piadosa como Zacarías y Elisabet tuviera un hijo, porque lo criarían con esmero. También es posible que muchos se alegraran por una especie de santo instinto, como señal de los días gozosos que traería el evangelio.
Este hijo sería especialmente favorecido por el cielo y una gran bendición en la tierra. El honor de tener un hijo es pequeño comparado con el honor de tener un hijo como él. Sería grande a los ojos del Señor. Esa es la verdadera grandeza, no la clase de grandeza que el mundo valora. Dios lo mantendría dedicado a su servicio y lo enviaría a cumplir sus mandatos, y eso lo haría verdaderamente honorable. Sería profeta, y más que profeta; por eso sería tan grande como cualquier persona nacida de mujer (Mateo 11:11). Viviría tranquilamente, lejos de la atención pública, y cuando se presentara ante la gente lo haría en circunstancias humildes. Sin embargo, sería grande a los ojos de Dios.
También sería nazareo, es decir, alguien apartado para Dios y protegido de todo lo que contamina. De acuerdo con ese llamado, no debía beber vino ni ninguna bebida fuerte, o quizá ni vino añejo ni vino nuevo, ya que la expresión probablemente se refiere a algún tipo de bebida embriagante. Como Sansón, por mandato de Dios (Jueces 13:7), y Samuel, por el voto de su madre (1 Samuel 1:11), sería nazareo de por vida. La Escritura presenta como una misericordia especial que Dios levantara hijos como profetas y jóvenes como nazareos (Amós 2:11). Samuel y Juan el Bautista fueron preparados de esta manera, lo que muestra que quienes servirán grandemente a Dios deben aprender la negación propia y el dominio propio. Deben apartarse de los placeres del cuerpo y proteger su mente de todo lo que la nuble o la altere.
También estaría plenamente capacitado para la gran obra a la que sería llamado. Sería lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre, y eso se haría evidente tan pronto como pudiera observarse. Quienes han de ser llenos del Espíritu Santo deben ser sobrios, moderados y prudentes en el consumo de vino y bebidas fuertes, porque la embriaguez no corresponde a la obra del Espíritu (Efesios 5:18). Es posible que el Espíritu Santo obre en los bebés aun estando en el vientre. Juan el Bautista fue lleno del Espíritu Santo desde entonces, y la primera señal fue que saltó de alegría en el vientre de su madre cuando el Salvador se acercó. Más adelante quedó claro que había sido santificado desde muy temprano.
Dios había prometido derramar su Espíritu sobre los hijos de los creyentes (Isaías 44:3), y que ellos se volvieran a Dios desde temprana edad es fruto de esa promesa (Isaías 44:4-5). Por eso, nadie puede impedir que esos niños sean bautizados, pues, hasta donde sabemos, también pueden haber recibido el Espíritu Santo, igual que nosotros, y tener los comienzos de la gracia plantados en el corazón (Hechos 10:47).
Él ayudaría a llevar muchas almas a Dios y a prepararlas para recibir el evangelio de Cristo (Lucas 1:16-17). Sería enviado a los hijos de Israel, la nación judía, a quienes el Mesías fue enviado primero, y no a los gentiles. Serviría a toda la nación, no solo a la familia sacerdotal, aunque él mismo pertenecía a esa familia.
Iría delante del Señor su Dios, es decir, delante del Mesías. El Mesías no sería únicamente un rey en el sentido terrenal común, un gobernante político de una sola nación. Sería su Señor y su Dios, y los gobernaría y defendería de manera espiritual, obrando en su corazón. Tomás entendió esto mejor cuando le dijo a Cristo: «¡Señor mío y Dios mío!» (Juan 20:28), que Natanael cuando exclamó: «Rabí, ¡tú eres el Rey de Israel!» (Juan 1:49). Juan iría un poco delante de él para anunciar su venida y preparar a la gente para recibirlo.
Iría con el espíritu y el poder de Elías. Esto significa, en primer lugar, que sería un hombre como Elías y realizaría una obra semejante a la suya. Como Elías, predicaría el arrepentimiento y la reforma en una época muy corrupta y pecadora. Como Elías, sería valiente y celoso al reprender el pecado, incluso en los lugares de mayor autoridad, y por ello sería odiado y perseguido por un Herodes y su Herodías, así como Elías fue perseguido por Acab y Jezabel. También sería sostenido por el poder divino en su obra, y ese poder haría que su ministerio tuviera mucho éxito.
Así como Elías precedió a los profetas que escribieron el Antiguo Testamento y, en cierto sentido, introdujo esa etapa de la relación de Dios con Israel, Juan el Bautista precedería a Cristo y a sus apóstoles. Introduciría la era del evangelio al predicar su llamado fundamental: «Arrepiéntanse», teniendo en vista el reino de los cielos. En segundo lugar, sería la misma persona de la que habló Malaquías bajo el nombre de Elías (Malaquías 4:5), el que vendría antes del día del Señor. El ángel no se refería a Elías el tisbita, como lo sugirió equivocadamente la Septuaginta para respaldar tradiciones judías, sino a un profeta con el espíritu y el poder de Elías.
Él haría que muchos de los hijos de Israel se volvieran al Señor su Dios. Movería su corazón a recibir al Mesías y darle la bienvenida, al despertar en ellos la conciencia de su pecado y el deseo de vivir en justicia. Todo lo que nos aparta del pecado, como lo hicieron la predicación y el bautismo de Juan, también nos vuelve hacia Cristo como nuestro Señor y nuestro Dios. Quienes, por gracia, son llevados a rechazar el dominio del pecado, del mundo y de la carne pronto estarán listos para tomar sobre sí el yugo de Cristo.
De esta manera, haría que los corazones de los padres se volvieran hacia los hijos. Esto significa que los judíos se volverían hacia los gentiles, y que se debilitaría el profundo prejuicio que los judíos tenían contra ellos. El evangelio produjo ese efecto hasta donde se extendió, y Juan el Bautista comenzó esa obra. Vino como testigo para que todos creyeran por medio de él. Bautizó y enseñó tanto a soldados romanos como a fariseos judíos, y corrigió el orgullo de los judíos que se jactaban de tener a Abraham como padre. Les dijo que Dios podía levantar hijos para Abraham aun de las piedras (Mateo 3:9), lo cual contribuiría a sanar su hostilidad hacia los gentiles.
El doctor Lightfoot señala que los profetas con frecuencia hablan de la iglesia gentil como de hijos de la iglesia judía (Isaías 54:5-6, 13; 60:4, 9; 62:5; 66:12). Cuando los creyentes judíos en Cristo se unieron en comunión con los creyentes gentiles, entonces los corazones de los padres se volvieron hacia los hijos. También haría que los desobedientes se volvieran a la sabiduría de los justos. Es decir, por medio del evangelio, quienes antes eran desobedientes, especialmente los gentiles, serían llevados a la fe en Cristo, llamada aquí la sabiduría de los justos, junto con los judíos creyentes. O puede significar que volvería juntos los corazones de padres e hijos, de personas mayores y jóvenes, llevando a personas de todas las edades a la verdadera fe.
Esto produciría una gran reforma en la nación judía. Los alejaría de una religión ritual y tradicional que los había dejado satisfechos, y los llevaría a una piedad firme y sincera. El resultado sería el fin de las enemistades y las contiendas. Los que estaban divididos serían unidos en su bautismo y llegarían a reconciliarse más unos con otros. Esto coincide con el relato de Josefo acerca de Juan el Bautista. Josefo dice que Juan era un hombre bueno que enseñaba a los judíos a practicar la virtud, a vivir dedicados a Dios y a actuar con justicia unos con otros, y a reunirse para recibir el bautismo. También dice que la gente acudía en masa a él y disfrutaba mucho de sus enseñanzas.
Así, Juan volvió los corazones de padres e hijos hacia Dios y unos hacia otros, al hacer que los desobedientes se volvieran a la sabiduría de los justos. La verdadera fe es la sabiduría de las personas justas, en contraste con la sabiduría del mundo. Es sabio y correcto vivir en la fe, porque ella contiene tanto justicia como prudencia. También es posible que quienes han sido incrédulos y desobedientes se vuelvan a la sabiduría de los justos, porque la gracia divina puede vencer la ignorancia y el prejuicio más profundos.
El gran propósito del evangelio es hacer que las personas vuelvan a Dios y acercarlas unas a otras, y Juan el Bautista fue enviado precisamente para esa tarea. La repetición de la idea de volver también puede aludir al nombre de Elías, que algunos consideran que significa «convertido» o «el que convierte», alguien que fue usado grandemente para llevar a otros a Dios. Por eso se dice que el Elías del Nuevo Testamento haría que muchos se volvieran al Señor su Dios.
Por medio de esta obra, prepararía un pueblo dispuesto para el Señor. Prepararía la mente de las personas para recibir la enseñanza de Cristo, de modo que estuvieran listas para recibir el consuelo de su venida. Todos los que han de pertenecer al Señor y encontrar felicidad en él deben ser preparados primero. En esta vida, la gracia nos prepara para la gloria venidera; los terrores de la ley nos preparan para los consuelos del evangelio; y el espíritu de esclavitud nos prepara para el Espíritu de adopción, es decir, el Espíritu que nos da plena aceptación como hijos de Dios.
Nada prepara a las personas para Cristo de manera más directa que recibir y obedecer el mensaje del arrepentimiento. Cuando el pecado se vuelve verdaderamente pesado para nosotros, Cristo se vuelve sumamente precioso.
Zacarías escuchó todo lo que el ángel dijo, y debió inclinar la cabeza y adorar al Señor, diciendo: «Que se cumpla en tu siervo conforme a tu palabra». Pero eso no fue lo que ocurrió. Primero se nos muestra lo que expresó su incredulidad (Lucas 1:18): «¿Cómo podré saber que esto será así?». No fue una petición humilde de ayuda para creer, sino una objeción tajante a lo que se le había anunciado, como si dijera: «Jamás podré creer que esto suceda».
No podía haber pasado por alto que quien le hablaba era un ángel. Además, el mensaje coincidía con las profecías del Antiguo Testamento y, por sí mismo, contenía pruebas contundentes. En el Antiguo Testamento había muchos ejemplos de personas que tuvieron hijos en su vejez; aun así, no pudo creer que él tendría al hijo prometido. Miró su propio cuerpo y el de su esposa, que había sido estéril durante muchos años y ahora era muy anciana, y decidió que era imposible.
Por eso quiso una señal antes de creer. Pero la aparición del ángel, algo que había sido poco común en el pueblo de Dios durante mucho tiempo, ya era una señal. El mensaje había sido dado en el templo, donde Dios comunicaba su palabra y donde Zacarías tenía buenas razones para pensar que a ningún ángel maligno se le permitiría entrar. También había llegado mientras él oraba y ofrecía incienso. Y, sobre todo, debió confiar en la gran verdad de que Dios es todopoderoso y que nada es imposible para él.
Sin embargo, al fijarse demasiado en su propio cuerpo y en el de su esposa, vaciló ante la promesa (Romanos 4:19-20). No actuó como un verdadero hijo de Abraham. Por eso, su incredulidad tuvo que ser silenciada, y él mismo quedó en silencio a causa de ella. Primero, el ángel detuvo sus objeciones declarando su autoridad. Como Zacarías había preguntado: «¿Cómo podré saber que esto será así?», el ángel respondió: «Yo soy Gabriel; estoy delante de Dios, y he sido enviado para hablarte» (Lucas 1:19).
El ángel, por así decirlo, confirmó el mensaje con su propio nombre y dijo: «Créeme». En ocasiones, los ángeles se negaron a dar su nombre, como en el caso de Manoa y su esposa, pero este ángel se identificó claramente. Gabriel significa «poder de Dios» o «poderoso de Dios», y mostraba que el Dios que lo había enviado podía cumplir lo que había prometido. Ese nombre también le recordaría a Zacarías los mensajes que Gabriel había llevado anteriormente a Daniel acerca de la venida del Mesías (Daniel 8:16; 9:21). Era como si dijera: «Soy el mismo mensajero que fue enviado entonces, y ahora he sido enviado con el mismo propósito».
Gabriel es el ángel que está en la presencia de Dios y sirve cerca de su trono. En la corte persa, así se describía a los funcionarios principales: eran quienes veían el rostro del rey (Ester 1:14). Por eso Gabriel le decía a Zacarías: «Aunque te estoy hablando aquí, sigo estando delante de Dios. Sé que su mirada está sobre mí y no me atrevo a decir nada que vaya más allá de lo que se me envió a decir. Pero sí declaro que fui enviado para traerte estas buenas noticias, y debiste haberlas recibido con alegría».
Entonces el ángel le cerró la boca de una segunda manera, ejerciendo su poder: «Te quedarás en silencio, y ya no podrás objetar» (Lucas 1:20). Si Zacarías quería una señal que apoyara su fe, recibiría una que también sería un castigo por su incredulidad. No podría hablar hasta que se cumpliera la promesa (Lucas 1:20). También es probable que no pudiera oír, además de no poder hablar, porque la misma palabra puede tener ambos sentidos, y más tarde sus amigos se comunicaron con él mediante señas (Lucas 1:62), así como él les hizo señas a ellos (Lucas 1:22).
Al dejarlo sin habla, Dios trató a Zacarías con justicia, porque él había hablado contra la palabra de Dios. Esto debería llevarnos a admirar la paciencia y la tolerancia de Dios hacia nosotros. Muchas veces hemos hablado de maneras que lo deshonran, y aun así no nos ha dejado mudos como a Zacarías; eso habría sucedido si Dios nos hubiera tratado únicamente conforme a nuestros pecados. Al mismo tiempo, Dios lo trató con bondad y ternura. Primero, esto le impidió seguir diciendo palabras de desconfianza e incredulidad. Si alguien piensa mal y no quiere mantener la boca cerrada, Dios puede cerrársela. Es mejor no hablar en absoluto que hablar perversamente. Segundo, ese mismo castigo ayudó a confirmar su fe, porque al no poder hablar tuvo tiempo para reflexionar más profundamente. Si las reprensiones que sufrimos por causa del pecado nos llevan a confiar más plenamente en la palabra de Dios, entonces esas reprensiones están obrando para nuestro bien.
Personas y relaciones
Mostrar relacionesOcultar relaciones
Descubre cómo se relacionan las personas de este pasaje. Abre una fuente para leer el texto bíblico.
Zacarías, padre de Juan
-
Elisabet Zacarías es esposo de Elisabet.
Fuente: Lucas 1:5
En tiempos de Herodes, rey del país de los judíos, vivía un sacerdote llamado Zacarías, que pertenecía al turno de Abías. Su esposa, llamada Isabel, era descendiente de Aarón.
Lee Lucas 1:5 -
Juan el Bautista Zacarías es padre de Juan el Bautista.
Fuente: Lucas 1:13; Lucas 1:57; Lucas 1:59; Lucas 1:63
Pero el ángel le dijo: —No tengas miedo, Zacarías, porque Dios ha escuchado tu oración. Tu esposa Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan.
Lee Lucas 1:13Cuando se cumplió el tiempo en que Isabel debía dar a luz, tuvo un hijo.
Lee Lucas 1:57A los ocho días llevaron al niño para circuncidarlo y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías.
Lee Lucas 1:59El padre pidió una tabla para escribir y escribió: “Su nombre es Juan.” Todos quedaron admirados.
Lee Lucas 1:63
Explora las relaciones de Zacarías, padre de Juan
Elisabet
-
Zacarías, padre de Juan Zacarías es esposo de Elisabet.
Fuente: Lucas 1:5
En tiempos de Herodes, rey del país de los judíos, vivía un sacerdote llamado Zacarías, que pertenecía al turno de Abías. Su esposa, llamada Isabel, era descendiente de Aarón.
Lee Lucas 1:5 -
Juan el Bautista Elisabet es madre de Juan el Bautista.
Fuente: Lucas 1:13; Lucas 1:57; Lucas 1:60
Pero el ángel le dijo: —No tengas miedo, Zacarías, porque Dios ha escuchado tu oración. Tu esposa Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan.
Lee Lucas 1:13Cuando se cumplió el tiempo en que Isabel debía dar a luz, tuvo un hijo.
Lee Lucas 1:57Pero su madre dijo: —No. Debe llamarse Juan.
Lee Lucas 1:60
Explora las relaciones de Elisabet
Aarón
-
Amram Amram es padre de Aarón.
Fuente: Números 26:59
Amram se casó con una hija de Leví llamada Jocabed, que nació cuando Leví todavía estaba en Egipto. Amram y Jocabed fueron los padres de Aarón, Moisés y María.
Lee Números 26:59 -
Jocabed Jocabed es madre de Aarón.
Fuente: Números 26:59
Amram se casó con una hija de Leví llamada Jocabed, que nació cuando Leví todavía estaba en Egipto. Amram y Jocabed fueron los padres de Aarón, Moisés y María.
Lee Números 26:59 -
Moisés Aarón es hermano de Moisés.
Fuente: Números 26:59
Amram se casó con una hija de Leví llamada Jocabed, que nació cuando Leví todavía estaba en Egipto. Amram y Jocabed fueron los padres de Aarón, Moisés y María.
Lee Números 26:59 -
Miriam Miriam es hermana de Aarón.
Fuente: Números 26:59
Amram se casó con una hija de Leví llamada Jocabed, que nació cuando Leví todavía estaba en Egipto. Amram y Jocabed fueron los padres de Aarón, Moisés y María.
Lee Números 26:59
Explora las relaciones de Aarón
Explora más relacionesAlgunos datos de relaciones fueron adaptados de BibleData, Brady Stephenson (CC BY 4.0). Datos revisados, traducidos y complementados con referencias bíblicas.
De este capítulo
Lucas 1:1
"Muchos se han dado a la tarea de escribir el relato de los hechos que Dios ha realizado entre nosotros,"
Lucas 1:2
"tal como nos los transmitieron quienes desde el principio fueron testigos presenciales y luego recibieron el encargo de anunciar el mensaje."
Lucas 1:3
"Yo también, excelentísimo Teófilo, lo he investigado todo con cuidado desde el principio, y me ha parecido conveniente escribirte estas cosas ordenadamente,"
Lucas 1:4
"para que conozcas con certeza la verdad de lo que te han enseñado."
Lucas 1:6
"Ambos eran justos delante de Dios y obedecían de manera intachable los mandatos y las leyes del Señor."
Lucas 1:7
"Pero no tenían hijos, porque Isabel era estéril; además, ambos eran ya muy ancianos."
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.