Versículo destacado
Juan 8:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Jesús volvió a dirigirse a la gente y dijo: —Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz que le da vida y nunca andará en la oscuridad. "
Juan 8:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 se enderezó y le preguntó: —Mujer, ¿dónde están? ¿Ninguno te ha condenado?
11 Ella le respondió: —Ninguno, Señor. Jesús le dijo: —Tampoco yo te condeno; ahora vete y no vuelvas a pecar.]
12 Jesús volvió a dirigirse a la gente y dijo: —Yo soy la luz del mundo; el que me sigue tendrá la luz que le da vida y nunca andará en la oscuridad.
13 Los fariseos le dijeron: —Tú das testimonio a tu favor; ese testimonio no tiene valor.
14 Jesús les respondió: —Mi testimonio sí tiene valor, aunque yo mismo lo dé a mi favor. Porque sé de dónde vine y adónde voy; en cambio, ustedes no lo saben.
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El resto del capítulo muestra a Cristo debatiendo con pecadores obstinados que rechazaban sus palabras más bondadosas. No se nos dice con certeza si estas discusiones ocurrieron el mismo día en que la mujer sorprendida en adulterio fue puesta en libertad, pero parece probable. El evangelista no menciona ningún otro día y señala que Jesús comenzó aquella jornada temprano (Juan 8:2).
Los fariseos que habían acusado a la mujer se habían retirado, pero todavía había otros fariseos allí para confrontar a Cristo (Juan 8:13). Tuvieron suficiente audacia, o desvergüenza, para permanecer en el lugar después de que algunos de los suyos habían quedado públicamente avergonzados. De hecho, es posible que esa vergüenza los haya impulsado a presionar a Cristo aún más, con la esperanza de recuperar el honor de su grupo.
Aquí encontramos una gran verdad, junto con la respuesta que provocó. Jesús dijo: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12). Aunque ya les había hablado mucho con poco resultado y aunque ellos se habían resistido a sus palabras, volvió a hablarles, porque Dios habla «una vez, y aun dos veces». Lo habían ignorado, pero aun así volvió a declararse la luz del mundo.
Jesucristo es la luz del mundo. Algunos maestros judíos decían que «luz» era un nombre del Mesías, el Salvador prometido. Dios es luz, y Cristo es la imagen del Dios invisible; por eso refleja perfectamente esa luz. Había sido prometido como una luz que resplandecería para los gentiles, es decir, para las naciones no judías, y por eso es la luz de todo el mundo, no solo del pueblo judío (Lucas 2:32).
El sol es la luz visible del mundo, y Cristo es el Sol de justicia. Un solo sol ilumina toda la tierra, y un solo Cristo da luz espiritual a todos los que lo reciben. No hace falta otro. Cuando Cristo se llama a sí mismo la luz, muestra tanto lo que es en sí mismo —glorioso y excelente— como lo que es para el mundo: la fuente de toda luz verdadera. Sin el sol, el mundo sería una prisión oscura. Sin Cristo, sería igualmente oscuro, porque él es aquel por medio de quien la luz vino al mundo (Juan 3:19).
De esta verdad surge una enseñanza clara. «El que me sigue» se refiere a quien sigue a Cristo como un viajero sigue la luz en una noche oscura. Esa persona «no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Si Cristo es la luz, entonces nuestro deber es seguirlo. Debemos someternos a su guía y recibir de él dirección en todo lo que conduce a la verdadera felicidad. Muchos siguen luces falsas, como fuegos engañosos que llevan a los viajeros a la destrucción. Cristo, en cambio, es la luz verdadera.
No basta con mirar esta luz o admirarla. Debemos seguirla, creer en ella y andar en ella. Es una luz para nuestros pies, no solo para nuestros ojos. Quienes siguen a Cristo no quedarán sin la enseñanza que necesitan para mantenerse alejados del error mortal. También tendrán la guía necesaria para apartarse del pecado que destruye. Tendrán la luz de la vida, es decir, el conocimiento y el disfrute de Dios que dan vida espiritual en este mundo y vida eterna en el venidero.
Entonces aparece la objeción de los fariseos, una objeción débil e infantil: «Tú das testimonio acerca de ti mismo; tu testimonio no es válido» (Juan 8:13). Estaban suponiendo la sospecha habitual que las personas tienen de quienes se alaban a sí mismos. A menudo desconfiamos de lo que otros dicen acerca de sí mismos, y esa tendencia tiene sus raíces en el amor propio. Aun así, su objeción era injusta.
Consideraron como una falta algo que era necesario en el caso de alguien que traía un mensaje divino. Moisés y los profetas dieron testimonio acerca de sí mismos cuando declararon que eran mensajeros de Dios. Incluso los fariseos le habían preguntado a Juan el Bautista: «¿Qué dices acerca de ti mismo?». Además, ignoraron los otros testigos que respaldaban las palabras de Cristo. Si él hubiera sido el único que hablara a su favor, su duda habría tenido cierta fuerza. Pero su enseñanza estaba respaldada por más que suficientes testimonios confiables.
Cristo responde a su objeción en Juan 8:14. No les devuelve el ataque, aunque podría haber dicho: «Ustedes afirman ser hombres santos, pero su testimonio no es válido». En vez de eso, se defiende con calma. En Juan 5:31 había dejado de lado la dependencia de su propio testimonio, pero aquí lo sostiene, porque este no debilita las demás pruebas. Es necesario para mostrar toda la fuerza de esas pruebas. Cristo es la luz del mundo, y la luz demuestra por sí misma lo que es.
Él da tres razones por las que su testimonio, aun cuando habla acerca de sí mismo, es verdadero y tiene plena autoridad. Primero, conoce completamente su propia autoridad y está totalmente seguro de ella. No habla como alguien que duda o está haciendo una suposición. Dice: «Yo sé de dónde vine y adónde voy». Conocía su misión desde el principio hasta el final. Sabía qué obra estaba llevando a cabo y cómo terminaría. Sabía quién era antes de venir al mundo y quién sería después; sabía que había venido del Padre y que regresaría al Padre (Juan 16:28). Había venido de la gloria y volvería a la gloria (Juan 17:5).
Esto da consuelo a todos los verdaderos cristianos. Puede que el mundo no los conozca, así como no conoció a Cristo, pero ellos pueden saber de dónde procede su vida espiritual y hacia dónde se dirige. Pueden caminar sobre terreno firme.
Segundo, los fariseos no estaban capacitados para juzgarlo a él ni a su enseñanza. Eran ignorantes y, peor aún, habían decidido permanecer en la ignorancia. Cristo les dijo: «Ustedes no saben de dónde vine ni adónde voy». ¿De qué sirve discutir con personas que no saben nada del asunto y no quieren saber? Él les había dicho que venía del cielo y que regresaría al cielo, pero ellos trataron esa verdad como un absurdo. Así responde la mente natural a la verdad espiritual (Salmo 92:6). Se atrevieron a juzgar lo que no entendían y lo que estaba muy por encima de su experiencia. Quienes rechazan el gobierno y el honor de Cristo hablan mal de lo que no conocen (Judas 1:8, 10).
Tercero, su juicio era parcial: «Ustedes juzgan según la carne» (Juan 8:15).
Cuando la sabiduría humana es la norma y las personas juzgan únicamente por las apariencias, juzgan de manera mundana. Lo mismo ocurre cuando los intereses seculares deciden asuntos espirituales, o cuando las personas prefieren lo que agrada a la mente pecaminosa y recibe la aprobación del mundo. Un juicio no puede ser correcto si la norma en la que se basa es incorrecta. Los judíos juzgaron a Cristo y a su evangelio por las apariencias y, como él parecía tan humilde, pensaron que no podía ser la luz del mundo. Fue tan absurdo como decir que el sol no es el sol solo porque una nube lo oculta.
Cristo también mostró que no actuaba contra ellos como un gobernante civil. «Yo no juzgo a nadie» significa: «No estoy aquí para administrar sus asuntos políticos, y mi enseñanza no interfiere con sus derechos civiles ni con las autoridades de su gobierno». Si no ejercía un poder mundano, era muy injusto que ellos lo juzgaran según criterios mundanos y lo trataran como enemigo del Estado. Estas palabras también pueden significar: «Ahora no juzgo; en mi primera venida no vine a juzgar. Ese juicio queda reservado para mi regreso» (Juan 3:17). La primera venida de Cristo fue para sanar, no para dictar sentencia.
El testimonio que daba acerca de sí mismo estaba plenamente respaldado por su Padre, quien estaba con él y a su favor (Juan 8:16). «Si yo juzgo, mi juicio es verdadero». Él sí juzgaba mediante su enseñanza (Juan 9:39), aunque no como gobernante político. Si juzga, su juicio es verdadero porque tiene autoridad, porque todas las cosas le fueron entregadas y porque es el Hijo de Dios con el Espíritu de Dios. Si hubiera juzgado en ese momento, su juicio los habría condenado, pero todavía no era el día del juicio final. Por eso, en ese momento, dice: «Yo no juzgo a nadie».
Lo que hace que su juicio sea imposible de refutar es que él no está solo. Actúa junto con el Padre. Cuenta con el sabio consejo del Padre, así como había participado en el consejo del Padre antes de que existiera el mundo. El Padre estaba con él en el mundo mientras llevaba a cabo esos planes y nunca lo dejó sin dirección. También tenía consigo el poder del Padre para aprobar y confirmar todo lo que hacía. No actuaba por cuenta propia, sino en su propio nombre y en el nombre de su Padre, y mediante la autoridad que le había sido dada.
Además, el Padre lo había enviado. Dios acompaña a aquel a quien envía. Le dijo a Moisés: «Ven, yo te enviaré», y también: «Ciertamente yo estaré contigo» (Éxodo 3:10, 3:12). Así que, si Cristo tenía una comisión del Padre y el Padre estaba presente con él en todo lo que hacía, su juicio era sin duda verdadero y válido. Ninguna objeción legal podía mantenerse en su contra, ni podía apelarse de su sentencia.
Si lo consideramos como testigo, su testimonio también es verdadero y no admite objeción. Todavía no estaba ocupando el trono del juicio, sino dando testimonio, y ese testimonio era digno de confianza. Se refiere a una norma de la ley judía: el testimonio de dos hombres se acepta como verdadero (Juan 8:17). Esto no significa que todo testimonio de ese tipo sea verdadero en sí mismo, porque las personas pueden ponerse de acuerdo para mentir, como lo hicieron Jezabel y otros (1 Reyes 21:10). Pero la ley consideraba que dos testigos eran evidencia suficiente para establecer un veredicto justo. Se exigían dos testigos en casos graves, incluso en casos que podían resultar en la pena de muerte (Deuteronomio 17:6; Deuteronomio 19:15; Números 35:30). Ese requisito tenía el propósito de proteger la vida, no de destruirla.
Cristo aplica esa norma a sí mismo: «Yo soy el que da testimonio acerca de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio acerca de mí» (Juan 8:18). Aquí hay dos testigos. En los tribunales humanos, por lo general no se permite que una persona testifique a su propio favor. Pero, en un asunto completamente divino, Dios mismo debe ser el testigo. Si aquí se aplica estrictamente la norma de dos o tres testigos, entonces no hay testigos mayores que el Padre eterno, el Hijo eterno y el Espíritu eterno. Si el testimonio de dos personas comunes es suficiente, con mayor razón debería aceptarse el testimonio del Hijo de Dios acerca de sí mismo, respaldado por el testimonio del Padre (1 Juan 5:7, 5:9-11).
Esto también muestra que el Padre y el Hijo son personas distintas, ya que sus testimonios se mencionan por separado. Sin embargo, también son uno en poder y gloria, y por eso uno en esencia. Agustín usó este pasaje para advertir contra dos errores. El sabelianismo convertía a las personas de la Deidad en una sola persona que se manifestaba de distintas formas. El arrianismo negaba la plena divinidad del Hijo y del Espíritu. El Padre es una persona y el Hijo es otra, pero no son dos seres. El Padre es el mismo Dios verdadero que el Hijo.
Aquí Cristo habla de sí mismo y del Padre como testigos ante el mundo. Presenta evidencia a la razón y a la conciencia de los seres humanos, a quienes trata como personas responsables. Estos mismos testigos un día se levantarán contra quienes sigan negándose a creer, y su palabra juzgará a las personas. Este fue el punto central del primer intercambio entre Cristo y aquellos judíos con una mentalidad terrenal. Al final, sus lenguas quedaron libres para hablar, pero sus manos fueron detenidas.
Primero, sus lenguas quedaron libres porque el infierno agitó su malicia para que cuestionaran sus palabras. Aunque nada de lo que él decía mostraba engaño humano, sino únicamente calma y certeza divinas, aun así intentaron atraparlo con sus preguntas. No hay nadie más ciego que quien ha decidido no ver. Esquivaron sus palabras con una pregunta: «¿Dónde está tu Padre?». Fácilmente podían haber entendido que, al hablar de su Padre, se refería a Dios mismo. Pero fingieron entender que hablaba de un hombre común. Como él apelaba al testimonio de su Padre, le pidieron que presentara a ese testigo y lo desafiaron a mostrar dónde estaba. Con esto, tal como Cristo había dicho de ellos, juzgaron según la carne (Juan 8:15).
También pudieron haber querido burlarse de la humildad y la oscuridad de su familia: «¿Dónde está tu Padre, que podría hablar por ti en un caso como este?». De ese modo lo descartaron con una provocación, ya que no podían responder a la sabiduría y al poder de sus palabras.
Él respondió a su objeción con una advertencia más profunda. No les dijo dónde estaba su Padre. En cambio, les mostró que estaban eligiendo permanecer ciegos: «Ustedes no conocen ni a mí ni a mi Padre». Era inútil hablarles acerca de Dios, porque hablaban de las cosas divinas como los ciegos hablan de los colores. Eran personas dignas de compasión, ignorantes precisamente de aquello sobre lo que discutían.
Los acusa de ignorar a Dios: «Ustedes no conocen a mi Padre». En Judá, Dios era conocido (Salmo 76:1), y ellos tenían cierto conocimiento de él como Creador del mundo. Pero sus ojos estaban oscurecidos, de modo que no podían ver la luz de su gloria resplandeciendo en el rostro de Jesucristo. Incluso los niños pequeños de la iglesia cristiana conocen al Padre, y lo conocen como Padre (1 Juan 2:13). Aquellos líderes judíos no lo conocían así, porque se negaban a conocerlo de esa manera.
También muestra la verdadera razón de su ignorancia de Dios: «Si me conocieran a mí, también conocerían a mi Padre». Las personas ignoran a Dios porque no conocen a Jesucristo. Si conociéramos a Cristo, conoceríamos al Padre, porque Cristo es la imagen exacta de la persona del Padre (Juan 14:9). Crisóstomo usa esto para demostrar que Cristo es verdaderamente Dios e igual al Padre. No podemos decir: «El que conoce a un hombre conoce a un ángel», ni «El que conoce a una criatura conoce al Creador». Pero quien conoce a Cristo conoce al Padre.
Por medio de Cristo se nos enseña a conocer a Dios y se nos lleva a una relación de amistad con él. Si conociéramos mejor a Cristo, conoceríamos mejor al Padre. Pero cuando la fe cristiana es despreciada y combatida, las personas pronto pierden incluso sus ideas naturales acerca de Dios y las hacen a un lado. El deísmo, que cree en Dios sin Cristo, abre paso al ateísmo, que niega a Dios. Quienes se niegan a aprender de Cristo terminan teniendo pensamientos vacíos acerca de Dios.
Segundo, observemos cómo sus manos fueron detenidas, aunque sus lenguas quedaron libres. Este era el poder del cielo frenando la malicia del infierno. Jesús pronunció estas palabras firmes de advertencia y corrección en la cámara del tesoro, una sala del templo donde normalmente estaban presentes los principales sacerdotes, cuya religión estaba ligada al dinero, mientras atendían los ingresos del templo.
Cristo enseñaba en el templo, a veces en un lugar y a veces en otro, según le parecía bien. Los sacerdotes tenían un gran interés en el templo y lo trataban como su propio territorio. Con la ayuda de los guardias del templo, fácilmente podrían haberlo apresado y entregado a la ira de la multitud, o al menos haberlo silenciado allí mismo. Aunque a Amós se le permitía estar en Judá, se le prohibió profetizar en la capilla del rey (Amós 7:12, Amós 7:13). Sin embargo, incluso en el templo, donde estaban lo suficientemente cerca como para alcanzarlo, nadie puso las manos sobre él, porque todavía no había llegado su hora.
Aquí vemos la restricción impuesta sobre sus enemigos por un poder invisible. Ninguno se atrevió a tocarlo. Dios puede poner límites a la ira humana, así como le pone límites a las olas del mar. Por eso no debemos temer el peligro cuando caminamos en el cumplimiento de nuestro deber, porque Dios tiene encadenados a Satanás y a todos sus servidores.
Observemos también la razón de esta restricción: todavía no había llegado su hora. Esta frase repetida nos recuerda cuánto depende el momento de nuestra muerte del plan y el propósito establecidos por Dios. Esa hora llegará, y se acerca. Todavía no había llegado, pero estaba cerca. Nuestros enemigos no pueden adelantarla, ni nuestros amigos pueden retrasarla, más allá del tiempo señalado por el Padre. Este es un gran consuelo para toda persona que procura vivir rectamente, pues puede levantar la mirada y decir con alegría: «Mis tiempos están en tus manos», y allí están mejor que en las nuestras. Su hora todavía no había llegado porque su obra no estaba terminada y su testimonio aún no estaba completo. Hay un tiempo para cada propósito de Dios.
De este capítulo
Juan 8:1
"Pero Jesús fue al Monte de los Olivos,"
Juan 8:2
"y al día siguiente, al amanecer, regresó al templo. La gente se acercó a él, y él se sentó y comenzó a enseñarles."
Juan 8:3
"Entonces los maestros de la ley y los fariseos llevaron a una mujer a quien habían sorprendido cometiendo adulterio. La pusieron en medio de todos los presentes,"
Juan 8:4
"y le dijeron a Jesús: —Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo de cometer adulterio."
Juan 8:5
"En la ley, Moisés nos ordenó que se matara a pedradas a esta clase de mujeres. ¿Tú qué dices?"
Juan 8:6
"Le preguntaron esto para ponerlo a prueba y tener así de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en la tierra con el dedo."
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