Versículo destacado

Juan 16:28 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Salí de la presencia del Padre para venir a este mundo, y ahora dejo el mundo para volver al Padre. "

Juan 16:28

menu_book El versículo en contexto

26 Aquel día, ustedes le pedirán en mi nombre; y no digo que yo vaya a rogar al Padre por ustedes,

27 porque el Padre mismo los ama. Los ama porque ustedes me aman a mí y porque han creído que yo he venido de Dios.

28 Salí de la presencia del Padre para venir a este mundo, y ahora dejo el mundo para volver al Padre.

29 Entonces sus discípulos dijeron: —Ahora sí estás hablando claramente, sin usar comparaciones.

30 Ahora vemos que sabes todas las cosas y que no es necesario que nadie te haga preguntas. Por esto creemos que has venido de Dios.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cristo consuela aquí a sus discípulos de dos maneras. Primero, les asegura que, aunque está dejando el mundo, regresa a su Padre, de quien vino. Segundo, les muestra que su partida no debe verse como un fracaso, porque es la culminación de su obra y el camino de regreso a la gloria.

Jesús declara con claridad su misión recibida del Padre y su regreso al Padre: «Salí del Padre y vine al mundo; de nuevo, dejo el mundo y voy al Padre» (Juan 16:28). Este es el centro del asunto. Él había dedicado mucho tiempo a enseñarles estas dos grandes verdades: de dónde había venido y adónde iba; el principio y el fin del misterio de la piedad (1 Timoteo 3:16). El Redentor vino como Dios revelado en carne humana y partió al ser llevado a la gloria.

Estas verdades están expresadas de una forma breve y fácil de recordar, algo muy útil para los creyentes nuevos. Los resúmenes breves de la enseñanza cristiana, como los credos y catecismos, pueden transmitir la luz y el calor divinos con gran poder. La Escritura presenta con frecuencia este tipo de enseñanza condensada: «mucho en poco» (Job 28:28; Eclesiastés 12:13; 1 Timoteo 1:15; Tito 2:11, 12; 1 Juan 5:11). Aquí también se colocan lado a lado la venida y la partida de Cristo. Encajan de manera hermosa, y cada una ayuda a explicar la otra.

Cristo acababa de elogiar a los discípulos por creer que él había venido de Dios (Juan 16:27). A partir de eso, les mostró que era justo y necesario que regresara nuevamente a Dios. Por lo tanto, su partida no debía parecerles extraña ni causarles tristeza. Cuando usamos correctamente lo que ya sabemos y confesamos, podemos comprender mejor aquello que todavía nos resulta difícil o confuso.

Si preguntamos de dónde vino el Redentor y adónde fue, la respuesta es clara. Vino del Padre, quien lo apartó y lo confirmó para su obra. Vino a este mundo, el mundo de los seres humanos, y se unió a nuestra naturaleza por medio de su encarnación, es decir, al hacerse carne. Su obra debía realizarse aquí, y vino para llevarla a cabo. Dejó su hogar por esta tierra extranjera, su palacio por esta humilde morada: un gran acto de condescendencia, al rebajarse por amor.

Cuando terminó su obra en la tierra, dejó el mundo y regresó al Padre en su ascensión. Nadie lo expulsó; se fue por su propia voluntad, y no volverá a vivir aquí hasta que regrese para poner fin a este mundo. Sin embargo, continúa presente espiritualmente con su iglesia y lo estará hasta el fin.

Los discípulos se sintieron animados por esta declaración clara (Juan 16:29, 30). «Ahora estás hablando claramente», dijeron. Parece que esta sola afirmación les hizo más bien que muchas otras, aunque Cristo había dicho muchas cosas que debieron haber conservado en el corazón. El Espíritu Santo obra como quiere, como el viento, y puede usar una palabra que ya se había escuchado, incluso muchas veces, antes de que finalmente eche raíces.

Esta afirmación produjo en ellos un crecimiento en dos sentidos. Primero, crecieron en entendimiento: «Ahora estás hablando claramente». Cuando estaban confundidos, no acusaron a Cristo de hablar mal. Ahora que lo comprendían, lo honraron por haberse hecho entender al nivel de ellos. La manera clara de hablar suele ser la más útil para enseñar la verdad divina (1 Corintios 2:4). Se alegraron como quien por fin encuentra aquello que estaba buscando.

Segundo, crecieron en fe: «Ahora sabemos que sabes todas las cosas». Creyeron la verdad que Cristo ya había declarado: que había venido de Dios. Ahora podían decir: «Señor, sí lo creemos, y sabemos que lo creemos». Lo que fortaleció su fe fue su conocimiento perfecto. Su capacidad para responder a las dudas ocultas en el corazón mostraba que era más que un profeta y que verdaderamente había sido enviado por Dios.

Quienes mejor conocen a Cristo son los que lo conocen por experiencia. Pueden decir que su poder obra en ellos y que su amor los alcanza personalmente. Su conocimiento también demuestra que es una persona divina, no solo un mensajero. Él ve los pensamientos y las intenciones del corazón, algo propio del eterno Verbo de Dios (Hebreos 4:12, 13). Ha mostrado a todas las iglesias que examina el corazón y la mente (Apocalipsis 2:23). Ese mismo conocimiento impactó primero a la mujer samaritana, quien comprendió que él le había contado todo lo que había hecho (Juan 4:29), y a Natanael, quien descubrió que Jesús lo había visto debajo de la higuera (Juan 1:48, 49).

Las palabras «no necesitas que nadie te pregunte» pueden tener dos sentidos. Primero, pueden mostrar la disposición de Cristo para enseñar. Él da instrucción antes de que se la pidamos y comparte libremente la sabiduría que hay en él. Segundo, pueden mostrar su capacidad para enseñar. A diferencia de otros maestros, no necesita que los alumnos le expliquen sus dudas, porque ya sabe con qué están luchando. Los maestros humanos solo pueden responder a lo que se expresa, pero Cristo responde incluso a lo que apenas se piensa o se teme y todavía no se ha dicho, como sucedió con los discípulos, que tenían miedo de preguntarle (Marcos 9:32). De esta manera, verdaderamente puede compadecerse de nosotros (Hebreos 5:2).

Entonces Cristo reprendió con ternura a los discípulos por la confianza que mostraban al pensar que ya lo entendían (Juan 16:31, 32). Al ver que se jactaban de su progreso, les preguntó: «¿Ahora creen?». Quería que reflexionaran con cuidado. En efecto, les estaba diciendo: «Si ahora creen, ¿por qué no lo hicieron antes? ¿Acaso no han oído estas mismas cosas muchas veces?». Quienes finalmente se convencen después de recibir muchas advertencias e invitaciones deberían sentir vergüenza por haber resistido durante tanto tiempo.

También quiso decirles: «Si ahora creen, ¿por qué suponen que siempre permanecerán firmes? Cuando llegue la prueba, ¿dónde estará entonces su fe?». Si nuestra fe cambia con frecuencia, debemos preguntarnos si es verdaderamente sincera y si de verdad creemos. Luego Cristo predijo que caerían. Aunque se sentían seguros de sí mismos, pronto todos lo abandonarían. Eso sucedió la misma noche en que fue arrestado por una multitud de soldados, cuando todos sus discípulos lo dejaron y huyeron (Mateo 26:56). Se dispersaron unos de otros; cada uno se preocupó solo por su propia seguridad y no por los demás.

Los tiempos difíciles dispersan a las comunidades cristianas. En los días oscuros y nublados, el rebaño de Cristo se dispersa (Ezequiel 34:12).

Así que Cristo quedó, por decirlo así, sin una compañía visible de discípulos ante el mundo. Ellos se dispersarían por causa de él: «Ustedes me dejarán solo». Debieron haber sido sus testigos en el juicio y haberlo acompañado en su sufrimiento. Aunque no pudieran consolarlo, al menos podrían haberle mostrado su lealtad. Pero les dio vergüenza verlo encadenado y tuvieron miedo de compartir su dolor, así que lo dejaron solo.

Muchas causas buenas son abandonadas por sus amigos cuando los enemigos las atacan. Los discípulos habían permanecido con Cristo durante sus otras pruebas, pero ahora le dieron la espalda. Las personas que son probadas no siempre demuestran ser fieles. Si alguna vez nuestros amigos nos tratan con falta de bondad, debemos recordar que los amigos de Cristo también lo trataron así. Cuando lo dejaron solo, cada uno se fue a su propio lugar; no a sus hogares ni a sus propiedades, que estaban en Galilea, sino a sus propios amigos y conocidos en Jerusalén. Cada uno fue adonde pensó que estaría más seguro, procurando protegerse a sí mismo y su propia vida.

Las personas no se atreverán a sufrir por su fe si se preocupan más por sus propios intereses que por los de Cristo. También estarán menos dispuestas a sufrir si consideran que las cosas de este mundo son su tesoro permanente, como si su felicidad dependiera de ellas. Cristo sabía de antemano que sus discípulos lo abandonarían en el momento decisivo, y aun así permaneció bondadoso con ellos en todo sentido. Podemos decir de algunas personas: «Si hubiéramos conocido su ingratitud, no habríamos sido tan generosos con ellas». Cristo conocía de antemano la ingratitud de sus discípulos y, aun así, siguió tratándolos con bondad.

También les habló de esto para corregir su orgullo del momento. En efecto, les estaba diciendo: «¿Ahora creen? No se vuelvan orgullosos; más bien, tengan cuidado, porque dentro de poco verán su fe tan sacudida que podrían preguntarse si es real». Incluso cuando disfrutamos del consuelo de nuestras virtudes cristianas, es bueno recordar el peligro que representa nuestra naturaleza pecaminosa. Aunque la fe sea fuerte, el amor arda y las señales de la gracia sean claras, no podemos suponer que mañana será igual que hoy. Aun cuando parezcamos más seguros, necesitamos mantenernos alerta para no caer.

Cristo habló de esto como algo muy cercano. Ya casi había llegado el momento en que sentirían temor de estar con él, aunque antes habían estado tan unidos a él. Un corto tiempo puede producir grandes cambios, tanto a nuestro alrededor como dentro de nosotros.

Sin embargo, Cristo les dio esta seguridad acerca de su propio consuelo: «Pero no estoy solo». No quería que nadie pensara que se estaba quejando de que lo abandonaran, como si eso realmente lo hubiera dejado desamparado. En su ausencia, estaba seguro de la presencia de su Padre, y eso era suficiente para todo. «El Padre está conmigo».

Podemos entender esto de dos maneras. Primero, era un privilegio especial que pertenecía al Señor Jesús. El Padre estaba con él en sus sufrimientos de una manera incomparable, porque él permanecía en el seno del Padre. Su naturaleza divina no abandonó su naturaleza humana, sino que la sostuvo y dio a sus sufrimientos un consuelo inconmovible y un valor incalculable. El Padre había prometido estar con él en toda la obra que realizaría (Salmo 89:21ss.) y protegerlo (Isaías 49:8). Esto le daba valor (Isaías 50:7).

Incluso cuando clamó como si el Padre lo hubiera abandonado, todavía lo llamó «mi Dios». Poco después, estaba tan seguro del favor del Padre que encomendó su espíritu en sus manos. Siempre se había consolado con esta verdad: «El que me envió está conmigo; el Padre no me ha dejado solo» (Juan 8:29), y esto fue especialmente cierto al final. Esto fortalece nuestra confianza en que el sacrificio de Cristo fue plenamente aceptable. No hay duda de que el Padre se agradaba de él, porque estuvo con él desde el principio hasta el fin.

Segundo, este también es un privilegio que comparten todos los creyentes por medio de su unión con Cristo. Cuando están solos, en realidad no lo están, porque el Padre está con ellos. Cuando eligen la soledad, como Isaac en el campo, Natanael debajo de la higuera o Pedro en la azotea, meditando y orando, el Padre está con ellos. Quienes hablan con Dios en la soledad nunca están menos acompañados que cuando están solos. Un Dios bueno y un corazón bueno son una buena compañía en todo momento.

Cuando la soledad es una aflicción para ellos, y los enemigos los dejan solos mientras los amigos también se alejan, de modo que quedan sin compañía, aun así no están tan solos como otros creen. El Padre está con ellos, como estuvo con José en la cárcel y con Juan en el exilio. En sus mayores sufrimientos son como un hijo al que su padre compadece o como un niño al que su madre consuela. Mientras disfrutemos de la presencia favorable de Dios, somos felices y podemos descansar tranquilos, aunque todo el mundo nos abandone. No le damos a Dios el honor que merece si no consideramos que él es suficiente por sí mismo.

Cristo también los consuela con la promesa de que tendrán paz en él, porque él ha vencido al mundo, sin importar las dificultades que encuentren en él (Juan 16:33). «Les he dicho estas cosas para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán aflicción, pero anímense: yo he vencido al mundo». El propósito de Cristo en este mensaje de despedida era que tuvieran paz en él. No pretendía explicar toda la doctrina que pronto aprenderían por medio del Espíritu Santo, sino tranquilizarlos en ese momento y asegurarles que su partida era para el bien de ellos. En un sentido más general, había dicho todo esto para que, al disfrutar de él, aprendieran a disfrutar correctamente de la vida.

Es la voluntad de Cristo que sus discípulos tengan paz interior, cualesquiera que sean sus dificultades externas. La paz en Cristo es la única paz verdadera, y los creyentes la tienen solamente en él, porque «él será nuestra paz» (Miqueas 5:5). Por medio de él tenemos paz con Dios y, por eso, en él también tenemos paz en nuestra mente. La palabra de Cristo apunta a esto: que tengamos paz en él, porque la paz es fruto de sus labios (Isaías 57:19).

También deben esperar que el mundo los trate mal. «En el mundo tendrán aflicción», dice; por tanto, no deben esperar paz exterior. Aunque fueron enviados a anunciar paz en la tierra y buena voluntad para con los seres humanos, deben esperar aflicción en la tierra y mala voluntad de parte de la gente. Siempre ha sido la suerte de los discípulos de Cristo sufrir en este mundo. Las personas los persiguen porque son demasiado buenos, y Dios los disciplina porque no son mejores. La gente intenta expulsarlos de la tierra, y Dios usa la aflicción para prepararlos para el cielo. Así que, entre una cosa y la otra, tendrán aflicción.

Aun así, Cristo les da valor con estas palabras: «Anímense».

Cristo no solo les dice a sus discípulos que se consuelen; les dice que sean valientes y cobren ánimo. En medio de las dificultades de este mundo, mantenerse gozosos es tanto su deber como su bien. Deben seguir deleitándose en Dios, pese a todo lo que los agobie, y seguir esperando en Dios, pese a todo lo que los amenace. Así pueden estar tristes, en sintonía con el dolor que los rodea, y aun así regocijarse siempre y conservar el ánimo (2 Corintios 6:10), incluso en medio del sufrimiento (Romanos 5:3-4).

La razón de este valor es clara: «Yo he vencido al mundo». La victoria de Cristo es la victoria del creyente. Él venció al príncipe de este mundo, Satanás; lo despojó de su poder y lo expulsó. Todavía mantiene a Satanás bajo nuestros pies. También venció a los hijos de este mundo al llevar a muchos a la fe y a la obediencia a su evangelio, convirtiéndolos en hijos de su reino.

Cuando envía a sus discípulos a predicar el evangelio a todo el mundo, puede decirles: «Tengan ánimo; yo he vencido al mundo hasta donde he llegado, y ustedes también lo vencerán». Aunque tendrán aflicción en el mundo, aun así cumplirán su misión y rescatarán a las personas del dominio del mundo (Apocalipsis 6:2). También venció a los malvados de este mundo, porque muchas veces silenció y dejó avergonzados a sus enemigos. Por eso su pueblo también puede cobrar ánimo, porque el Espíritu lo ayudará a hacer lo mismo.

Cristo también venció las cosas malas del mundo al someterse a ellas. Soportó la cruz y no fue quebrantado por su vergüenza. Venció las cosas buenas del mundo al mantenerse completamente libre de ellas. Sus honores no lo atrajeron, y sus placeres no tuvieron ningún encanto para él. Nunca hubo un conquistador como Cristo, y esto debe darnos ánimo.

Esto nos anima, primero, porque Cristo fue delante de nosotros y venció al mundo. Por tanto, podemos verlo como un enemigo derrotado, uno que ya ha sido vencido muchas veces. También nos anima porque él lo venció por nosotros, como el capitán de nuestra salvación. Compartimos su victoria. Por medio de su cruz, el mundo quedó crucificado para nosotros; es decir, fue completamente derrotado y puesto bajo nuestros pies. «Todo es de ustedes», incluso el mundo. Puesto que Cristo ha vencido al mundo, a los creyentes solo les corresponde avanzar en esa victoria y tomar el botín, y esto lo hacemos por la fe (1 Juan 5:4). Por medio de aquel que nos amó, somos más que vencedores.

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