Versículo destacado

Juan 14:28 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ya me oyeron decir que me voy y que vendré para estar otra vez con ustedes. Si de veras me amaran, se habrían alegrado al saber que voy al Padre, porque él es más que yo. "

Juan 14:28

menu_book El versículo en contexto

26 pero el Defensor, el Espíritu Santo que el Padre va a enviar en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.

27 Les dejo la paz. Les doy mi paz, pero no se la doy como la dan los que son del mundo. No se angustien ni tengan miedo.

28 Ya me oyeron decir que me voy y que vendré para estar otra vez con ustedes. Si de veras me amaran, se habrían alegrado al saber que voy al Padre, porque él es más que yo.

29 Les digo esto de antemano para que, cuando suceda, entonces crean.

30 Ya no hablaré mucho con ustedes, porque viene el que manda en este mundo. Aunque no tiene ningún poder sobre mí,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cristo les da a sus discípulos otra razón para no dejar que se angustien por su partida: su propio corazón no estaba angustiado. También les muestra qué le permitió soportar la cruz y despreciar la vergüenza, para que ellos pudieran fijar la mirada en él y perseverar con paciencia. Cristo se consoló de varias maneras.

Primero, aunque se iba, volvería. «Ustedes me han oído decirlo, y ahora se los digo otra vez: me voy y vuelvo». Necesitamos escuchar una y otra vez las enseñanzas de Cristo, especialmente acerca de su segunda venida. Cuando el dolor, el temor o la preocupación se apoderan de nosotros, olvidamos con facilidad que Cristo regresará (Filipenses 4:5). Cristo usó esta esperanza para fortalecerse en el sufrimiento y en la muerte, y esta misma esperanza debe consolarnos cuando nos separamos de nuestros seres queridos por causa de la muerte. Nos vamos para volver, y esa separación es solo un «buenas noches», no un adiós definitivo (1 Tesalonicenses 4:13-14).

Segundo, iba a ir a su Padre. Si los discípulos realmente lo amaban, debían alegrarse en vez de lamentarse, porque él había dicho: «Voy al Padre», quien era tanto su Padre como el de ellos. Eso sería la exaltación de Cristo y el beneficio de ellos, porque estaría con el Padre para cuidar de ellos y hablar en favor de los pecadores. Su partida tenía un lado luminoso además de uno oscuro. Por eso, después de su resurrección, les envió este mensaje consolador: «Subo a mi Padre y al Padre de ustedes» (Juan 20:17).

La razón por la que esto es una buena noticia es que «mi Padre es mayor que yo». Si esta afirmación sirve de fundamento para lo que Cristo está diciendo, probablemente significa que su condición junto al Padre sería mucho más gloriosa que la que tenía en ese momento. Su regreso al Padre lo elevaría a un estado mucho más alto que aquel en el que se encontraba. O quizá significa que ir al Padre y llevar también allí a todos sus seguidores era la meta de toda su obra, de modo que el fin era mayor que los medios. De esta manera, Cristo eleva los pensamientos y las esperanzas de sus discípulos por encima de la pequeña felicidad que habían imaginado para sí mismos. El reino del Padre, donde Dios será todo en todos, será mayor que el reino mediador, es decir, el reino mediante el cual Cristo gobierna ahora como mediador entre Dios y los seres humanos.

Los discípulos de Cristo deben demostrarle su amor alegrándose por la gloria de su exaltación, no principalmente lamentándose por los sufrimientos de su humillación. Deben alegrarse de que él haya ido a su Padre, donde le corresponde estar y donde pronto estaremos con él. Muchas personas que aman a Cristo dejan que ese amor las lleve en la dirección equivocada. Piensan que amarlo significa permanecer todo el tiempo afligidas por él. Pero quienes lo aman deben encontrar descanso en él y alegrarse en Cristo Jesús.

Tercero, su partida ayudaría a confirmar la fe de sus discípulos cuando ocurriera, porque él se lo había anunciado de antemano (Juan 14:29). Les había dicho que debía morir, resucitar, ascender al Padre y enviar al Consolador, para que, cuando todo sucediera, creyeran. Véanse también Juan 13:19 y Juan 16:4. Cristo les habló de su muerte aunque sabía que los confundiría y entristecería, porque después fortalecería su fe de dos maneras.

Les mostraría que aquel que había anunciado estas cosas tenía conocimiento divino de antemano; es decir, sabía lo que sucedería antes de que ocurriera. Cuando Pablo iba a Jerusalén, no sabía qué le sucedería allí, pero Cristo sí lo sabía. También mostraría que estos acontecimientos formaban parte del plan y el propósito de Dios: no eran decisiones repentinas, sino el cumplimiento de un propósito eterno. Por eso, no debían angustiarse por aquello que, en realidad, llegaría a ser una ayuda para su fe y un verdadero beneficio para ellos. La prueba de nuestra fe es valiosa, aun cuando por un tiempo nos cause tristeza debido a diversas dificultades (1 Pedro 1:6).

Cuarto, Cristo estaba seguro de que derrotaría a Satanás, con quien sabía que tendría que enfrentarse al partir (Juan 14:30). «Ya no hablaré mucho con ustedes», dijo, no porque le quedara poco que fuera importante decir, sino porque mucho de lo que faltaba podía esperar hasta que el Espíritu fuera derramado. Después de esto sí habló extensamente, en los capítulos 15 y 16, pero, en comparación con todo lo que ya había dicho, no fue mucho. Su tiempo era corto, así que habló plenamente mientras pudo. Nosotros también debemos procurar hablar con propósito, porque quizá no tengamos mucho tiempo para hablar. No sabemos qué tan pronto puede detenerse nuestro aliento, así que siempre debemos estar diciendo algo bueno. Y cuando llegue la enfermedad o la muerte, quizá ya no podamos hablar mucho con quienes nos rodean. Por eso, cualquier buen consejo que tengamos debemos compartirlo mientras todavía gozamos de salud.

Una de las razones por las que no hablaría mucho era que tenía otra obra que realizar: «Viene el príncipe de este mundo». Ya había llamado al diablo el príncipe de este mundo (Juan 12:31). Los discípulos quizá habían imaginado que su Maestro era el príncipe de este mundo y que ellos eran príncipes terrenales bajo su autoridad. Pero Cristo les dice que el príncipe de este mundo era su enemigo, y que también lo eran los gobernantes del mundo cuando se dejaban impulsar por él (Colosenses 2:8). Sin embargo, «él no tiene ningún poder sobre mí».

Aquí vemos, primero, el conflicto que Cristo estaba a punto de enfrentar, no solo con seres humanos, sino también con los poderes de las tinieblas. El diablo ya lo había atacado con tentaciones en Mateo 4 y le había ofrecido los reinos del mundo si aceptaba mantenerlos bajo el dominio de Satanás. Por eso Cristo habla de él con desprecio como el príncipe de este mundo. Entonces el diablo se apartó de él por un tiempo, pero ahora Cristo lo ve reuniendo sus fuerzas nuevamente, listo para atacar con ferocidad. Como no pudo vencerlo mediante la tentación, intenta hacerlo por medio del temor. Prever la tentación nos da una gran ventaja para resistirla, porque la advertencia debe llevarnos a prepararnos. Mientras estemos aquí, podemos ver que Satanás se levanta continuamente contra nosotros; por eso debemos permanecer siempre vigilantes.

Segundo, Cristo estaba seguro de la victoria en ese conflicto. «Él no tiene ningún poder sobre mí», es decir, no tiene absolutamente nada sobre lo cual pueda reclamar autoridad. En Cristo no había culpa alguna que pudiera darle al príncipe de este mundo el derecho de atemorizarlo. Se dice que el diablo tiene el poder de la muerte (Hebreos 2:14), y los judíos lo llamaban el ángel de la muerte, como un verdugo. Como Cristo no había hecho ningún mal, Satanás no tenía ningún derecho legal sobre él. Así que, aunque Satanás podía conducirlo hacia la cruz, no podía llevarlo al terror. Podía llevarlo a la muerte, pero no a la desesperación. Cuando Satanás nos aflige, encuentra algo en nosotros con lo cual trabajar, porque todos hemos pecado. Pero cuando se enfrentó a Cristo, no encontró ninguna base.

No había pecado en Cristo que el gobernante de este mundo pudiera aprovechar en sus tentaciones. Satanás no podía arruinar la misión de Cristo llevándolo a pecar, porque en él no había nada pecaminoso. No había culpa, debilidad ni chispa oculta en la que pudiera prender la tentación. Su naturaleza era tan pura que no podía pecar. Cuanto más se rompe y desaparece el dominio de Satanás sobre nosotros, con mayor serenidad debemos esperar el sufrimiento y la muerte.

La partida de Cristo también ocurrió en sumisión y obediencia a su Padre. Satanás no podía quitarle la vida, pero él decidió morir: «para que el mundo sepa que amo al Padre» (Juan 14:31). Podemos entender esto de dos maneras. Primero, confirma lo que Cristo había dicho muchas veces: que su obra como Mediador, aquel que se interpone entre Dios y los seres humanos, mostraba al mundo su acuerdo con el Padre. Mostraba que amaba al Padre. Así como su muerte demostró su amor por las personas, porque murió para salvarlas, también demostró su amor por Dios, porque murió para la gloria de Dios y para llevar a cabo su plan. El mundo debe saber que el Padre y el Hijo no se aman menos por causa de esto. El Padre amó al Hijo y puso todas las cosas en sus manos, y el Hijo amó al Padre y puso su espíritu en las manos del Padre.

También mostró su obediencia al Padre: «Así como el Padre me ordenó, así lo hago», lo cual significa que realizó la obra que le había sido encomendada y de la manera en que se le había ordenado. La señal más clara de nuestro amor por el Padre es que hacemos lo que él ha mandado. Así como Cristo amó al Padre y lo obedeció hasta la muerte, nosotros debemos amar a Cristo y obedecerlo. Cristo mantuvo la mirada puesta en el mandato del Padre de sufrir y morir, y eso lo fortaleció con gozo y venció el rechazo natural de la naturaleza humana ante el sufrimiento. Esto quitó la vergüenza de la cruz, porque lo que hizo fue por orden del Padre. El mandato de Dios es suficiente para sostenernos cuando otras personas cuestionan lo que hacemos, y debe ser suficiente para fortalecernos en aquello que nos resulta más difícil: esta es la voluntad de Aquel que me creó y me envió.

Con eso dio por terminado el asunto: «Para que el mundo sepa que amo al Padre». Así verían con cuánta disposición podía enfrentar la cruz que le había sido señalada: «Levántense, vámonos de aquí». Algunos entienden estas palabras como una invitación a ir al huerto o a Jerusalén. Cuando hablamos de los problemas desde lejos, es fácil decir: «Señor, te seguiré adondequiera que vayas». Pero cuando llega la prueba y una cruz inevitable se interpone en el camino de la obediencia, decir: «Levántense, vayamos a enfrentarla», en vez de intentar esquivarla, demuestra al mundo que amamos al Padre. Si esta conversación tuvo lugar al final de la cena de Pascua, parece que, al decir estas palabras, Jesús se levantó de la mesa y pasó a otra habitación, donde pudo hablar con mayor libertad con sus discípulos en los capítulos siguientes y orar con ellos.

El Dr. Goodwin observó que, cuando Cristo mencionó la razón principal de su sufrimiento —el mandato de su Padre—, se apresuró a salir para sufrir y morir, como si temiera que se le acabara el tiempo antes de que Judas se encontrara con él. «Levántense», dijo, «vámonos de aquí»; pero luego, como si hubiera mirado el reloj y visto que todavía había tiempo, volvió a sentarse y dio otro sermón. Con estas palabras, animó a sus discípulos a seguirlo. No dijo: «Yo tengo que irme», sino: «Vámonos». No los llamó a enfrentar nada más difícil que aquello que él mismo iba delante de ellos a hacer como su líder. Ellos habían prometido no abandonarlo; por eso les dijo, en efecto: «Entonces, vengan; veamos si cumplen su palabra».

También les dio un ejemplo. Les enseñó a no aferrarse a nada de este mundo, especialmente en tiempos de sufrimiento, y a pensar y hablar con frecuencia de dejarlo. Aun cuando estamos descansando cómodamente y disfrutando de una dulce comunión, no debemos pensar que permaneceremos aquí para siempre. «Levántense, vámonos de aquí». Si estas palabras se dijeron al final de la Pascua y de la Cena del Señor, nos enseñan que las expresiones externas de la comunión con Dios no están destinadas a permanecer para siempre en este mundo. Aunque nos sentemos con deleite bajo la sombra de Cristo y digamos: «Qué bueno es estar aquí», todavía debemos pensar en levantarnos y seguir adelante, bajando de la montaña.

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