Versículo destacado

Juan 14:4 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Ustedes saben el camino que lleva adonde yo voy. "

Juan 14:4

menu_book El versículo en contexto

2 En la casa de mi Padre hay muchos lugares donde vivir; si no fuera así, yo no les habría dicho que voy a prepararles un lugar.

3 Y después de irme y prepararles un lugar, vendré otra vez para llevarlos conmigo, para que ustedes estén en el mismo lugar donde yo voy a estar.

4 Ustedes saben el camino que lleva adonde yo voy.

5 Tomás le dijo a Jesús: —Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo vamos a saber el camino?

6 Jesús le contestó: —Yo soy el camino, la verdad y la vida. Solamente por mí se puede llegar al Padre.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Cristo ya les había presentado el cielo como la meta. Ahora se muestra como el camino para llegar a ella y les dice que sabían más de lo que se daban cuenta, tanto acerca de la meta hacia la que se dirigían como del camino que debían recorrer. Las palabras «ustedes saben» tienen aquí dos sentidos. En primer lugar, podían saberlo porque esto no era uno de los secretos ocultos de Dios, sino una de las verdades que él había dado a conocer. No necesitaban subir al cielo ni bajar a lo profundo, porque «la palabra está cerca de ti» (Romanos 10:6-8). Estaba a su alcance.

En segundo lugar, sí lo sabían. Conocían el hogar y conocían el camino, aunque quizá no lo habían considerado con tanta claridad. Cristo ya les había enseñado lo suficiente como para que lo recordaran. Jesús está dispuesto a valorar al máximo el conocimiento de los suyos, aun cuando sea débil e incompleto. Él ve en ellos el bien con mayor claridad de la que ellos mismos lo ven, y está seguro de que tienen una fe, un amor y una comprensión que no alcanzan a notar ni a confiar plenamente.

Las palabras de Cristo llevaron a dos de sus discípulos a hablar, y él responde a ambos. Tomás preguntó por el camino (Juan 14:5), y lo hizo sin tratar de disimular que estaba cuestionando a su Maestro. Dijo: «Señor, no sabemos adónde vas; ¿cómo podemos saber el camino?». Sentía que no podían adivinarlo ni descubrirlo por sí mismos, y que todavía estaban perdidos. La afirmación de Cristo de que ellos sabían despertó en Tomás una conciencia más profunda de su ignorancia y lo llevó a pedir mayor claridad.

Aquí Tomás mostró más humildad que Pedro, quien había pensado que podía seguir a Cristo de inmediato. Pedro estaba más ansioso por saber adónde iba Cristo. Tomás, aunque reconoció que no lo sabía, parece haber estado más interesado en conocer el camino. Su confesión de ignorancia fue buena, porque las personas de bien están dispuestas a admitir lo que no saben. Pero la causa de su ignorancia era reprochable. No sabían adónde iba Cristo porque todavía soñaban con un reino terrenal, con poder y gloria visibles, a pesar de todas las veces que él había dicho lo contrario.

Por eso, cuando Cristo habló de irse y de que ellos lo seguirían, imaginaron que se dirigía a alguna ciudad importante, como Belén, Nazaret, Capernaúm o alguna ciudad gentil. Pensaban en algo parecido a cuando David fue a Hebrón para ser proclamado rey y restaurar el reino de Israel. Como imaginaban un futuro ascenso terrenal y visible, no podían saber dónde se encontraba ese lugar, al este, al oeste, al norte o al sur. Por eso dijeron que no conocían el camino. Todavía solemos pensar que estamos más confundidos de lo necesario acerca del futuro de la iglesia, porque esperamos el éxito según los criterios del mundo, mientras que la promesa apunta al crecimiento espiritual. Si Tomás hubiera entendido que Cristo iba al mundo invisible, al mundo de los espíritus, donde importan las realidades espirituales, no habría dicho: «Señor, no sabemos el camino».

Cristo responde plenamente a Tomás en Juan 14:6-7. Tomás había preguntado tanto adónde iba Jesús como cuál era el camino. Cristo responde las dos preguntas y muestra que, si hubieran entendido correctamente, no habrían necesitado una respuesta separada. Ellos conocían a Cristo, y él era el camino. Conocían al Padre, y él era la meta. Así que, cuando Cristo dijo: «Ustedes saben adónde voy y conocen el camino», en realidad estaba diciendo: «Crean en Dios como su meta y en mí como el camino» (Juan 14:1); y eso era suficiente.

Aquí Cristo habla de sí mismo como el camino: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie llega al Padre sino por mí». En estas palabras afirma grandes cosas acerca de sí mismo, y ellas muestran la naturaleza de su mediación, es decir, de su obra para reconciliar a Dios con los pecadores. Él es el camino, la verdad y la vida.

En primer lugar, Cristo es el camino, la calzada de la que se habla en Isaías 35:8. Él mismo abrió su propio camino, porque entró al lugar santísimo por medio de su propia sangre (Hebreos 9:12). También es nuestro camino, porque nosotros entramos por medio de él. Con su enseñanza y su ejemplo nos muestra cuál es nuestro deber. Con sus méritos y su intercesión, al abogar por nosotros, obtiene nuestra felicidad. En ese sentido, él es el camino. En él, Dios y la humanidad se encuentran y son reconciliados. No podíamos llegar al árbol de la vida por el camino de la inocencia, pero Cristo es otro camino hacia él. Por medio de Cristo se mantiene una conexión viva entre el cielo y la tierra. Los ángeles de Dios suben y bajan, nuestras oraciones suben a Dios y sus bendiciones descienden a nosotros por medio de él. Este es el camino que lleva al descanso, el buen camino antiguo. Los discípulos lo estaban siguiendo, y Cristo les dice que ya se encontraban en el camino. Mientras continuaran siguiéndolo, no se perderían.

En segundo lugar, él es la verdad. Es la verdad en contraste con las figuras y las sombras. Cristo es la realidad que estaba detrás de todos los tipos del Antiguo Testamento, los cuales son llamados copias de las realidades verdaderas (Hebreos 9:24). Él es el verdadero maná (Juan 6:32) y el verdadero tabernáculo (Hebreos 8:2). También es la verdad en contraste con la falsedad y el error. La doctrina de Cristo es verdadera. Si buscamos la verdad, no necesitamos aprender nada más allá de la verdad que se encuentra en Jesús. Él también es verdadero en contraste con el engaño. Es fiel a todos los que confían en él, tan verdadero como la verdad misma (2 Corintios 1:20).

En tercer lugar, él es la vida. Solo estamos vivos para Dios en Cristo Jesús y por medio de él (Romanos 6:11). Cristo formado en nosotros es para nuestra alma lo que nuestra alma es para nuestro cuerpo. Cristo es la resurrección y la vida. Considerados juntos, estos nombres significan que él es el principio, el medio y el fin. Debemos comenzar en él, continuar en él y terminar en él. Como la verdad, guía nuestro camino; como la vida, es la meta del camino. Él es el camino verdadero y vivo (Hebreos 10:20), porque en el camino hay verdad y vida, no solo en el destino. Él es el camino verdadero hacia la vida, el único camino verdadero. Otros caminos pueden parecer correctos, pero terminan en muerte.

Esto también muestra la necesidad de su mediación: nadie llega al Padre sino por medio de él. Las personas caídas deben presentarse ante Dios como Juez, pero no pueden acercarse a él como Padre sino por medio de Cristo, el Mediador, quien se interpone entre Dios y nosotros. No podemos cumplir el deber de acercarnos a Dios en arrepentimiento y adoración sin el Espíritu y la gracia de Cristo. Tampoco podemos recibir la bendición de acercarnos a Dios como nuestro Padre sin los méritos y la justicia de Cristo. Él es el sumo sacerdote de nuestra confesión y nuestro abogado, nuestro defensor delante de Dios.

Después, en Juan 14:7, Cristo habla de su Padre como la meta: «Si me hubieran conocido, también habrían conocido a mi Padre. Desde ahora lo conocen y lo han visto». Esto contiene un reproche sereno a la torpeza y al descuido de los discípulos, porque no habían llegado a conocer a Jesucristo con la familiaridad que debían, aunque habían vivido con él y lo habían seguido de cerca. «Si me hubieran conocido» significa que sí lo conocían, pero no tanto como podían y debían conocerlo.

Ellos sabían que Cristo era el Mesías, pero no habían llegado a conocer a Dios en él. Cristo les había dicho algo parecido a los judíos: «Si me conocieran, también conocerían a mi Padre» (Juan 8:19). Es difícil decir qué resulta más sorprendente: la ceguera voluntaria de quienes odian la luz, o las lagunas y los errores de quienes pertenecen a la luz y han tenido tantas oportunidades de aprender. Si hubieran entendido correctamente a Cristo, habrían sabido que su reino es espiritual y no pertenece a este mundo. Habrían sabido que él había descendido del cielo y que debía regresar al cielo. Entonces también habrían conocido a su Padre y habrían entendido adónde pensaba ir cuando dijo: «Voy al Padre»: a una gloria en el mundo venidero, no en este. Si entendiéramos mejor el cristianismo, también entenderíamos mejor la religión natural.

Aquí también hay una indicación bondadosa y esperanzadora de que Cristo estaba satisfecho con la sinceridad de sus discípulos, aunque su comprensión fuera débil. En efecto, les estaba diciendo: «A partir de esta aclaración que les doy, la cual ayudará a explicar todo lo que les he enseñado hasta ahora, sepan que sí conocen al Padre y lo han visto, porque me conocen y me han visto». En el rostro de Cristo vemos la gloria de Dios, así como vemos a un padre en un hijo que se le parece. Cristo les dice a sus discípulos que no eran tan ignorantes como parecían. Todavía eran como niños pequeños, pero ya habían conocido al Padre (1 Juan 2:13). Muchos discípulos de Cristo tienen más conocimiento y gracia de lo que se dan cuenta, y Cristo observa y se complace en el bien que hay en ellos y que ellos mismos no alcanzan a ver. Quienes conocen a Dios no siempre reconocen de inmediato que lo conocen (1 Juan 2:3).

Entonces Felipe preguntó por el Padre, y Cristo le respondió (Juan 14:8-11). Felipe no era tan rápido para hablar como algunos de los demás, pero deseaba profundamente recibir más luz. Exclamó: «Muéstranos al Padre». Había estado escuchando lo que Cristo le dijo a Tomás y se aferró a las últimas palabras: «Lo han visto». Felipe estaba diciendo: «No, eso es precisamente lo que queremos y lo que pedimos: muéstranos al Padre, y eso nos bastará». Esto muestra un deseo genuino de conocer a Dios como Padre. Cuando Felipe dice: «Muéstranos al Padre», quiere decir: «Permítenos conocerlo en esa relación que tiene con nosotros». No lo pide solo para sí mismo, sino también para los demás discípulos. Añade: «Eso nos bastará». Habla por sí mismo y también compromete a los otros: «Danos una sola visión del Padre, y será suficiente». Como observa Jansenius, aunque quizá Felipe no lo haya querido decir así, el Espíritu Santo usó sus palabras para enseñar que la satisfacción y la felicidad del alma se encuentran en ver y disfrutar de Dios (Salmo 16:11; Salmo 17:15). La mente encuentra descanso en conocer a Dios, y allí alcanza su propósito más elevado. Al conocer a Dios como Padre, el alma queda satisfecha. Ver al Padre es una especie de cielo en la tierra, que nos llena de una alegría indescriptible.

Sin embargo, las palabras de Felipe también muestran que no estaba conforme con la revelación del Padre que Cristo ya les había dado. En efecto, estaba poniendo condiciones a Cristo y pidiendo algo más: algo visible y externo, como la gloria que se le mostró a Moisés (Éxodo 33:22) y a los ancianos de Israel (Éxodo 24:9-11). Parece querer decir: «Permítenos ver al Padre con nuestros ojos, así como te vemos a ti, y entonces estaremos satisfechos. Ya no te pediremos nada más, ni siquiera que nos digas adónde vas». Esto revela no solo una fe débil, sino también ignorancia de la manera en que el evangelio muestra al Padre: de forma espiritual, no física. Felipe pensaba que una visión así sería suficiente, pero quienes vieron a Dios de esa manera no quedaron satisfechos; poco después cayeron en la corrupción y fabricaron una imagen tallada. Las maneras que Cristo ha establecido sostienen nuestra fe mucho mejor que cualquier invención humana.

La respuesta de Cristo dirige a Felipe de nuevo a lo que ya se le había mostrado (Juan 14:9-11). Con ternura, reprende su ceguera y falta de atención: «¿He estado con ustedes tanto tiempo, más de tres años en una relación tan cercana, y todavía no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo puedes decir entonces: “Muéstranos al Padre”?». Cristo lo reprende por dos razones. Primero, Felipe no había aprovechado plenamente su cercanía con Cristo para obtener un conocimiento claro y firme de él. Felipe había confesado desde el principio que Jesús era el Mesías (Juan 1:45), pero aun en ese momento no conocía al Padre en él. Muchas personas tienen un buen conocimiento de las Escrituras y de las cosas divinas, pero aun así no alcanzan lo que se debería esperar de ellas, porque no relacionan sus conocimientos ni avanzan hacia la madurez. Muchos conocen a Cristo, pero no conocen todo lo que podrían conocer de él ni ven en él todo lo que deberían ver.

Lo que hacía aún más grave la falta de entendimiento de Felipe era el tiempo que había tenido para aprender. Cuanto más tiempo disfrutamos de los medios de conocimiento y de gracia, más culpables somos si seguimos siendo débiles en ambos aspectos. Cristo espera que nuestro crecimiento corresponda, al menos en cierta medida, al tiempo que hemos estado con él. No debemos permanecer siempre como niños. Es importante reconocer cuando llevamos tanto tiempo escuchando sermones, estudiando las Escrituras y aprendiendo en la escuela de Cristo, y aun así seguimos siendo débiles en el conocimiento de Cristo e inexpertos en la palabra de justicia. Segundo, Cristo lo reprende por la manera en que oró: «Muéstranos al Padre». Esto muestra cuán débiles suelen ser los discípulos de Cristo, pues no siempre saben pedir como deben (Romanos 8:26) y con frecuencia piden mal (Santiago 4:3): piden lo que no ha sido prometido o lo que ya les ha sido dado conforme al sentido de la promesa, como en este caso.

Entonces Cristo le enseña a Felipe una verdad clara que honra a Cristo y nos lleva a conocer a Dios en él. También confirma lo que Cristo había dicho antes: «Ustedes conocen al Padre y lo han visto» (Juan 14:7), y responde a la petición de Felipe: «Muéstranos al Padre». En efecto, Cristo dice que el asunto es sencillo: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre». Todos los que vieron a Cristo en la carne podrían haber visto al Padre en él, si Satanás no les hubiera cegado el entendimiento y les hubiera impedido ver a Cristo como la imagen de Dios (2 Corintios 4:4). Todos los que ven a Cristo por la fe ven al Padre en él, aunque no lo comprendan de inmediato. En las enseñanzas de Cristo ven a Dios como el Padre de las luces. En sus milagros ven a Dios como el Dios de poder, el dedo de Dios. La santidad de Dios resplandece en la vida pura de Cristo, y su gracia brilla en cada obra bondadosa que Cristo realizó.

Cristo dirige a Felipe a aquello que ya tenía buenas razones para creer (Juan 14:10-11): «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Si me has visto a mí, has visto al Padre. Si todavía no lo crees, acepta mi palabra y créelo ahora». Esto es lo que debemos creer: que el Hijo está en el Padre y el Padre está en el Hijo. Es la misma verdad que Jesús ya había declarado: «El Padre y yo somos uno» (Juan 10:30). Habla del Padre y de sí mismo como dos personas, pero también como seres tan unidos que jamás ha habido ni puede haber dos que sean uno de manera tan estrecha.

Conocer a Cristo como Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, y de la misma sustancia que el Padre, por medio de quien fueron creadas todas las cosas, es conocer al Padre. Al ver a Cristo de esta manera, vemos al Padre. En Cristo vemos más de la gloria de Dios de lo que Moisés vio en el monte Horeb.

Hay dos razones firmes para creerlo. Primero, debemos creerlo por causa de su palabra: «Las palabras que les digo no las digo por mi propia cuenta» (Juan 7:16). Lo que para ellos parecía ser la voz de un hombre común que expresaba sus propias ideas a su voluntad, en realidad era la sabiduría de Dios hablando y la voluntad de Dios cumpliéndose. Cristo no hablaba únicamente por sí mismo, sino que expresaba el pensamiento de Dios conforme al plan eterno.

Segundo, debemos creerlo por causa de sus obras: «El Padre, que vive en mí, hace sus obras»; por eso debemos creer en él a causa de ellas. Se dice que el Padre vive en él por la unión estrecha e inseparable de la naturaleza divina y la humana. Dios nunca tuvo en la tierra un templo como el cuerpo del Señor Jesús (Juan 2:21). Este era el verdadero lugar donde habitaba la presencia de Dios, de la cual el tabernáculo era solo una representación. Toda la plenitud de Dios habitó corporalmente en él (Colosenses 2:9).

El Padre vive en Cristo de tal manera que, si buscamos al Padre, lo encontramos en Cristo, así como encontramos a una persona en el lugar donde vive. Debemos buscar al Señor buscando a Dios en Cristo, y allí lo encontraremos, porque allí habita. Cristo pronunció palabras poderosas y realizó obras llenas de misericordia, y el Padre obró por medio de él. Toda la obra de redención fue obra del propio Dios.

Estamos obligados a creerlo por causa de las obras mismas. Así como creemos en la existencia y el poder de Dios por causa de la creación, que muestra su gloria, también debemos creer en la revelación de Dios a la humanidad por medio de Jesucristo a causa de las obras poderosas del Redentor. Estas obras lo manifiestan a él, y manifiestan a Dios en él (Mateo 14:2). Los milagros de Cristo demuestran su misión divina, no solo para convencer a los incrédulos, sino también para fortalecer la fe de sus propios discípulos (Juan 2:11; Juan 5:36; Juan 10:37).

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