Versículo destacado
Jeremías 31:10 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Naciones, escuchen la palabra del Señor y anuncien en las costas lejanas: “El Señor dispersó a Israel, pero lo reunirá y lo cuidará como un pastor cuida a sus ovejas.” "
Jeremías 31:10
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
8 Voy a hacerlos volver del país del norte y a reunirlos desde el último rincón del mundo. Con ellos vendrán los ciegos y los cojos, las mujeres embarazadas y las que ya dieron a luz; ¡volverá una enorme multitud!
9 Vendrán orando y llorando. Yo los llevaré a corrientes de agua por un camino llano, donde no tropiecen. Pues soy el padre de Israel, y Efraín es mi hijo mayor.
10 Naciones, escuchen la palabra del Señor y anuncien en las costas lejanas: “El Señor dispersó a Israel, pero lo reunirá y lo cuidará como un pastor cuida a sus ovejas.”
11 Porque el Señor rescató al pueblo de Jacob y lo libró de una nación más poderosa.
12 Vendrán y cantarán de alegría en lo alto de Sión; se deleitarán con los beneficios del Señor: el trigo, el vino y el aceite, las ovejas y las reses. Serán como una huerta bien regada y no volverán a perder las fuerzas.
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Este párrafo dice prácticamente lo mismo que el anterior. Da a conocer, no solo a la iglesia sino también a las naciones, los propósitos del amor de Dios hacia su pueblo. Esta es la palabra del SEÑOR, y las naciones deben escucharla, porque habla de una obra del SEÑOR que no pueden dejar de notar. Que escuchen la promesa para que puedan comprender y valorar mejor su cumplimiento, y que quienes la oigan se la cuenten a otros, incluso en las costas lejanas. Será una noticia que se extenderá por todas partes.
En primer lugar, se anuncia que los que fueron dispersados serán reunidos y regresarán de su destierro: «El que dispersó a Israel lo reunirá» (Jeremías 31:10). Dios sabe dónde los dispersó y, por eso, sabe dónde encontrarlos. La misma mano que los hirió los sanará. Y cuando los haya reunido en un solo cuerpo, en un solo rebaño, impedirá que vuelvan a dispersarse, así como un pastor protege a sus ovejas.
En segundo lugar, los que fueron vendidos y separados de su tierra serán rescatados y llevados de regreso (Jeremías 31:11). Aunque el enemigo que los había tomado era más fuerte que ellos, el SEÑOR, que es más fuerte que todos, los redimió y los rescató, no pagando un precio, sino usando su poder, como antes había liberado a Israel de Egipto.
En tercer lugar, junto con su libertad también tendrán abundancia y alegría, y Dios será honrado y servido por causa de ello (Jeremías 31:12-13). Cuando regresen a su propia tierra, llegarán cantando a las alturas de Sion, al monte santo, y alabarán la gloria de Dios. Leemos que hicieron esto cuando se colocaron los cimientos del templo: cantaron juntos y dieron gracias al SEÑOR (Esdras 3:11). Acudirán en gran número y con alegría a la bondad del SEÑOR, como corrientes de agua, para ir al templo donde Dios muestra su bondad a su pueblo.
Se reunirán en asambleas solemnes para alabarlo por su bondad y pedir que esa bendición continúe. Lo bendecirán por su bondad al darles trigo, vino, aceite y las crías de sus rebaños y manadas. Ahora que tienen libertad, estos regalos les pertenecen con seguridad y pueden disfrutarlos en paz. Por eso honran a Dios con las primicias y llevan ofrendas a su altar. Es reconfortante reconocer la bondad de Dios en los regalos de la vida cotidiana, y aun allí experimentar el amor del pacto, es decir, el vínculo amoroso que Dios estableció con su pueblo.
Después de la escasez y las dificultades, se alegrarán enormemente. Su alma será como un jardín bien regado: floreciente, fértil, agradable, fragante y lleno de cosas buenas (Isaías 58:11). Nuestras almas solo son verdaderamente valiosas como jardines cuando reciben el rocío del Espíritu y de la gracia de Dios. La promesa que sigue es preciosa, aunque no se cumplirá plenamente en ningún lugar de este lado de la Sion celestial: «Ya no sufrirán más» (Jeremías 31:12). Solo en la nueva Jerusalén serán enjugadas todas las lágrimas (Apocalipsis 21:4). Aun así, los cautivos que regresaron experimentaron esto en parte, porque ya no tenían las mismas razones para entristecerse que antes.
Por eso, los jóvenes y los ancianos se alegrarán juntos (Jeremías 31:13). Los jóvenes se tomarán tan en serio su alegría que acompañarán a los ancianos, y los ancianos estarán tan conmovidos por la alegría que se unirán a los jóvenes. La nación prosperará, y hasta los ancianos danzarán. Dios convertirá su lamento en alegría y sus ayunos en días de fiesta (Zacarías 8:19). En el regreso de Babilonia, quienes sembraron con lágrimas cosecharon con alegría (Salmo 126:5-6). Los que Dios consuela reciben verdadero consuelo, y pueden dejar atrás sus dificultades cuando él los hace alegrarse en vez de entristecerse. Su alegría es más intensa por causa de lo que sufrieron; y cuanto más recuerdan su aflicción, más se alegran por haber sido rescatados.
En cuarto lugar, tanto los ministros como el pueblo al que sirven quedarán plenamente satisfechos con lo que Dios les dé (Jeremías 31:14). «Satisfaré con abundancia a los sacerdotes». Llegarán tantos sacrificios al altar que quienes viven del altar vivirán bien, junto con sus familias. Tendrán suficiente, y de lo mejor. «Mi pueblo se saciará con mi bondad», y descubrirán que su bondad basta para hacerlos felices. Es suficiente, y más que suficiente.
El pueblo de Dios encuentra una profunda satisfacción en su bondad, aun cuando posee poco de este mundo. Que se conforme con la bondad amorosa de Dios, y estará satisfecho con él, sin pedir nada más para alcanzar la bendición. Todo esto también señala las bendiciones espirituales que los redimidos disfrutan por medio de Jesucristo, mucho más preciosas que el grano, el vino y el aceite, y la paz del alma que tienen al disfrutarlas.
En quinto lugar, los que habían llorado por sus hijos llevados al cautiverio verán convertido su dolor en alegría cuando sus hijos regresen (Jeremías 31:15-17). Primero escuchamos el grito triste de las madres que perdieron a sus hijos (Jeremías 31:15). Se oyó una voz en Ramá y, durante el gran cautiverio, allí no había más que lamento y llanto amargo, más que en otros lugares. Esto se debía a que Nebuzaradán, el capitán babilonio, reunió allí a sus cautivos antes de enviarlos lejos, como se relata en Jeremías 40:1. Fue desde Ramá que el profeta Jeremías fue enviado de regreso.
Se dice que Raquel llora por sus hijos. Su tumba estaba entre Ramá y Belén. Benjamín, una de las dos tribus, y Efraín, la tribu principal de las diez tribus del norte, descendían de Raquel. Ella tuvo solo dos hijos. Uno fue José, por quien su padre hizo duelo y se negó a recibir consuelo (Génesis 37:35). Al otro lo llamó Benoni, que significa «hijo de mi tristeza». De la misma manera, el pueblo de Ramá lloraba por sus hijos e hijas que habían sido llevados lejos, y el sonido de su lamento era tan fuerte que, en lenguaje poético, parecía que la misma Raquel se había levantado de su tumba para llorar con ellos.
Los padres afligidos se negaban a recibir consuelo por sus hijos porque se habían ido, ya no estaban con ellos y parecía que nunca regresarían. Los escritores de los Evangelios aplican esto al gran dolor que hubo en Belén cuando Herodes mató a los niños pequeños de ese lugar (Mateo 2:17-18), diciendo que esta Escritura se cumplió entonces. Lloraban por ellos y no querían ser consolados, porque pensaban que no podía haber consuelo: sus hijos se habían ido. El dolor por la pérdida de los hijos debe ser muy profundo, especialmente cuando pensamos equivocadamente que están más allá de toda esperanza.
Aquí se ofrece un consuelo oportuno para ese dolor, en Jeremías 31:16-17. Se le dice al pueblo que contenga su aflicción y le ponga límites: «No llores más y seca tus lágrimas». La Escritura no prohíbe el duelo en una situación así. El afecto natural tiene su lugar. Pero el dolor no debe crecer tanto que bloquee nuestra alegría en Dios o nos impida servirlo.
Podemos llorar, pero no debemos quejarnos contra Dios. No debemos decidir, como Jacob, que descenderemos al sepulcro llenos de tristeza. Para contener el dolor excesivo, debemos recordar que hay esperanza para el futuro. La aflicción no durará para siempre, y el resultado será bueno y pacífico. Saber que tenemos buenas razones para esperar un final favorable debe fortalecernos en medio de nuestras dificultades. La persona justa tiene esperanza aun en la muerte, porque la muerte pone fin al dolor y la lleva a la bendición.
Algunos entienden estas palabras así: «Hay esperanza para tus descendientes». Aunque no vivas para ver esos días gloriosos, hay esperanza de que tus hijos sí los vean. Aunque una generación caiga en el desierto, la siguiente entrará en Canaán. En esta esperanza se nos presentan dos consuelos.
En primer lugar, está la recompensa por tu trabajo. Tu labor llena de sufrimiento será recompensada. La alegría de la liberación compensará con creces el dolor del cautiverio. Dios da a su pueblo tantos días de alegría como días de aflicción ha sufrido; así, la alegría corresponde al dolor, de la misma manera que la recompensa corresponde al trabajo. La gloria que será revelada y que los creyentes esperan al final superará ampliamente los sufrimientos del tiempo presente (Romanos 8:18).
En segundo lugar, está el regreso de tus hijos. «Volverán de la tierra del enemigo» (Jeremías 31:16), y «volverán a su propia tierra» (Jeremías 31:17). Hay esperanza de que los hijos que están lejos sean llevados de regreso a casa. Jacob se reencontró con alegría con José, después de casi haber perdido toda esperanza de volver a verlo. También hay esperanza para los hijos llevados por la muerte. Regresarán a su propia tierra, al lugar que Dios les ha apartado en la resurrección, a la herencia en el Canaán celestial, al límite de su santuario. Podemos contener mejor nuestro dolor por los hijos que mueren en el pacto con Dios cuando recordamos la esperanza de que resuciten para la vida eterna. No están perdidos; solo se han adelantado.
De este capítulo
Jeremías 31:1
"El Señor afirma: «En ese tiempo yo seré el Dios de todas las tribus de Israel, y ellas serán mi pueblo.»"
Jeremías 31:2
"El Señor dice: En el desierto me mostré bondadoso con el pueblo que escapó de la muerte. Cuando Israel buscaba un lugar de descanso,"
Jeremías 31:3
"yo me aparecí a él desde lejos. Yo te he amado con amor eterno; por eso te sigo tratando con bondad."
Jeremías 31:4
"Te reconstruiré, Israel. De nuevo vendrás con panderetas a bailar alegremente."
Jeremías 31:5
"Volverás a plantar viñedos en las colinas de Samaria, y quienes planten viñas disfrutarán de sus frutos."
Jeremías 31:6
"Porque vendrá un día en que los centinelas gritarán en las colinas de Efraín: “Vengan ustedes, vamos a Sión, al Señor nuestro Dios.”"
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