Versículo destacado

Isaías 6:9 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Y él me dijo: Ve y dile a este pueblo lo siguiente: “Por más que escuchen, no entenderán; por más que miren, no comprenderán”. "

Isaías 6:9

menu_book El versículo en contexto

7 y, tocándome la boca con ella, me dijo: «Mira, esta brasa ha tocado tus labios. Tu maldad te ha sido quitada y tus culpas te han sido perdonadas».

8 Entonces oí la voz del Señor, que decía: «¿A quién voy a enviar? ¿Quién será nuestro mensajero?». Yo respondí: «Aquí estoy yo; envíame a mí».

9 Y él me dijo: Ve y dile a este pueblo lo siguiente: “Por más que escuchen, no entenderán; por más que miren, no comprenderán”.

10 Entorpece la mente de este pueblo; tápales los oídos y cúbreles los ojos, para que no puedan ver ni oír ni puedan entender, para que no se vuelvan a mí y yo no los sane.

11 Yo le pregunté: «¿Cuánto tiempo durará esto, Señor?». Y él me contestó: Hasta que las ciudades queden destruidas y sin ningún habitante; hasta que las casas queden sin gente y los campos desiertos,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Dios toma a Isaías en serio y lo envía a una misión extraña. Debe anunciar la ruina de su pueblo e incluso prepararlo para ella. Al hacer mal uso del mensaje, convertirían la advertencia en ocasión de juicio. Esto también servía como una imagen de la iglesia judía en los días del Mesías, cuando rechazarían obstinadamente el evangelio y, a su vez, serían rechazados por Dios.

Estos versículos se citan o se mencionan seis veces en el Nuevo Testamento. Eso muestra que, en los tiempos del evangelio, estos juicios espirituales serían comunes. Hacen poco ruido y muchas veces ocurren sin que el público los note; sin embargo, están entre los juicios más terribles de todos. Aquí Isaías aprende cuatro cosas.

En primer lugar, la mayoría de las personas a quienes es enviado ignorarán su predicación. Cerrarán sus oídos al mensaje y sus ojos a la verdad que Dios les muestra (Isaías 6:9). Él debe predicarles, y ellos oirán el sonido de sus palabras, pero nada más. No prestarán atención porque no quieren entender. Se opondrán al verdadero sentido de lo que dice y se negarán a ver que el mensaje les concierne. Muchos oyen el sonido de la palabra de Dios, pero nunca sienten su poder.

En segundo lugar, como el ministerio de Isaías no los hará mejores, los hará peores (Isaías 6:10). A quienes eligen la ceguera se les dejará entregados a ella como juicio. Sus corazones se volverán insensibles, sus oídos se harán pesados y sus ojos se cerrarán aún más. Al final, perderán la oportunidad de recuperarse y arrepentirse. Ya no verán el peligro en el que están, ni oirán las advertencias que necesitan, ni entenderán las cosas que conducen a la paz, para volverse a Dios y ser sanados.

La conversión, es decir, volver a Dios, es una obra de sanidad. Para volver a Dios es necesario tener un entendimiento claro. A veces Dios entrega a las personas a la ceguera mental y a un fuerte engaño porque no recibieron la verdad con amor (2 Tesalonicenses 2:10-12). El que es inmundo puede ser dejado en su inmundicia. Incluso la palabra de Dios puede convertirse en un medio para endurecer a los pecadores. La predicación de Isaías endurecería a algunos porque la tratarían como una canción agradable y caerían en una falsa seguridad. Endurecería a otros porque la sentirían como una reprensión y se enojarían cada vez más al escucharla.

En tercer lugar, esto conduciría a su ruina completa, como muestran Isaías 6:11-12. El profeta no cuestiona la justicia de la sentencia. Solo pregunta: «Señor, ¿hasta cuándo?». Parece preguntar si esta terrible condición durará para siempre o cuál será su final. Como respuesta, se le dice que terminará en la destrucción final de la iglesia y la nación judías. Después de haber abusado tanto de la palabra de Dios, especialmente del mensaje del evangelio, serían eliminados como pueblo del pacto y llevados a la ruina.

Sus ciudades y sus casas de campo quedarían vacías. La tierra quedaría desolada, sin cultivo y abandonada, porque las personas que debían vivir en ella y trabajarla serían removidas por la espada, el hambre o la peste. Los sobrevivientes serían llevados muy lejos al exilio, de modo que la tierra quedaría completamente vacía. Ese país, antes próspero, se convertiría en un desierto. Los juicios espirituales con frecuencia traen también juicios terrenales y externos, tanto sobre las personas como sobre los lugares. Esto se cumplió en parte cuando los caldeos destruyeron Jerusalén y la tierra quedó desolada durante setenta años. Pero como el Nuevo Testamento aplica estas palabras tan claramente a los judíos de la época de Cristo, su cumplimiento pleno apunta a la destrucción final llevada a cabo por los romanos.

En cuarto lugar, aun entonces se conservaría un remanente como monumento de misericordia (Isaías 6:13). En la destrucción final de la nación judía todavía hubo un remanente, como dice Pablo: «En este tiempo presente ha quedado un remanente» (Romanos 11:5). Aquí se describe como una décima parte, un número muy pequeño en comparación con la multitud que perecería en la incredulidad. Bajo la ley, el diezmo pertenecía a Dios; por eso, este remanente sería apartado para su servicio y honor.

Este remanente salvado regresaría, tanto del pecado a Dios como del cautiverio a su tierra (Isaías 6:13; Isaías 10:21). Dios los haría volver, y ellos volverían. También serían aceptados por Dios, así como el diezmo servía de alimento en su casa (Malaquías 3:10). Su preservación sería un consuelo para la fe y la esperanza de todos los que anhelan el reino de Dios. Serían como un árbol en invierno, vivo aunque haya perdido sus hojas, como un tilo o un roble cuya vida permanece después de que caen las hojas.

Aunque perdieran la prosperidad exterior y compartieran sufrimientos comunes, volverían a recuperarse. Renacerían como un árbol en primavera. Aunque cayeran, no serían destruidos por completo. Hay esperanza para un árbol aun después de ser cortado, porque puede volver a brotar (Job 14:7). Este remanente marcado también sería el sostén del bien común. La semilla santa que hay dentro de una persona es su verdadera esencia. Un principio vivo de la gracia en el corazón mantiene allí la vida. El que ha nacido de Dios lleva dentro la semilla de Dios (1 Juan 3:9).

Por eso, la semilla santa que queda en la tierra es la verdadera fuerza de la tierra. Impide que la nación se desintegre y sostiene sus mismos fundamentos (Salmo 75:3). Véase también Isaías 1:9.

Algunos unen las palabras anteriores con este versículo y las entienden así: del mismo modo que el soporte de Sallequet se encuentra en los olmos y los robles, la semilla santa es el soporte de la tierra. Los árboles a ambos lados de la calzada elevada, o camino en forma de terraza, que conducía del palacio del rey al templo (1 Reyes 10:5), cerca de la puerta de Sallequet (1 Crónicas 26:16), sostenían la calzada al impedir que la tierra se desmoronara. De la misma manera, el pequeño grupo restante de personas serias y dedicadas a la oración sostiene al Estado y ayuda a impedir que todo caiga en la decadencia.

Algunos entienden que la semilla santa se refiere a Cristo. La nación judía fue preservada de una ruina total porque Cristo habría de venir de ese pueblo en cuanto a su naturaleza humana (Romanos 9:5). «No la destruyas, porque hay bendición en ella» (Isaías 65:8); y, una vez que esa bendición llegó, la nación pronto fue destruida.

Este pensamiento tenía el propósito de animar al profeta en su trabajo. Aunque la mayoría pereciera en su incredulidad, su mensaje todavía daría vida a algunos. Los ministros no pierden todo su esfuerzo si llegan a ser el medio por el cual se salva aunque sea una sola persona necesitada.

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