Versículo destacado
Isaías 58:3 - Significado y aplicación
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Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" y, sin embargo, dicen: “¿Para qué ayunar, si Dios no lo ve? ¿Para qué sacrificarnos, si él no se da cuenta?” Ustedes dedican el día de ayuno a hacer negocios y a explotar a sus trabajadores; "
Isaías 58:3
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 El Señor me dijo: Grita con fuerza y sin miedo; alza la voz como una trompeta. Reprende a mi pueblo por sus culpas y al pueblo de Jacob por sus pecados.
2 Me buscan diariamente y se alegran de conocer mis caminos, como si fueran un pueblo que practica el bien y no descuida mis leyes. Me piden leyes justas y se alegran de acercarse a mí,
3 y, sin embargo, dicen: “¿Para qué ayunar, si Dios no lo ve? ¿Para qué sacrificarnos, si él no se da cuenta?” Ustedes dedican el día de ayuno a hacer negocios y a explotar a sus trabajadores;
4 pasan el día de ayuno entre disputas y peleas, dando golpes criminales con los puños. Un día de ayuno así no puede lograr que yo escuche sus oraciones.
5 ¿Creen que el ayuno que me agrada consiste en afligirse, agachar la cabeza como un junco y acostarse sobre la ceniza vestidos con ropas ásperas? ¿A eso llaman ustedes “ayuno” y “día agradable al Señor”?
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Aquí vemos la indignación de estos hipócritas contra Dios porque él no había aceptado los actos religiosos que ellos valoraban tanto (Isaías 58:3). Decían: «¿Por qué hemos ayunado y tú no lo has tomado en cuenta?». Al actuar así, seguían el camino de Caín, quien se enojó con Dios y consideró una gran ofensa que su ofrenda no fuera aceptada. Habían intentado engañar a Dios con una religión meramente externa, y ahora lo culpaban por no complacerse en ellos, como si él los hubiera tratado injustamente.
También es importante notar cómo presumían de sí mismos y de sus propias acciones. «Hemos ayunado y nos hemos humillado», decían. No solo buscaban a Dios diariamente (Isaías 58:2), sino que también observaban ciertos momentos establecidos para una adoración más solemne. Algunos piensan que esto se refiere al ayuno anual del Día de la Expiación; otros creen que habla de ayunos que ellos mismos habían escogido. Es común que los corazones orgullosos presuman de sus actos de humildad, como el fariseo que dijo: «Ayuno dos veces a la semana» (Lucas 18:12).
Observemos también lo que esperaban recibir a cambio de sus actos. Pensaban que Dios debía prestarles mucha atención y que estaba obligado a recompensarlos por su servicio. Los hipócritas suelen actuar así. Mientras cumplen con prácticas religiosas externas, dan por sentado que Dios los aceptará, aunque él ha prometido su aceptación solamente a quienes son sinceros. Actúan como si la aceptación de Dios fuera automática o como si él les debiera algo.
También vemos cuánto les molestó que Dios no les mostrara un favor especial. Querían ser rescatados de inmediato de sus dificultades, además de recibir honor y prosperidad. Como eso no sucedió, acusaron a Dios de injusticia y favoritismo, y parecían dispuestos a abandonar la religión por completo. Usaban esta queja para defenderse, diciendo que no habían obtenido ningún beneficio por orar a Dios (Job 21:14-15; Malaquías 3:14). La hipocresía persistente suele terminar manifestándose en una falta de respeto descarada hacia Dios y hacia la religión, aunque la verdadera causa del problema sea la propia hipocresía. Entonces los pecadores hablan de la religión como si fuera una tarea pesada y sombría que no ofrece ninguna recompensa, cuando en realidad les parece así porque no son sinceros.
La verdadera razón por la que Dios no aceptaba sus ayunos ni respondía las oraciones ofrecidas durante esos días era que no ayunaban de la manera correcta ni para Dios, es decir, para él (Zacarías 7:5). Ayunaban, pero seguían pecando. A diferencia del pueblo de Nínive, no se apartaban de sus malos caminos. En el día de ayuno, a pesar de su tristeza pública y de sus promesas, seguían haciendo todo lo que les agradaba, fuera correcto o incorrecto. Habían convertido sus propios deseos en su ley, mientras fingían humillarse y continuaban alimentando sus inclinaciones pecaminosas como antes.
Seguían siendo tan codiciosos y crueles como siempre. Dios les estaba diciendo, en efecto: «Ustedes todavía tratan con dureza a sus trabajadores y no quieren liberarlos como exige la ley ni aliviar la carga de su esclavitud». Ese había sido su pecado antes del cautiverio (Jeremías 34:8-9), y siguió siendo su pecado después del cautiverio, aun en medio de todos sus ayunos solemnes (Nehemías 5:5). Algunos entienden estas palabras como una referencia a que todavía exigían el pago completo de sus deudas. En cualquier caso, seguían aprovechándose con dureza de los pobres, aunque el ayuno anual terminaba con una proclamación de libertad.
También eran conflictivos y malintencionados. Dios dice: «Miren, ustedes ayunan para discutir y pelear» (Isaías 58:4). Cuando convocaban un ayuno para apartar el juicio de Dios, fingían buscar los pecados que habían provocado ese juicio. Bajo ese pretexto, quizá acusaban falsamente a algunas personas, como ocurrió con Nabot durante el ayuno que Jezabel proclamó (1 Reyes 21:12). O quizá los distintos grupos aprovechaban esas ocasiones para atacarse unos a otros con palabras hirientes, mientras cada lado decía: «Es culpa de ustedes que no seamos librados». En lugar de juzgarse a sí mismos, que es lo que un día de ayuno debería llevarnos a hacer, se condenaban unos a otros. Incluso convertían el ayuno en una competencia para ver quién podía aparentar mayor seriedad y religiosidad.
No se limitaban a las palabras. También recurrían a la violencia: «Golpean con el puño de la maldad». Los amos crueles golpeaban a sus siervos, y los acreedores entregaban a los pobres deudores para que fueran torturados. Maltrataban con manos violentas a personas inocentes. Mientras continuaran practicando esos pecados, que contradecían directamente el propósito del ayuno, Dios no permitiría que siguieran observando esos días santos de esa manera. En efecto, les decía: «No deben ayunar así, con gritos de enojo y discusiones ruidosas, ni practicar una devoción pública para llamar la atención». Dios no aceptaría esas ofrendas vacías y escandalosas (Isaías 1:13). Quienes rechazan el poder transformador de la religión no tienen derecho a disfrutar de su honor externo.
Tampoco aceptaría sus ayunos mientras continuaran haciendo el mal. Su ayuno no contaría como un ayuno verdadero, y el cielo no escucharía sus oraciones en esos días. Quienes ayunan y oran, pero siguen caminando en pecado, solamente se burlan de Dios y se engañan a sí mismos.
Un ayuno religioso verdadero tiene un propósito claro. Primero, busca honrar y agradar a Dios. Debe ser el tipo de acto que él ha escogido (Isaías 58:5). Debe ser un día aceptable para el Señor, con deberes que procuren su aprobación y su favor. Si no es así, no es un ayuno verdadero y no produce ningún bien real.
Segundo, el ayuno tiene como propósito humillarnos. Es un día para afligir el alma. Si no expresa un dolor verdadero por el pecado ni ayuda a debilitar su poder, entonces no es ayuno en absoluto. La ley del Día de la Expiación establecía que ese día debían afligir sus almas (Levítico 16:29). En un día de ayuno debemos hacer aquello que realmente resulte doloroso para nuestra naturaleza pecaminosa, aunque fortalezca la parte renovada de nuestro ser.
Por eso, en un día de ayuno debemos buscar lo que verdaderamente agrada a Dios y lo que realmente humilla nuestra naturaleza pecaminosa y ayuda a debilitarla. Aquí se nos muestra, por contraste, qué no es el ayuno que Dios ha escogido y qué no cuenta como afligir el alma. No basta con parecer tristes, poner un rostro serio y sombrío, e inclinar la cabeza como un junco marchito. Así actuaban los hipócritas: se hacían ver miserables para que los demás pensaran que estaban ayunando (Mateo 6:16).
Bajar la cabeza era apropiado en el caso del recaudador de impuestos, quien estaba verdaderamente humillado y quebrantado por causa de su pecado. Ni siquiera se atrevía a levantar los ojos al cielo, como señal de un arrepentimiento profundo (Lucas 18:13). Pero cuando esa postura solo se imitaba, como en este caso, merecía ser ridiculizada. Se parecía a la cabeza de un junco que cuelga, algo que nadie nota ni considera importante. De la misma manera, la apariencia humilde del hipócrita es vacía, y sus esperanzas suben y desaparecen como un junco que por un tiempo se ve verde, pero pronto se marchita antes que otras plantas (Job 8:11-12).
Tampoco basta con practicar un poco de abnegación y afligir el cuerpo mientras se deja intacto el corazón del pecado. No basta con extender debajo del cuerpo tela áspera y cenizas, algo que puede causar cierto dolor por un momento, pero que pronto se olvida cuando la persona vuelve a descansar cómodamente, como los que se recostaban en sus camas en Amós 6:4. Por eso, cuando Dios pregunta si eso puede llamarse ayuno, la respuesta es no. Es solo la apariencia externa de un ayuno, no su verdadera esencia. Tampoco puede llamarse un día aceptable para el Señor, porque esa hipocresía le resulta detestable. Las formas externas de la religión, por impresionantes que parezcan ante los ojos humanos, no son aceptadas por Dios si el corazón no está verdaderamente comprometido.
Aquí se describe de manera positiva el ayuno verdadero que Dios ha escogido. Es aquello que demuestra un dolor real por el pecado y que de verdad debilita y doblega la naturaleza pecaminosa. Además, no se trata solamente de algo para un día, como algunos entienden Isaías 58:5, sino de algo que debe moldear toda la vida. Primero, debemos actuar con justicia hacia quienes hemos tratado con dureza. El ayuno que Dios escoge incluye reformar nuestra vida y deshacer el mal que hemos cometido (Isaías 58:6). Debemos soltar las cadenas de la maldad, esas cadenas que hemos atado injustamente y mediante las cuales hemos privado a otros de sus derechos o los hemos oprimido con un trato cruel. Lo que quizá comenzó como una exigencia legítima, como cobrar una deuda verdadera, puede convertirse en una cadena de maldad cuando se insiste en ella con excesiva dureza contra personas a quienes las circunstancias han empobrecido y dejado sin recursos. Esas cadenas deben romperse, o terminarán llevándonos a cadenas de culpa mucho peores. También debemos quitar de la espalda del siervo pobre la carga pesada, liberar de la amarga aflicción a los oprimidos que llevan una vida difícil y dejar libre al deudor que no tiene con qué pagar. Hay que retirar la demanda injusta, liberar al siervo que ha sido retenido más allá del tiempo de su servicio y romper todo yugo. No se trata solamente de liberar a quienes han sido sometidos injustamente, sino de quebrar el yugo de la esclavitud misma para que nunca vuelva a utilizarse.
Segundo, debemos ser generosos con quienes necesitan ayuda, como dice Isaías 58:7. Los actos mencionados antes pueden entenderse como justicia, porque liberan a personas a quienes hemos oprimido. Pero estos son claramente actos de caridad. Este es el ayuno que Dios ha escogido. Primero, alimenten a los que tienen hambre. Esto se menciona en primer lugar porque es la necesidad más urgente, y los pobres no pueden vivir mucho tiempo sin comida. «Comparte tu pan con el hambriento» significa dar comida de verdad, un pan obtenido honestamente, no robado a otros ni retenido de aquello que tú mismo necesitas. Debemos privarnos de algo para poder dar a quien tiene necesidad. Si en un día de ayuno guardamos comida para nosotros y nuestras familias, pero no damos nada, entonces ese ayuno es solo el ayuno de un avaro. Es ayunar para el mundo, no para Dios. El verdadero ayuno consiste en compartir el pan con el hambriento, no simplemente en darle las sobras, sino en darle lo suficiente para cubrir su necesidad.
Segundo, den refugio a quienes no tienen dónde vivir. Cuiden de los pobres que han sido expulsados, echados de sus hogares y dejados sin techo. Si sufren injustamente, no duden en alojarlos. No se limiten a conseguirles un cuarto y pagarlo en otro lugar; recíbanlos en su propia casa y conviértanlos en sus huéspedes. La Escritura dice: «No se olviden de recibir bien a los desconocidos». Algunos han hospedado ángeles, y todos los que reciben a los necesitados quizá estén recibiendo al mismo Cristo, quien recompensará esa bondad en la resurrección de los justos. «Fui forastero y me recibieron».
Tercero, vistan a quienes están desnudos. Cuando vean a alguien sin ropa, cúbranlo, tanto para protegerlo del clima como para ayudarlo a presentarse dignamente ante los demás. Denle ropa apropiada para usar en el culto y en la vida diaria. En todas estas cosas, no se escondan de su propia carne. Algunos entienden esto de manera más estricta, como un deber hacia los propios parientes y la familia. Si alguien de su hogar está necesitado, ustedes son peores que una persona sin fe si no proveen para él (1 Timoteo 5:8). Otros lo entienden de manera más amplia. Todos compartimos la misma naturaleza humana, así que debemos tratar a los demás como si fueran de nuestra propia carne. Por eso, no debemos evitarlos, fingir que no los vemos ni apartarnos cuando alguien necesitado viene a pedir ayuda. Recordemos que son carne de nuestra carne y que, al mostrarles bondad, al final también nos hacemos bien a nosotros mismos, pues así acumulamos un buen fundamento para el futuro.
De este capítulo
Isaías 58:1
"El Señor me dijo: Grita con fuerza y sin miedo; alza la voz como una trompeta. Reprende a mi pueblo por sus culpas y al pueblo de Jacob por sus pecados."
Isaías 58:2
"Me buscan diariamente y se alegran de conocer mis caminos, como si fueran un pueblo que practica el bien y no descuida mis leyes. Me piden leyes justas y se alegran de acercarse a mí,"
Isaías 58:4
"pasan el día de ayuno entre disputas y peleas, dando golpes criminales con los puños. Un día de ayuno así no puede lograr que yo escuche sus oraciones."
Isaías 58:5
"¿Creen que el ayuno que me agrada consiste en afligirse, agachar la cabeza como un junco y acostarse sobre la ceniza vestidos con ropas ásperas? ¿A eso llaman ustedes “ayuno” y “día agradable al Señor”?"
Isaías 58:6
"Pues no es así. El ayuno que me agrada consiste en esto: que rompas las cadenas de la injusticia y desates los nudos que aprietan el yugo; que dejes libres a los oprimidos y acabes, en fin, con toda tiranía;"
Isaías 58:7
"que compartas tu pan con el hambriento y recibas en tu casa al pobre que no tiene techo; que vistas al que no tiene ropa y no dejes de socorrer a tus semejantes."
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