Versículo destacado

Isaías 44:21 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Israel, pueblo de Jacob, recuerda que tú eres mi siervo; tú eres mi siervo, pues yo te formé. Israel, no te olvides de mí. "

Isaías 44:21

menu_book El versículo en contexto

19 No se ponen a pensar; les falta entendimiento para comprender y decir: «La mitad de la madera la puse a arder, y en las brasas cocí pan, asé carne y me la comí; con el resto hice esta cosa detestable. ¡Y lo que estoy adorando es un pedazo de palo!»

20 Verdaderamente, es como comer ceniza. Es dejarse engañar por ideas falsas. Esas personas no podrán salvarse. No serán capaces de entender que lo que tienen en sus manos es pura mentira.

21 Israel, pueblo de Jacob, recuerda que tú eres mi siervo; tú eres mi siervo, pues yo te formé. Israel, no te olvides de mí.

22 He hecho desaparecer tus faltas y pecados como desaparecen las nubes. Vuélvete a mí, pues yo te he libertado.

23 ¡Cielo, grita de alegría por lo que el Señor ha hecho! ¡Lancen vivas, abismos de la tierra! ¡Montañas y bosques, con todos sus árboles, griten llenos de alegría, porque el Señor ha mostrado su gloria al libertar a Israel, el pueblo de Jacob!

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En estos versículos vemos primero el deber al que Dios llamó a Jacob e Israel mientras aún estaban en cautiverio, para que estuvieran preparados para el rescate que él había planeado. Nuestra primera preocupación debe ser sacar provecho de nuestras dificultades; después podremos esperar que Dios nos saque de ellas. Ese deber se resume en dos palabras: recordar y regresar, de manera muy parecida a la advertencia dirigida a la iglesia en Éfeso (Apocalipsis 2:4-5).

«Recuerda», oh Jacob; recuerda lo que aprendiste acerca de la insensatez de los ídolos y conserva esas convicciones cuando vuelvas a sentirte tentado. Recuerda que eres mi siervo y, por lo tanto, no debes servir a otros amos. «Regresa a mí» (Isaías 44:22). Quienes se han alejado de Dios deben volver a él sin demora. Eso es lo que les pide en medio de su sufrimiento y también cuando él se acerca a ellos con misericordia.

Luego vemos las bendiciones que Dios prometió a Jacob e Israel mientras estaban en cautiverio. Lo que aquí les dice a quienes lo recuerdan y regresan a él también se aplica espiritualmente a todos los que vuelven a Dios de la misma manera. Es una palabra muy consoladora, porque dice más de lo que expresa de manera directa: «Oh Israel, no serás olvidado por mí» (Isaías 44:21). Cuando comenzamos a recordar a Dios, él comienza a recordarnos a nosotros, aunque en realidad él nos recuerda primero.

El bondadoso propósito de Dios para con su pueblo se basa en fundamentos firmes, y eso debe moldear lo que esperan de él. Él los sacará del cautiverio porque son sus siervos y porque tiene un reclamo legítimo contra quienes los mantienen cautivos. «Deja ir a mi pueblo, para que me sirva». Los siervos del Rey de reyes están bajo su cuidado especial.

También los formó como pueblo, formándolos desde el vientre (Isaías 44:24). Desde el comienzo de su crecimiento como nación, estuvieron bajo su cuidado y gobierno especial, más que cualquier otro pueblo. Él dio forma a su vida nacional, y su pacto con ellos fue el documento fundamental por el que llegaron a ser un solo pueblo. Como le pertenecen, él los salvará.

Ya los había redimido antes, rescatándolos muchas veces de grandes dificultades, y sigue siendo el mismo Dios en su relación con ellos. «Regresa a mí, porque yo te redimí» (Isaías 44:22). ¿A dónde más podrían ir sino a él? Como él los redimió además de formarlos, tiene un derecho aún mayor sobre ellos. Esto da una buena razón para que regresen fielmente a él y para que él, en su gracia, vuelva a acercarse a ellos. El Señor redimió a Jacob y está a punto de hacerlo otra vez (Isaías 44:23). Lo ha planeado porque es el Señor, su Redentor (Isaías 44:24). La redención que Dios realizó por nosotros mediante su Hijo nos da esperanza de recibir cada bendición prometida. Aquel que pagó un precio tan grande para redimirnos no perderá lo que compró.

Dios también se ha glorificado en su pueblo y seguirá haciéndolo (Isaías 44:23; Juan 12:28). Nos consuela saber que el honor de Dios mismo está unido a la liberación de la iglesia. Sin duda redimirá a Jacob, porque al hacerlo se glorificará. Esto también nos asegura que completará la redención de sus santos por medio de Jesucristo, porque llegará el día señalado en que será glorificado y admirado en todos ellos.

Él ha perdonado sus pecados, y esos pecados eran la causa de su sufrimiento y la única barrera que impedía su rescate (Isaías 44:22). Por eso quitará de sus cuellos el yugo del cautiverio: porque ha borrado sus pecados como una nube espesa. Nuestros pecados son como una nube pesada. Se interponen entre el cielo y la tierra e interrumpen la comunión entre Dios y nosotros (Isaías 59:2). También amenazan con desatar una tormenta de ira, como nubes oscuras que traen lluvia de juicio (Salmo 11:6).

Cuando Dios perdona el pecado, dispersa esa nube y vuelve a despejar el cielo. Dios mira el alma con favor, y el alma lo mira a él con alegría. La luz del Sol de justicia, es decir, Cristo, ahuyenta la nube. El pecado solo se perdona por medio de Cristo. Cuando el pecado es perdonado, desaparece como una nube que se ha desvanecido. «Se buscará la maldad de Jacob, pero no será hallada» (Jeremías 50:20). El consuelo que sigue al perdón es como la luz brillante que aparece después de las nubes y la lluvia.

La liberación del pueblo de Dios debe llenar de alegría a toda la creación (Isaías 44:23). «Canten, cielos». Esto significa que toda la creación tiene razones para regocijarse por la redención del pueblo de Dios. El mundo continúa existiendo por causa de esa redención, pues fue rescatado de la maldición que el pecado humano trajo sobre la tierra. También está siendo llevado de nuevo hacia el propósito para el que fue creado y un día será liberado de la corrupción, aunque ahora gime bajo su peso.

Se llama a los cielos a cantar porque el Señor lo ha hecho. Los ángeles y los habitantes del mundo celestial se alegran cuando Dios y los seres humanos son reconciliados (Lucas 15:7). También se alegran cuando Babilonia cae (Apocalipsis 18:20). Incluso quienes están lejos, los pueblos del mundo gentil, participan de esta alegría y alabanza. Las regiones más bajas de la tierra, junto con los bosques y los árboles, también aparecen dando gracias por la redención de Israel.

También tenemos razones firmes para esperar que, por grandes que parezcan los obstáculos para la liberación de la iglesia, serán vencidos fácilmente cuando llegue el momento de Dios. Así dice el Redentor de Israel: «Yo soy el Señor, quien hizo todas las cosas». Él las hizo al principio y todavía las está haciendo y ordenando, porque la providencia es una obra continua de creación. Todo ser, poder, vida, sensibilidad y excelencia provienen de Dios.

Él extiende los cielos por sí solo. No tiene ayudante ni necesita ninguno. Extiende la tierra con su propio poder. Ningún ser humano estaba allí cuando lo hizo (Job 38:4), y ninguna criatura le dio consejo ni lo ayudó. Solo su sabiduría eterna y su Palabra estaban con él entonces, como alguien que crecía a su lado (Proverbios 8:30). Que extienda los cielos por sí solo demuestra el alcance ilimitado de su poder. Hasta el hombre más fuerte necesita ayuda para extender algo, pero Dios extendió a solas el vasto firmamento y todavía lo sostiene con su propio poder.

Por eso Israel no debe desanimarse. Nada es demasiado difícil para quien hizo el mundo (Salmo 124:8). Como él hizo todas las cosas, puede usar cada una como le plazca y hacer que cumplan su propósito.

La caída de Babilonia dejaría al descubierto sus falsas profecías y avergonzaría a sus oráculos, como Isaías ya había dicho (Isaías 44:25). Cuando Dios sacara a su pueblo de Babilonia, demostraría que estaban equivocados los profetas mentirosos que afirmaban que al imperio babilónico todavía le quedaban muchos años. Decían tener señales y presagios que respaldaban sus predicciones, como si sus prácticas les dieran verdadera comprensión del futuro.

Ese día también frustraría a los políticos y consejeros en quienes Babilonia confiaba. Dios haría retroceder a los sabios, porque cuando sus planes fracasan se ven obligados a abandonarlos. Haría que los jueces parecieran necios y demostraría que su supuesta sabiduría era vacía. Quienes llegan a conocer a Cristo comprenden que todo su aprendizaje anterior era insensatez comparado con el conocimiento de él. Los que se oponen a Cristo también verán sus planes arruinados, como ocurrió con los planes de Ahitofel, y quedarán atrapados en su propia astucia (1 Corintios 3:19).

Esta liberación también confirmaría la verdad de la palabra de Dios, de la que muchos judíos habían dudado y de la que sus enemigos se habían burlado. Dios confirmaría la palabra de su siervo al hacer que se cumpliera a su debido tiempo, y llevaría a cabo el mensaje que sus mensajeros habían anunciado durante mucho tiempo a su pueblo (Isaías 44:26). El cumplimiento exacto de las profecías de la Escritura es una prueba contundente de que toda la Biblia es verdadera y proviene de Dios.

Dios también prometió cosas buenas específicas para su pueblo, que entonces estaba en cautiverio, como vemos en Isaías 44:26-28. Estas promesas fueron dadas mucho antes del exilio, para que el pueblo pudiera esperar disciplina, pero no una ruina definitiva. Jerusalén y las ciudades de Judá permanecerían en ruinas por un tiempo, vacías y quemadas, pero volverían a ser reconstruidas y a llenarse de habitantes. Dios había dicho a Jerusalén: «Serás habitada», y como Dios siempre tendrá una iglesia en el mundo, también levantará a quienes puedan decir: «Serás reconstruida» (Salmo 69:35-36).

Las ciudades de Judá también serían restauradas. El ejército asirio bajo el mando de Senaquerib solo las capturó por un tiempo, y después de que ese ejército fue derrotado, las ciudades regresaron ilesas a sus dueños. Pero los caldeos las destruyeron y se llevaron a sus habitantes, dejando que las poblaciones se deterioraran. Aun así, esas ruinas no durarían para siempre, porque Dios levantaría los lugares devastados. Él no mantiene su enojo para siempre. Una ciudad que pertenece a extranjeros puede permanecer en ruinas, pero la ciudad de los propios hijos de Dios solo queda apartada por un tiempo (Isaías 25:2).

El templo también sería destruido y quedaría en ruinas por un tiempo, pero sus cimientos volverían a colocarse. Para los judíos fieles, la pérdida del santuario fue la parte más triste de la destrucción; por eso, su restauración sería lo más feliz de su regreso. Jerusalén no estaría verdaderamente completa sin el templo, porque eso era lo que la hacía santa y hermosa. Por eso, a los judíos que regresaban les importaba sobre todo volver para reconstruir allí el templo del SEÑOR, el Dios de Israel (Esdras 1:3).

Dios también sabía que habría grandes obstáculos en el camino de su liberación, obstáculos que ellos jamás podrían vencer con sus propias fuerzas. Sin embargo, prometió quitarlos todos con su poder (Isaías 44:27). Él le dice al abismo: «Sécate», tal como lo hizo cuando sacó a Israel de Egipto. También puede mover una gran montaña y quitarla del camino, como le dijo a Zorobabel, el líder de los cautivos que regresarían: la montaña se convertiría en una llanura delante de él (Zacarías 4:7). Si un abismo o un río parece bloquear el camino, Dios puede secarlo. Más adelante, cuando Ciro tomó Babilonia al desviar el río Éufrates por varios canales, esta promesa se cumplió. Todo lo que se interponga en el camino de la liberación de Israel, Dios puede quitarlo con una sola palabra.

Ninguno de los judíos podía abrirse paso para salir de Babilonia por su propia fuerza o poder, pero Dios levantaría a un extranjero de una tierra lejana para abrirles el camino. Aquí incluso menciona a Ciro, muchos años antes de que naciera o fuera conocido (Isaías 44:28). Dios dice acerca de él: «Él es mi pastor». Israel es el pueblo de Dios, como ovejas en sus pastos, pero ahora está atrapado entre enemigos. Ciro sería el pastor que Dios usaría para ellos, enviado a liberarlos y guiarlos de regreso a sus propios pastos. Al hacerlo, cumpliría todo el propósito de Dios y llevaría a cabo lo que le agradaba.

Esto demuestra que Dios conoce de antemano hasta los acontecimientos más inesperados. Él sabía quién liberaría a su pueblo e incluso cómo se llamaría ese hombre. Cuando Dios así lo decide, puede permitir que su iglesia conozca esas cosas de antemano, para que, cuando ese nombre comience a escucharse, levante la mirada con esperanza, sabiendo que su liberación está cerca. Es un gran honor que incluso los gobernantes más poderosos sean usados por Dios como instrumentos de bondad hacia su pueblo. Para Ciro, ser el pastor de Dios fue un honor mayor que ser emperador de Persia.

Dios también usa a las personas como él quiere, incluso a hombres fuertes que parecen tener completa libertad para actuar según sus propios deseos. Aunque crean que solo están sirviéndose a sí mismos, Dios sigue llevando a cabo su propio plan por medio de ellos y haciendo que cumplan todo lo que él desea.

Los príncipes ricos harán lo que los profetas pobres anunciaron. Los grandes y poderosos de este mundo cumplirán lo que Dios habló mucho tiempo atrás por medio de sus humildes mensajeros. Lo que en su momento parecía débil e improbable, al final demostrará ser verdad.

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