Versículo destacado

Isaías 43:8 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Hagan venir a mi pueblo, que tiene ojos, pero está ciego, y tiene oídos, pero está sordo. "

Isaías 43:8

menu_book El versículo en contexto

6 Diré al norte: “Devuélvelos”, y al sur: “No te quedes con ellos. Trae a mis hijos y a mis hijas desde lejos, desde el extremo del mundo,

7 a todos los que llevan mi nombre, a los que yo creé y formé, a los que hice para mi gloria”.

8 Hagan venir a mi pueblo, que tiene ojos, pero está ciego, y tiene oídos, pero está sordo.

9 Reúnanse todos los pueblos; júntense las naciones. ¿Quién entre ellas había predicho esto o había anunciado los sucesos pasados? Que presenten testigos y prueben que tienen razón, para que se oiga y se diga que es la verdad.

10 El Señor afirma: Ustedes son mis testigos, mis siervos, a quienes yo elegí para que me conozcan, confíen en mí y entiendan quién soy. Antes de mí no ha existido ningún dios, ni habrá ninguno después de mí.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí Dios desafía a los adoradores de ídolos a demostrar que sus dioses falsos son verdaderamente divinos. Señala un ejemplo claro: la liberación de los judíos de Babilonia. Incluso ese solo acontecimiento debería bastar para mostrar que el Dios de Israel es el Dios verdadero y viviente, y que no hay otro.

Se llama a los defensores de la idolatría a presentarse y hablar en defensa de sus ídolos (Isaías 43:8-9). Sus dioses tienen ojos, pero no pueden ver; tienen oídos, pero no pueden oír. Quienes los fabrican y confían en ellos terminan pareciéndose a ellos, como David dijo anteriormente (Salmo 115:8). El profeta llama ciegos a los idólatras que tienen ojos y sordos a los que tienen oídos. Tienen forma y capacidades humanas, pero en realidad carecen de entendimiento y razón; de lo contrario, nunca adorarían a dioses que ellos mismos fabricaron. Por eso, que se reúnan todas las naciones, que se ayuden unas a otras y que presenten sus mejores argumentos a favor de sus dioses inútiles. Si no tienen nada que decir en su defensa, que escuchen lo que el Dios de Israel declara para desenmascararlos y condenarlos.

Entonces se convoca a los propios testigos de Dios para que hablen en su favor (Isaías 43:10): Israel, todos los que son llamados por su nombre, y su siervo escogido. Esto incluye a todos los profetas que dieron testimonio acerca de Cristo, y al mismo Cristo, el gran profeta y siervo escogido por Dios (Isaías 42:1). El pueblo de Dios es su testigo porque conoce por experiencia su poder, su bondad, su cuidado y la verdad de sus promesas. Con gusto dará testimonio de que él es misericordioso y de que ninguna de sus palabras ha fallado. De manera especial, los profetas son sus testigos porque recibieron conocimiento de sus secretos. Sobre todo, el Mesías da testimonio de Dios, porque vino del Padre y lo dio a conocer.

El punto que estos testigos deben demostrar es claro: «Ustedes son mis testigos —declara el Señor—, y yo soy Dios» (Isaías 43:12). Quienes ya confiesan que el Señor es Dios deben estar dispuestos a contarles a otros lo que saben de él, para que ellos también lleguen a conocerlo. Como dice la Escritura: «Creí, y por eso hablé». Puesto que conocen, creen y entienden, deben testificar que solo él es Dios, el único Dios verdadero, aquel a quien debemos temer, adorar y en quien debemos confiar.

Antes de que existiera el tiempo, antes del primer día de la creación, él ya era Dios: «Yo soy» (Isaías 43:13). Los ídolos son inventos recientes, dioses que surgieron ayer (Deuteronomio 32:17). Pero el Dios de Israel existe desde la eternidad. No hubo ningún dios formado antes de él, ni habrá ninguno después de él.

Esto también significa que solo él es el Señor, el gran Jehová, el Ser eterno que es, que era y que ha de venir. Fuera de él no hay Salvador (Isaías 43:11). Observa aquello de lo que Dios se gloría. No destaca principalmente que sea el único gobernante, sino que es el único Salvador. Él se deleita en hacer el bien; es el Salvador de todos (1 Timoteo 4:10).

La verdadera divinidad del Señor se demuestra de dos maneras. Primero, él posee un conocimiento perfecto e infalible, como lo muestran las predicciones de su palabra (Isaías 43:12). En efecto, dice que ha declarado y mostrado lo que siempre sucedió exactamente como él lo anunció. Nunca habló ni mostró algo que fracasara. Lo hizo cuando no había ningún dios extraño entre ellos, es decir, cuando no pretendían consultar a otro oráculo o profeta. Como se declaró cuando Israel salió de Egipto, el Señor fue quien lo guio, y no había ningún dios extranjero con él.

Segundo, Dios tiene un poder ilimitado e imparable, demostrado por sus obras providenciales. No solo dice: «He mostrado», sino también: «He salvado». No solamente anuncia de antemano lo que nadie más puede conocer; también hace lo que nadie más puede hacer. Nadie puede rescatar de su mano a quienes él decide castigar, ni el poder humano ni ninguno de los dioses de las naciones (Isaías 43:13). Es algo temible caer en las manos del Dios viviente, porque nadie puede escapar de ellas. Él cumplirá lo que se ha propuesto, tanto en misericordia como en juicio, y nadie puede impedirlo ni retrasarlo.

Los dioses de las naciones que compiten con él no son simplemente inferiores. No son dioses en absoluto (Isaías 43:9). Esto queda demostrado por el desafío que se les presenta: ninguno de ellos puede declarar lo que Dios anuncia ahora ni predecir el futuro. Tampoco puede explicar las cosas pasadas, como se plantea en Isaías 41:22. No pueden inspirar siquiera a un historiador verdadero, mucho menos a un profeta. Se les pide que presenten a sus testigos y demuestren que conocen todas las cosas y que pueden hacer todas las cosas. Si pudieran demostrarlo, quedarían justificados ellos y también los idólatras que los honran. Pero si no pueden, deben admitir la verdad y reconocer al único Dios verdadero. La causa de Dios nunca teme un juicio justo. Quienes no pueden defender su religión falsa deben rendirse ante la verdad y someterse a la verdadera fe.

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