Versículo destacado
Isaías 42:18 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Sordos, escuchen; ciegos, fíjense y vean. "
Isaías 42:18
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
16 Llevaré a los ciegos por caminos y senderos que no conocían. Convertiré la oscuridad en luz delante de ellos y los lugares quebrados en terreno llano. Haré estas cosas sin falta.
17 Los que confían en un ídolo, los que dicen a unas estatuas: “Ustedes son nuestros dioses”, se alejarán avergonzados.
18 Sordos, escuchen; ciegos, fíjense y vean.
19 No hay nadie tan ciego ni tan sordo como mi siervo, mi enviado; nadie tan ciego ni tan sordo como mi mensajero, el siervo del Señor.
20 Ha visto muchas cosas, pero no se fija en ellas; puede oír, pero no escucha nada.
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El profeta ya había pronunciado palabras de consuelo y ánimo para los judíos creyentes que esperaban el consuelo prometido a Israel. Ahora se dirige a los incrédulos que estaban entre ellos, para poner al descubierto su pecado y humillarlos. Incluso entre los exiliados en Babilonia había algunos semejantes a los higos malos de la visión de Jeremías, enviados allí para sufrir daño y convertirse en una vergüenza y un dicho proverbial (Jeremías 24:9). Eran una imagen de los judíos que rechazaron a Cristo y luego fueron rechazados por él, quedando cada vez más bajo la maldición, mientras que los que creyeron heredaron la bendición. Estaban quebrantados y arruinados, y permanecen esparcidos hasta el día de hoy.
Primero, observa el llamado que se les hace en (Isaías 42:18): «Oigan, sordos; y miren, ciegos, para que vean». No hay nada irrazonable en este mandato. No deshonra la sabiduría ni la bondad de Dios llamar a las personas a hacer lo bueno, aun cuando no puedan hacerlo por sí mismas. Las personas todavía tienen capacidades naturales que deberían usar mejor, y pueden recibir la gracia de Dios si su propia culpa no se lo impide, aunque moralmente no tengan la capacidad de hacer lo correcto. Este llamado a los sordos para que oigan y a los ciegos para que vean es semejante al mandato dado al hombre que tenía la mano paralizada: que la extendiera. No podía hacerlo porque su mano estaba paralizada; sin embargo, si se hubiera negado a intentarlo, no habría sido sanado. Su sanidad no vino de su propia acción, sino del poder de Dios.
Segundo, considera la descripción que se les da en (Isaías 42:19-20): «¿Quién es ciego sino mi siervo, o sordo como mi mensajero?». Los judíos eran, por nombre, siervos de Dios, y sus sacerdotes y ancianos eran sus mensajeros (Malaquías 2:7). Sin embargo, eran sordos y ciegos. El versículo anterior también puede entenderse como una reprensión a los idólatras de las naciones, a quienes Dios llama sordos y ciegos porque adoraban dioses que no podían ver ni oír. Pero el punto es que el propio pueblo de Dios era igual de malo, y muchos de ellos estaban profundamente entregados a la idolatría.
El profeta se lamenta de su insensibilidad: eran ciegos; y de su obstinación: eran sordos. Eran peores que las mismas naciones. Cuando lo mejor se corrompe, se convierte en lo peor. ¿Quién es más deliberada y vergonzosamente ciego y sordo que mi siervo y mi mensajero; que Jacob, mi siervo (Isaías 41:8); y que sus profetas y maestros, que son mis mensajeros? ¿Quién es más ciego que el pueblo que afirma ser perfecto y que debería haber estado más cerca de la justicia que cualquier otro? Sus profetas hablaban falsamente, el pueblo se dejaba gobernar por ellos y, aun así, se negaba a ver aunque la luz brillara delante de sus ojos. Tristemente, es común que quienes se consideran siervos y mensajeros de Dios sean espiritualmente ciegos y sordos, ignorantes, equivocados y negligentes. Esa ceguera es peor en ellos que en otros, porque produce un pecado mayor, una vergüenza mayor, un deshonor mayor para Dios y un juicio más severo sobre ellos mismos.
Luego el profeta describe con mayor detalle la ceguera y la obstinación de la nación judía, tal como Jesús las describió después en su propia época (Mateo 13:14-15): «Ven muchas cosas, pero no las observan». Muchas personas se arruinan porque no prestan atención a lo que pueden ver claramente. No se pierden por falta de pruebas, sino por su descuido. Los judíos de la época de Jesús vieron muchas señales de su misión divina, pero no las reconocieron. Parecía que abrían sus oídos para escucharlo, pero en realidad no oían. Es decir, no prestaban atención, no entendían, no creían ni obedecían. En ese sentido, era como si nunca hubieran oído.
Tercero, vemos el cuidado de Dios por el honor de su propio nombre, aun cuando las personas son ciegas y sordas, especialmente en relación con su palabra, a la que ha honrado por encima de todo su nombre. ¿Hará que la incredulidad y la obstinación humanas fracasen las promesas de Dios? De ninguna manera (Romanos 3:3-4). Aunque ellos sean ciegos y sordos, Dios no perderá su gloria al final. En (Isaías 42:21) se dice: «El Señor se complació por amor de su justicia». Él no se complace en su pecado, sino en manifestar su propia justicia al rechazar a quienes rechazan la gran salvación. Habla como quien queda aliviado y satisfecho al ejecutar el juicio (Isaías 1:24; Ezequiel 5:13). Las Escrituras se cumplieron tanto en el rechazo de los judíos como en el llamamiento de las naciones, y en esto el Señor se complació.
Él engrandecerá la ley y la hará honorable. La ley es verdaderamente honorable, y sus asuntos son de gran importancia. Si las personas no la honran obedeciéndola, Dios la honrará castigando la desobediencia. Engrandecerá la ley al cumplir lo que ella declara y al mostrar su autoridad, su poder y su justicia. Lo hará en el juicio final, cuando todas las personas sean juzgadas por la ley que da libertad (Santiago 2:12). También lo hace cada día. ¿Qué está haciendo Dios en el mundo, sino engrandecer la ley y hacerla honorable?
Cuarto, Dios traerá sufrimiento sobre la nación judía por su ceguera y sordera voluntarias, como se muestra en (Isaías 42:22). Han sido saqueados y despojados. Los que permanecieron impenitentes e inconmovibles en Babilonia fueron condenados a un cautiverio duradero. Sus pecados les hicieron perderlo todo, no solo en su propia tierra, sino también en la tierra de sus enemigos. Algunos quedaron atrapados en fosas y otros fueron encerrados en prisiones. No podían liberarse porque estaban atrapados; sus amigos no podían librarlos porque estaban escondidos, y sus enemigos los habían olvidado en la prisión. Ellos y todo lo que tenían fueron entregados como presa y botín, y nadie los libró, ni por la fuerza ni pagando un rescate. Nadie se atrevía siquiera a decirles a los opresores orgullosos: «Devuelvan lo que tomaron». Así permanecieron donde estaban y, al parecer, allí seguirían. Esto se cumplió plenamente en la destrucción final de la nación judía a manos de los romanos, que Dios trajo sobre ellos por haber rechazado el evangelio de Cristo.
Quinto, el profeta les da instrucciones para encontrar alivio, porque aunque su situación es triste, no carece de esperanza. La gran mayoría es sorda y no escuchará la palabra de Dios. Por eso Dios intentará otro medio, para ver quiénes entre ellos escucharán su vara, como se expresa en (Isaías 42:23). No debemos renunciar a las personas que durante mucho tiempo han resistido en vano a la razón y a las advertencias. Algunas quizá todavía, al final, presten atención y escuchen. Si un medio no funciona, puede funcionar otro. De ese modo, los pecadores quedarán sin excusa. Debemos recordar dos cosas: todos podemos oír la voz de Dios si estamos dispuestos, y se nos invita y se nos manda escucharla. Vale la pena considerar quiénes realmente perciben cuando Dios habla y quiénes están dispuestos a escuchar.
De los muchos que oyen la voz de Dios, muy pocos realmente la escuchan o le prestan atención. Pueden oír las palabras, pero no las escuchan con cuidado ni las aplican a sí mismos. Cuando oímos la Palabra de Dios, debemos mirar hacia lo que viene después de esta vida. Debemos escucharla pensando en los días que tenemos por delante, en lo que pueda suceder antes de morir y, sobre todo, en la eternidad. Tenemos que escuchar teniendo presente el mundo venidero.
El consejo que aparece aquí consiste, primero, en reconocer la mano de Dios en sus sufrimientos. Cualesquiera que hayan sido los agentes humanos, ellos debían ver a Dios como el actor principal. La pregunta de Isaías 42:24 significa, en efecto: «¿Quién entregó a Jacob y a Israel, un pueblo antes favorecido en el cielo y poderoso en la tierra, en manos de los saqueadores, como ahora lo están ante los babilonios y los romanos? ¿No fue el Señor?». Ellos ya conocían la respuesta. Por eso debían considerarla y escuchar la voz de Dios en esos juicios.
Segundo, debían admitir que habían provocado que Dios los abandonara y que habían atraído esas calamidades sobre sí mismos. Esos castigos llegaron primero porque quebrantaron la ley de Dios. El profeta se incluye entre los pecadores, como lo hizo Daniel en Daniel 9:7-8. En efecto, dice: «Hemos pecado. Todos hemos contribuido a alimentar el fuego, y algunos entre nosotros se han negado obstinadamente a andar por los caminos de Dios». Jacob e Israel nunca habrían sido entregados a los saqueadores si no se hubieran vendido a sí mismos por causa de su propio pecado.
Por haber quebrantado los mandamientos de la ley, Dios hizo caer sobre ellos las maldiciones de la ley. No permitió simplemente que la ira descendiera; derramó la furia de su enojo y la fuerza de la batalla. Eso produjo toda la devastación de la guerra, y la tierra quedó encendida por todas partes. El favor de Dios protege a los justos, pero su ira es poderosa y no puede ser resistida ni evitada. El pecado causa un gran daño, porque despierta la ira de Dios contra un pueblo y extiende la ruina por todas partes.
Estos juicios también permanecieron sobre ellos porque estaban insensibles y no cambiaban ante la disciplina de Dios. El fuego de la ira de Dios ardía contra ellos, pero no lo entendían. No reconocían la mano de Dios en sus aflicciones. Aunque no podían dejar de ver y sentir el dolor, aun así no lo tomaban en serio. No se humillaban ante las severas advertencias de Dios, ni estas los conmovían en lo más mínimo. Quienes no se quebrantan ante juicios más leves deben esperar otros más severos, porque cuando Dios juzga, prevalece.
De este capítulo
Isaías 42:1
"Aquí está mi siervo, a quien sostengo, mi elegido, en quien me deleito. He puesto mi espíritu en él para que lleve la justicia a todas las naciones."
Isaías 42:2
"No gritará ni levantará la voz, ni hará oír su voz en las calles,"
Isaías 42:3
"no acabará de romper la caña quebrada ni apagará la mecha que arde débilmente. Verdaderamente traerá la justicia."
Isaías 42:4
"No descansará ni se quebrará su ánimo hasta que establezca la justicia en la tierra. Los países del mar estarán atentos a sus enseñanzas."
Isaías 42:5
"Dios, el Señor, que creó el cielo y lo extendió, que formó la tierra y lo que crece en ella, que da vida y aliento a los hombres que la habitan, dice a su siervo:"
Isaías 42:6
"Yo, el Señor, te llamé y te tomé de la mano para que seas instrumento de salvación; yo te formé, pues quiero que seas señal de mi alianza con el pueblo y luz de las naciones."
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