Versículo destacado

Isaías 39:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Por aquel tiempo, el rey Merodac-baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, oyó que Ezequías había estado enfermo, pero que ya había recuperado la salud, y por medio de unos mensajeros le envió cartas y un regalo. "

Isaías 39:1

menu_book El versículo en contexto

1 Por aquel tiempo, el rey Merodac-baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, oyó que Ezequías había estado enfermo, pero que ya había recuperado la salud, y por medio de unos mensajeros le envió cartas y un regalo.

2 Ezequías se alegró de su llegada y les mostró su tesoro: la plata, el oro, los perfumes, el aceite fino, su depósito de armas y todo lo que se encontraba en sus depósitos. No hubo nada en su palacio ni en todo su reino que no les mostrara.

3 Entonces el profeta Isaías fue a ver al rey Ezequías y le preguntó: —¿De dónde vinieron esos hombres y qué te dijeron? Ezequías respondió: —Vinieron de un país lejano; vinieron de Babilonia.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

De esto podemos aprender varias lecciones.

La bondad humana y los buenos modales deben llevarnos a alegrarnos con nuestros amigos y vecinos cuando ellos se alegran, y a felicitarlos por haber sido librados de alguna dificultad, especialmente cuando se recuperan de una enfermedad. El rey de Babilonia oyó que Ezequías había estado enfermo y se había recuperado, así que envió un mensaje para honrarlo. Si los cristianos no muestran bondad hacia sus vecinos, hasta los incrédulos podrían avergonzarlos con su ejemplo.

Es apropiado honrar a quienes Dios ha honrado. Los babilonios adoraban al sol y, cuando supieron que el sol había retrocedido diez grados por causa de Ezequías, sintieron que debían mostrarle todo el respeto posible. Si la gente está dispuesta a honrar así a sus dioses, cuánto más deberíamos honrar nosotros al Dios verdadero.

Quienes no valoran a las personas buenas por su piedad todavía pueden sentirse impulsados a respetarlas por otras razones, especialmente por las ventajas que obtienen en este mundo. El rey de Babilonia buscó el favor de Ezequías, no porque fuera devoto, sino porque tenía éxito. De la misma manera, los filisteos quisieron hacer amistad con Isaac porque vieron que el Señor estaba con él (Génesis 26:28). Babilonia también era enemiga de Asiria, así que el rey babilonio valoraba a Ezequías porque el poder de Dios había debilitado a Asiria.

Es difícil mantener la humildad cuando Dios nos concede grandes éxitos. Ezequías es un ejemplo de ello. Era un hombre sabio y bueno; sin embargo, después de recibir milagro tras milagro, le resultó difícil evitar que el orgullo se apoderara de él. Incluso el apóstol Pablo necesitó tener una espina en la carne para no enorgullecerse por las muchas revelaciones que había recibido.

Debemos vigilar nuestro corazón cuando mostramos a nuestros amigos lo que poseemos, lo que hemos hecho o lo que hemos logrado. Es fácil comenzar a pensar demasiado bien de nosotros mismos, como si nuestra fuerza o nuestro mérito nos hubieran conseguido todo esto. Cuando hablamos de nuestras bendiciones, debemos hacerlo con agradecimiento humilde, reconociendo que no las merecemos, y alabando con gratitud la bondad de Dios. También debemos mostrar el debido respeto por los logros de los demás y recordar que nuestras bendiciones pueden cambiar rápidamente, para no comportarnos como si nuestra posición fuera inamovible.

Es una grave debilidad que las personas piadosas den demasiada importancia al respeto social que les muestran quienes viven conforme a los valores de este mundo, aunque ese respeto sea poco común. Fue lamentable que Ezequías, a quien Dios ya había honrado grandemente, se alegrara tanto por la atención de un rey pagano, como si eso añadiera algo a su valor. Debemos responder a esa bondad con gratitud, pero no enorgullecernos por causa de ella.

Debemos esperar rendir cuentas por el orgullo, aun cuando permanezca oculto y se manifieste en cosas que nos parecían inofensivas. Por eso debemos examinarnos. Cuando hayamos recibido visitas de personas que nos elogiaron y disfrutaron de nuestra compañía, debemos cuidar atentamente que nuestro corazón no se envanezca. Si percibimos alguna señal de que este pecado astuto y sutil ha entrado en nuestro corazón y se ha mezclado con nuestras palabras, debemos avergonzarnos de ello y, como Ezequías en este pasaje, confesarlo sinceramente y asumir la culpa.

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