Versículo destacado
2 Reyes 20:12 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Por aquel tiempo, el rey Merodac-baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, oyó que Ezequías había estado enfermo y, por medio de unos mensajeros, le envió cartas y un regalo. "
2 Reyes 20:12
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
10 Ezequías le contestó: —Que la sombra avance es fácil. Lo difícil es que retroceda.
11 Entonces el profeta Isaías invocó al Señor, y el Señor hizo que la sombra retrocediera las diez gradas que había avanzado en el reloj de sol de Ahaz.
12 Por aquel tiempo, el rey Merodac-baladán, hijo de Baladán, rey de Babilonia, oyó que Ezequías había estado enfermo y, por medio de unos mensajeros, le envió cartas y un regalo.
13 Ezequías los atendió y les mostró su tesoro: la plata, el oro, los perfumes, el aceite fino, su depósito de armas y todo lo que había en sus depósitos. No hubo nada en su palacio ni en todo su reino que no les mostrara.
14 Entonces el profeta Isaías fue a ver al rey Ezequías y le preguntó: —¿De dónde vinieron esos hombres y qué te dijeron? Ezequías respondió: —Vinieron de un país lejano; vinieron de Babilonia.
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Esta es la primera parte de la historia: la delegación que el rey de Babilonia envió a Ezequías para felicitarlo por su recuperación (2 Reyes 20:12). Hasta ese momento, los reyes de Babilonia habían sido solamente gobernantes subordinados a los reyes de Asiria, y Nínive era la ciudad real. Leemos que Babilonia estaba sujeta a Asiria (2 Reyes 17:24). Pero este rey de Babilonia comenzaba a fortalecerse por su cuenta y, con el tiempo, la situación cambió hasta que Asiria quedó bajo el poder de Babilonia.
El rey de Babilonia envió a sus mensajeros para honrar a Ezequías y ganarse su favor por dos razones. La primera era religiosa. Los babilonios adoraban al sol y, cuando escucharon cómo su dios había honrado a Ezequías al hacer retroceder la sombra, pensaron que ellos también debían honrarlo. Es bueno tener como amigos a quienes el cielo favorece claramente. La segunda razón era política. Si el rey de Babilonia intentaba independizarse del rey de Asiria, era una buena estrategia ganarse a Ezequías como aliado. Babilonia tenía razones para agradecerle a Ezequías y, más aún, para agradecerle al Dios de Ezequías por el golpe que había debilitado a Asiria. El rey podía ver que ningún aliado sería más poderoso ni más útil que alguien que gozara de tal favor celestial. Por eso envió embajadores, cartas y un regalo, mostrando a Ezequías un gran respeto.
Ezequías recibió amablemente a esos embajadores (2 Reyes 20:13). Era correcto tratarlos con el respeto debido, pues eran mensajeros oficiales. Pero fue demasiado lejos y se mostró excesivamente interesado en agradarles. Los escuchó con demasiada facilidad. Aunque eran idólatras, se acercó a ellos, aceptó rápidamente una alianza con su rey y les dio todo lo que querían. Se abrió ante ellos más de lo debido y no permaneció alerta.
También les mostró su palacio, sus tesoros y sus almacenes, para que pudieran ver y contarle a su rey cuán grande era él y cuán digno del honor que su señor le había mostrado. El texto no dice que les haya mostrado el templo, la ley ni la manera en que adoraba a Dios, aunque esa habría sido una excelente oportunidad para guiarlos hacia la verdadera fe. En vez de eso, para no ofenderlos, dejó ese tema de lado y les mostró las riquezas de su propia casa: los tesoros que había reunido desde que el rey de Asiria había vaciado sus arcas, además de su plata, oro, especias y todo objeto valioso que poseía. Tal vez, a los ojos del mundo, no hizo nada fuera de lo común, pues la gente suele mostrarles a los extranjeros las riquezas y maravillas de una tierra, o a sus amigos sus casas, jardines, establos y bibliotecas. Sin embargo, si esto se hace por orgullo, como lo hizo Ezequías, para recibir la alabanza de la gente y no para darle gloria a Dios, se convierte en pecado.
Entonces Isaías, quien muchas veces había consolado a Ezequías, llegó para reprenderlo (2 Reyes 20:14-15). El Espíritu Santo hace ambas cosas, como dijo Jesús (Juan 16:7-8), y los ministros deben hacer lo mismo cuando sea necesario. Isaías habló en nombre de Dios, así que interrogó a Ezequías con autoridad: quiénes eran esos hombres, de dónde habían venido, qué querían y qué habían visto. Ezequías no se resistió a las preguntas. Respondió con franqueza: «No hay nada en mis tesoros que no les haya mostrado». Aun así, habría sido mejor que primero llevara a esos hombres ante Isaías y les mostrara al profeta, quien seguramente era el mayor tesoro de la tierra. Las oraciones y profecías de Isaías habían formado parte de todas las maravillas que esos enviados habían venido a conocer.
Luego vino la sentencia contra el orgullo de Ezequías y su amor excesivo por las cosas materiales, aun después de haber tenido tan recientemente un trato cercano con las realidades divinas (2 Reyes 20:17-18). En primer lugar, los tesoros de los que se sentía orgulloso serían llevados algún día, y su propia familia sería despojada de ellos. Es justo que Dios nos quite aquello que se convierte en objeto de nuestro orgullo y en aquello en lo que depositamos nuestra confianza. En segundo lugar, el rey de Babilonia, el gobernante con quien Ezequías había estado tan ansioso por entablar amistad, se convertiría en el enemigo que se llevaría esos tesoros. Esta no fue la causa directa del juicio posterior, pues los pecados de Manasés, hijo de Ezequías —especialmente su idolatría y sus asesinatos—, trajeron aquella ruina. Pero Dios se lo anunció a Ezequías desde ese momento para mostrarle cuán insensato había sido su orgullo y cuán equivocado estaba al valorar tanto a Babilonia. Ezequías se había alegrado de ayudar a Babilonia a levantarse y de debilitar el gran poder de Asiria. Sin embargo, ahora se le dice que la serpiente que estaba alimentando pronto mordería la mano que le daba de comer, y que sus descendientes reales se convertirían en esclavos en Babilonia, como sucedió más adelante (Daniel 1:1 y siguientes). Nada podía haber sido más doloroso para Ezequías. Babilonia llevaría la ruina a quienes amaban a Babilonia. Por eso son sabios y dichosos quienes salen de ella (Apocalipsis 18:4).
Entonces Ezequías se sometió con humildad y paciencia a esta palabra (2 Reyes 20:19). Observemos cómo llegó a aceptar esa sumisión. En efecto, dijo que la palabra del Señor era buena, incluso esta palabra, aunque anunciara tiempos difíciles. Toda palabra de Dios es buena. No solo es correcta, sino también buena, porque Dios no hace nada malo ni desea el mal de quienes verdaderamente le pertenecen. También es buena porque Dios hará que produzca algo bueno y la usará para beneficio de Ezequías al advertirle de antemano. Debemos creer esto acerca de cada obra de la providencia: que es buena y obra para bien.
Ezequías también reconoció la parte favorable del mensaje: no viviría para ver aquel mal, y mucho menos tendría que experimentarlo. Tomó una palabra oscura y le sacó el mejor provecho. Preguntó, en efecto: «¿Acaso no es bueno?». Sí, era bueno, y mejor de lo que merecía. Los verdaderos arrepentidos, cuando Dios los reprende, llaman a sus juicios no solo justos, sino también buenos. No se limitan a someterse al castigo por el pecado, sino que lo aceptan. Ezequías actuó así, y de esa manera quedó demostrado que verdaderamente se había humillado por el orgullo de su corazón.
Cuando atravesamos circunstancias oscuras, o cuando el futuro se ve sombrío en la vida pública o en nuestra propia vida, debemos fijarnos tanto en lo que está a nuestro favor como en lo que está en nuestra contra. Eso nos ayuda a darle gracias a Dios y, mediante la paciencia, a mantener firmes nuestras almas.
En los asuntos públicos, es bueno —y tenemos la obligación de considerarlo bueno— que haya paz y verdad durante nuestros días. Esto significa que, aunque nos falten otras cosas, es una gran bendición que la verdadera religión se enseñe y se proteja abiertamente, que tengamos Biblias y ministros, y que podamos disfrutarlos en paz, sin temor a la guerra ni a la persecución. También es bueno que, aunque después de nuestra partida vengan dificultades, las cosas estén bien durante nuestros propios días.
No debemos ser indiferentes ante lo que les suceda a quienes vienen después de nosotros. Es correcto entristecernos cuando vemos acercarse tiempos difíciles. Aun así, debemos reconocer que, en general, retrasar los juicios es una gran misericordia, y que para nosotros es una misericordia especial que se retrasen hasta que podamos morir en paz. No sabemos cómo soportaríamos esa prueba, así que tenemos razones para considerar bueno que podamos llegar a salvo al cielo antes de que llegue.
Esto nos lleva al final de la vida y la historia de Ezequías (2 Reyes 20:20-21). En 2 Crónicas 29–32 se cuenta mucho más acerca de la obra de reforma de Ezequías que en este libro de los Reyes. También parece que en los registros civiles, que ya no están disponibles, se escribieron muchas cosas acerca de su poder y de las obras buenas que hizo por Jerusalén, especialmente al llevar agua a la ciudad mediante conductos. Tener agua en abundancia, sin tener que luchar por ella ni sentir temor al sacarla, es una gran misericordia, porque la falta de agua sería un desastre grave.
Sin embargo, esta historia deja a Ezequías descansando con sus antepasados, con un hijo en el trono que resultó ser muy malvado. Los padres no pueden darles gracia a sus hijos. El malvado Acaz fue hijo de un padre piadoso y padre de un hijo piadoso. El santo Ezequías fue hijo de un padre malvado y padre de un hijo malvado. Cuando la tierra no fue reformada como debía durante un buen reinado, después fue dañada y preparada para la ruina por un reinado malo. Aun así, Dios le concedió después otro buen reinado, mostrando cuánto se resistía a abandonar a su pueblo.
De este capítulo
2 Reyes 20:1
"Por aquel tiempo, Ezequías cayó gravemente enfermo. El profeta Isaías, hijo de Amós, fue a verlo y le dijo: —El Señor dice: “Da tus últimas instrucciones a tu familia, porque vas a morir; no te curarás”."
2 Reyes 20:2
"Ezequías volvió el rostro hacia la pared y oró al Señor de esta manera:"
2 Reyes 20:3
"«Te suplico, Señor, que recuerdes cómo te he servido fiel y sinceramente, haciendo lo que te agrada». Y lloró amargamente."
2 Reyes 20:4
"Y ocurrió que antes de que Isaías saliera al patio central del palacio, el Señor se dirigió a Isaías y le dijo:"
2 Reyes 20:5
"Vuelve y dile a Ezequías, jefe de mi pueblo: “El Señor, Dios de tu antepasado David, dice: He escuchado tu oración y he visto tus lágrimas. Voy a sanarte, y dentro de tres días podrás ir al templo del Señor."
2 Reyes 20:6
"Voy a darte quince años más de vida. A ti y a Jerusalén los libraré del rey de Asiria. Protegeré esta ciudad por consideración a mi siervo David y a mí mismo”."
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