Versículo destacado

Isaías 33:13 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Los que están lejos, escuchen lo que he hecho; y los que están cerca, reconozcan mi poder. "

Isaías 33:13

menu_book El versículo en contexto

11 Los planes y las obras de ustedes son paja y basura; mi soplo los devorará como un incendio.

12 Los pueblos quedarán reducidos a cenizas; arderán en el fuego como espinos cortados.

13 Los que están lejos, escuchen lo que he hecho; y los que están cerca, reconozcan mi poder.

14 En Sión tiemblan los pecadores, y los impíos se llenan de terror y dicen: «¿Quién de nosotros puede vivir en un fuego destructor, en una hoguera eterna?»

15 El que actúa rectamente y dice la verdad, el que no se enriquece abusando de la fuerza ni se deja comprar con regalos, el que no hace caso de sugerencias criminales y cierra los ojos para no fijarse en el mal,

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí hay una advertencia que merece atención. Todos deben escuchar, tanto los que están cerca como los que están lejos, lo que Dios dice y hace (Isaías 33:13). Que las tierras lejanas y las generaciones futuras escuchen lo que Dios ha hecho. Y así sucede, y seguirá sucediendo, por medio de la Escritura, con la misma certeza con que lo escucharon las personas que vivían cerca en aquel tiempo.

Quien escuche lo que Dios ha hecho, esté cerca o lejos, debe reconocer su poder. Su fuerza no puede ser resistida y él puede hacer todas las cosas. Las personas actúan con verdadera necedad si escuchan acerca de las obras de Dios y aun así se niegan a honrar su poder. Entonces, ¿qué ha hecho Dios que debería hacernos detenernos y prestar atención?

Ha hecho que los pecadores de Sion sientan temor; es decir, los hipócritas que vivían entre el pueblo de Dios y participaban de los privilegios y la adoración de Sion, pero cuyo corazón no estaba bien delante de Dios (Isaías 33:14). Mantenían ocultos sus pecados secretos bajo una profesión pública de fe, y eso dejaba al descubierto su hipocresía. Los pecadores que están entre el pueblo de Dios tienen más de qué responder que los demás pecadores. Su lugar entre el pueblo de Dios no los protege; aumenta tanto su culpa como su castigo.

Estos pecadores siempre habían sido propensos a temores secretos, pero ahora estaban más estremecidos que de costumbre por la convicción de su propia conciencia. Cuando vieron al ejército asirio rodeando Jerusalén, listo para incendiarla y destruirla, quedaron indefensos. No podían huir a Egipto, como algunos lo habían hecho, y ya no confiaban en las promesas que Dios había dado por medio de sus profetas.

Entonces clamaron presos del pánico: «¿Quién de nosotros puede vivir en medio de este fuego devorador? ¿Quién puede vivir en medio de estas llamas eternas?». En efecto, querían decir: «¿Quién puede resistir este fuego terrible? Será mejor que abandonemos la ciudad y salvemos nuestra vida». Esto muestra cómo reaccionan los pecadores de Sion cuando aparecen los juicios de Dios. Mientras el juicio solo es anunciado, lo toman a la ligera. Cuando llega, quedan abrumados y hablan de él en los términos más fuertes posibles.

O quizá esto se refiera a la destrucción del propio ejército asirio. Cuando los pecadores de Sion vieron cómo la ira de Dios había acabado con una fuerza militar tan grande, se llenaron de terror. Sabían que habían provocado al Señor al adorar en secreto a otros dioses. Por eso preguntaron: «¿Quién de nosotros puede vivir en medio de este fuego devorador? ¿Quién de nosotros puede vivir en medio de estas llamas eternas?». Dijeron esto, o debieron haberlo dicho. Los juicios de Dios contra los enemigos de Sion deberían hacer temblar a los pecadores de Sion. Incluso David se estremeció ante ellos (Salmo 119:120). Dios mismo es un fuego devorador (Hebreos 12:29). ¿Quién puede permanecer delante de él? (1 Samuel 6:20). Su ira arderá para siempre contra quienes se han convertido en combustible para ella.

Este es un fuego que nunca se apagará, porque es la ira del Dios eterno actuando sobre un alma inmortal. Ni siquiera los pecadores más atrevidos pueden resistirlo, ya sea cuando llegue o mientras esperan atemorizados que llegue. Esto debería impulsarnos a todos a huir de la ira venidera, refugiándonos en Cristo.

Dios también ha provisto bondadosamente seguridad para su pueblo, para quienes confían en él. Escuchen esto y reconozcan su poder al hacer que quienes viven rectamente y hablan con honestidad habiten en las alturas (Isaías 33:15-16). El carácter de la persona buena se manifiesta de varias maneras, incluso en tiempos de maldad generalizada.

Camina con rectitud. En todo lo que hace, actúa con justicia y procura dar a cada persona lo que le corresponde, tanto a Dios como a los demás. Toda su manera de vivir está marcada por la justicia. No haría conscientemente nada deshonesto por nada en el mundo.

Habla con rectitud. Dice lo que es verdadero y correcto, y lo dice con sinceridad. No puede pensar una cosa y decir otra, ni actuar de una manera con una intención distinta. Para él, su palabra es tan obligatoria como un juramento.

Desprecia las ganancias obtenidas deshonestamente. No persigue el dinero que se consigue perjudicando a otros. Considera ese tipo de ganancia algo bajo y vergonzoso. Preferiría perder dinero antes que hacer algo injusto o cruel para obtenerlo.

Si alguien le ofrece un soborno para torcer la justicia, lo rechaza con repugnancia. Considera un insulto que alguien siquiera se atreva a ofrecérselo.

Se tapa los oídos para no escuchar nada que conduzca a la crueldad, al derramamiento de sangre o a la venganza (Job 31:31). No escucha a quienes aman la violencia ni permite que lo involucren en sus planes (Proverbios 1:14, 16).

Cierra los ojos para no mirar el mal. Odia tanto el pecado que no está dispuesto a contemplarlo con gusto y se protege de toda oportunidad de caer en él. Quien quiera conservar pura su alma debe cuidar cuidadosamente sus sentidos. Debe rechazar las palabras tentadoras y apartar los ojos de las cosas inútiles.

Una persona así también encuentra consuelo en tiempos de dificultad (Isaías 33:16). Estará a salvo. Escapará del fuego devorador y de las llamas eternas, y tendrá acceso al Dios que es fuego devorador, pero que también será para ella una luz llena de alegría. En las dificultades presentes, habitará en las alturas, fuera de su alcance y aun por encima de su estruendo.

Esas dificultades no le harán un daño verdadero ni la sacudirán profundamente. Aunque grandes aguas se levanten contra ella, no se acercarán. Si el peligro llega, su lugar de defensa será la roca fuerte, firme y segura, protegida tanto por la naturaleza como por la habilidad humana. El poder de Dios la mantendrá a salvo, y su fe en ese poder la mantendrá tranquila. Dios, la roca eterna, será su torre alta.

También recibirá lo necesario. Se le dará pan, aun cuando el sitio sea muy intenso y se corte el suministro de alimentos. Tendrá agua segura; es decir, el agua seguirá fluyendo, y no tendrá que racionarla con temor ni beberla con angustia.

A quienes temen al Señor no les faltará nada que sea bueno para ellos. Él también protegerá a Jerusalén y la rescatará de manos de sus atacantes. La tormenta que la amenazaba pasará, y volverá a disfrutar de una vida próspera. El texto presenta varias imágenes de esa prosperidad.

Primero, Ezequías, rey de Judá, se quitará la ropa áspera de duelo y dejará de mostrar tristeza en el rostro. Aparecerá en público con esplendor real, con un semblante agradable y alegre (Isaías 33:17), para deleite de todos sus súbditos leales. Quienes viven con rectitud no solo tendrán pan y agua, sino que por la fe también verán al Rey de reyes en su hermosura, la hermosura de la santidad. Esa misma hermosura también reposará sobre ellos.

Segundo, cuando termine el sitio, el pueblo ya no estará encerrado dentro de las murallas de Jerusalén. Podrá viajar por trabajo o por placer sin temor de ser capturado. Verá la tierra lejana y visitará los lugares más apartados de la nación; también podrá mirar hacia los países vecinos. Todo esto será especialmente dulce después de un encierro tan prolongado. De la misma manera, los creyentes miran hacia la Canaán celestial, esa tierra lejana, y encuentran consuelo en esa esperanza durante los tiempos difíciles.

Tercero, recordar el miedo que atravesaron aumentará la alegría de su rescate (Isaías 33:18). Después de que todo haya pasado, recordarán con gozo el terror vivido. Casi volverán a escuchar la alarma resonando en sus oídos, con gritos como: «¡Prepárense para la batalla! ¡Cada hombre, a su puesto!». ¿Dónde está el escriba, el secretario de guerra que debía preparar la lista? ¿Dónde está el funcionario encargado del tesoro, que debía contar el dinero para la defensa? ¿Dónde está el que contaba las torres para colocar suficientes hombres en cada una?

O quizá estas palabras se refieran al triunfo de Jerusalén sobre el ejército asirio derrotado. El Nuevo Testamento parece aludir a una victoria de este tipo cuando habla de Cristo venciendo la sabiduría de este mundo (Colosenses 1:20). La virgen hija de Sion contempla desde lo alto todos sus planes militares. ¿Dónde está el escriba o el encargado de hacer el registro del ejército asirio? ¿Dónde están su tesorero y sus ingenieros, que contaban las torres? Todos se han ido, muertos o huyendo; todo ha terminado.

Cuarto, ya no tendrán miedo al ver a los asirios. Los asirios eran feroces por naturaleza y especialmente crueles con los judíos. Hablaban un idioma extranjero, de modo que no podían entender las súplicas del pueblo, ni el pueblo podía entenderlos a ellos. Eso hacía que parecieran aún más amenazantes (Isaías 33:19). El texto dice: «Tus ojos ya no los verán en su poder feroz, sino solamente como cuerpos muertos, después de que su fuerza haya desaparecido».

En quinto lugar, ya no temerán por Jerusalén y Sion, incluido el templo que allí se encuentra (Isaías 33:20). «Mira a Sion, la ciudad de nuestras fiestas solemnes», dice el pasaje; era el lugar donde el pueblo se reunía para adorar y celebrar asambleas sagradas. En medio de su angustia, lo que más preocupaba al pueblo piadoso era Sion, porque era la ciudad de sus reuniones sagradas. Temían que los conquistadores incendiaran el templo y que ya no tuvieran un lugar donde celebrar aquellas fiestas. En tiempos de peligro público, nuestra preocupación más profunda debe ser por nuestra fe, y las ciudades de nuestras fiestas solemnes deberían importarnos más que nuestras ciudades fortificadas o nuestros almacenes. Dios traerá liberación a Jerusalén, en parte, porque es la ciudad donde se le rinde culto. Si esas responsabilidades sagradas se cumplen fielmente, como la gloria de un pueblo, podemos confiar en que Dios pondrá defensa alrededor de esa gloria.

Se dan dos promesas a Jerusalén. Primero, tendrá una seguridad bien establecida. Será un hogar tranquilo para el pueblo de Dios, libre de las alarmas de la guerra y la persecución, como en Isaías 29:20. Será un hogar tranquilo porque es la ciudad de nuestras fiestas solemnes. Es bueno tener paz en nuestros propios hogares, pero es mucho mejor tener paz en la casa de Dios y que allí no haya nadie que nos haga temer. Eso es lo que Jerusalén experimentará, y el pueblo lo verá con sus propios ojos, lo cual será una gran satisfacción para la persona piadosa (Salmo 128:5-6). «Verás el bien de Jerusalén y la paz de Israel» significa que vivirás para disfrutarlo.

Segundo, Jerusalén tendrá una estabilidad firme. Se le llama un tabernáculo, una tienda, en comparación con la Nueva Jerusalén, porque las manifestaciones presentes de la gloria y la gracia de Dios son pequeñas frente a lo que todavía está por venir. Sin embargo, será un tabernáculo que no será desmontado. Cuando termine esta aflicción, Jerusalén disfrutará de una paz duradera, y sus privilegios sagrados, semejantes a las estacas y las cuerdas de una tienda, no serán retirados. Nada interrumpirá el orden de su adoración. La iglesia de Dios en la tierra también es como una tienda. Puede trasladarse de un lugar a otro, pero no será desmontada mientras el mundo exista, porque Cristo siempre tendrá un pueblo que le sirva. Las promesas del pacto son las estacas de esa tienda, y nunca serán removidas. Las ordenanzas y los mandamientos del evangelio son sus cuerdas, y nunca se romperán. Estas son cosas inconmovibles, aun si los cielos y la tierra fueran sacudidos.

Finalmente, Dios mismo será su protector y Salvador (Isaías 33:21-22). Esta es la razón principal de su confianza. Él es el Señor glorioso, y mostrará su gloria a favor de ellos y será su gloria, superando con su esplendor la ostentosa exhibición del enemigo. Dios es glorioso porque es misericordioso, pues su bondad forma parte de su gloria. De esta manera será el Salvador y el Señor glorioso de Jerusalén: primero, como defensa contra los enemigos externos. Será para ella como ríos anchos y corrientes alrededor de la ciudad. Jerusalén no tenía un río grande a su lado, a diferencia de muchas ciudades importantes. Solo tenía el arroyo de Cedrón, por lo que carecía de una de las mejores defensas naturales y de una de las mayores ayudas para el comercio. Por eso, los enemigos la menospreciaban y pensaban que sería fácil de conquistar. Pero la presencia y el poder de Dios bastan para compensar toda carencia de fuerza o belleza creadas. En Dios tenemos todo lo que necesitamos y todo lo que verdaderamente podemos desear.

Jerusalén quizá no tenga las ventajas externas de otros lugares, pero en Dios tiene más que suficiente para igualarlas. Sin embargo, si hay ríos anchos y corrientes alrededor de Jerusalén, ¿podría una flota atacante usarlos para entrar? No. Son ríos y corrientes por donde no puede navegar ninguna galera con remos, ningún barco de guerra ni ninguna nave de vela imponente.

Si Dios mismo es su río, el enemigo no podrá alcanzarla. No encontrará una manera de rodearla ni podrá abrirse paso a la fuerza. Dios es suficiente para mantenerla segura.

Dios también es quien guía su vida en el hogar. Él es su Juez, aquel ante quien responden y cuyo juicio aceptan. Él es su Legislador, por lo que su palabra es su ley, y todo pensamiento dentro de ellos debe someterse a él. Él es su Rey, por lo que lo honran y le deben un servicio leal; por esa razón confían en que los salvará. La protección exige lealtad, y la lealtad puede esperar protección de Dios.

Por la fe, los creyentes reciben a Cristo como su Príncipe y Salvador. Dependen de él y se entregan a él. Observemos con cuánta confianza se consuelan en el santo nombre de Dios: el Señor es nuestro Juez, el Señor es nuestro Legislador, el Señor es nuestro Rey. Él existe por sí mismo, no necesita nada externo y es completamente suficiente para su pueblo.

El enemigo caerá en una confusión total, y todos sus planes se desbaratarán, como un barco en medio de una tormenta. Un barco con el aparejo desgarrado y los mástiles quebrados no puede mantenerse a flote, y se considera perdido (Isaías 33:23). El ejército asirio será como un barco cuyas cuerdas están flojas, o como una tripulación que se ha dado por vencida porque ya no se puede salvar la nave. Pensaban que Jerusalén ya les pertenecía, pero cuando estaban casi en el puerto, de repente quedaron indefensos. Ni siquiera podían desplegar las velas, y tuvieron que esperar hasta que Dios derramara su ira sobre ellos. Los enemigos del pueblo de Dios a menudo pierden sus fuerzas justo cuando creen que la victoria está cerca.

Las riquezas del campamento enemigo se convertirán en un abundante botín para los judíos. Después de que muriera la mayor parte del ejército, los demás huyeron confundidos y dejaron atrás sus tiendas, tal como los sirios lo habían hecho anteriormente. Así, todo el tesoro que había en ellas cayó en manos del pueblo que estaba dentro de la ciudad, e incluso los cojos participaron del botín. Quienes se habían quedado en casa compartieron el saqueo. Era tan fácil apoderarse de él que hasta el cojo, que no podía luchar ni perseguir a nadie, podía recoger algo. La victoria no les costaría ningún peligro, y el botín no les exigiría un trabajo arduo. Había tanto que incluso los últimos en llegar encontraron suficiente. De esta manera, Dios transformó la aflicción en bien: no solo rescató a Jerusalén, sino que también la enriqueció y compensó lo que había perdido. A menudo así terminan los temores y las aflicciones del pueblo de Dios: con consuelo y misericordia.

Tanto la enfermedad como el pecado serán quitados. Una enfermedad realmente es removida con misericordia cuando su resultado final es la eliminación del pecado. El habitante no dirá: «Estoy enfermo». Como los cojos que toman el botín, los enfermos podrán llegar al campamento abandonado y llevarse algo. O quizá esto signifique que la alegría será tan grande que incluso los enfermos olvidarán por un tiempo su dolor y se unirán al regocijo de la ciudad. La liberación de la ciudad será en sí misma una especie de sanidad. También da a entender que, aunque los asedios prolongados suelen traer enfermedades, esto no ocurrirá en Jerusalén. El pueblo tendrá paz y salud, además de victoria, y dentro de la ciudad nadie se quejará de enfermedad.

Los que vivan allí recibirán perdón por su pecado. Esto no solo significa que toda la nación será perdonada por su culpa nacional cuando se quite el juicio sobre la nación, sino también que las personas se arrepentirán, cambiarán su manera de vivir y recibirán el perdón de sus pecados. Esta es la bendición más profunda detrás de todas las demás. Dios hará estas cosas por ellos porque tendrá misericordia de sus maldades (Hebreos 8:12). El pecado es la enfermedad del alma. Cuando Dios perdona el pecado, sana esa enfermedad. Y cuando la misericordia del perdón sana la enfermedad del pecado, quita el aguijón de la enfermedad corporal y elimina su causa. Por eso, el habitante no estará enfermo o, al menos, no dirá: «Estoy enfermo». Si el pecado ha sido quitado, hay poca razón para quejarse de la aflicción externa: «Hijo, ten ánimo; tus pecados te son perdonados».

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