Versículo destacado

Hebreos 4:11 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Debemos, pues, esforzarnos por entrar en ese reposo, para que nadie siga el ejemplo de quienes no creyeron. "

Hebreos 4:11

menu_book El versículo en contexto

9 Por lo tanto, todavía queda un reposo sagrado para el pueblo de Dios;

10 porque quien entra en ese reposo de Dios reposa de su trabajo, así como Dios reposó del suyo.

11 Debemos, pues, esforzarnos por entrar en ese reposo, para que nadie siga el ejemplo de quienes no creyeron.

12 Porque la palabra de Dios está viva y tiene poder. Es más cortante que cualquier espada de dos filos y penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta lo más íntimo de la persona; además, somete a juicio los pensamientos y las intenciones del corazón.

13 Nada de lo que Dios ha creado puede ocultarse de él; todo está claramente expuesto ante aquel a quien debemos rendir cuentas.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

En esta parte del capítulo, el apóstol termina con una seria advertencia y luego presenta razones contundentes para darla. Primero anima a los creyentes a seguir avanzando con perseverancia, y después muestra por qué esa advertencia es tan importante.

Esta es la exhortación: «Por lo tanto, esforcémonos por entrar en aquel reposo» (Hebreos 4:11). La meta es el reposo espiritual y eterno: el reposo de la gracia ahora y de la gloria después, el reposo en Cristo en la tierra y con Cristo en el cielo. El camino hacia ese reposo requiere un esfuerzo diligente. Esta es la única senda que conduce al reposo, y quienes se niegan a trabajar ahora no descansarán después.

Después del trabajo fiel viene un reposo dulce y satisfactorio. De hecho, el trabajo arduo de ahora hará que ese reposo sea aún más dulce cuando llegue. «Dulce es el sueño del trabajador» (Eclesiastés 5:12). Por eso, todos debemos estar de acuerdo en esto, animarnos unos a otros y motivarnos mutuamente a ser diligentes. Es una verdadera muestra de amistad decirles a nuestros hermanos en la fe, cuando vemos que se están desviando, que vuelvan a su llamado y trabajen con empeño. «Vamos, pongámonos a trabajar. ¿Por qué estamos sentados sin hacer nada? ¿Por qué desperdiciamos el tiempo? Trabajemos, porque este es nuestro tiempo para trabajar, y el reposo todavía está por venir». Los cristianos deben hablarse así a sí mismos y unos a otros, especialmente al ver que se acerca el día.

Luego el apóstol presenta razones contundentes para esta advertencia. Primero, señala el temible ejemplo de quienes ya murieron en incredulidad: «Para que ninguno caiga siguiendo el mismo ejemplo de incredulidad» (Hebreos 4:11). Si tantos cayeron antes que nosotros, nuestra culpa será mayor si ignoramos su advertencia. Su ruina nos habla con claridad. Su condición perdida e inquieta nos llama a no hacernos miserables al pecar como ellos pecaron.

Segundo, nos recuerda la gran ayuda que tenemos en la palabra de Dios, la cual fortalece la fe y despierta la diligencia para que alcancemos ese reposo. «La palabra de Dios es viva y eficaz» (Hebreos 4:12). Esto puede referirse a la Palabra eterna, Jesucristo, o a la palabra escrita de las Escrituras. La palabra «viva» corresponde a Cristo, la Palabra que estaba con Dios y era Dios (Juan 1:1), pero la mayoría entiende que este versículo habla de las Escrituras.

La palabra de Dios está viva; no está muerta. Actúa de muchas maneras: se apodera de la conciencia, traspasa el corazón del pecador y también consuela y sana al alma herida. Quien llama a las Escrituras una letra muerta no las entiende. Son tan resplandecientes y veloces como la luz, y no solo muestran la verdad, sino que también dan vida. Los santos mueren, los pecadores mueren, pero la palabra de Dios permanece viva. «Toda persona es como la hierba, y toda su gloria es como la flor de la hierba. La hierba se seca y la flor se cae, pero la palabra del Señor permanece para siempre» (1 Pedro 1:24-25). La palabra de Dios permanece firme aun cuando las personas y los profetas desaparecen (Zacarías 1:5-6).

También es poderosa. Cuando el Espíritu de Dios la aplica, convence con poder, convierte con poder y consuela con poder. Puede derribar fortalezas (2 Corintios 10:4-5), levantar a quienes están muertos en sus pecados, abrir oídos sordos, dar vista a los ciegos, hacer hablar a los mudos y ayudar a caminar a los cojos. Destruye el reino de Satanás y establece en su lugar el reino de Cristo.

La palabra es más cortante que cualquier espada de dos filos. Corta en ambas direcciones. Es la espada del Espíritu (Efesios 6:17) y la espada que sale de la boca de Cristo (Apocalipsis 1:16). Llega donde ninguna otra espada puede llegar y produce un corte más profundo y verdadero. Penetra hasta dividir el alma y el espíritu, y deja al descubierto la disposición interior y la inclinación más profunda de una persona. Puede hacer humilde al orgulloso, y dócil y obediente al obstinado. Separa los hábitos pecaminosos que han echado raíces profundas y que casi parecen naturales para el alma. Arranca la ignorancia del entendimiento, la rebeldía de la voluntad y el odio de la mente, que en su estado carnal está enemistada con Dios. También llega hasta las coyunturas y los tuétanos, las partes más ocultas e íntimas del cuerpo, mostrando que puede tratar con los deseos de la carne tanto como con los deseos de la mente. Puede hacer que las personas estén dispuestas a soportar el dolor necesario para dar muerte al pecado.

La palabra también discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Saca a la luz aun los pensamientos más secretos y los planes ocultos. Muestra qué clase de pensamientos tiene una persona, cuán malos son, qué motivos equivocados la impulsan y qué metas pecaminosas persigue. Vuelve el interior del pecador del revés y le permite ver lo que realmente hay en su corazón. Una palabra así debe ser, sin duda, una gran ayuda para la fe y la obediencia.

Tercero, el apóstol señala la perfección del Señor Jesucristo, tanto en su persona como en su oficio. En cuanto a su persona, se destaca especialmente su conocimiento completo: «No hay nada en toda la creación que esté oculto de su vista» (Hebreos 4:13). Esto concuerda con lo que Cristo dice de sí mismo: «Todas las iglesias sabrán que yo soy el que examina los corazones y las mentes» (Apocalipsis 2:23). Nada de lo creado puede ocultarse de Cristo, porque él hizo todas las cosas. Tampoco pueden ocultarse de él los movimientos internos de nuestra mente y nuestro corazón, pues todo lo que ocurre en nuestro interior está abierto delante de aquel ante quien tenemos que responder, tanto como objeto de nuestra adoración como en su papel de sumo sacerdote que nos representa.

Por medio de su conocimiento perfecto, él examina el sacrificio que le presentamos antes de ofrecerlo al Padre. Así como el sumo sacerdote inspeccionaba los animales sacrificados y los abría para comprobar si estaban sanos, todo queda expuesto delante de nuestro gran sumo sacerdote. Aquel que ahora examina nuestros sacrificios examinará un día, como Juez, toda nuestra condición. Tendremos que responder ante él, pues él determinará nuestro destino eterno. Algunos entienden estas palabras como una afirmación de que debemos rendirle cuentas. Cristo tiene un registro completo de todos nosotros. Ha tomado en cuenta a todos los que creen en él, y también llamará a cuentas a los demás. Nuestras cuentas están delante de él.

Este conocimiento perfecto de Cristo, y el hecho de que tendremos que responder ante él, debe impulsarnos a perseverar en la fe y la obediencia hasta que él lleve todas las cosas a su cumplimiento. El apóstol primero enseña a los cristianos quién es su sumo sacerdote y qué clase de sumo sacerdote es; después les recuerda el deber que se desprende de esa verdad.

[1.] Se nos dice qué clase de sumo sacerdote es Cristo en Hebreos 4:14. Puesto que tenemos un sumo sacerdote así, él es, en primer lugar, un gran sumo sacerdote, mucho mayor que Aarón o que cualquier sacerdote de su linaje. Los sumos sacerdotes bajo la ley eran considerados hombres importantes y dignos de honra, pero solo eran imágenes débiles y sombras de Cristo.

Su grandeza se muestra, primero, en que ha atravesado los cielos. Bajo la ley, el sumo sacerdote se alejaba una vez al año de la vista del pueblo y entraba, detrás del velo, en el lugar santísimo, donde se conservaban las señales de la presencia de Dios. Pero Cristo atravesó los cielos una vez y para siempre, para tener autoridad sobre todas las cosas, enviar al Espíritu a fin de preparar un lugar para su pueblo e interceder por ellos, es decir, presentar su causa delante de Dios. Cumplió una parte de su sacerdocio en la tierra cuando murió por nosotros, y cumple la otra en el cielo cuando intercede por su pueblo y presenta sus ofrendas.

Segundo, su grandeza se muestra en su nombre, Jesús, que significa sanador y Salvador. Él es de naturaleza divina, el Hijo de Dios por generación eterna; es decir, siempre ha sido el Hijo de Dios. Por eso posee perfección divina y puede salvar por completo a todos los que se acercan a Dios por medio de él.

Tercero, no solo es un gran sumo sacerdote, sino también un sumo sacerdote lleno de gracia, misericordia, compasión y empatía hacia su pueblo. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, como dice Hebreos 4:15. Aunque es tan grande y está tan por encima de nosotros, es muy bondadoso y se preocupa profundamente por nosotros. Se compadece de nuestras debilidades de una manera que nadie más puede hacerlo, porque él mismo fue probado con todos los sufrimientos propios de nuestra naturaleza humana caída. Esto no ocurrió solamente para que pudiera pagar por nuestros pecados, sino también para que pudiera compadecerse de nosotros.

También es un sumo sacerdote sin pecado. Fue tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Satanás lo tentó, pero él salió de la prueba sin pecado. Por lo general, cuando enfrentamos la tentación, sentimos su impacto. Incluso cuando no cedemos, a menudo sentimos que nos atrae. Pero nuestro gran sumo sacerdote salió limpio de su batalla contra el diablo. El diablo no pudo encontrar pecado en él ni dejar mancha alguna sobre él. También fue probado severamente por el Padre. Al Señor le agradó quebrantarlo, y aun así él no pecó en pensamiento, palabra ni acción. No cometió violencia ni hubo engaño en su boca. Era santo, inocente e inmaculado; un sumo sacerdote así era exactamente el que necesitábamos.

Después de mostrarnos cómo es nuestro sumo sacerdote, el apóstol nos dice cómo debemos actuar delante de él. Primero, debemos mantener firme nuestra profesión de fe en él, como dice Hebreos 4:14. Nunca debemos negarlo ni avergonzarnos de él delante de los demás. Debemos conservar en nuestra mente las doctrinas del cristianismo, sus principios vivificantes en el corazón, su confesión pública en nuestros labios y su plena obediencia en nuestra vida.

Aquí debemos observar varias cosas. Tenemos que conocer las doctrinas, los principios y el modo de vida de la fe cristiana. Aun cuando los conozcamos, podemos estar en peligro de abandonarlos por causa de nuestro propio corazón pecaminoso, de las tentaciones de Satanás y de la influencia de este mundo malo. La grandeza del sumo sacerdote que confesamos hace que apartarnos de él sea especialmente grave y vergonzoso. Sería la mayor insensatez y la más vil ingratitud. Los cristianos no solo deben comenzar bien, sino también perseverar. Los que perseveren hasta el fin serán salvos, y solo ellos lo serán.

Segundo, la grandeza de nuestro sumo sacerdote debe animarnos a acercarnos con confianza al trono de la gracia, como dice Hebreos 4:16. Hay un trono de gracia establecido, un medio de adoración dispuesto por Dios, donde él puede recibir con honor a los pecadores necesitados, y estos pueden acercarse a él con esperanza, arrepintiéndose y creyendo. Dios podría haber establecido un tribunal de justicia estricta, donde todos los que comparecieran recibieran la muerte, que es el salario del pecado. En cambio, estableció un trono de gracia. Un trono representa autoridad y exige reverencia, pero un trono de gracia ofrece gran ánimo aun al peor pecador. Allí reina la gracia, actuando con favor inmerecido, poder y bondad.

Es nuestro deber y nuestro bien acudir con frecuencia delante de este trono de gracia, esperando en el Señor en la adoración privada y pública. Es bueno para nosotros estar allí. Nuestro propósito al acercarnos debe ser obtener misericordia y hallar gracia que nos ayude en el momento de necesidad. Necesitamos misericordia para que sean perdonados todos nuestros pecados, y gracia para que nuestras almas sean limpiadas.

Además de la ayuda diaria que necesitamos de Dios, hay momentos en los que sentiremos su misericordia y su gracia de manera más profunda. Debemos acumular oraciones para esos tiempos, para las temporadas de dificultad, ya sea en medio de la adversidad o del éxito, y especialmente para la hora de la muerte. Cada día debemos pedir misericordia para nuestro último día. Que el Señor nos conceda hallar misericordia de su parte en ese día (2 Timoteo 1:18).

Cuando acudimos a este trono de gracia para pedir misericordia, debemos hacerlo con una libertad humilde y confiada, con libertad de espíritu y libertad para expresarnos. Debemos pedir con fe, sin dudar. Debemos acercarnos con el espíritu de adopción, como hijos ante Dios, nuestro Padre, que se ha reconciliado con nosotros. Tenemos que acercarnos con reverencia y santo temor, pero no con terror ni pánico. No venimos como personas arrastradas ante un tribunal de justicia, sino como personas invitadas bondadosamente al lugar de la misericordia, donde reina la gracia y se complace en mostrarse a nuestro favor.

El oficio sacerdotal de Cristo y la clase de sumo sacerdote que él es deben ser el fundamento de nuestra confianza cada vez que nos acercamos al trono de la gracia. Si no tuviéramos Mediador, es decir, alguien que nos lleve ante Dios, no podríamos acercarnos con confianza, porque somos culpables e inmundos. Todo lo que hacemos está manchado por el pecado. No podemos entrar por nosotros mismos a la presencia de Dios. Tenemos que entrar de la mano de un Mediador; de lo contrario, nuestro corazón y nuestra esperanza desfallecerán. Tenemos confianza para entrar al lugar santísimo por la sangre de Jesús. Él es nuestro Abogado y, mientras intercede por su pueblo, también presenta en su mano el precio: el precio con el que adquirió todo lo que nuestras almas necesitan o pueden desear.

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