Versículo destacado

Hebreos 4:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Por eso, mientras aún permanece la promesa de entrar en ese reposo de Dios, debemos tener cuidado, no sea que alguno de ustedes deje de alcanzarlo. "

Hebreos 4:1

menu_book El versículo en contexto

1 Por eso, mientras aún permanece la promesa de entrar en ese reposo de Dios, debemos tener cuidado, no sea que alguno de ustedes deje de alcanzarlo.

2 Porque nosotros recibimos el anuncio de la buena noticia, al igual que ellos; pero a ellos no les sirvió de nada oírlo, porque no se unieron por la fe con quienes habían obedecido al mensaje.

3 Pero nosotros, los que hemos creído, entraremos en ese reposo, acerca del cual Dios ha dicho: «Por eso juré en mi furor que no entrarían en el lugar de mi reposo.» Sin embargo, Dios había terminado su trabajo desde la creación del mundo;

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí el apóstol dice que nuestros privilegios en Cristo bajo el evangelio son, por lo menos, tan grandes como los que se disfrutaban bajo la ley de Moisés; en realidad, son mayores. Afirma que todavía permanece para nosotros la promesa de entrar en el reposo de Dios. Esto significa entrar en una relación de pacto con Cristo, vivir en comunión con Dios por medio de Cristo y crecer en esa vida hasta alcanzar la perfección en la gloria.

Tenemos noticias claras acerca de este reposo, invitaciones a entrar en él y las mejores instrucciones para alcanzarlo. El Señor Jesucristo nos dejó esta promesa de reposo espiritual en su última voluntad y testamento, como un regalo precioso. Nuestra responsabilidad es asegurarnos de estar entre quienes lo reciben. Debemos apropiarnos de ese reposo y de la libertad del dominio del pecado, de Satanás y de la carne, es decir, de la naturaleza pecaminosa que mantiene a las personas esclavizadas e impide que sus almas tengan verdadera paz. También podemos ser libres de la carga de la ley y de sus ceremonias y servicios agotadores, y disfrutar de paz con Dios en nuestra adoración, en su providencia y en nuestra propia conciencia. De esta manera, tenemos un anticipo y una garantía del reposo perfecto y eterno en el cielo.

El apóstol también demuestra que tenemos estas ventajas. Dice: «El evangelio se nos ha anunciado a nosotros lo mismo que a ellos» (Hebreos 4:2). En esencia, el mismo evangelio fue anunciado bajo ambos pactos, aunque no con la misma claridad. Bajo el antiguo pacto no se presentó de manera tan completa ni tan dulce como bajo el nuevo. Los mayores privilegios que tuvieron los judíos antiguos fueron sus privilegios relacionados con el evangelio. Los sacrificios y las ceremonias del Antiguo Testamento eran el evangelio de aquel tiempo, y todo lo excelente que había en ellos señalaba a Cristo. Si ese era su privilegio supremo, entonces nosotros no estamos por debajo de ellos. Nosotros también tenemos el evangelio, y lo tenemos con mayor pureza y claridad.

Luego explica por qué tantos judíos antiguos no se beneficiaron de ese mensaje del evangelio: les faltó fe. «La palabra que oyeron no les aprovechó, porque no estuvo unida a la fe» (Hebreos 4:2). La palabra se nos predica para que nos beneficie y nos haga obtener riquezas espirituales. Es un regalo puesto en nuestras manos para conducirnos a la sabiduría, el verdadero tesoro del alma. En toda época, muchas personas escuchan sermones con frecuencia, pero no obtienen ningún beneficio para sus almas. Quienes no sacan provecho de lo que oyen sufren una gran pérdida.

La raíz de toda nuestra falta de provecho bajo la palabra es la incredulidad. No unimos la fe a lo que escuchamos. La fe de quien escucha da vida a la palabra. Aunque el predicador crea el evangelio y hable como alguien que lo ha creído, quienes escuchan no obtendrán ningún beneficio si no lo reciben con fe en su propio corazón. Esa fe debe unirse a cada palabra y estar activa mientras escuchamos. Después de oír, debemos reconocer que es verdad, aceptarla, recibir la misericordia que se ofrece, aplicar la palabra a nosotros mismos y responder con sentimientos apropiados. Entonces encontraremos gran beneficio y ganancia en la palabra predicada.

Sobre la base de estas verdades, el apóstol presenta su firme advertencia y consejo. Quienes disfrutan del evangelio deben mantener un temor santo y vigilarse cuidadosamente, para que la incredulidad escondida no les quite el beneficio de la palabra ni el reposo espiritual que se ofrece en el evangelio: «Temamos, pues, mientras permanece la promesa de entrar en su reposo, no sea que alguno de ustedes parezca no haberlo alcanzado» (Hebreos 4:1). Bajo el evangelio se ofrecen la gracia y la gloria a todos. Hay una invitación y hay una promesa para quienes la aceptan.

Quienes pueden alcanzar estas bendiciones también pueden quedarse fuera de ellas. Quienes podrían ser salvos por la fe pueden perder la salvación por causa de la incredulidad. Es triste incluso parecer estar lejos de la salvación del evangelio, ya sea ante nuestros propios ojos, al perder la esperanza confiada, o ante los ojos de los demás, al traer vergüenza sobre nuestra profesión de fe. Si solo aparentar perder este reposo es tan triste, perderlo de verdad es mucho peor. Esa pérdida sería mortal.

Una manera eficaz de evitar quedarnos realmente fuera, o incluso parecer estar fuera, es mantener un temor santo de fracasar. Esto nos hace estar atentos y ser diligentes, sinceros y serios. Ese temor nos lleva a examinar nuestra fe y a ejercitarla. La presunción, en cambio, es el camino directo hacia la ruina.

Luego el apóstol confirma la felicidad de todos los que verdaderamente creen el evangelio. Primero lo declara claramente a partir de su propia experiencia y de la de otros: «Los que hemos creído entramos en ese reposo» (Hebreos 4:3). Entramos en una unión bendita con Cristo y en comunión con Dios por medio de Cristo. En ese estado ya disfrutamos muchos regalos dulces: el perdón del pecado, la paz de conciencia, el gozo en el Espíritu Santo, el crecimiento en la gracia y anticipos de la gloria. Descansamos de la esclavitud del pecado y reposamos en Dios hasta estar preparados para descansar con él en el cielo.

También demuestra que los creyentes son verdaderamente bienaventurados y entran en este reposo. Primero señala que Dios terminó su obra de la creación y luego reposó de ella (Hebreos 4:3-4). Dios les dio a nuestros primeros padres un modelo al apartar el séptimo día como un día de reposo en él. Así como Dios terminó su obra, reposó de ella y quedó satisfecho, también llevará a los creyentes a terminar su obra y luego disfrutar de su reposo.

También señala que Dios mantuvo el día de reposo después de la caída y después de la promesa de un Redentor. Ellos debían guardar santo para el Señor el séptimo día, alabándolo por haberlos creado con su poder y pidiéndole que los creara de nuevo por su Espíritu de gracia. También debían mirar con fe al Redentor prometido y Restaurador de todas las cosas; por medio de esa fe encontraban reposo para sus almas.

Además, señala a Canaán como una imagen del reposo para los judíos que creyeron. Caleb y Josué, que sí creyeron, entraron realmente en Canaán. De la misma manera, quienes creen ahora entrarán en el reposo. También señala el hecho claro de que existe otro reposo además del reposo del séptimo día, establecido y guardado tanto antes como después de la caída, y además del reposo representado por Canaán, al cual la mayoría de los judíos no entró por causa de la incredulidad. El salmista habla de otro día y de otro reposo, mostrando que todavía permanece para el pueblo de Dios un día de reposo más espiritual y mejor que el que Josué les dio a los judíos (versículos 6-9).

Este reposo que todavía permanece es, en primer lugar, un reposo de gracia, consuelo y santidad en la era del evangelio. Es el reposo con el que el Señor Jesús, nuestro Josué, concede paz a las almas cansadas y a las conciencias despertadas; este es el refrigerio que él da.

También existe un reposo en la gloria: el sábado eterno del cielo. Es el reposo y la perfección completos tanto de nuestra naturaleza como de nuestra gracia, donde el pueblo de Dios disfrutará del objetivo de su fe y de la respuesta a todos sus deseos.

Esto también queda demostrado por los grandes precursores que ya han tomado posesión de ese reposo: Dios y Cristo. Es cierto que Dios reposó después de hacer el mundo en seis días, y es cierto que Cristo reposó después de terminar la obra de nuestra redención. Ellos no solo son ejemplos para nosotros, sino también una señal segura de que los creyentes entrarán en su propio reposo. «El que entra en el reposo de Dios también reposa de sus obras, así como Dios reposó de las suyas» (Hebreos 4:10). Todo creyente verdadero ha dejado de intentar alcanzar la justicia por medio de sus propias obras y ha depuesto la pesada carga de la ley, así como Dios y Cristo reposaron de las obras de la creación y de la redención.

El apóstol también deja clara la miseria de quienes no creen. Ellos nunca entrarán en este reposo espiritual, ni en el reposo de la gracia aquí ni en el reposo de la gloria en el futuro. Esto es tan seguro como puede hacerlo la palabra y el juramento de Dios. Así como es seguro que Dios entró en su reposo, también los incrédulos obstinados quedarán fuera. Así como los judíos incrédulos cayeron en el desierto y nunca llegaron a la tierra prometida, los incrédulos caerán en la destrucción y nunca llegarán al cielo. Y así como Josué, el gran líder de Israel, no pudo hacerlos entrar en Canaán por causa de su incredulidad, a pesar de todo su valor y capacidad, tampoco Jesús, el capitán de nuestra salvación, dará ni puede dar reposo espiritual o eterno a quienes permanecen finalmente en la incredulidad. Ese reposo permanece únicamente para el pueblo de Dios. Los demás, por su pecado, se dejan a sí mismos en una inquietud interminable.

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