Versículo destacado

Génesis 3:22 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" y dijo: «Ahora el hombre se ha vuelto como uno de nosotros, pues sabe lo que es bueno y lo que es malo. No vaya a tomar también del fruto del árbol de la vida, comerlo y vivir para siempre.» "

Génesis 3:22

menu_book El versículo en contexto

20 El hombre llamó Eva a su mujer, porque ella fue la madre de todos los que viven.

21 Dios el Señor hizo ropa con pieles de animales para que el hombre y su mujer se vistieran,

22 y dijo: «Ahora el hombre se ha vuelto como uno de nosotros, pues sabe lo que es bueno y lo que es malo. No vaya a tomar también del fruto del árbol de la vida, comerlo y vivir para siempre.»

23 Por eso Dios el Señor sacó al hombre del jardín de Edén y lo puso a trabajar la tierra de la cual había sido formado.

24 Después de sacar al hombre, puso al oriente del jardín unos seres alados y una espada ardiente que giraba hacia todos lados, para impedir que alguien llegara al árbol de la vida.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

La sentencia ya comenzaba a cumplirse en parte sobre aquella pareja culpable. Aquí vemos cómo Dios los avergonzó justamente delante de sí mismo y de los santos ángeles, mostrando con ironía el resultado de su plan: «Miren, el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal. ¡Qué dios se ha fabricado! Vean lo que ha ganado, qué ventajas obtuvo al comer del fruto prohibido». Esto tenía el propósito de despertarlos, humillarlos y llevarlos al arrepentimiento. Al ver cuán gravemente habían sido engañados por seguir el consejo del diablo, debían aprender a buscar la felicidad que Dios ofrecía por el camino que él había establecido. Dios cubre de vergüenza el rostro de ellos para que busquen su nombre (Salmo 83:16). Los humilla para hacerlos volver a él. Quienes se arrepienten de verdad se dirán a sí mismos: «¿Qué fruto tengo ahora de mi pecado?» (Romanos 6:21). «¿Obtuve acaso lo que neciamente me prometí al pecar?». No; el pecado nunca da lo que promete. Siempre da lo contrario.

También fueron expulsados justamente y excluidos del paraíso, como parte de la sentencia que decía: «Comerás las plantas del campo». Primero, vemos por qué Dios les cerró el acceso al paraíso. No fue solamente porque el hombre había extendido la mano y tomado del árbol del conocimiento, lo cual ya era su pecado, sino también porque podía volver a extenderla y tomar del árbol de la vida. Ahora ese árbol también había quedado prohibido por la sentencia de Dios, tal como antes se había prohibido el árbol del conocimiento por su mandato. Si Adán hubiera comido de él, habría tratado con desprecio un símbolo santo y habría actuado como si pudiera escapar del juicio de Dios. Quizá habría pensado neciamente que así podría vivir para siempre. Hay una tendencia insensata en las personas que se han hecho indignas de la realidad de las bendiciones cristianas: aferrarse a sus señales externas. Muchos no quieren someterse a las condiciones del pacto, pero siguen deseando sus sellos por guardar las apariencias. Sin embargo, impedirles que los tomen no solo es justo, sino también bondadoso. Si se apoderan de lo que no les corresponde, insultan a Dios, agravan su pecado y edifican su esperanza sobre un fundamento falso. Eso hace más difícil el arrepentimiento y vuelve más trágica su ruina.

Segundo, vemos la manera en que Dios echó a Adán, como quien le entrega un aviso de divorcio, y lo expulsó de aquel jardín de deleite. Lo sacó de allí y después lo expulsó (Génesis 3:23-24). Dios le ordenó que se fuera y dejó claro que ese ya no era su lugar. Pero Adán amaba demasiado el jardín como para abandonarlo de buena gana, así que Dios lo obligó a salir, quisiera o no. Esto mostró la pérdida, para él y para toda su raza culpable, de aquella comunión con Dios que era el gozo y la gloria del paraíso. Las señales del favor de Dios y el deleite especial que él tenía en la vida humana fueron retirados. El don de la gracia fue suspendido, y Adán quedó débil, como los demás seres humanos, tal como Sansón cuando el Espíritu del SEÑOR se apartó de él. Se perdió su amistad cercana con Dios y se quebró la comunión entre el ser humano y su Creador.

Dios lo expulsó porque ya no era digno de aquel honor ni apto para aquel servicio. Así, por medio de la caída, Adán y toda la humanidad perdieron la comunión con Dios. Sin embargo, ¿adónde lo envió Dios cuando lo sacó del Edén? Justamente podría haberlo expulsado del mundo entero (Job 18:18). Incluso podría haberlo arrojado al infierno, como hizo con los ángeles que pecaron cuando los excluyó del paraíso celestial (2 Pedro 2:4). Pero, en lugar de eso, el ser humano fue enviado a cultivar la tierra de la cual había sido tomado. Fue enviado al trabajo arduo, no al tormento; a la tierra, no a la tumba; a trabajar, no a la prisión; a sostener el arado, no a arrastrar una cadena. Su labor en la tierra todavía sería recompensada con el alimento que esta produjera. Y vivir cerca de la tierra, de la cual había sido formado, todavía podía enseñarle humildad y recordarle su destino. Así que, aunque nuestros primeros padres perdieron los privilegios de la inocencia, no fueron abandonados a la desesperación. El propósito amoroso de Dios ya los encaminaba hacia una segunda etapa de prueba bajo nuevas condiciones.

Dios también mantuvo a Adán fuera del jardín y no le dio esperanza de volver a entrar. Puso querubines, sus guardianes angelicales, al oriente del jardín de Edén, junto con espadas encendidas que giraban en todas direcciones. Estos se encontraban del lado más cercano al lugar adonde Adán había sido enviado y protegían el camino al árbol de la vida. Él no podía entrar a escondidas ni abrirse paso por la fuerza. ¿Quién puede atravesar la guardia de un ángel o pasar por una puerta defendida con semejante poder? Esto le comunicaba varias cosas a Adán. Mostraba que Dios estaba disgustado con él. Aunque la misericordia todavía estaba reservada para él, por el momento Dios estaba enojado con él, se había vuelto contra él y peleaba contra él; allí estaba la espada desenvainada (Números 22:23). Por ahora, Dios era para él como un fuego consumidor, pues la espada estaba encendida.

También mostraba que los ángeles estaban en su contra. No puede haber paz con las huestes celestiales mientras una persona se rebela contra su Señor y el nuestro. Además, mostraba que el camino al árbol de la vida estaba cerrado; es decir, el camino en el que Adán había sido colocado al principio: el camino de la inocencia perfecta. El texto no dice que los querubines fueron puestos para impedirle a él y a sus descendientes llegar al árbol de la vida para siempre. Gracias a Dios, tenemos delante de nosotros un paraíso con un árbol de la vida en medio, y nos alegramos en la esperanza de recibirlo. Pero sí fueron puestos para proteger aquel camino anterior al árbol de la vida. Desde entonces, Adán y su raza ya no podían esperar obtener justicia, vida y felicidad por medio del primer pacto, porque este había sido quebrantado sin posibilidad de reparación. Ya no podía reclamarse, ni podía obtenerse ningún beneficio de él. Una vez quebrantado su mandamiento, la maldición del pacto permaneció en plena vigencia. No dejaba lugar para el arrepentimiento como medio de recuperar la posición anterior. Todos estamos perdidos si somos juzgados por ese pacto.

Dios le reveló esto a Adán, no para llevarlo a la desesperación, sino para impulsarlo a buscar la vida y la felicidad en la descendencia prometida, por medio de quien la espada encendida sería retirada. Dios y sus ángeles son reconciliados con nosotros, y se ha abierto para nosotros un camino nuevo y vivo hacia el Lugar Santísimo.

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