Versículo destacado
Génesis 3:6 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" La mujer vio que el fruto del árbol era hermoso, y deseó comerlo y llegar a tener entendimiento. Así que cortó uno de los frutos y se lo comió. Después se lo dio a su esposo, y él también comió. "
Génesis 3:6
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
4 Pero la serpiente le dijo a la mujer: —Eso no es cierto. No morirán.
5 Dios sabe muy bien que, cuando ustedes coman del fruto de ese árbol, podrán saber lo que es bueno y lo que es malo, y entonces serán como Dios.
6 La mujer vio que el fruto del árbol era hermoso, y deseó comerlo y llegar a tener entendimiento. Así que cortó uno de los frutos y se lo comió. Después se lo dio a su esposo, y él también comió.
7 En ese momento se les abrieron los ojos, y ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera y se cubrieron con ellas.
8 El hombre y su mujer oyeron que Dios el Señor caminaba por el jardín a la hora en que sopla el viento de la tarde, y corrieron a esconderse de él entre los árboles del jardín.
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Aquí vemos en qué terminó finalmente la conversación de Eva con el tentador. Satanás consiguió lo que se proponía, y la fortaleza fue tomada mediante sus engaños. Dios había puesto a prueba la obediencia de nuestros primeros padres al prohibirles comer del árbol del conocimiento del bien y del mal; por decirlo así, Satanás desafió a Dios precisamente en ese punto. Luego trabajó para llevarlos a la desobediencia, y aquí vemos cómo lo logró, aunque Dios lo permitió con propósitos sabios y santos.
Primero vemos qué los condujo al pecado. La mujer, engañada por la manera astuta en que el tentador manejó la situación, fue la primera en transgredir (1 Timoteo 2:14). Fue la primera en desviarse, y esto surgió de una reflexión cuidadosa, o más bien de no pensar correctamente. No vio ningún peligro en ese árbol que no existiera también en los demás. Todos los otros árboles del Edén eran agradables a la vista y buenos para comer (Génesis 2:9), y ahora este le parecía igual. Parecía tan apropiado para comer como cualquiera de los otros, y no vio nada en su fruto que le advirtiera sobre la muerte o el peligro. ¿Por qué debía estar prohibido ese árbol más que los demás? Cuando las personas piensan que el fruto prohibido no es peor que el permitido, el pecado ya está cerca, y Satanás pronto vence. De hecho, quizá le pareció incluso mejor como alimento, más agradable a la vista y más nutritivo para el cuerpo. A menudo quedamos atrapados por un deseo excesivo de complacer nuestros sentidos. O, si el fruto no tenía nada especial en sí mismo, tal vez se volvió más deseable simplemente porque estaba prohibido. Fuera o no así en el caso de Eva, lo vemos claramente en nosotros mismos, en nuestra naturaleza caída: queremos lo que está prohibido.
También imaginó que ese árbol tenía más valor que los otros porque pensó que podía hacerla sabia. Es decir, lo vio y lo interpretó a partir de lo que el diablo le había dicho. Algunos piensan que incluso vio a la serpiente comer de él y que esta le dijo que había obtenido el habla y la razón gracias al fruto. A partir de eso, quizá razonó que el árbol también podía hacerla sabia. Si podía convertir en racional a un animal irracional, ¿por qué no podría hacer como Dios a una criatura racional? Observemos cómo el deseo de obtener conocimiento adicional, bajo la falsa idea de que eso es sabiduría, ha arruinado a muchos. Nuestros primeros padres sabían tanto, pero no sabían esto: que ya sabían suficiente. Cristo es el árbol deseable que hace sabio al ser humano (Colosenses 2:3; 1 Corintios 1:30). Alimentémonos de él por la fe, para que lleguemos a ser sabios para la salvación. En el paraíso celestial, el árbol del conocimiento no estará prohibido, porque allí conoceremos plenamente, así como somos plenamente conocidos. Anhelemos estar allí y, mientras tanto, evitemos intentar alcanzar cosas demasiado elevadas o profundas para nosotros. No procuremos ser más sabios de lo que está escrito.
Ahora llegamos a los pasos del pecado: no son pasos hacia arriba, sino hacia abajo, hacia el abismo; pasos que conducen al infierno. Ella vio. Debió apartar la mirada de aquello que era vano, pero en lugar de hacerlo entró en la tentación al mirar con placer el fruto prohibido. Mucho pecado entra por los ojos. Por esas ventanas, Satanás lanza sus dardos encendidos, que atraviesan y envenenan el corazón. Los ojos afligen al corazón con culpa, además de causarle dolor. Por eso, como Job, hagamos un pacto con nuestros ojos para no mirar aquello que pueda tentarnos a desearlo (Proverbios 23:31; Mateo 5:28). Que el temor de Dios cubra nuestros ojos (Génesis 20:16).
Ella tomó. Este fue un acto suyo. El diablo no le metió el fruto en la boca contra su voluntad. Ella misma lo tomó. Satanás puede tentar, pero no puede obligar. Puede instarnos a lanzarnos desde un lugar alto, pero no puede arrojarnos él mismo (Mateo 4:6). El acto de Eva fue un robo, como cuando Acán tomó lo que había sido consagrado; tomó algo que no tenía derecho a tomar. Seguramente lo tomó con mano temblorosa.
Ella comió. Tal vez, cuando miró, no tenía la intención de tomarlo; y cuando lo tomó, quizá no tenía la intención de comerlo. Pero eso fue lo que terminó haciendo. El pecado es una pendiente. Una persona no puede detenerse cuando quiera. El comienzo del pecado es como el agua que irrumpe por una brecha, y luego es difícil decir: «Puedes llegar hasta aquí, pero no más allá». Por eso es sabio detener los primeros impulsos del pecado y apartarnos de él antes de tocarlo. Hay que cortar el problema de raíz.
También le dio a su marido, que estaba con ella. Es probable que él no estuviera con ella cuando fue tentada, porque, de haber estado allí, seguramente habría intervenido para detener el pecado. Más bien, llegó junto a ella después de que Eva había comido, y ella lo persuadió para que comiera también. Es más fácil aprender lo malo que enseñar lo bueno. Ella se lo dio usando los mismos argumentos que la serpiente había usado con ella, y añadió que ella misma había comido y había descubierto que el fruto no era mortal, sino muy agradable y satisfactorio. Las aguas robadas son dulces. Se lo dio bajo la apariencia de bondad, como si no quisiera disfrutar sola del delicioso fruto. Pero, en realidad, era el mayor daño que podía hacerle. O quizá quería que él compartiera su miseria si todo terminaba mal. Eso parece muy cruel, pero después de comer del fruto prohibido, pensamientos así pueden entrar fácilmente en el corazón humano. Quienes han hecho algo malo suelen estar dispuestos a arrastrar a otros al mismo mal. Así como era el diablo, Eva se convirtió también en una tentadora. Apenas se hizo pecadora, se convirtió en tentadora.
Él también comió, vencido por la insistencia de su esposa. No tiene sentido preguntarnos qué habría ocurrido si solo Eva hubiera pecado. La sabiduría de Dios habría resuelto el asunto con justicia. Pero eso no fue lo que ocurrió. Adán también comió. «¿Qué gran daño había en eso?», dice el razonamiento corrompido y carnal. ¿Qué daño? Ese acto mostró incredulidad hacia la palabra de Dios y confianza en la palabra del diablo. Mostró descontento con su condición presente, orgullo en cuanto a su propio valor, ambición por un honor que no proviene de Dios, envidia de la grandeza de Dios y rendición ante el apetito del cuerpo. Al dejar de lado el árbol de la vida, del cual sí tenía permiso para comer, y comer del árbol que estaba prohibido, mostró claramente desprecio por los dones que Dios le había dado y preferencia por lo que Dios no había considerado conveniente darle. Quiso decidir por sí mismo, gobernarse a sí mismo y hacer su propia voluntad. En una palabra, su pecado fue desobediencia (Romanos 5:19): desobediencia a un mandato claro, sencillo y directo, que probablemente sabía que había sido dado como una prueba.
Pecó con pleno conocimiento, después de haber recibido muchas muestras de misericordia y contra la luz y el amor más claros. No había dentro de él una naturaleza pecaminosa que lo arrastrara hacia abajo, ni nada que hubiera debilitado su voluntad. Se apartó rápidamente. Algunos piensan que cayó el mismo día en que fue creado, pero eso es difícil de conciliar con el hecho de que, al final de ese día, Dios dijo que todo era muy bueno. Otros piensan que cayó en sábado, lo cual haría que, en cierto sentido, su acto fuera aún peor por haber ocurrido en el mejor de los días.
Aun así, es seguro que conservó su integridad por muy poco tiempo. «El ser humano, aun en su dignidad, no permaneció» (Salmo 49:12). La mayor parte de su culpa consistió en que arrastró consigo a todos sus descendientes al pecado y la ruina. Puesto que Dios le había dicho que su raza llenaría la tierra, debió saber que representaba a toda la familia humana. Su desobediencia sería mortal para todos sus hijos y, si lo entendía así, fue la mayor traición y crueldad jamás conocida. Como la naturaleza humana fue puesta primero por completo en nuestros primeros padres, después tuvo que transmitirse desde ellos bajo una sentencia de culpa, una mancha de vergüenza y una enfermedad familiar de pecado y corrupción. Entonces, ¿podemos realmente decir que el pecado de Adán causó poco daño?
Los resultados finales de este pecado fueron la vergüenza y el temor, y llegaron junto con el pecado mismo. Todavía acompañan al pecado en la actualidad. La vergüenza se apoderó de ellos primero, sin que nadie más la viera, en Génesis 3:7. Sus propios corazones los acusaron con fuerza. «Los ojos de ambos fueron abiertos». Esto no significa que se les abrieran los ojos físicos, porque ya estaban abiertos, pues el pecado entró por ellos. Tampoco significa que obtuvieran verdadera sabiduría. Más bien, se les abrió la conciencia, y sus corazones los golpearon por lo que habían hecho.
Demasiado tarde, vieron lo insensato que había sido comer del fruto prohibido. Vieron la felicidad que habían perdido y la miseria en la que habían entrado. Vieron que habían ofendido a un Dios amoroso, que habían perdido su gracia y su favor, y que habían dejado de reflejar su imagen. Vieron que habían perdido su dominio sobre las criaturas. Vieron que su naturaleza estaba corrompida y torcida, y sintieron desorden en su propia alma, algo que nunca antes habían conocido. Vieron una ley en sus cuerpos que luchaba contra la ley de sus mentes y los arrastraba hacia el pecado y el juicio. Vieron, como Balaam cuando se le abrieron los ojos (Números 22:31), al ángel del Señor de pie en el camino con una espada desenvainada en la mano. Tal vez incluso vieron a la serpiente que los había engañado, ahora burlándose de ellos.
El texto dice que vieron que estaban desnudos. Esto significa, en primer lugar, que habían sido despojados de los honores y las alegrías de su vida en el paraíso, y que habían quedado expuestos a toda la miseria que justamente podía venir de parte de un Dios airado. Habían quedado indefensos. También significa que quedaron avergonzados para siempre delante de Dios y de los ángeles. Vieron que habían perdido sus vestiduras de honor, que habían sido despojados de su dignidad y que estaban expuestos al desprecio del cielo, de la tierra y de sus propias conciencias.
Aquí vemos cuán deshonroso y perturbador es el pecado. Trae daño a todo lugar donde entra. Hace que las personas se vuelvan contra sí mismas, destruye su paz y les quita el consuelo. Al final, siempre trae vergüenza: ya sea la vergüenza del verdadero arrepentimiento, que conduce a la gloria, o la vergüenza y el desprecio eterno que caerán sobre los malvados en el día final. El pecado es una desgracia para cualquier pueblo.
También vemos cuán engañador es Satanás. Cuando tentó a nuestros primeros padres, les dijo que sus ojos serían abiertos. Sus ojos fueron abiertos, pero no de la manera que él quiso dar a entender. Fueron abiertos a la vergüenza y al dolor, no al honor ni a la ventaja. Por eso, cuando Satanás habla con amabilidad, no debemos confiar en él. Los mentirosos más dañinos suelen intentar defenderse diciendo que solo usaron un doble sentido, pero Dios no aceptará esa excusa.
Entonces hicieron un débil intento de cubrir lo que habían hecho y protegerse de la convicción. Cosieron o tejieron hojas de higuera y se hicieron cubiertas, al menos para ocultar parte de su vergüenza el uno del otro. Esta es una imagen común de los pecadores. Les importa más mantener las apariencias delante de la gente que buscar el perdón de Dios. Tardan en confesar el pecado y se apresuran a ocultarlo todo lo posible. «He pecado, pero hónrame». Las excusas que las personas inventan para ocultar o suavizar sus pecados son vacías e inútiles. Como los delantales de hojas de higuera, no mejoran en nada la situación; solo hacen que la vergüenza sea mayor. Sin embargo, todos tenemos la tendencia a encubrir nuestras transgresiones como Adán (Job 31:33).
El temor se apoderó de ellos inmediatamente después de comer el fruto prohibido, en Génesis 3:8. La causa de su temor fue que oyeron la voz del Señor Dios, que se paseaba por el huerto al fresco del día. Lo que los atemorizó fue la llegada del Juez, aunque su venida solo resultaba aterradora para las conciencias culpables. Es probable que viniera en forma humana, y que quien entonces juzgó al mundo sea el mismo que juzgará al mundo al final: el hombre que Dios ha designado.
Al parecer, se les apareció en la misma forma que habían visto cuando los puso en el paraíso. Vino para convencerlos y humillarlos, no para abrumarlos con terror. Entró en el huerto; no descendió directamente del cielo de una manera visible para ellos, como después lo hizo en el monte Sinaí, sino de un modo que todavía permitía la cercanía. Vino caminando, no corriendo, y nos enseña así que, aun cuando seamos provocados, no debemos dejarnos llevar por la ira ni actuar apresuradamente. Debemos pensar con cuidado antes de hablar o actuar.
Vino al fresco del día, no durante la noche, cuando los temores son más fuertes, ni en el calor del día, porque no vino en el ardor de la ira. «No hay enojo en él» (Isaías 27:4). No cayó sobre ellos de repente. Oyeron su voz desde cierta distancia, lo cual les avisó que se acercaba. Probablemente era una voz tranquila, como aquella con la que después vino a interrogar a Elías. Algunos piensan que lo oyeron hablar consigo mismo acerca del pecado de Adán y del juicio que seguiría, como lo hizo respecto de Israel (Oseas 11:8-9). Pero es más probable que lo oyeran llamándolos y acercándose a ellos.
Se escondieron de la presencia del Señor Dios, y este fue un cambio muy triste. Antes de pecar, si hubieran oído al Señor Dios acercándose, habrían corrido a su encuentro. Habrían recibido sus visitas bondadosas con humilde alegría. Ahora todo era diferente. Dios se había convertido en un terror para ellos, y por eso no sorprende que ellos mismos se hubieran vuelto un terror para sí mismos y estuvieran llenos de confusión.
Sus propias conciencias los acusaban y les mostraban su pecado tal como realmente era. Sus hojas de higuera ya no podían ayudarlos. Dios había venido contra ellos como un enemigo, y toda la creación parecía estar en guerra con ellos. En ese momento no conocían a ningún mediador, es decir, a alguien que se interpusiera entre los pecadores y un Dios airado. Por eso, parecía que no les quedaba más que esperar con temor el juicio.
Por miedo, se escondieron entre los arbustos. Habían ofendido a Dios, y ahora huían por esa misma razón. Como sabían que eran culpables, no se atrevían a enfrentar un juicio. En vez de presentarse ante la justicia, huyeron de ella.
Aquí podemos ver la falsedad del tentador y el engaño de sus promesas. Les dijo que estarían seguros, pero ahora ni siquiera podían sentirse a salvo. Les dijo que no morirían, pero ahora se veían obligados a correr por sus vidas. Les prometió que serían elevados, pero se encontraron humillados y abatidos. Nunca habían parecido tan pequeños como en ese momento. Les prometió conocimiento, pero ni siquiera sabían dónde esconderse. Les prometió que serían como dioses, grandes y valientes, pero eran como criminales descubiertos: temblorosos, pálidos y ansiosos por escapar. No quisieron ser súbditos, y ahora eran prisioneros.
También vemos la necedad de los pecadores que creen que pueden esconderse de Dios. ¿Pueden esconderse del Padre de las luces (Salmo 139:7; Jeremías 23:24)? ¿Pueden apartarse de la fuente de la vida, el único que puede darles ayuda y felicidad (Jonás 2:8)? El pecado produce este tipo de temor. El temor de la presencia de Dios, las acusaciones de la conciencia, la cercanía de las dificultades, los ataques de criaturas inferiores y el miedo a la muerte, tan común entre las personas, todo surge del pecado.
Adán y Eva participaron juntos del pecado, y también compartieron la vergüenza y el temor que vinieron con él. Aunque acababan de unirse en matrimonio, ahora no podían consolarse ni fortalecerse mutuamente. Se habían convertido el uno para el otro en consoladores miserables.
De este capítulo
Génesis 3:1
"La serpiente era más astuta que todos los animales salvajes que Dios el Señor había creado, y le preguntó a la mujer: —¿De modo que Dios les ha dicho que no coman del fruto de ningún árbol del jardín?"
Génesis 3:2
"La mujer le respondió: —Podemos comer del fruto de cualquier árbol,"
Génesis 3:3
"excepto del árbol que está en medio del jardín. Dios nos ha dicho que no debemos comer ni tocar el fruto de ese árbol, porque, si lo hacemos, moriremos."
Génesis 3:4
"Pero la serpiente le dijo a la mujer: —Eso no es cierto. No morirán."
Génesis 3:5
"Dios sabe muy bien que, cuando ustedes coman del fruto de ese árbol, podrán saber lo que es bueno y lo que es malo, y entonces serán como Dios."
Génesis 3:7
"En ese momento se les abrieron los ojos, y ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera y se cubrieron con ellas."
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