Versículo destacado
Génesis 12:1 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Un día, el Señor le dijo a Abram: Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré. "
Génesis 12:1
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
1 Un día, el Señor le dijo a Abram: Deja tu tierra, tus parientes y la casa de tu padre, y ve a la tierra que yo te mostraré.
2 Con tus descendientes formaré una gran nación; te bendeciré y te haré famoso, y serás una bendición para otros.
3 Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; por medio de ti bendeciré a todas las familias del mundo.
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Aquí vemos el llamado por medio del cual Abram fue sacado de su tierra natal y llevado a la tierra que Dios le había prometido. Este llamado tenía el propósito de probar su fe y obediencia, y también de apartarlo para Dios, para un servicio especial y para recibir bendición. Podemos conocer algunos detalles por medio del discurso de Esteban en Hechos 7:2.
Primero, Esteban nos dice que el Dios de gloria se le apareció a Abram y le dio este llamado. Dios manifestó su gloria con tanta claridad que Abram no tenía razón para dudar de que el llamado venía de él. Más adelante, Dios habló de muchas maneras diferentes, pero este primer llamado vino acompañado de una manifestación directa de su gloria. Segundo, este llamado llegó a Abram en Mesopotamia, antes de que viviera en Harán. Por eso debemos entender correctamente la frase «el SEÑOR había dicho a Abram»: Dios le habló primero en Ur de los caldeos. En obediencia, Abram salió de la tierra de los caldeos y vivió en Harán, o Jarán, durante unos cinco años. Después de la muerte de su padre, Dios le dio una nueva orden que lo condujo a la tierra de Canaán.
Algunos piensan que Harán todavía formaba parte de Caldea, de modo que Abram aún no había dejado realmente su tierra. Otros creen que, después de vivir allí cinco años, comenzó a establecerse y a considerar ese lugar como su hogar, hasta que Dios le mostró que no era el lugar que había destinado para él. Si Dios nos ama y ha preparado cosas buenas para nosotros, no permitirá que nos conformemos con algo inferior a Canaán. Con bondad, repetirá su llamado hasta completar la buena obra que comenzó, y hasta que nuestras almas descansen solamente en Dios.
En este llamado encontramos tanto una orden como una promesa. La orden era difícil: «Sal de tu tierra» (Génesis 12:1). Primero, esto puso a prueba si Abram amaba su tierra natal y a sus familiares cercanos, y si podía dejarlo todo atrás para seguir a Dios. Su tierra se había llenado de idolatría, y sus parientes y la casa de su padre representaban para él un peligro constante. No podía permanecer entre ellos sin verse influenciado por ellos. Por eso Dios le dijo, en efecto: «Sal de inmediato». Toda persona que vive en pecado debe hacer todo lo posible por apartarse de él rápidamente. También podemos entenderlo así: «Sal por tu propio bien». Quienes abandonan el pecado y se vuelven a Dios descubrirán que reciben mucho más de lo que pierden (Proverbios 9:12).
Esta orden dada a Abram se parece mucho al llamado del evangelio, por medio del cual todos los creyentes, los hijos espirituales del fiel Abram, entran en pacto con Dios. El afecto natural debe ceder ante la gracia de Dios. Nuestra tierra nos es querida; nuestros familiares, aún más; y la casa de nuestro padre, más querida que todo. Sin embargo, debemos amarlos menos que a Cristo (Lucas 14:26). Si alguna vez compiten con él, su voluntad y su honor deben ocupar el primer lugar. También debemos abandonar el pecado y todo camino que conduzca a él, especialmente las malas compañías. Debemos apartarnos de los ídolos del mal que se han levantado en nuestro corazón y alejarnos del camino de la tentación. Si algo semejante a un ojo derecho nos lleva al pecado, debemos estar dispuestos a separarnos de ello (Mateo 5:29). Quienes se proponen guardar los mandamientos de Dios deben apartarse de la compañía de los malvados (Salmo 119:115; Hechos 2:40).
También debemos mantener una santa distancia del mundo y de todas sus comodidades. Ya no debemos considerarlo nuestro verdadero hogar, sino un lugar donde solo estamos de paso por un tiempo. Debemos aferrarnos a él con ligereza y vivir por encima de sus valores, con el corazón puesto en otro lugar.
Segundo, esta orden puso a prueba si Abram podía confiar en Dios más allá de lo que podía ver. Tenía que dejar su propia tierra e ir a una tierra que Dios le mostraría. Dios no dijo: «Es una tierra que te daré», sino solamente: «hacia una tierra que yo te mostraré». No le dijo qué tierra era ni cómo sería. Abram tuvo que seguir a Dios con una confianza sencilla, creyendo en su palabra aun sin pruebas detalladas de que no saldría perdiendo al dejar su tierra natal. Quienes se relacionan con Dios deben hacerlo por fe. Tenemos que renunciar a las cosas que vemos para recibir las que no vemos, y aceptar los sufrimientos presentes con la esperanza de la gloria futura (Romanos 8:18). Aún no se ha manifestado lo que seremos (1 Juan 3:2), así como tampoco se le había manifestado a Abram cuando Dios lo llamó a una tierra que le mostraría. Esto le enseñó a Abram a vivir dependiendo constantemente de la dirección de Dios y a mirarlo siempre a él.
Junto con la orden, Dios le dio a Abram una promesa abundante; en realidad, un conjunto de promesas, muchas de ellas grandes y preciosas. Toda orden de Dios viene acompañada de promesas para quienes obedecen. Cuando Dios se da a conocer como el que recompensa, no deja de cumplir su palabra. Estas son seis promesas.
Primero: «Haré de ti una gran nación». Cuando Dios apartó a Abram de su propio pueblo, le prometió convertirlo en el padre de otro pueblo. Lo separó de su condición semejante a la de una rama de olivo silvestre, para que llegara a ser la raíz de un buen olivo. Esta promesa fue un gran consuelo para Abram, porque en ese momento no tenía hijos. Dios sabe adaptar sus bendiciones a las necesidades de sus hijos. Tiene un remedio para cada herida y proveerá primero lo que más se necesita. Sin embargo, esta promesa también fue una gran prueba para la fe de Abram, porque su esposa había sido estéril durante mucho tiempo. Si Abram creía, tendría que hacerlo contra toda esperanza, descansando únicamente en el poder de Dios para sacar hijos de lo que parecía imposible y convertirlos en una gran nación. Dios es quien hace surgir a las naciones. Por medio de él nacen de repente (Isaías 66:8), y él habla para edificarlas y plantarlas (Jeremías 18:9). Si una nación llega a ser grande en riqueza y poder, es Dios quien la ha hecho grande. Él puede levantar una gran nación de un suelo seco y hacer que una pequeña llegue a ser mil.
Segundo: «Te bendeciré». Esto puede referirse especialmente a la bendición de la fertilidad y el crecimiento, como cuando Dios bendijo a Adán y a Noé. O puede significar, de manera más general: «Te bendeciré en todo sentido, con toda clase de bendiciones, de arriba y de abajo». Abram estaba dejando la casa de su padre, y Dios le prometió una bendición paternal mejor que la que había recibido de sus antepasados. Los creyentes obedientes pueden estar seguros de que recibirán la bendición.
Tercero: «Haré grande tu nombre». Al dejar su tierra, Abram renunció a la reputación que tenía allí. Dios le dijo, en efecto: «No te preocupes por eso. Confía en mí, y te daré un nombre más grande del que jamás podrías haber tenido allí». Abram no tenía hijos y quizá temía no dejar un nombre duradero. Pero Dios prometió convertirlo en una gran nación y, de ese modo, hacer grande su nombre. Dios es la fuente del honor, y la exaltación viene de él (1 Samuel 2:8). El nombre de los creyentes obedientes ciertamente será honrado y engrandecido. La mejor fama es la que obtuvieron los antepasados por medio de la fe (Hebreos 11:2).
«Serás una bendición». Esto significa, primero, que tu felicidad será un ejemplo de bendición. Quienes quieran bendecir a sus amigos orarán para que Dios los haga como Abram (Rut 4:11). El trato de Dios con los creyentes obedientes es tan bondadoso y lleno de gracia que no necesitamos desear nada mejor para nosotros ni para nuestros amigos. Tener a Dios como amigo es suficiente bendición.
Segundo, tu vida será una bendición para los lugares donde vivas como extranjero. Las personas buenas son una bendición para su país, y es un gran honor y una gran alegría ser usados de esa manera. Luego Dios añade: «Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré». Esto hizo que la relación fuera como un pacto mutuo, con responsabilidades de ambos lados, entre Dios y Abram. Abram se puso por completo del lado de Dios, y aquí Dios promete ponerse del lado de Abram.
Dios dice que será amigo de los amigos de Abram. Considerará que la bondad mostrada a Abram se le muestra a él mismo, y la recompensará. Dios se asegura de que, a largo plazo, nadie pierda por servir a su pueblo, aunque solo le dé un vaso de agua fría. También promete enfrentarse a los enemigos de Abram. Algunos odiarían y maldecirían al propio Abram, pero sus maldiciones vacías no podrían hacerle daño, y la justa maldición de Dios ciertamente caería sobre ellos (Números 24:9). Esta es una buena razón para bendecir a quienes nos maldicen, porque es suficiente saber que Dios los juzgará (Salmo 38:13-15).
«En ti serán benditas todas las familias de la tierra». Esta promesa corona a todas las demás, porque señala al Mesías, en quien todas las promesas de Dios se cumplen y llegan a su plenitud. Jesucristo es la gran bendición del mundo, la mayor bendición que el mundo ha recibido. Él es una bendición para las familias, porque por medio de él la salvación llega a una casa (Lucas 19:9). Cuando contemos las bendiciones de nuestra familia, debemos poner a Cristo en primer lugar, como la bendición suprema de todas.
Pero ¿cómo son bendecidas en Cristo todas las familias de la tierra, si tantas personas no lo conocen? La respuesta es esta: todos los que son bendecidos lo son en él (Hechos 4:12). Todos los que creen, sin importar de qué familia provengan, serán bendecidos en él. De todas las familias de la tierra hay algunos que son bendecidos en él. Además, hay bendiciones que todas las familias de la tierra comparten por medio de Cristo, porque la salvación del evangelio es una salvación común (Judas 1:3).
Es un gran honor estar vinculados con Cristo. Eso fue lo que hizo grande el nombre de Abram: el Mesías vendría de su linaje, algo mucho más importante que ser simplemente el padre de muchas naciones. El honor de Abram consistió en que Cristo sería su descendiente según la naturaleza humana. Nuestro honor será ser hermanos y hermanas de Cristo por gracia, como se muestra en (Mateo 12:50).
De este capítulo
Génesis 12:2
"Con tus descendientes formaré una gran nación; te bendeciré y te haré famoso, y serás una bendición para otros."
Génesis 12:3
"Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; por medio de ti bendeciré a todas las familias del mundo."
Génesis 12:4
"Abram salió de Harán tal como el Señor se lo había ordenado. Tenía setenta y cinco años cuando salió de allí para ir a la tierra de Canaán."
Génesis 12:5
"Se llevó consigo a su esposa Sarai y a su sobrino Lot, así como todas las cosas que tenían y la gente que habían adquirido en Harán. Cuando llegaron a Canaán,"
Génesis 12:6
"Abram atravesó toda aquella región hasta llegar a Siquem, donde está la encina sagrada de Moré. En aquel tiempo, los cananeos vivían en esa región."
Génesis 12:7
"Allí el Señor se le apareció y le dijo: «Esta tierra se la daré a tu descendencia». Entonces Abram construyó un altar en honor del Señor, porque allí se le había aparecido."
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