Versículo destacado
Hechos 8:14 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén supieron que los de Samaria habían aceptado el mensaje de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan. "
Hechos 8:14
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
12 Pero cuando creyeron en la buena noticia que Felipe les anunciaba acerca del reino de Dios y de Jesucristo, tanto hombres como mujeres se bautizaron.
13 El mismo Simón también creyó y se bautizó, y comenzó a acompañar a Felipe, admirado por los grandes milagros y señales que veía.
14 Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén supieron que los de Samaria habían aceptado el mensaje de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan.
15 Al llegar, oraron por los creyentes de Samaria para que recibieran el Espíritu Santo.
16 Porque el Espíritu Santo todavía no había venido sobre ninguno de ellos; solamente se habían bautizado en el nombre del Señor Jesús.
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Dios había bendecido maravillosamente el trabajo de Felipe como evangelista en Samaria. Sin embargo, Felipe solo podía hacer lo que correspondía a un evangelista. Algunos poderes especiales estaban reservados para los apóstoles, para mantener su oficio en honor, y ahora se nos dice lo que hicieron allí dos de ellos: Pedro y Juan. Los doce permanecieron juntos en Jerusalén (Hechos 8:1), y les llegó la buena noticia de que Samaria había recibido la palabra de Dios (Hechos 8:14). Allí se había reunido una gran cosecha de almas, y parecía probable que muchas más siguieran llegando.
La palabra de Dios no solo les fue predicada, sino que también fue recibida por ellos. Le dieron la bienvenida, aceptaron su luz y se sometieron a su autoridad. Cuando los apóstoles oyeron esto, enviaron a Pedro y a Juan. Si Pedro realmente hubiera sido, como algunos afirmaban, el jefe supremo de los apóstoles, no habría esperado una orden ni habría necesitado que lo enviaran. En cambio, siguió la dirección de la iglesia, como siervo de todo el cuerpo, y fue adonde lo mandaron.
Enviaron a dos apóstoles, y eran los dos más destacados, por dos razones. Primero, debían animar a Felipe, ayudarlo y fortalecerlo. Los ministros que ocupan posiciones de mayor responsabilidad, especialmente quienes tienen mayores dones y gracia, deben buscar maneras de ayudar a quienes están en posiciones más humildes, para que sean más útiles y reciban ánimo. Segundo, debían continuar la obra entre el pueblo y comunicar dones espirituales a quienes ya habían recibido la gracia celestial.
Observemos primero cómo ayudaron a quienes eran sinceros y verdaderamente convertidos. Se dice que «el Espíritu Santo aún no había descendido sobre ninguno de ellos» (Hechos 8:16), es decir, no había descendido mediante esos poderes extraordinarios que fueron dados cuando el Espíritu vino en Pentecostés. Ninguno había recibido todavía el don de hablar en lenguas, que en ese tiempo parece haber sido la señal inmediata habitual del derramamiento del Espíritu (Hechos 10:45-46). Esta era una señal clara para los incrédulos y también muy útil para los creyentes. No habían recibido esos dones externos, pero habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Por tanto, estaban unidos a él y participaban de él, lo cual era necesario para la salvación. En eso tenían gozo y paz (Hechos 10:8), aunque no pudieran hablar en lenguas.
Quienes verdaderamente pertenecen a Cristo y han experimentado la obra salvadora del Espíritu tienen motivos para dar gracias. No tienen razón para quejarse si no poseen dones que solo añaden belleza y distinción externas. Aun así, estaban llamados a avanzar hacia la plenitud de la bendición propia de ese tiempo, para mayor honra del evangelio. Parece probable que el mismo Felipe tuviera estos dones, pero no tenía poder para comunicárselos a otros. Los apóstoles debían venir con ese propósito. Y no hicieron esto con cada persona bautizada, sino con algunas de ellas, probablemente con quienes estaban destinados a un servicio especial en la iglesia o, al menos, a una participación activa y útil. Algunos recibieron un don y otros, uno diferente (1 Corintios 12:4; 1 Corintios 12:8; 1 Corintios 14:26).
Para hacerlo, los apóstoles oraron por ellos (Hechos 8:15). El Espíritu no solo se nos da para nuestro propio beneficio (Lucas 11:13), sino también a otros como respuesta a la oración. Dios dice: «Pondré mi Espíritu dentro de ustedes» (Ezequiel 36:27), pero también dice que esto debe pedirse (Hechos 8:37). Esto debe animarnos a orar para que Dios dé la gracia renovadora del Espíritu Santo a quienes nos importan espiritualmente: nuestros hijos, nuestros amigos y nuestros ministros. Debemos orar con fervor para que reciban el Espíritu Santo, porque eso incluye toda bendición.
Después pusieron las manos sobre ellos, mostrando que sus oraciones habían sido respondidas y que el Espíritu Santo les había sido dado. Mediante esta señal recibieron el Espíritu Santo y hablaron en lenguas. En la antigüedad, quienes tenían autoridad para bendecir usaban la imposición de manos como señal de bendición. De este modo, los apóstoles bendijeron a estos nuevos creyentes, ordenaron a algunos para el ministerio y confirmaron a otros en su fe cristiana. Ahora no podemos hacerlo así, ni nadie puede dar el Espíritu Santo de esa manera. Pero esta acción todavía nos enseña que, por aquellos por quienes oramos, también debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para ayudarlos.
Observemos después cómo descubrieron y apartaron al hipócrita que estaba entre ellos: Simón el mago. Ellos sabían distinguir lo valioso de lo inútil. La propuesta malvada de Simón dejó al descubierto su falso corazón (Hechos 8:18-19). Cuando vio que el Espíritu Santo era dado mediante la imposición de manos de los apóstoles, eso debió fortalecer su fe en la enseñanza de Cristo y aumentar su respeto por los apóstoles. En cambio, lo llevó a pensar que el cristianismo no era más que una forma superior de magia, y se imaginó que podía ponerse al mismo nivel que los apóstoles. Por eso les ofreció dinero y les dijo, en esencia, que le dieran también ese poder.
No les estaba pidiendo que pusieran las manos sobre él para recibir personalmente el Espíritu Santo. No esperaba obtener beneficio de eso. Quería tener el poder de dar ese don a otros. Quería el honor de un apóstol, pero no el corazón ni el espíritu de un cristiano. Deseaba su propia gloria más que el bien de los demás.
Al hacer esta oferta, insultó a los apóstoles, como si fueran hombres codiciosos capaces de hacer cualquier cosa por dinero y tan enamorados de él como lo estaba él mismo. Sin embargo, ellos habían dejado todo por Cristo y estaban muy lejos de tratar de obtener más riquezas. También insultó al cristianismo, como si sus milagros se realizaran por medio de la magia, aunque de una clase distinta de la que él había practicado antes. Como Balaam, buscaba las recompensas de la adivinación. No habría ofrecido dinero por ese poder si no hubiera esperado ganar dinero con él. Su propuesta también mostró un corazón orgulloso que nunca había sido verdaderamente humillado. Un hombre como él, recién rescatado de semejante pecado y recibido en la iglesia, debió haber pedido, como el hijo pródigo, ser hecho uno de los jornaleros. En cambio, quería un lugar no menor que el de un administrador de la casa, confiado con un poder que ni siquiera Felipe tenía, sino únicamente los apóstoles.
El rechazo de Pedro a la oferta de Simón fue firme y justo (Hechos 8:20-23). Primero le mostró su pecado (Hechos 8:20): había pensado que el don de Dios podía comprarse con dinero. Al hacer esto, Simón había sobrevalorado enormemente las riquezas de este mundo, como si el dinero pudiera comprarlo todo. Actuó como si, puesto que las riquezas pueden satisfacer muchas necesidades en esta vida, también pudieran resolverlo todo en la vida venidera y comprar el perdón de los pecados, el don del Espíritu Santo y la vida eterna.
También había menospreciado el don del Espíritu Santo y lo había puesto al mismo nivel que los dones ordinarios de la naturaleza y de la providencia. Parecía pensar que el poder de un apóstol podía comprarse con una buena suma, como se paga el consejo de un médico o la asesoría de un abogado. Eso era un gran insulto contra el Espíritu de gracia. La compra y venta de perdones e indulgencias en la Iglesia católica romana surgió de esta misma idea malvada: que el don de Dios puede comprarse con dinero, aunque la gracia divina se ofrece gratuitamente, sin dinero y sin precio.
Pedro también le mostró a Simón cuál era su verdadero carácter, basándose en ese pecado. No podemos decir que cada cosa incorrecta que una persona dice o hace demuestre que es hipócrita en su religión. Pero la acción de Simón fue un error tan profundo que no podía conciliarse con un estado de gracia, es decir, con una vida salvada y gobernada por el favor de Dios. Su oferta de dinero —dinero obtenido además mediante la hechicería— demostraba claramente que todavía estaba dominado por una mentalidad mundana y carnal. Seguía siendo lo que Pablo llama una persona natural: alguien que no recibe las cosas del Espíritu de Dios y no puede conocerlas.
Por eso Pedro le dijo claramente que su corazón no era recto delante de Dios (Hechos 8:21). En otras palabras: aunque profesaba tener fe y había sido bautizado, no era sincero. Somos lo que es nuestro corazón. Si el corazón está mal, nosotros también estamos mal. Dios ve el corazón, lo conoce por completo y nos juzga por él. Si nuestro corazón no es recto delante de Dios, nuestra religión es vacía y no nos servirá de nada. Nuestra gran preocupación debe ser agradarle con sinceridad; de lo contrario, nos engañamos a nosotros mismos hasta nuestra ruina. Algunos entienden las palabras de Pedro como una explicación específica de por qué se rechazó la petición de Simón: su corazón estaba mal al hacerla. No buscaba la gloria de Dios ni la honra de Cristo, sino usar el don para su propio beneficio. Pidió y no recibió porque pidió mal, para gastarlo en sus propios deseos y seguir siendo considerado un gran hombre.
Pedro también dice que Simón está en «hiel de amargura» y «prisionero de la iniquidad», es decir, esclavizado por el pecado (Hechos 8:23). Estas son palabras directas, y la franqueza es lo mejor cuando se trata de las almas y de la eternidad. Simón tenía una gran reputación entre la gente y, por un tiempo, incluso una buena reputación entre el pueblo de Dios; aun así, Pedro pronuncia sobre él un juicio severo. Una persona puede seguir dominada por el pecado y, sin embargo, conservar una apariencia de piedad. Pedro dice: «Veo que es así», y esto no parece haber procedido tanto de un don especial de discernimiento como de las propias palabras de Simón, que mostraban cómo era. Los hipócritas suelen quedar expuestos rápidamente. La naturaleza del lobo se hace evidente, aun cuando esté vestido con piel de oveja.
Esta descripción de Simón es, en realidad, la descripción de todas las personas malvadas. Primero, están en la hiel de amargura. Son repugnantes delante de Dios, así como la hiel nos resulta amarga a nosotros. El pecado es algo detestable que el Señor aborrece, y el pecado hace detestables a los pecadores. El pecado que habita en nosotros es una raíz de amargura que produce hiel y ajenjo (Deuteronomio 29:18). Corrompe la mente y la vuelve contra lo bueno (Hebreos 12:15). También señala el doloroso fin del pecado, que es amargo como el ajenjo.
Segundo, están prisioneros de la iniquidad. Debido a la culpa del pecado, están destinados al juicio de Dios, y por el poder del pecado permanecen bajo el dominio de Satanás. Él los mantiene cautivos para hacer su voluntad, y esa es una esclavitud cruel, semejante a la de Egipto, donde la vida se volvió amarga.
Luego Pedro le dice a Simón lo que le sucederá de dos maneras. Primero, le dice que sus riquezas materiales, a las que había dado un valor excesivo, perecerán junto con él: «¡Que tu dinero perezca contigo!». Con esto, Pedro rechaza la oferta con gran indignación y desprecio: «¿Crees que puedes sobornarnos para que traicionemos nuestra responsabilidad y pongamos este poder en manos indignas? ¡Vete tú y también tu dinero! No queremos tener nada que ver con ninguno de los dos». Cuando el dinero nos tiente a hacer el mal, debemos recordar que es pasajero y negarnos a dejarnos guiar por él. La persona íntegra rechaza el soborno y ni siquiera lo toca (Isaías 33:15).
Pedro también le advierte que enfrentará una destrucción total si permanece en esa actitud. Perderá su dinero y también todo lo que esperaba conseguir con él. Así como el alimento es para el estómago y el estómago para el alimento (1 Corintios 6:13), los bienes son para el dinero y el dinero para los bienes. Pero Dios destruirá tanto el dinero como las cosas que este puede comprar. Todo eso desaparece con el uso. Sin embargo, ese no es el peor aspecto. Simón mismo perecerá con su dinero, y el dinero perecerá con él. Su ruina será más grave porque tenía recursos que podía haber usado bien, por ejemplo, poniéndolos a los pies de los apóstoles como una ofrenda, la cual habría sido aceptada (Lucas 16:9). En vez de eso, intentó imponérselos como un soborno, y fueron rechazados.
Segundo, Simón perderá las bendiciones espirituales que había tratado con ligereza (Hechos 8:21): «No tienes parte ni derecho en este asunto». No tiene ninguna relación con los dones del Espíritu Santo. No los comprende y está excluido de ellos. Él mismo se ha cerrado la puerta. No puede recibir al Espíritu Santo ni recibir poder para transmitirlo a otros, porque su corazón no es recto delante de Dios. Si piensa que el cristianismo es una manera de ganarse la vida en este mundo, entonces no tiene parte en la vida eterna que ofrece el evangelio. Muchas personas profesan la fe cristiana y, aun así, no tienen parte ni derecho en ella; no tienen parte en Cristo (Juan 13:8) ni en la herencia celestial. Son personas cuyo corazón no es recto delante de Dios: no están impulsadas por un espíritu recto, no se rigen por una norma correcta ni tienen el objetivo adecuado.
Aun así, Pedro le da a Simón un buen consejo en Hechos 8:22. Aunque está enojado con él, no lo abandona. Y aunque le muestra que su situación es muy grave, no la declara irremediable. Todavía hay esperanza para él. Pedro le dice que haga lo primero que debe hacer. Primero, tiene que arrepentirse. Debe reconocer su error y apartarse de él. Tiene que cambiar su manera de pensar y de vivir. Debe humillarse y sentir vergüenza por lo que ha hecho. Su arrepentimiento debe ser específico: tiene que arrepentirse de ese pecado en particular, admitir que es culpable y lamentarlo. Debe asumir la responsabilidad y no suavizarlo llamándolo un error o un celo mal encaminado. Tiene que llamarlo por su nombre: maldad, su propia maldad, fruto de su propia corrupción. Quienes han hablado o actuado mal deben, en la medida de lo posible, retractarse y reparar el daño mediante el arrepentimiento. Segundo, debe orar a Dios, pidiéndole que le conceda arrepentimiento y perdón por medio de ese arrepentimiento.
Las personas que se arrepienten de verdad deben orar. La oración muestra un deseo dirigido hacia Dios y confianza en Cristo. Simón el mago, un hechicero famoso que tenía un concepto muy elevado de sí mismo, no sería recibido en la comunión de los apóstoles bajo condiciones más fáciles que las de cualquier otro pecador: arrepentimiento y oración.
Pedro también le dio esperanza al decirle: «Quizá el pensamiento de tu corazón pueda ser perdonado». Esto nos recuerda que puede haber una gran maldad en los pensamientos del corazón: ideas falsas, deseos corruptos y planes pecaminosos. Es necesario arrepentirse de esas cosas, o estaremos perdidos. Sin embargo, hasta los pensamientos más perversos pueden ser perdonados cuando hay arrepentimiento, y Dios no los tomará en nuestra contra. Cuando Pedro dice «quizá», la duda no se refiere a la disposición de Dios para perdonar a quien se arrepiente sinceramente, sino a si el arrepentimiento de Simón es verdadero. También puede significar que su pecado era tan grave que el perdón parecía dudoso; pero la promesa del evangelio elimina esa duda cuando una persona se arrepiente de verdad, como se muestra en (Lamentaciones 3:29).
Entonces Simón les pidió a los apóstoles que oraran por él: «Rueguen al Señor por mí, para que no me suceda nada de lo que han dicho» (Hechos 8:24). La reprensión de Pedro lo dejó conmocionado y confundido. Lo que esperaba que fuera elogiado había sido condenado duramente. Eso era una buena señal, porque la advertencia lo había conmovido y temía el juicio descrito, al punto de hacer temblar hasta a la persona más atrevida. Quería que los apóstoles oraran por él porque creía que ellos tenían el favor de Dios.
Aun así, faltaba algo. Les pidió que oraran por él, pero no oró por sí mismo, como debía haberlo hecho. Incluso al pedir oración, parece que su principal preocupación era evitar el castigo, no que la gracia venciera sus pecados y corrigiera su corazón delante de Dios. En ese sentido, era como el faraón, que quería que Moisés le pidiera al Señor que quitara la plaga, pero no que quitara su pecado ni su corazón obstinado (Éxodo 8:8; Éxodo 10:17). Algunos piensan que Pedro había pronunciado contra él un juicio específico, como lo hizo contra Ananías y Safira, y que ese juicio fue detenido porque Simón se sometió y los apóstoles oraron. O quizá Simón simplemente entendió que se acercaba alguna señal de la ira de Dios y rogó escapar de ella.
Después de esto, los apóstoles regresaron a Jerusalén cuando terminaron la obra para la que habían ido. Todavía no debían dispersarse en distintas direcciones. Aunque habían llegado para cumplir una tarea especialmente apostólica, también se dedicaron a una labor común a todos los ministros del evangelio cada vez que tuvieron la oportunidad.
En Samaria, fueron predicadores. Dieron testimonio de la palabra del Señor, proclamando solemnemente la verdad del evangelio y confirmando lo que los otros ministros habían predicado. No afirmaron que traían algo nuevo a los samaritanos, aunque eran apóstoles. Simplemente dieron testimonio de la palabra del Señor tal como la habían recibido.
En el camino de regreso, también fueron predicadores itinerantes. Al pasar por muchas aldeas samaritanas, predicaron allí el evangelio. Esas aldeas eran más pequeñas y menos importantes que las ciudades, pero las almas que vivían allí tenían el mismo valor. Los apóstoles no consideraron que predicarles estuviera por debajo de su dignidad. Dios se preocupa por la gente de sus aldeas en Israel (Jueces 5:11), y nosotros también debemos preocuparnos por ella.
De este capítulo
Hechos 8:1
"Y Saulo estaba allí, aprobando la muerte de Esteban. Aquel mismo día comenzó una gran persecución contra la iglesia de Jerusalén. Todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y de Samaria."
Hechos 8:2
"Unos hombres piadosos enterraron a Esteban y lloraron mucho por él."
Hechos 8:3
"Mientras tanto, Saulo perseguía a la iglesia: entraba de casa en casa para sacar a rastras a hombres y mujeres y mandarlos a la cárcel."
Hechos 8:4
"Pero los que tuvieron que salir de Jerusalén anunciaban la buena noticia por dondequiera que iban."
Hechos 8:5
"Felipe, uno de ellos, fue a la principal ciudad de Samaria y comenzó a hablarles de Cristo."
Hechos 8:6
"La gente se reunía, y todos escuchaban atentamente lo que decía Felipe, pues veían las señales milagrosas realizadas por él."
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