Versículo destacado
Hechos 7:30 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Cuarenta años después, en el desierto, cerca del monte Sinaí, un ángel se le apareció en el fuego de una zarza que ardía. "
Hechos 7:30
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
28 ¿Acaso quieres matarme como mataste ayer al egipcio?”
29 Al oír esto, Moisés huyó y se fue a la tierra de Madián. Allí vivió como extranjero y tuvo dos hijos.
30 Cuarenta años después, en el desierto, cerca del monte Sinaí, un ángel se le apareció en el fuego de una zarza que ardía.
31 Moisés se asombró ante aquella visión y, cuando se acercó para ver mejor, oyó la voz del Señor, que decía:
32 “Yo soy el Dios de tus antepasados. Soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”. Moisés comenzó a temblar de miedo y no se atrevía a mirar.
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Esteban continúa con la historia de Moisés. Cualquiera puede juzgar si estas son las palabras de alguien que blasfemó contra Moisés. De hecho, no podrían existir palabras que honraran más profundamente a Moisés.
Primero, Esteban habla de la manifestación de la gloria de Dios en la zarza ardiente (Hechos 7:30). Cuando habían pasado cuarenta años, Moisés todavía estaba en Madián, casi enterrado allí en vida. Ya era anciano y parecía haber dejado atrás cualquier posibilidad de servir de manera útil. Sin embargo, ese era el momento apropiado para que Dios mostrara que la obra de Moisés procedía del poder y de la promesa divina. Así como Isaac fue un hijo de la promesa porque nació de padres demasiado ancianos para tener hijos, ahora Moisés entraba en la obra honorable para la cual Dios lo había preparado, después de haber abandonado aquella vida a los cuarenta años.
Observemos dónde se le apareció Dios: en el desierto del monte Sinaí (Hechos 7:30). Cuando Dios se encontró allí con Moisés, aquel lugar era tierra santa (Hechos 7:33). Esteban destaca esto para corregir a quienes se jactaban del templo, como si Dios solo pudiera encontrarse allí. Dios se encontró con Moisés y se le manifestó en un lugar remoto y solitario del desierto. Las personas se engañan si piensan que Dios está limitado a un solo lugar. Él puede llevar a su pueblo al desierto y aun así hablarle con consuelo.
Observemos también cómo se manifestó Dios: en una llama de fuego. Nuestro Dios es fuego consumidor, y aun así la zarza no fue destruida. La zarza pudo haber representado a Israel en Egipto, quemado por el sufrimiento, pero no consumido. También puede señalar la venida de Cristo en carne humana y la unión de Dios y del ser humano en él. Dios manifestado en carne fue como la llama manifestada en la zarza.
La respuesta de Moisés tuvo dos aspectos. Primero, quedó maravillado ante la visión (Hechos 7:31). Ninguno de sus conocimientos adquiridos en Egipto podía explicar aquello. Al principio sintió curiosidad y quiso acercarse para observar mejor: «Me acercaré ahora para ver esta gran visión». Pero cuanto más se acercaba, más asombrado quedaba. Después tembló y no se atrevió a mirar de cerca. Pronto comprendió que no se trataba simplemente de una luz de fuego en el cielo, sino del ángel del Señor; en verdad, era el Ángel del pacto, el Hijo de Dios mismo. Esto hizo que Moisés temblara.
A Esteban lo habían acusado de blasfemar contra Moisés y contra Dios (Hechos 6:11), como si Moisés fuera una especie de dios inferior. Pero esto demuestra que Moisés era solamente un ser humano, con los mismos sentimientos que nosotros, especialmente temor al encontrarse con la majestad y la gloria de Dios.
Segundo, Esteban habla del pacto que Dios declaró a Moisés (Hechos 7:32). La voz del Señor vino a él, y la fe viene por el oír. Dios dijo: «Yo soy el Dios de Isaac y el Dios de Jacob». Esto significa, en primer lugar: «Yo soy el mismo Dios que siempre he sido». El pacto que Dios hizo con Abraham mucho tiempo atrás fue: «Yo seré tu Dios», es decir, un Dios que sería suficiente para él en todo sentido. Ahora Dios declara que ese pacto sigue vigente. No ha sido cancelado ni olvidado. Él sigue siendo, como antes, el Dios de Abraham, y ahora lo demostrará abiertamente. Todos los favores y honores concedidos a Israel descansaban en aquel pacto con Abraham y procedían de él.
También significa, en segundo lugar: «Seguiré siendo el mismo Dios que soy». Si la muerte de Abraham, Isaac y Jacob no rompe su relación de pacto con Dios —y no la rompe—, entonces nada más puede hacerlo. Dios sigue siendo su Dios, tanto para sus almas, separadas de sus cuerpos, como para sus descendientes. Nuestro Señor usa esta misma verdad para demostrar la vida futura (Mateo 22:31-32). Abraham murió, pero Dios sigue siendo su Dios. Por lo tanto, Abraham todavía debe vivir. Dios no cumplió todo el significado de su promesa a Abraham solamente en este mundo. Por eso, la promesa debe cumplirse en el mundo venidero. Esta es la vida y la inmortalidad que el evangelio da a conocer, y es la respuesta a los saduceos, quienes negaban que hubiera vida después de la muerte.
Por lo tanto, quienes defendían el evangelio y lo proclamaban no estaban blasfemando contra Moisés en absoluto. Al contrario, le rendían el mayor honor posible, junto con la gloriosa revelación que Dios le hizo en la zarza. Dios también es el Dios de sus descendientes. Al decir que era el Dios de sus antepasados, mostró bondad hacia sus hijos, quienes serían amados por causa de sus padres (Romanos 11:28; Deuteronomio 7:8). Los predicadores del evangelio estaban presentando este pacto, la promesa que Dios hizo a los antepasados; y algunos de las doce tribus que continuaban sirviendo a Dios esperaban alcanzar esa promesa (Hechos 26:6-7). Por eso, quienes pretendían defender el lugar santo y la ley estaban oponiéndose al pacto hecho con Abraham y sus descendientes, especialmente con sus descendientes espirituales, un pacto establecido antes de que se diera la ley y mucho antes de que se construyera el templo. La gloria de Dios siempre debe ser exaltada, y toda jactancia humana debe quedar en silencio. Nuestra salvación debe venir por la promesa, no por la ley. Así que los judíos que perseguían a los cristianos y afirmaban que ellos blasfemaban contra la ley eran, en realidad, quienes blasfemaban contra la promesa y rechazaban la misericordia que esta ofrecía.
Tercero, Esteban habla de la comisión que Dios dio a Moisés para liberar a Israel de Egipto. Los judíos habían puesto a Moisés en oposición a Cristo, y acusaban a Esteban de blasfemar porque él se negaba a hacer lo mismo. Pero Esteban muestra que Moisés era una clara figura de Cristo, ya que ambos fueron libertadores del pueblo de Dios. Después de declarar que él era el Dios de Abraham, Dios le indicó a Moisés que adoptara una postura humilde: «Quítate las sandalias de los pies». Moisés no debía acercarse a una obra santa con pensamientos descuidados, fríos o comunes. Debía fijarse en cómo caminaba y proceder con reverencia. No debía apresurarse a entrar en la presencia de Dios.
Entonces Dios le encomendó una gran tarea. Cuando Moisés estuvo listo para recibir órdenes, recibió una comisión. Fue enviado a pedirle al faraón que dejara salir al pueblo de Israel de la tierra y a insistir en esa demanda (Hechos 7:34). Dios dijo que había visto el sufrimiento de su pueblo y había escuchado sus gemidos. Había tomado en cuenta tanto sus dificultades como la profunda aflicción que esas dificultades les causaban. Dios tiene una preocupación tierna por las aflicciones de su iglesia y por los gemidos de su pueblo perseguido. Su rescate comienza en su compasión.
Dios también decidió redimirlos por medio de Moisés: «He descendido para librarlos». Aunque Dios está presente en todas partes, Esteban usa esta manera de hablar porque este rescate apuntaba hacia Cristo, quien descendió del cielo para nuestra salvación. El que ascendió primero descendió. Moisés sería el hombre que Dios usaría: «Ven, te enviaré a Egipto». Si Dios lo enviaba, también lo respaldaría y le concedería éxito.
Cuarto, Esteban habla de cómo Moisés cumplió esta comisión, y al hacerlo fue una figura del Mesías.
Esteban vuelve a señalar los insultos que el pueblo había dirigido contra Moisés. El rechazo de ellos hace resaltar aún más claramente la elección de Moisés por parte de Dios. Dios honró al hombre a quien ellos habían tratado con desprecio. De la misma manera, Esteban estaba mostrando al consejo que Jesús, a quien sus antepasados habían rechazado, es aquel a quien Dios ahora ha exaltado como gobernante y Salvador.
Moisés era el hombre a quien ellos habían rechazado cuando dijeron: «¿Quién te puso por gobernante y juez?». Sin embargo, Dios envió precisamente a ese Moisés para ser su gobernante y libertador, con la ayuda del ángel que se le apareció en la zarza. El punto de Esteban es claro: la elección de Dios no depende de la aprobación humana. Aquel a quien los seres humanos rechazan, Dios puede designarlo para salvar.
Dios también mostró bondad a Israel por medio de Moisés, incluso después de que lo habían rechazado. Moisés los sacó de Egipto después de que Dios hizo maravillas y señales allí, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años. Esteban no está hablando contra Moisés en absoluto. Lo honra como un gran instrumento en las manos de Dios para formar la iglesia del Antiguo Testamento, el pueblo de Dios bajo el antiguo pacto.
Pero Moisés solo era un instrumento. No pierde honra porque Jesús sea mayor que él. Esteban quiere que estos judíos entiendan que Jesús es el verdadero cumplimiento de la obra salvadora de Dios y que deben recibirlo. Si lo hacen, encontrarán en Cristo el mismo favor y la misma ayuda que Israel recibió por medio de Moisés, aunque antes lo hubieran rechazado.
Moisés también habló acerca de Cristo y de su gracia. Les dijo a los israelitas: «El Señor su Dios les levantará de entre sus hermanos un profeta como yo» (Deuteronomio 18:15, 18). Este fue uno de los mayores honores que Dios le concedió a Moisés. Por medio de él, Dios preparó al pueblo para esperar al profeta que vendría y les ordenó que lo escucharan.
Esto es muy importante para el argumento de Esteban. Él no estaba atacando a Moisés al decir que Jesús cambiaría las costumbres de la ley ceremonial, es decir, las normas religiosas externas relacionadas con el culto en el templo y los sacrificios. Estaba honrando a Moisés al mostrar que el propio Moisés señalaba hacia Cristo. Como dijo Jesús, si realmente hubieran creído en Moisés, también habrían creído en él (Juan 5:46).
Moisés les había dicho que, cuando llegara el momento señalado, Dios levantaría de entre su propio pueblo a un profeta semejante a él. Ese profeta sería gobernante y libertador, juez y legislador, como Moisés. Por eso tendría autoridad para cambiar las costumbres que Moisés les había transmitido y traer una esperanza mejor, como mediador —el que une a dos partes— de un pacto mejor.
Moisés también les ordenó que escucharan a ese profeta. Debían recibir su enseñanza, aceptar los cambios que él traería y someterse a él en todo. Ese sería el mayor honor que podrían rendirle a Moisés y a su ley. Dios repitió ese mandato con una voz del cielo durante la transfiguración de Cristo, cuando dijo: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo» (Mateo 17:5).
Moisés también siguió sirviendo a Israel después del éxodo. Estaba con la iglesia en el desierto, es decir, con el pueblo de Dios unido por el pacto mientras atravesaba el desierto. Durante cuarenta años dirigió sus asuntos, como un rey en Jesurún, el nombre poético de Israel en Deuteronomio 33:5. Fue un gran honor para Moisés pertenecer a esa comunidad sagrada y dirigirla. Muchas veces habría sido destruida si Moisés no se hubiera presentado delante de Dios para rogar por ella.
Sin embargo, Cristo es la cabeza y el guía de una iglesia mucho más grande y gloriosa que la del desierto. Él está presente en ella de una manera mucho más plena, como su vida y su alma, algo que Moisés jamás podría haber sido. Moisés estuvo con el ángel que le habló en el monte Sinaí y con los padres de Israel. Estuvo con el ángel del pacto, a quien la fuente identifica como Miguel, nuestro príncipe. Moisés se acercó a Dios, pero nunca descansó en el corazón del Padre como Cristo lo hizo desde la eternidad.
Estas palabras también podrían significar que Moisés estaba con el ángel que le habló en la zarza ardiente, llamada monte Sinaí en este pasaje (Hechos 7:30). Ese ángel iba delante de Moisés y lo guiaba; sin esa dirección, Moisés no habría podido guiar a Israel. Dios había dicho: «Yo envío un ángel delante de ti» (Éxodo 23:20; Éxodo 33:2; Números 20:16). Moisés sirvió a la iglesia con la ayuda del ángel, y sin esa ayuda no habría podido hacer nada por ella. Cristo, sin embargo, es él mismo ese ángel que estaba con la iglesia en el desierto, lo cual le da una autoridad superior a la de Moisés.
Moisés también recibió los oráculos vivientes para entregárselos a Israel. Esto incluye los Diez Mandamientos y las demás instrucciones que el Señor le dio para transmitirlas al pueblo. Las palabras de Dios son oráculos: palabras seguras y dignas de confianza, con autoridad incuestionable. Deben consultarse como un oráculo, y todo conflicto debe resolverse por medio de ellas.
Son oráculos vivientes porque proceden del Dios vivo, no de los ídolos silenciosos y muertos de las naciones. La palabra de Dios es espíritu y vida. La ley de Moisés no podía dar vida por sí misma, pero mostraba el camino hacia la vida: si alguien quiere entrar en la vida, debe guardar los mandamientos. Moisés recibió estas palabras de Dios y no entregó al pueblo ningún mensaje como oráculo de Dios sin haberlo recibido primero de Dios mismo.
Moisés recibió de Dios estas palabras vivientes y se las transmitió fielmente al pueblo para que pudiera obedecerlas y guardarlas. Uno de los grandes privilegios de los judíos fue que Dios les confió sus propias palabras, y Moisés fue quien se las entregó. Moisés no les dio su pan, ni tampoco les dio desde el cielo la ley, como dijo Jesús: «No fue Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo» (Juan 6:32). El mismo Dios que les dio esas costumbres por medio de Moisés también podía, cuando quisiera, cambiarlas por medio de su Hijo Jesús, quien trae palabras aún más plenas y vivas que las que dio Moisés.
Después de todo esto, el pueblo siguió mostrando desprecio por Moisés. Por eso, quienes acusaban a Esteban de hablar contra Moisés deberían considerar lo que hicieron sus propios antepasados, porque ellos seguían el mismo camino. No quisieron obedecer a Moisés. Lo rechazaron, se quejaron contra él e incluso estuvieron dispuestos a apedrearlo en algunas ocasiones (Hechos 7:39). Moisés les dio una ley excelente, pero su conducta mostró que la ley, por sí sola, no podía hacerlos completamente justos delante de Dios (Hebreos 10:1). En su corazón, regresaron a Egipto y prefirieron el ajo y las cebollas de allá al maná que tenían bajo el cuidado de Moisés, o a la leche y la miel que esperaban recibir en Canaán. Exteriormente podían estar avanzando hacia Canaán, pero interiormente seguían aferrados a Egipto.
Muchas personas siguen haciendo lo mismo. Parecen avanzar hacia Dios mientras mantienen una apariencia religiosa, pero en su corazón están regresando al mundo. Es como la esposa de Lot, que miró hacia atrás, en dirección a Sodoma. Dios juzga el corazón, y quienes se aferran en secreto a lo que dejaron atrás serán tratados como desertores. Si las costumbres que Moisés les dio no podían transformarlos verdaderamente, entonces no debería sorprender a nadie que Cristo viniera a traer un cambio más profundo y una forma de adoración más espiritual.
También hicieron un becerro de oro en lugar de Moisés, y con eso insultaron tanto a Dios como a Moisés. Su excusa fue que Moisés, quien los había sacado de Egipto, había desaparecido; por eso pidieron dioses de oro, como si un becerro pudiera ocupar el lugar de Moisés o guiarlos a la tierra prometida. Mientras se entregaba la ley, hicieron aquel becerro, le ofrecieron sacrificios y se alegraron por lo que sus propias manos habían fabricado. Estaban tan orgullosos de su nuevo dios que, después de comer y beber, se levantaron para celebrar desenfrenadamente.
Todo esto muestra cuánto no podía hacer la ley, porque estaba debilitada por el pecado humano. Por eso era necesario que una mano mejor llevara esta ley a su cumplimiento. Así que nadie estaba hablando contra Moisés al decir que Cristo había hecho lo que Moisés no pudo hacer plenamente.
De este capítulo
Hechos 7:1
"El sumo sacerdote le preguntó a Esteban si era cierto lo que decían de él,"
Hechos 7:2
"y él respondió: Hermanos y padres, escúchenme: Nuestro glorioso Dios se manifestó a nuestro antepasado Abraham cuando estaba en Mesopotamia, antes de que se fuera a vivir a Harán,"
Hechos 7:3
"y le dijo: “Deja tu tierra y a tus parientes, y vete a la tierra que yo te mostraré”."
Hechos 7:4
"Entonces Abraham salió de Caldea y se fue a vivir a Harán. Después de que murió su padre, Dios trajo a Abraham a esta tierra donde ustedes viven ahora."
Hechos 7:5
"Pero no le dio ninguna herencia en ella, ni siquiera un lugar donde poner el pie. Sin embargo, le prometió que se la daría para que, después de su muerte, perteneciera a sus descendientes, aunque en aquel tiempo Abraham todavía no tenía hijos."
Hechos 7:6
"Además, Dios le dijo que sus descendientes vivirían como extranjeros en una tierra extraña, que serían esclavos y que los maltratarían durante cuatrocientos años."
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