Versículo destacado

Hechos 5:26 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" El jefe de la guardia fue con los guardias a buscarlos, pero no los maltrataron porque tenían miedo de que la gente los apedreara. "

Hechos 5:26

menu_book El versículo en contexto

24 Al oírlo, el jefe de la guardia del templo y los principales sacerdotes se preguntaban en qué terminaría todo aquello.

25 En aquel momento llegó uno y les dijo: —Los que ustedes metieron en la cárcel están en el templo enseñando al pueblo.

26 El jefe de la guardia fue con los guardias a buscarlos, pero no los maltrataron porque tenían miedo de que la gente los apedreara.

27 Cuando llegaron, los llevaron ante la Junta Suprema, y el sumo sacerdote les dijo:

28 —Les habíamos prohibido terminantemente que enseñaran nada relacionado con ese hombre. ¿Y qué han hecho ustedes? Han llenado toda Jerusalén con esas enseñanzas y, además, quieren echarnos la culpa de la muerte de ese hombre.

auto_stories

Explora estudios bíblicos guiados

Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor

Micro-Study 5 días

Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)

Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.

Vista previa de la sesión 1:

Dichosos los humildes

schedule 6 min

Micro-Study 5 días

Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)

Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.

Vista previa de la sesión 1:

El cuidado del Pastor

schedule 5 min

lock_open Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones

person_add Crear cuenta gratis

auto_stories Comentario de Bible Guided

No se nos dice qué les predicaban los apóstoles a las personas. Sin duda hablaban, tal como el ángel les había ordenado, «las palabras de esta vida». Pero sí tenemos un relato de lo que ocurrió entre ellos y el concilio. En sus sufrimientos se manifestó más del poder y la fuerza de Dios que incluso en su predicación.

En primer lugar, vemos que los apóstoles fueron arrestados por segunda vez. Si esto era lo que Dios quería, podríamos preguntarnos por qué los había rescatado de su primer encarcelamiento. Pero lo hizo para humillar el orgullo y contener la furia de sus enemigos. Ahora mostró que los apóstoles no habían sido liberados porque tuvieran miedo de comparecer ante el tribunal. Estaban dispuestos a entregarse y presentarse ante sus adversarios más poderosos.

Los oficiales los llevaron sin violencia y con todo el respeto y la gentileza que pudieron mostrar. No los sacaron a rastras del templo, ni los ataron, ni se los llevaron con rudeza. Les hablaron con respeto. Uno pensaría que tenían razones para actuar así, por respeto al templo, aquel lugar santo, y por temor a los apóstoles. Tal vez temían que los apóstoles los golpearan, como Pedro había herido a Ananías con juicio, o que hicieran descender fuego del cielo, como lo hizo Elías. Pero lo que realmente los detuvo fue el temor al pueblo, que respetaba tanto a los apóstoles que habría atacado a los oficiales si los hubieran maltratado.

Aun así, los oficiales llevaron a los apóstoles ante personas que sabían que eran hostiles y estaban dispuestas a usar la violencia contra ellos (Hechos 5:27). Los hicieron comparecer ante el concilio como acusados. Así, los gobernantes que debían infundir temor a los malhechores se convirtieron en terror para los hombres buenos.

Luego viene el interrogatorio. El sumo sacerdote, hablando en nombre del tribunal, expuso la acusación contra ellos (Hechos 5:28). Primero, dijo que habían desobedecido las órdenes oficiales y se habían negado a someterse a los mandatos y prohibiciones del tribunal (Hechos 5:28). «¿No les ordenamos estrictamente, con nuestra autoridad, que no enseñaran en este nombre? Pero ustedes han desobedecido y han seguido predicando, no solo sin nuestro permiso, sino en contra de nuestra orden expresa». Quienes ignoran los mandamientos de Dios suelen ser muy estrictos al exigir obediencia a sus propios mandamientos. Dicen: «¿Acaso no les ordenamos?». Pero Pedro ya les había dicho que la autoridad de Dios está por encima de la de ellos y que los mandamientos de Dios deben ocupar el primer lugar. Ellos lo habían olvidado.

En segundo lugar, acusaron a los apóstoles de difundir entre el pueblo una enseñanza falsa o, por lo menos, una enseñanza nueva que no contaba con la aprobación de la comunidad judía ni con la de lo que se había transmitido desde la cátedra de Moisés, el lugar reconocido de autoridad para la enseñanza. «Han llenado a Jerusalén con su enseñanza», dijeron, «y han alterado la paz pública. Han apartado a la gente de la religión establecida». Algunos entienden esto como un comentario orgulloso y despectivo: «Su necia enseñanza, que no merece atención, ha causado tal revuelo que hasta Jerusalén, la gran ciudad santa, está llena de ella. Todo el mundo habla de eso». Estaban enojados porque hombres a quienes consideraban insignificantes habían llegado a tener tanta importancia.

En tercer lugar, acusaron a los apóstoles de tener un plan hostil contra el gobierno. Dijeron que estaban incitando al pueblo al presentar a los gobernantes como malvados y tiránicos, y como personas que merecían ser odiadas tanto por Dios como por los seres humanos. «Ustedes quieren hacernos responsables de la sangre de ese hombre», dijeron, refiriéndose a la culpa de su muerte delante de Dios y a la vergüenza de esa muerte delante de la gente. Así que acusaron a los apóstoles no solo de rechazar al tribunal y tratarlo con desprecio, sino también de sedición y desorden, como si intentaran poner al pueblo en contra de sus líderes por haber dado muerte a un hombre que no solo era inocente, sino también bueno y grande: Jesús. También temían a los romanos, porque se habían dejado involucrar en este asunto.

Miren cómo las personas pueden hacer el mal con atrevimiento, pero después no soportan oír hablar de ello ni que se les recuerde. En el fervor de la persecución podían gritar: «¡Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos!», como si estuvieran dispuestos a cargar con la culpa para siempre. Pero ahora que habían tenido tiempo de pensar con más calma, consideraban un gran insulto que se les atribuyera la responsabilidad por su sangre. De esta manera, sus propias conciencias los declaraban culpables y los condenaban. Temían cargar con una culpa que antes habían estado dispuestos a asumir.

Entonces Pedro y los demás apóstoles respondieron a la acusación. Todos hablaron sobre el mismo asunto. Ya fuera que los hubieran interrogado uno por uno o que hubieran respondido juntos, hablaron como una sola persona, porque el mismo Espíritu les daba las palabras. Confiaban en la promesa de su Maestro: cuando fueran llevados ante los tribunales, se les daría lo que debían decir en ese mismo momento, junto con el valor para decirlo.

Primero defendieron su desobediencia ante el gran Sanedrín, por imponente que fuera ese tribunal (Hechos 5:29). «Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres». No apelaron a los milagros que habían hecho, aunque esos milagros hablaban con suficiente fuerza a su favor. Con humildad, dejaron eso de lado y apelaron a una verdad que todos reconocen, incluso la conciencia natural. Dios les había ordenado enseñar en el nombre de Cristo, así que tenían que hacerlo, aunque los principales sacerdotes se lo prohibieran. Esos gobernantes se habían puesto en contra de Dios y tendrían mucho de qué responder cuando castigaran a las personas por negarse a obedecerlos en aquello que Dios exige.

También defendieron su labor de llenar a Jerusalén con la enseñanza de Cristo, aunque predicar a Cristo sí dejaba al descubierto la maldad de quienes habían intentado destruirlo. Si eso hacía recaer sobre ellos la responsabilidad por su sangre, solo ellos tenían la culpa. El tribunal consideraba un delito que predicaran a Cristo y su evangelio. En efecto, los apóstoles dijeron: «Entonces les diremos quién es este Cristo y qué es su evangelio. Después juzguen si no debemos predicarlo. Sí, aprovecharemos esta oportunidad para predicárselo a ustedes, quieran escucharlo o se nieguen a hacerlo».

Les dijeron claramente a los principales sacerdotes la vergüenza que le habían causado a Jesús: «Ustedes lo mataron y lo colgaron en un madero». No podían negarlo. En vez de presentar excusas o pedir perdón por hacer recaer sobre ellos la responsabilidad por la sangre de aquel hombre, los apóstoles repitieron la acusación y se mantuvieron firmes en ella. «Fueron ustedes quienes lo mataron. Fue obra de ustedes». Que las personas no quieran escuchar sus faltas no es razón para dejar de decirles la verdad. Algunos justifican su silencio diciendo que los tiempos no toleran la reprensión. Pero quienes tienen el deber de reprender no deben dejarse intimidar por eso. Los tiempos tendrán que soportarlo, y lo soportarán. Clama en voz alta y no te detengas. Clama en voz alta y no tengas miedo.

Luego les dijeron qué honor le había concedido Dios a Jesús, y dejaron que ellos juzgaran quién tenía la razón: los perseguidores de su enseñanza o quienes la anunciaban.

Pedro llama a Dios «el Dios de nuestros antepasados», refiriéndose no solo a los antepasados de los apóstoles, sino también a los antepasados de los judíos. Esto demostraba que, al predicar a Cristo, no estaban predicando a un dios nuevo ni apartando a la gente para que adorara a otros dioses. Tampoco estaban estableciendo algo contrario a Moisés y a los profetas. Más bien, permanecían fieles al Dios a quien habían servido los antepasados judíos, y Cristo cumplía las promesas que Dios les había hecho, así como el pacto, los símbolos y las sombras de la ley que les había dado.

El Dios de Abraham, Isaac y Jacob es el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, y eso le da gran honor a Cristo. Primero, Dios lo levantó, es decir, lo preparó y lo llamó para realizar su gran obra. Esto puede señalar a la promesa dada por medio de Moisés, de que el Señor levantaría un profeta para el pueblo (Deuteronomio 18:15). Dios sacó a Cristo de la oscuridad y lo engrandeció; o quizá esto signifique que lo levantó de la tumba. En ese caso, el sentido sería: «Ustedes lo mataron, pero Dios lo devolvió a la vida. Así que Dios y ustedes están claramente en lados opuestos con respecto a Jesús. ¿Y qué lado debemos escoger?».

Segundo, Dios lo exaltó con su diestra, es decir, mediante su propio poder. Cristo había sido cubierto de vergüenza, pero Dios lo coronó de honor. Dios lo elevó al lugar más alto, para que se sentara, descansara y reinara a su derecha. Le dio la autoridad suprema; por eso debemos enseñar en su nombre. Dios le ha dado un nombre que está por encima de todo nombre.

Tercero, Dios lo designó como Príncipe y Salvador. Por eso debemos predicar en su nombre y dar a conocer tanto su autoridad como Príncipe como su gracia como Salvador. No podemos tener a Cristo como Salvador si no estamos dispuestos a recibirlo también como Príncipe. No podemos esperar que él nos rescate y nos sane si no nos sometemos a su gobierno. Incluso a los jueces de tiempos antiguos se les llamaba salvadores. Cristo reina para salvar. La fe recibe a Cristo en su totalidad: él no vino a salvarnos en nuestros pecados, sino a salvarnos de nuestros pecados.

Cuarto, fue constituido Príncipe y Salvador para dar arrepentimiento a Israel y perdón de pecados. Por eso los apóstoles debían predicar en su nombre al pueblo de Israel, ya que sus dones estaban destinados primero y principalmente a ellos. Nadie que verdaderamente amara a su nación debía oponerse a esto. ¿Por qué habrían de resistirse los gobernantes y los ancianos de Israel a alguien que había venido a traerle a Israel nada menos que arrepentimiento y perdón? Si hubiera venido a liberar a Israel de Roma y a darle poder sobre las naciones vecinas, los principales sacerdotes lo habrían recibido con gusto. Pero no valoraban el arrepentimiento ni el perdón, ni reconocían que los necesitaban; por eso no podían aceptar su enseñanza.

El arrepentimiento y el perdón siempre van juntos. Donde se produce un arrepentimiento verdadero, ciertamente se concede el perdón. Nadie recibe perdón sin arrepentimiento. Nadie queda libre de la culpa y del castigo del pecado si no es también liberado del poder y del dominio del pecado, apartado de él y llevado a aborrecerlo. Jesucristo es quien concede tanto el arrepentimiento como el perdón, y tiene autoridad para conceder ambos. Todo lo que el pacto del evangelio exige, también lo promete. Si se nos manda arrepentirnos, entonces Cristo ha sido constituido para conceder el arrepentimiento por medio de su Espíritu, que obra juntamente con la palabra, despierta la conciencia, produce tristeza por el pecado y trae un cambio verdadero en el corazón y en la vida. El corazón nuevo es obra suya, y el espíritu quebrantado es el sacrificio que él provee. Y si él concede el arrepentimiento, no dejará incompleta su propia obra negándose a conceder el perdón. Esto muestra cuán necesario es que nos arrepintamos y con qué sinceridad debemos acudir a Cristo por fe, para que su gracia produzca arrepentimiento en nosotros.

Todo esto queda plenamente confirmado. Primero, los propios apóstoles dan testimonio de ello. Si fuera necesario, estaban dispuestos a afirmar bajo juramento que lo habían visto vivo después de su resurrección y que lo habían visto ascender al cielo. También habían experimentado en su propio corazón el poder de su gracia, que los elevaba a cosas muy superiores a su capacidad natural. «Nosotros somos sus testigos», dicen, «designados por él para anunciar esto al mundo. Si guardáramos silencio, como ustedes quieren, traicionaríamos la responsabilidad que él nos confió». En un juicio, nunca se debe silenciar a los testigos, porque el caso depende de su testimonio.

Segundo, el Espíritu Santo también da testimonio. El testimonio de ellos es válido ante cualquier tribunal humano, pero el testimonio del Espíritu es aún mayor, porque viene del cielo. Dios ha dado sus dones y su gracia a quienes obedecen a Cristo. Por eso ellos deben predicar en su nombre. El Espíritu Santo fue dado precisamente con ese propósito, y su obra no puede detenerse. Que el Espíritu Santo sea dado a los creyentes obedientes, no solo para llevarlos a la obediencia de la fe, sino también para hacerlos útiles en ella, es una prueba poderosa de la verdad del cristianismo. Dios dio el Espíritu Santo por medio de su Hijo y en su nombre (Juan 14:26), y en respuesta a su oración (Juan 14:16). Cristo también envió al Espíritu de parte del Padre (Juan 15:26; Juan 16:7). Esto muestra la gloria a la que el Padre lo exaltó. La gran obra del Espíritu no consiste solamente en vindicar a Cristo, es decir, en demostrar que él es justo y verdadero (1 Timoteo 3:16), sino también en glorificarlo. Puesto que todos los dones del Espíritu tienden a exaltar el nombre de Cristo, demuestran que su enseñanza viene de Dios. De otro modo, el poder divino no la estaría impulsando.

Finalmente, que el Espíritu Santo sea dado a quienes obedecen a Cristo, tanto para ayudarlos a obedecer como recompensa presente por su obediencia, muestra claramente que es la voluntad de Dios que Cristo sea obedecido. Entonces, que el tribunal decida si deben obedecer a los hombres en lugar de obedecerlo a él.

La defensa de los apóstoles produjo una fuerte impresión en el tribunal, aunque no la que uno habría esperado de hombres que afirmaban tener sabiduría, conocimiento y santidad. Un razonamiento tan claro debería haber logrado la libertad de los prisioneros y convencido a los jueces. Sin embargo, se enfurecieron y primero se llenaron de indignación por lo que los apóstoles habían dicho. Se sintieron profundamente heridos porque su propio pecado había sido expuesto con claridad, y estaban furiosos al ver que el evangelio de Cristo había sido defendido tan bien y, por lo tanto, probablemente se extendería. Cuando Pedro predicó a la multitud el día de Pentecostés, ellos se compungieron de corazón con arrepentimiento y tristeza según Dios (Hechos 2:37). Pero estos hombres se sintieron heridos con rabia y enojo. El mismo evangelio es olor de vida que conduce a la vida para unos, y olor de muerte que conduce a la muerte para otros. Los enemigos del evangelio no solo se excluyen de su consuelo, sino que también se llenan de temor y se convierten en sus propios atormentadores.

Segundo, se llenaron de malicia contra los propios apóstoles.

Al ver que no podían detener el mensaje de los apóstoles si no les quitaban la vida, decidieron matarlos, con la esperanza de que así terminaría la obra. Mientras los apóstoles continuaban sirviendo a Cristo con una confianza serena y un espíritu apacible, sus enemigos permanecían en un estado de confusión, frustración e inquietud interior. Los siervos de Cristo disfrutaban de un consuelo constante, pero quienes luchaban contra él solo se turbaban cada vez más.

Entonces aparece el sabio consejo que Gamaliel dio al concilio. Gamaliel era fariseo por su grupo religioso y maestro de la ley, es decir, estudiaba el Antiguo Testamento y preparaba a otros en él. Más tarde, Pablo dijo que había sido instruido por Gamaliel (Hechos 22:3), y la tradición afirma que Esteban y Bernabé también fueron sus discípulos. Todo el pueblo lo respetaba por su sabiduría y buen juicio. Este pasaje lo presenta como un hombre moderado, que no se apresuraba a apoyar medidas severas. Tales hombres merecen respeto, porque ayudan a detener a quienes incendiarían el mundo.

Primero, Gamaliel les da al concilio una advertencia necesaria acerca del caso que tenían delante. Ordenó que sacaran a los apóstoles por un breve tiempo, para poder hablar con libertad y también recibir respuestas con libertad. Eso era apropiado, pues los prisioneros debían retirarse mientras se discutía su caso. Luego les recordó la seriedad del asunto y que estaban demasiado enojados para pensar con claridad. «Varones israelitas, tengan cuidado con lo que van a hacer con estos hombres» (Hechos 5:35). No se trataba de un caso ordinario, así que no debían decidir apresuradamente.

Los llama varones israelitas para recalcar la advertencia. Eran hombres, de modo que debían dejarse gobernar por la razón y no actuar como animales sin entendimiento. Eran hombres de Israel, por lo que debían dejarse gobernar por la palabra de Dios y no comportarse como incrédulos que no toman en cuenta la revelación. Les advierte que tengan cuidado, porque si atacaban injustamente a estos hombres, podrían hacerse daño a sí mismos. Los perseguidores del pueblo de Dios deben cuidarse, no sea que caigan en el hoyo que cavan para otros. Debemos tener cuidado de a quién afligimos, no sea que se descubra que estamos haciendo sufrir a personas justas.

Después, Gamaliel presenta ejemplos para respaldar su opinión. Menciona a dos hombres rebeldes cuyos esfuerzos fracasaron por sí solos. A partir de esto sostiene que, si los apóstoles realmente eran como el concilio pensaba, su causa se derrumbaría por sí misma. Entonces Dios mismo los derrotaría, y el concilio no tendría necesidad de perseguirlos.

El primer ejemplo es Teudas, quien causó mucho alboroto durante un tiempo al afirmar que era alguien importante, quizá un maestro o gobernante con una misión divina. Unos cuatrocientos hombres se unieron a él, personas que no sabían qué más hacer o que esperaban que él mejorara sus vidas. Por un tiempo pareció una amenaza seria. Pero cuando murió, probablemente en una batalla, su movimiento desapareció. Todos los que lo seguían se dispersaron y desaparecieron. El punto de Gamaliel era claro: el concilio ya había matado a Jesús, a quien ellos llamaban el líder de este movimiento. Si Jesús era un impostor, entonces su muerte acabaría con su causa, tal como la muerte de Teudas acabó con la suya. De ese caso podemos aprender lo que suele suceder en casos semejantes: herido el pastor, las ovejas se dispersan. Si Dios no hubiera resucitado de entre los muertos a ese gran Pastor, aquella dispersión habría sido definitiva.

El segundo ejemplo fue Judas el galileo (Hechos 5:37). Algunos detalles acerca de él son difíciles de precisar con exactitud, pero se levantó durante una época de impuestos y atrajo a muchas personas tras de sí. Ganó seguidores que creyeron en sus afirmaciones. Sin embargo, también llegó a la ruina, y todos los que lo seguían se dispersaron, sin que el gran concilio tuviera que hacer nada. Sencillamente, no fue necesario que interviniera. Muchas personas han desperdiciado neciamente su vida y han arrastrado a otros a la misma trampa porque se dejaron impulsar por la preocupación por la libertad.

Finalmente, Gamaliel dio su opinión sobre todo el asunto. «Por ahora —dijo—, dejen tranquilos a estos hombres. No los castiguen por lo que han hecho ni intenten detenerlos de aquí en adelante» (Hechos 5:38). Tal vez habló así por precaución, porque temía provocar al pueblo o a los romanos y causar más problemas. O quizá ya percibía que el mensaje cristiano podía ser verdadero y merecía ser escuchado con imparcialidad. También es posible que simplemente hablara como un hombre sereno que se oponía a perseguir a alguien por sus convicciones. En cualquier caso, Dios estaba dirigiendo la situación para que los siervos de Cristo no solo fueran librados, sino librados con honra.

El consejo de Gamaliel era dejar el asunto en manos de la providencia y esperar para ver en qué terminaba. Si ese movimiento solo procedía de los hombres, fracasaría por sí mismo. Pero si procedía de Dios, ningún poder ni plan humano podría detenerlo. Lo que es abiertamente malvado y dañino debe detenerse; de lo contrario, la autoridad llevaría la espada en vano. Sin embargo, cuando algo parece bueno y no está claro si procede de Dios o de los hombres, es más prudente dejarlo en paz y permitir que el tiempo lo ponga al descubierto.

Cristo gobierna por medio de la verdad, no de la espada. En una ocasión preguntó si el bautismo de Juan procedía del cielo o de los hombres, y esa misma pregunta también correspondía a la enseñanza y al bautismo de los apóstoles, que seguían a Cristo del mismo modo que el ministerio de Juan el Bautista lo había precedido. El consejo ya había reconocido que no podía determinar si el bautismo de Juan procedía del cielo o de los hombres; por tanto, no tenía razón para estar tan seguro acerca de la obra de los apóstoles. En cualquier caso, eso era motivo para no perseguirlos.

Si ese consejo y esa obra —esa nueva comunidad formada en el nombre de Jesús— solo procedían de los hombres, terminarían en nada. Si eran obra de hombres insensatos que no sabían lo que estaban haciendo, pronto se agotarían y su necedad quedaría clara para todos. Si eran obra de hombres astutos y calculadores que usaban la religión como una fachada para alcanzar un propósito mundano, con el tiempo se les caería la máscara, su engaño quedaría al descubierto y se ganarían el odio de la gente. La providencia jamás respaldaría algo semejante.

Por eso, perseguirlos no tendría sentido. No había necesidad de esforzarse tanto ni de traer vergüenza sobre sí mismos para destruir algo que, con un poco de tiempo, moriría por sí solo. El uso innecesario del poder es un abuso de poder.

Pero si resultaba —y hasta los hombres sabios pueden equivocarse— que ese consejo y esa obra procedían de Dios, y que aquellos predicadores habían recibido de él su autoridad y sus instrucciones, ¿qué pensarían entonces de perseguirlos o intentar matarlos, como habían propuesto en Hechos 5:33? Tal intento sería inútil. Si la obra procede de Dios, no pueden derribarla, porque no hay sabiduría ni plan que pueda prevalecer contra el Señor. Este es el consuelo de todos los que verdaderamente están del lado de Dios: lo que procede de él no puede ser destruido para siempre, aunque encuentre una fuerte oposición. Puede ser atacado, pero no puede ser derribado.

También sería peligroso para ellos. Debían dejar el asunto en paz, para no terminar luchando contra Dios. Nadie necesita que le expliquen quién perderá en esa lucha. ¡Ay del que discute con su Creador! No solo será derrotado como un enemigo débil, sino que será juzgado como rebelde y traidor contra su legítimo gobernante. Los que odian y maltratan al pueblo fiel de Dios, y los que silencian a sus ministros fieles, luchan contra Dios, porque él considera que lo que se les hace a ellos se le hace a él mismo. Quien los toca, toca la niña de sus ojos.

Ese fue el consejo de Gamaliel, y sería bueno que quienes persiguen a otros por sus convicciones lo consideraran seriamente. Fue una reflexión sabia y bastante natural, aunque no sabemos con certeza qué clase de hombre era Gamaliel. La tradición judía afirma que, a pesar de este consejo, siguió siendo un enemigo obstinado de Cristo y del evangelio. Algunos dicen incluso que compuso la oración que los judíos todavía usan para pedir la destrucción de los cristianos y del cristianismo. Por otro lado, algunos escritores católicos romanos dicen que se convirtió al cristianismo, que llegó a ser un importante defensor de la fe cristiana y que siguió a Pablo, quien anteriormente había estudiado bajo su enseñanza. Si eso hubiera sido cierto, probablemente habríamos vuelto a saber de él en Hechos o en las epístolas.

En el versículo 40, el consejo tomó su decisión final. Estuvieron de acuerdo con Gamaliel hasta el punto de abandonar el plan de matar a los apóstoles. Reconocieron mucha sabiduría en sus palabras, y por el momento estas frenaron su furia y contuvieron su enojo. Sin embargo, no pudieron evitar demostrar parte de su rabia, tan intensa era, aunque sus propias mentes y conciencias habían quedado convencidas. Aunque se les había dicho que dejaran tranquilos a los apóstoles, aun así los golpearon. Los azotaron como si fueran criminales: los desnudaron y los azotaron, tal como se hacía en las sinagogas. El versículo 41 señala la vergüenza de ese trato. Querían avergonzar a los apóstoles por predicar y al pueblo por escucharlos. Pilato hizo algo parecido con nuestro Salvador: lo azotó para exponerlo públicamente, aunque había dicho que no encontraba ninguna culpa en él.

También les ordenaron a los apóstoles que no volvieran a hablar en el nombre de Jesús. Si no podían encontrar otra acusación contra su predicación, al menos querían afirmar que era contraria a la ley y que no solo carecía de permiso, sino que desobedecía la orden directa de sus gobernantes.

Lo que sigue es una muestra del asombroso valor y de la firme fe de los apóstoles bajo todos esos insultos. Cuando los dejaron libres, salieron del consejo, y no leemos ni una sola palabra de protesta contra el tribunal ni contra el trato injusto que habían recibido. Cuando los insultaron, no respondieron con insultos; cuando sufrieron, no amenazaron. En cambio, encomendaron su causa a aquel a quien Gamaliel había apelado: Dios, que juzga con justicia. Su propósito era conservar su integridad y cumplir plenamente su ministerio a pesar de toda oposición, y lograron ambas cosas de una manera digna de gran admiración.

Soportaron su sufrimiento con un corazón fuerte y gozoso. Al salir, quizá todavía tenían las marcas de los azotes en los brazos y las manos; tal vez los sirvientes o la multitud se burlaban de ellos, o quizá se había difundido públicamente la noticia del castigo vergonzoso que habían recibido. Aun así, no se avergonzaron de Cristo ni de pertenecerle. Al contrario, se alegraron de haber sido considerados dignos de sufrir deshonra por el nombre de él.

Eran hombres de buena reputación y no habían hecho nada para ganarse el desprecio de los demás. Por eso, no podían dejar de sentir la vergüenza que estaban sufriendo. Para las personas reflexivas y honorables, la vergüenza suele ser más difícil de soportar que el dolor. Sin embargo, entendieron que sufrían ese maltrato por el nombre de Cristo, porque le pertenecían y servían a su causa. Por eso creyeron que sus sufrimientos contribuirían a que su nombre se extendiera aún más.

Por esa razón, consideraron un honor ser tratados con desprecio por causa de Cristo. Ser avergonzados por Cristo es una verdadera forma de honra, porque nos hace más semejantes a su ejemplo y más útiles en su servicio. También se alegraron al recordar lo que su Maestro les había dicho cuando comenzaron su obra, en Mateo 5:11-12. Jesús les había dicho que, cuando la gente los insultara y los persiguiera, debían alegrarse y gozarse mucho.

No se alegraron solamente a pesar de su sufrimiento, sino también por causa de él. Sus dificultades no disminuyeron su gozo; lo aumentaron. Si sufrimos gravemente por hacer lo correcto y soportamos ese sufrimiento con la actitud adecuada, debemos alegrarnos de que Dios nos dé la gracia para hacerlo. Esa clase de sufrimiento demuestra que seguimos a Cristo, y eso es motivo de gozo.

También continuaron haciendo su trabajo con una energía incansable. Fueron castigados por predicar y se les ordenó que no predicaran, pero no dejaron de enseñar ni de anunciar el evangelio. Aprovechaban toda oportunidad para hablar y no perdieron su entusiasmo ni su valentía. Siguieron adelante aun bajo presión, porque su llamado era más importante que su comodidad.

Predicaban todos los días, no solo los sábados o los días del Señor, sino diariamente, conforme llegaba cada día. No se detenían por temor a agotarse o a cansar a quienes los escuchaban. Predicaban tanto en público, en el templo, como en privado, en cada casa. No pensaban que un lugar pudiera reemplazar al otro, porque la palabra debía predicarse en todo momento, fuera conveniente o no el lugar.

En el templo estaban más expuestos y bajo la mirada de sus enemigos, pero aun así iban allí. Al mismo tiempo, no se limitaban a sus propias casas, aunque allí tenían libertad. También predicaban en las casas, incluso en las más pobres. Visitaban a las familias que estaban bajo su cuidado y daban a cada una la enseñanza que necesitaba, incluidos los niños y los siervos.

El tema de su predicación era Jesucristo. Hablaban de él y también lo exaltaban ante quienes los escuchaban como Príncipe y Salvador. No se predicaban a sí mismos, sino a Cristo. Como amigos fieles del esposo, trabajaban para promover su causa. Este era el mensaje que más ofendía a los sacerdotes, porque estaban dispuestos a que los apóstoles predicaran casi cualquier cosa, excepto a Cristo. Pero los apóstoles no cambiarían su mensaje para obtener aprobación.

La obra constante de los ministros del evangelio debe ser predicar a Cristo: a Cristo crucificado y a Cristo glorificado. Nada más debe ocupar un lugar aparte de él, excepto aquello que naturalmente conduzca de nuevo a él.

IA cristiana que tiene en cuenta tu denominación

Aplica Hechos 5:26 a tu vida hoy

Recibe orientación basada en las Escrituras, consciente de tu denominación y personalizada para tu situación.

1 Haz tu pregunta arrow_forward 2 Considera tu tradición arrow_forward 3 Aplica las Escrituras

✓ No necesitas tarjeta de crédito • ✓ 100 % privado • ✓ Obtén 15 créditos gratis para comenzar

De este capítulo

Oración diaria

Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria

Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.

Gratis. Cancela tu suscripción cuando quieras. Nunca compartimos tu correo electrónico.

Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.

Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.