Versículo destacado
Juan 7:45 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" Los guardianes del templo volvieron adonde estaban los fariseos y los jefes de los sacerdotes, quienes les preguntaron: —¿Por qué no lo trajeron? "
Juan 7:45
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
43 Así que la gente se dividió por causa de Jesús.
44 Algunos querían llevárselo preso, pero nadie lo hizo.
45 Los guardianes del templo volvieron adonde estaban los fariseos y los jefes de los sacerdotes, quienes les preguntaron: —¿Por qué no lo trajeron?
46 Los guardianes respondieron: —¡Jamás ningún hombre ha hablado así!
47 Entonces los fariseos les dijeron: —¿También ustedes se han dejado engañar?
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Los principales sacerdotes y los fariseos estaban trabajando en secreto para detener a Cristo. Incluso en el gran día de la fiesta, no asistieron al culto público. Dejaron eso en manos de la gente común, mientras ellos se consideraban demasiado importantes y ocupados con la política religiosa. Se sentaron en la sala del consejo, esperando que les llevaran a Cristo como prisionero, pues ya habían enviado órdenes para arrestarlo (Juan 7:32).
Aquí vemos lo que ocurrió entre ellos y sus guardias, quienes regresaron sin él y sin haber hecho nada. Los líderes los reprendieron con dureza: «¿Por qué no lo trajeron?». Cristo había hablado públicamente, muchos de la multitud ya estaban molestos con él y ese era el último día de la fiesta. Pensaban que aquella era su mejor oportunidad, así que se enojaron porque sus propios servidores les habían fallado. Las personas malvadas se frustran cuando no pueden hacer el daño que desean (Salmo 112:10; Nehemías 6:16).
Los guardias dieron su razón: «¡Nunca ha hablado nadie como este hombre!» (Juan 7:46). Esa afirmación era verdadera. Ningún hombre habló jamás con la sabiduría, el poder, la gracia, la verdad clara y la tierna bondad con que habló Cristo; ni siquiera Moisés. Estos guardias habían sido enviados para arrestarlo, pero sus palabras los convencieron.
Eso hacía que su testimonio fuera todavía más fuerte, porque estaban hablando delante de hombres que odiaban todo lo que honrara a Cristo. Sin embargo, Dios dispuso las cosas de tal manera que ellos tuvieran que escuchar ese testimonio. Sus propios guardias, a quienes no podían acusar de favorecer a Jesús, hablaron en su contra. Debieron detenerse y preguntarse: «¿Qué estamos haciendo al odiar y perseguir a alguien que habla de una manera tan maravillosa?».
Entonces los fariseos intentaron mantener a sus guardias de su lado y sembrar más dudas acerca de Cristo. Insinuaron dos cosas. Primero, dijeron que creer en Cristo significaría dejarse engañar: «¿También ustedes se han dejado engañar?». Desde el principio, el mundo ha tratado al cristianismo como un gran fraude, y se ha llamado engañados a los creyentes, aun cuando apenas comenzaban a ver la verdad. Las personas que querían un Mesías lleno de gloria exterior pensaban que quienes confiaban en un Mesías pobre y humillado habían sido engañados. Pero la verdad es que nadie ha sido engañado más gravemente que quienes esperaban que el Mesías les diera riquezas y poder terrenal.
Los fariseos también intentaron halagar a los guardias. Actuaron como si los hombres inteligentes y respetables debieran saber más que eso y no dejarse engañar. En segundo lugar, les advirtieron que seguir a Cristo rebajaría su posición. La mayoría de las personas, incluso en asuntos religiosos, prefiere seguir el ejemplo de quienes tienen una posición elevada e importante, y los fariseos apelaron a esa debilidad. Les dijeron que ningún gobernante ni fariseo creía en Cristo, y les preguntaron si pensaban que eran más sabios que sus superiores. Algunos gobernantes sí creyeron, como Jairo (Mateo 9:18) y el funcionario real (Juan 4:53), y muchos más creían en secreto, pero tenían miedo de confesar abiertamente a Cristo (Juan 12:42). Aun así, cuando la causa de Cristo parece débil ante el mundo, sus enemigos suelen hacerla parecer más débil de lo que realmente es.
Esto ha impedido que muchas personas se acerquen a Cristo. Ven que los gobernantes y los fariseos están en su contra, y deciden que eso debe resolver el asunto. Pero ¿debería la gente común y mundana pretender saber más sobre las cosas espirituales que quienes han hecho de la religión el objeto de su estudio? Si los gobernantes y los fariseos no creen en Cristo, muchos se niegan a creer para no parecer extraños ni fuera de moda. Las personas actúan neciamente cuando permiten que la aprobación humana les importe más que la verdad eterna. Están dispuestas a perderse con tal de encajar.
Los fariseos también dijeron que los creyentes se unirían a la multitud despreciada: «Esta gente, que no conoce la ley, está bajo maldición» (Juan 7:43). Hablaron con profundo desprecio. Con «esta gente» se referían a la multitud común, especialmente a quienes tenían una actitud favorable hacia Cristo. Los trataban como si fueran basura. Pero si se referían al pueblo judío común, aun así eran descendientes de Abraham y estaban dentro del pacto con Dios, por lo que no debieron hablar de ellos de esa manera.
El bien común de la iglesia se perjudica cuando un grupo intenta hacer que otro parezca insignificante e indigno. Y si se referían a los seguidores de Cristo, aunque la mayoría de ellos era pobre y tenía poca posición social, habían demostrado gran sabiduría, honestidad y deseo de recibir el favor de Dios al aceptar a Cristo. Dios suele escoger lo que las personas consideran débil y humilde, mientras que el orgullo humano normalmente se burla y desprecia a quienes Dios ha elegido.
En segundo lugar, insultaron injustamente al pueblo al llamarlo ignorante de la palabra de Dios. Dijeron: «Esta gente no conoce la ley», como si solo los líderes la conocieran y como si el conocimiento de las Escrituras no contara a menos que proviniera de su propia escuela y sus tradiciones. En realidad, muchos de aquellos a quienes despreciaban quizá conocían la ley, e incluso a los profetas, mejor que ellos. Muchos seguidores de Cristo, sencillos, honestos y sin educación formal, adquieren mediante la meditación, la experiencia, la oración y, sobre todo, la obediencia, un conocimiento más claro y útil de la palabra de Dios que algunos eruditos con todo su aprendizaje.
David llegó a comprender más que los ancianos y que todos sus maestros (Salmo 119:99-100). Y aun si la gente común no conocía bien la ley, los principales sacerdotes y los fariseos no debieron usar eso como arma contra ella. Su propia culpa era mayor, porque debían haber enseñado mejor al pueblo. En cambio, le quitaron la llave del conocimiento (Lucas 11:52).
En tercer lugar, hablaron con gran arrogancia al condenar abiertamente al pueblo. Lo llamaron maldito, rechazado por Dios y despreciable para las personas sabias; lo trataron como una multitud maldita. Es una misericordia que sus palabras no hayan hecho maldito al pueblo, porque una maldición sin causa no llega a cumplirse. Afirmar que alguna persona en particular, y mucho más que todo un grupo, ha sido rechazado por Dios es atribuirse un derecho que pertenece a Dios y mostrar una grave falta de amor. No podemos escudriñar los corazones y, por lo tanto, no somos aptos para condenar a los demás. Nuestra norma es bendecir y no maldecir.
Algunos piensan que los líderes solo quisieron decir que el pueblo era fácil de engañar y que hacían el ridículo. Pero usaron esa palabra tan dura, «maldito», para expresar su propio enojo y asustar a los guardias, a fin de alejarlos de Jesús. En nuestra época impía, las personas suelen usar un lenguaje parecido. Llaman maldito, condenado o arruinado a todo lo que no les gusta. Es posible que esas palabras hayan debilitado y apagado las convicciones de los guardias, y que nunca volvieran a examinar las afirmaciones de Cristo. Para muchas personas, una sola palabra de un gobernante o de un fariseo tiene más peso que la verdad misma o que las grandes cuestiones de su alma.
Luego viene lo que ocurrió entre ellos y Nicodemo, un miembro de su propio consejo (Juan 7:50). Observemos la objeción justa y razonable que Nicodemo presentó contra sus acciones. Aun en aquel consejo corrupto y malvado, Dios no se quedó sin un testigo que se opusiera al odio contra Cristo. La decisión contra Cristo no fue unánime.
Quien habló fue Nicodemo, el mismo que había ido a Jesús de noche y que era uno de ellos (Juan 7:50). Aunque había acudido a Jesús y lo había aceptado como su maestro, todavía conservaba su lugar en el consejo y su voto entre ellos. Algunos culpan esto a su debilidad y cobardía, y piensan que debió abandonar su posición. Pero Cristo nunca le había dicho «Sígueme» como les había dicho a otros, así que parece más prudente pensar que Nicodemo permaneció allí donde todavía podía servir a la causa de Cristo. Desde ese lugar quizá tuvo la oportunidad de frenar la furia de los líderes judíos y, tal vez, hizo más bien del que sabemos. Pudo haber sido como Husai entre los consejeros de Absalón, ayudando a convertir sus planes en necedad. Nunca debemos negar a nuestro Maestro, pero podemos esperar el momento adecuado para confesarlo de la mejor manera.
Dios tiene personas fieles en muchos lugares. A menudo encuentra, coloca o hace surgir a alguien bueno incluso en los ambientes y grupos más malos. Allí estuvieron Daniel en la corte de Nabucodonosor y Nehemías en la de Artajerjes. Nicodemo también muestra que, aunque al principio acudió a Jesús de noche por miedo a ser visto, más adelante se levantó con valentía cuando fue necesario. Habló en defensa de Cristo y se enfrentó a todo el consejo. De la misma manera, muchos creyentes que antes eran tímidos han llegado, por la gracia de Dios, a tener el valor de enfrentar una fuerte oposición. Nadie debe justificar que oculta su fe señalando a Nicodemo, a menos que también esté dispuesto, como él, a hablar abiertamente en favor de Cristo cuando llegue el momento, aunque tenga que estar solo. Nicodemo lo hizo aquí, y más adelante volvió a hacerlo en Juan 19:39.
Él preguntó: «¿Acaso nuestra ley juzga a un hombre antes de oírlo y saber lo que hace?» (Juan 7:51). De ninguna manera; tampoco una ley civilizada permite eso. Con sabiduría, apeló a su propia ley y a una regla clara de justicia: nadie debe ser condenado antes de ser escuchado. Si hubiera insistido en las enseñanzas de Cristo, sus milagros o su conversación con Cristo en Juan 3, habría sido inútil. Aquellos hombres no estaban dispuestos a recibir nada de eso; solo lo habrían rechazado y atacado.
También les devolvió discretamente su propia acusación. Ellos se habían burlado del pueblo, especialmente de los seguidores de Cristo, tratándolos de ignorantes de la ley; pero Nicodemo mostró que ellos mismos no entendían algunas de sus reglas más básicas. Por eso no eran aptos para hacer leyes para los demás. Aquí se dice que la ley juzga, oye y conoce porque los gobernantes que actúan bajo la ley hablan en su nombre. Todo lo que ellos atan o desatan de acuerdo con la ley se atribuye correctamente a la ley misma.
Es claramente justo que nadie sea sentenciado bajo la ley antes de que esta haya examinado primero el caso de manera imparcial. Cuando los jueces escuchan la acusación, siempre deben dejar espacio en su mente para la defensa. Tienen dos oídos, como recordatorio de que deben escuchar ambos lados. Se decía que esa era la costumbre romana (Hechos 25:18). Nuestro propio proceso legal es parecido: primero escuchar y después decidir. Las personas deben ser juzgadas, no por lo que otros dicen de ellas, sino por lo que realmente han hecho. La ley no pregunta qué opiniones tienen otros sobre ellas ni qué gritos llenos de ira se levantan en su contra. Pregunta: «¿Qué han hecho? ¿Qué actos concretos pueden probarse?». El juicio debe basarse en lo que se alega y en lo que se demuestra. La justicia debe guiarse por los hechos, no por las apariencias; la balanza debe usarse antes que la espada.
Podemos suponer que la propuesta de Nicodemo ante el consejo consistía en invitar a Jesús a explicar quién era y qué enseñaba, y en concederle una audiencia justa y pública. Pero, aunque nadie pudo responder a su razonamiento, tampoco nadie apoyó su propuesta. No tenían una respuesta real a su objeción. Así que, cuando no pudieron refutar su argumento, lo atacaron a él; y lo que no pudieron responder con razones intentaron cubrirlo con insultos y palabras duras.
Una causa injusta queda expuesta cuando quienes la defienden no soportan escuchar razones y consideran un insulto que alguien se las recuerde. Quienes se resisten a la razón dan motivos para sospechar que la razón está en su contra. Observemos cómo se burlaron de Nicodemo, el fariseo que habló a favor de una audiencia justa: «¿También tú eres de Galilea?» (Juan 7:52). Algunos piensan que recibió lo que merecía por permanecer entre personas que sabía que eran enemigas de Cristo y por no decir más en defensa de Cristo de lo que habría dicho por cualquier criminal acusado: que nadie debe ser condenado sin ser escuchado.
Si hubiera dicho: «Yo mismo he escuchado a este Jesús y sé que es un maestro enviado por Dios; al oponerse a él, ustedes están luchando contra Dios», no lo habrían tratado peor de lo que lo trataron por esta pequeña defensa de la justicia de Cristo. Sus palabras contra Nicodemo muestran tanto falsedad como necedad. Supusieron equivocadamente que Cristo era de Galilea, aunque no era cierto y una investigación cuidadosa lo habría demostrado. También supusieron que, como la mayoría de sus seguidores eran galileos, todos lo eran, aunque tenía muchos seguidores en Judea.
También dijeron que ningún profeta había surgido de Galilea y apelaron a la propia investigación de Nicodemo, pero eso también era falso. Jonás era de Gat-hefer, y Nahúm era el elcosita; ambos provenían de Galilea. Así que hicieron de las mentiras su refugio. Su razonamiento era tan necio como falsos eran sus datos, y eso avergonzaba a los gobernantes y a los fariseos. Una persona de valor y virtud no es menos digna por la pobreza o la baja condición de su país. Los galileos eran descendientes de Abraham, y los bárbaros y los escitas son descendientes de Adán. Todos tenemos el mismo Padre.
Aun si ningún profeta hubiera surgido de Galilea, eso no habría hecho imposible que uno viniera de allí. Si Elías fue el primer profeta de Galaad, como algunos piensan, y si a los galaaditas se les llamaba fugitivos, eso no demostraría que él no fuera profeta. Al final, el tribunal se disolvió en confusión y apresuradamente, y cada hombre se fue a su casa. Se habían reunido para conspirar contra el Señor y su Ungido, pero se marcharon con las manos vacías. Dios se ríe desde el cielo de planes semejantes, y también podemos verlo en la tierra, cuando toda su conspiración secreta queda deshecha por una sola palabra honesta y clara.
No quisieron escuchar a Nicodemo porque no podían responderle. En cuanto se dieron cuenta de que había entre ellos un hombre así, comprendieron que no tenía sentido seguir adelante con su plan. Entonces aplazaron el asunto para un momento más conveniente, cuando él no estuviera presente. De este modo, el consejo del Señor permanece firme a pesar de los planes ocultos en el corazón humano.
De este capítulo
Juan 7:1
"Después de esto, Jesús recorría la región de Galilea. No quería estar en Judea, porque allí los judíos lo buscaban para matarlo."
Juan 7:2
"Pero como se acercaba la fiesta de las Enramadas, una de las fiestas de los judíos,"
Juan 7:3
"sus hermanos le dijeron: —No te quedes aquí; vete a Judea, para que los seguidores que tienes allá también vean lo que haces."
Juan 7:4
"Porque cuando alguien quiere darse a conocer, no hace las cosas en secreto. Ya que haces cosas como estas, hazlas delante de todo el mundo."
Juan 7:5
"Y es que ni siquiera sus hermanos creían en él."
Juan 7:6
"Jesús les dijo: —Todavía no ha llegado mi hora, pero para ustedes cualquier hora es buena."
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