Versículo destacado
Hechos 5:17 - Significado y aplicación
Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy
Traducción: Biblia BibleGuided — Español
" El sumo sacerdote y los del partido de los saduceos que estaban con él se llenaron de envidia, "
Hechos 5:17
El versículo en contexto
Comprender los versículos que lo rodean evita interpretaciones erróneas:
15 Sacaban a los enfermos a las calles y los ponían en camas y camillas para que, cuando pasara Pedro, por lo menos su sombra cayera sobre alguno de ellos.
16 También acudía mucha gente de los pueblos vecinos a Jerusalén, trayendo enfermos y personas atormentadas por espíritus impuros, y todos eran sanados.
17 El sumo sacerdote y los del partido de los saduceos que estaban con él se llenaron de envidia,
18 arrestaron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública.
19 Pero durante la noche, un ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel, los sacó y les dijo:
Explora estudios bíblicos guiados
Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor
Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)
Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.
Vista previa de la sesión 1:
Dichosos los humildes
6 min
Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)
Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.
Vista previa de la sesión 1:
El cuidado del Pastor
5 min
Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones
Crear cuenta gratisComentario de Bible Guided
Ninguna obra buena avanza sin oposición. Quienes buscan hacer daño no pueden vivir en paz con quienes se han comprometido a hacer el bien. Satanás, el destructor de la humanidad, siempre se ha levantado contra quienes ayudan a los demás; por eso habría sido extraño que los apóstoles siguieran enseñando y sanando sin encontrar resistencia.
Aquí vemos el mal del infierno y la gracia del cielo enfrentados. Un lado intenta apartar a los apóstoles de su obra; el otro los fortalece para que sigan adelante. Los sacerdotes estaban furiosos con ellos y los metieron en la cárcel (Hechos 5:17-18).
Observemos primero quiénes eran sus enemigos. El sumo sacerdote, Anás o Caifás, dirigió el ataque. Vio que su riqueza, honor, poder y control estaban en peligro si la enseñanza espiritual de Cristo se extendía entre el pueblo. Los saduceos se unieron a él con mucho entusiasmo. Odiaban especialmente el evangelio porque enseñaba acerca del mundo invisible, la resurrección de los muertos y la vida venidera, doctrinas que ellos negaban. No sorprende que quienes carecen de una religión verdadera manifiesten un odio feroz contra la religión pura.
Observemos también lo que sentían contra los apóstoles. Estaban profundamente alterados y llenos de furia. Cuando vieron cuánta gente se reunía alrededor de los apóstoles, ya no pudieron soportarlo. Les molestaba que los apóstoles predicaran a Cristo y sanaran a los enfermos; les molestaba que el pueblo los escuchara y llevara a sus enfermos para que fueran sanados; y también estaban enojados consigo mismos por haber permitido que la situación llegara tan lejos antes de intentar detenerla. Así, los enemigos de Cristo terminan convirtiéndose en una carga para sí mismos. La envidia destruye al necio.
Observemos además cómo actuaron contra ellos (Hechos 5:18). Los arrestaron, quizá con sus propias manos o, más probablemente, por medio de sus oficiales, y los metieron en la cárcel pública junto con delincuentes comunes. Con esto pretendían lograr tres cosas. Primero, querían impedir que los apóstoles siguieran actuando, aunque no había ningún delito que mereciera la muerte o la prisión. Mientras estuvieran encerrados, no podrían continuar con su obra, y eso les parecía una ventaja a los gobernantes. Segundo, querían atemorizarlos y hacer que abandonaran su misión. La vez anterior solo los habían amenazado (Hechos 4:21), pero como eso no había funcionado, ahora los encarcelaron. Tercero, querían avergonzarlos. Al ponerlos en la cárcel común, esperaban que el pueblo pensara menos de ellos, porque Satanás suele atacar el evangelio haciendo que sus predicadores y seguidores parezcan indignos o insignificantes.
Pero Dios envió a su ángel para liberarlos y darles nuevas fuerzas para predicar el evangelio. Los poderes de las tinieblas luchaban contra ellos, pero el Padre de las luces luchaba a favor de ellos y envió un ángel de luz para defender su causa. El Señor nunca abandona a sus testigos ni a quienes hablan en su nombre. Él ciertamente estará a su lado y los sostendrá.
Primero, los apóstoles fueron liberados legalmente de la cárcel (Hechos 5:19). El ángel del Señor llegó de noche y, a pesar de los cerrojos y las rejas, abrió las puertas de la cárcel. También sacó a los presos, aunque los guardias vigilaban afuera (vea Hechos 5:23). Les permitió salir y los guio a través de cada obstáculo. Este acontecimiento no se describe con tanto detalle como la liberación de Pedro en Hechos 12, pero el milagro fue el mismo. No hay cárcel tan oscura ni tan segura que Dios no pueda visitar allí a su pueblo o, si así lo decide, sacarlo de ella. La liberación de los apóstoles por medio de un ángel fue una imagen de la resurrección de Cristo y de su salida de la tumba. También serviría para confirmar la predicación de los apóstoles acerca de esa resurrección.
Segundo, también recibieron una orden clara de continuar con su obra, y esto los liberó de la prohibición que el sumo sacerdote había impuesto sobre ellos. El ángel les dijo que fueran al templo, se pusieran allí de pie y hablaran al pueblo todas las palabras de esta vida (Hechos 5:20). Cuando Dios los liberó de una manera tan extraordinaria, no fue simplemente para que escaparan del peligro y salvaran su propia vida. Fue para que continuaran trabajando con aún más valor. Cuando nos recuperamos de una enfermedad o somos liberados de una dificultad, debemos considerar esas misericordias como oportunidades que Dios nos da para honrarlo con nuestra vida. «Deja vivir mi alma, y te alabará» (Salmo 119:175). «Saca mi alma de la prisión», como a los apóstoles en este caso, «para que alabe tu nombre» (Salmo 143:7). Vea también Isaías 38:22.
En esta orden, observemos dónde debían predicar. Debían hablar en el templo. Alguien podría pensar que habría sido más prudente continuar en un lugar privado, donde los sacerdotes se ofendieran menos y el peligro fuera menor. Pero no; se les ordenó hablar en el templo porque allí se reunía el pueblo y porque todavía era la casa de su Padre; aún no había sido abandonada por completo. Los ministros de Cristo no deben esconderse en lugares apartados mientras tengan la oportunidad de predicar ante una gran multitud.
Observemos también a quiénes debían predicar. Debían hablarle al pueblo, no a los príncipes y gobernantes, que no estaban dispuestos a escuchar. El pueblo sí quería recibir enseñanza, y sus almas eran tan preciosas para Cristo como las de los gobernantes más importantes. Debían hablarle al pueblo en general porque todos estaban involucrados.
Observemos asimismo cómo debían predicar. «Vayan, pónganse de pie y hablen» muestra que debían hablar públicamente, de pie, para que todos pudieran oír. También muestra valor y firmeza. Debían hablar como hombres decididos a sostener su mensaje, a vivir y morir por él.
Finalmente, observemos qué debían predicar: todas las palabras de esta vida.
«Esta vida» podría referirse a la vida de la que los apóstoles habían estado hablando entre ellos, quizá acerca del cielo, para animarse unos a otros en la cárcel. Si ese es el sentido, la orden era: «Vayan y anuncien al mundo el mismo mensaje, para que otros compartan el consuelo que Dios les ha dado». También podría referirse a la vida que los saduceos negaban, razón por la que odiaban y perseguían a los apóstoles. O podría referirse a esta vida celestial y divina, en comparación con la cual la vida terrenal común apenas merece llamarse vida.
También puede significar estas palabras de vida: las mismas palabras que los apóstoles ya habían predicado, las palabras que el Espíritu Santo había puesto en sus labios. Las palabras del evangelio son palabras vivas. Producen vida espiritual y por medio de ellas podemos ser salvos, que es la misma idea expresada en Hechos 11:14. El evangelio es la palabra de esta vida porque asegura no solo nuestro futuro hogar en el cielo, sino también las bendiciones para nuestro caminar presente con Dios, junto con las promesas para esta vida y para la venidera.
Más aún, el evangelio hace tan clara la vida espiritual y eterna que puede llamarse «esta vida». La palabra está cerca de nosotros. Por eso, el evangelio es un asunto de vida o muerte, y tanto los ministros como quienes lo escuchan deben predicarlo y recibirlo con esa perspectiva. Deben anunciar todas las palabras de esta vida y no esconder ninguna parte de ella por temor a ofender a otros o con la esperanza de ganarse el favor de los gobernantes. Los testigos de Cristo están comprometidos a decir toda la verdad.
Cuando los apóstoles escucharon esto, regresaron al pórtico de Salomón, el espacio público y cubierto del templo donde habían estado enseñando (Hechos 5:12). Recibir esta nueva orden fue un gran consuelo para ellos. Tal vez se habían preguntado si, después de ser liberados, debían seguir predicando tan abiertamente en el templo, pues en otra ocasión se les había dicho que huyeran a otra ciudad cuando fueran perseguidos. Pero ahora el ángel les había ordenado claramente que fueran a predicar al templo, así que su deber estaba definido. Fueron sin vacilar y no temieron las amenazas de nadie. Cuando estamos seguros de cuál es nuestro deber, debemos mantenernos firmes en él y confiarle a Dios nuestra seguridad.
También obedecieron de inmediato, sin discutir ni demorarse. Entraron al templo temprano por la mañana, en cuanto se abrieron las puertas y comenzó a reunirse la gente, y enseñaron el evangelio del reino. No tuvieron miedo de lo que los hombres pudieran hacerles. Era una situación extraordinaria. Todo el tesoro del evangelio había sido puesto en sus manos. Si hubieran guardado silencio en ese momento, la corriente del testimonio se habría interrumpido y la obra se habría detenido. Esa no es la situación habitual de los ministros, así que este ejemplo no les exige lanzarse al peligro. Aun así, cuando Dios nos da una oportunidad de hacer el bien, debemos dar un paso valiente en vez de dejar pasar la oportunidad por la presión o el temor de los demás.
Mientras tanto, el sumo sacerdote y su grupo continuaban con el proceso, suponiendo que los apóstoles estaban seguramente bajo custodia. Así que convocaron al consejo, una reunión grande y poco común de todo el sanedrín de Israel. Con esto mostraron cuán decididos estaban a aplastar el evangelio y a sus predicadores. La vez anterior habían llevado a los apóstoles solamente ante un comité más pequeño, formado por personas del círculo del sumo sacerdote, que tuvieron que actuar con cierta cautela. Pero ahora convocaron a todos los ancianos, es decir, al cuerpo completo de jueces de Jerusalén, incluidos el gran consejo y los otros dos tribunales ubicados en las puertas del templo. Si la reunión fue completa, pudieron haber estado presentes hasta 116 jueces.
Dios permitió esto para que la confusión de los enemigos y el testimonio de los apóstoles contra ellos quedaran expuestos con mayor claridad, y para que otros pudieran escuchar el evangelio, personas que de otro modo no lo habrían oído sino en un tribunal. Pero el sumo sacerdote no lo pretendía así. En su corazón, quería reunir todas sus fuerzas contra los apóstoles y destruirlos a todos de una sola vez, mediante un acuerdo común.
Pronto quedaron avergonzados y decepcionados. El que está sentado en el cielo se ríe de ellos, y nosotros también podemos hacerlo al ver que un tribunal tan solemne terminó en nada. Podemos imaginar al sumo sacerdote pronunciando un discurso serio para explicar por qué se habían reunido. Diría que recientemente había surgido en Jerusalén un movimiento peligroso por medio de la enseñanza acerca de Jesús y que, por la seguridad de la iglesia, debía detenerse rápida y firmemente. Afirmaría que ahora tenían el poder para hacerlo, ya que los líderes ya estaban en la cárcel pública, listos para recibir un castigo severo si el consejo así lo acordaba.
De inmediato enviaron a un oficial para llevar a los prisioneros ante ellos. Pero aquí se ve cómo quedaron frustrados. Los oficiales regresaron e informaron que no encontraban a los prisioneros en ninguna parte de la cárcel (Hechos 5:22-23). Las puertas de la cárcel ciertamente estaban cerradas con seguridad. Los guardias habían cumplido con su deber. Los encontraron de pie afuera de las puertas, sin saber que algo anduviera mal. Pero cuando entraron, no encontraron a nadie allí; es decir, no estaban los hombres que habían ido a buscar. Probablemente los demás presos seguían allí.
No se nos dice cómo los sacó el ángel: si los condujo por otra salida, o si abrió las puertas y volvió a cerrarlas mientras los guardias dormían. Como haya sucedido, los apóstoles ya no estaban allí. El Señor sabe rescatar de la aflicción a los que le son fieles y liberar a quienes están encadenados por causa de su nombre, y lo hará cuando todavía tenga trabajo para ellos. Es fácil imaginar la confusión que debió producirse en el tribunal cuando los oficiales dieron su informe (Hechos 5:24). El sumo sacerdote, el capitán del templo y los principales sacerdotes quedaron desconcertados. Se miraban unos a otros, tratando de entender qué significaba aquello. Estaban profundamente turbados y no sabían qué hacer, porque nunca habían sufrido una decepción tan completa en algo de lo que se habían sentido tan seguros.
Esto dio lugar a muchas suposiciones. Algunos decían que los apóstoles habían sido sacados de la cárcel por medio de magia y que así habían logrado escapar. Otros pensaban que los carceleros les habían tendido una trampa, porque aquellos prisioneros tenían muchos amigos y eran populares entre el pueblo.
A algunos les preocupaba que, después de una fuga tan extraordinaria, los apóstoles atrajeran todavía más atención. Otros pensaban que, aunque lograran expulsarlos de Jerusalén, volverían a oír hablar de ellos en algún otro lugar del país. Entonces el evangelio se extendería aún más y ellos tendrían todavía menos poder para detenerlo. Comenzaron a pensar que, en lugar de resolver el problema, lo habían empeorado. Quienes intentan perjudicar la obra de Cristo con frecuencia terminan perjudicándose a sí mismos.
Su incertidumbre se disipó en parte, pero su enojo aumentó cuando llegó otro mensajero. Les informó que los prisioneros estaban enseñando en el templo (Hechos 5:25). En otras palabras: «Los hombres que metieron en la cárcel y luego mandaron llamar para que comparecieran ante ustedes están aquí mismo, en el templo, a plena vista y desafiándolos mientras enseñan al pueblo». Los prisioneros que escapan suelen esconderse, por temor a que los capturen de nuevo. Pero estos prisioneros tuvieron el valor de presentarse justamente donde sus enemigos tenían mayor autoridad.
Eso fue lo que más los alteró. Los delincuentes comunes quizá sean lo bastante astutos para escapar de una cárcel, pero se necesita un valor extraordinario para reconocer abiertamente lo que se ha hecho y continuar predicando después de haber escapado.
De este capítulo
Hechos 5:1
"Pero hubo un hombre llamado Ananías que, junto con Safira, su esposa, vendió un terreno."
Hechos 5:2
"Este hombre, de común acuerdo con su esposa, se quedó con una parte del dinero y puso la otra parte a disposición de los apóstoles."
Hechos 5:3
"Pedro le dijo: —Ananías, ¿por qué dejaste que Satanás te dominara y te hiciera mentir al Espíritu Santo al quedarte con parte del dinero que te pagaron por el terreno?"
Hechos 5:4
"¿Acaso no era tuyo el terreno? Y puesto que lo vendiste, ¿no era tuyo el dinero? ¿Por qué se te ocurrió hacer esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios."
Hechos 5:5
"Al oír esto, Ananías cayó muerto. Y todos los que se enteraron se llenaron de miedo."
Hechos 5:6
"Entonces llegaron unos jóvenes, envolvieron el cuerpo y se lo llevaron para enterrarlo."
Oración diaria
Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria
Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.
Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.
Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.