Versículo destacado

Hechos 4:1 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Mientras Pedro y Juan todavía hablaban a la gente, llegaron los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo y con los saduceos. "

Hechos 4:1

menu_book El versículo en contexto

1 Mientras Pedro y Juan todavía hablaban a la gente, llegaron los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo y con los saduceos.

2 Estaban enojados porque Pedro y Juan enseñaban a la gente y decían que la resurrección de los muertos había quedado demostrada en el caso de Jesús.

3 Los arrestaron y, como ya era tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos cómo el reino de los cielos avanza con éxito, mientras los poderes de las tinieblas se levantan contra él para intentar detenerlo. Por más decididos que estén los siervos de Cristo, los agentes de Satanás se mostrarán hostiles. Y por más hostiles que sean esos agentes, los siervos de Cristo deben permanecer firmes.

Pedro y Juan siguieron haciendo su trabajo, y no trabajaron en vano. El Espíritu capacitó a los ministros para cumplir su parte, y al pueblo para cumplir la suya. Los apóstoles enseñaban fielmente el mensaje de Cristo. Hablaban al pueblo, a todos los que podían oírlos (Hechos 4:1). Lo que decían era importante para todos, así que lo proclamaban abiertamente y en público.

Enseñaban al pueblo y seguían impartiendo conocimiento. Enseñaban a quienes todavía no creían, para que fueran convencidos y convertidos; y enseñaban a quienes ya creían, para consolarlos y fortalecerlos. Predicaban por medio de Jesús la resurrección de los muertos. Esta verdad se mostró en el propio Jesús: demostraban que Jesucristo había resucitado de los muertos, como el primero y principal de los que resucitarían de los muertos (Hechos 26:23). Predicaban la resurrección de Cristo como el fundamento de todo lo que hacían.

O bien, la resurrección de los muertos está asegurada por Cristo para todos los creyentes. Incluye toda la bendición y el gozo de la vida venidera. Predicaban que esta vida viene por medio de Jesucristo, que se alcanza por medio de él (Filipenses 3:10-11) y solamente por medio de él. No se involucraban en asuntos del Estado. Se mantenían fieles a su llamado: predicaban el cielo como la meta y a Cristo como el camino. Véase también (Hechos 17:18).

Los que escuchaban recibieron el mensaje con alegría (Hechos 4:4). Muchos de los que oyeron la palabra creyeron, aunque no todos, y quizá ni siquiera la mayoría. Aun así, creyeron alrededor de cinco mil, además de los tres mil mencionados anteriormente. Observemos cómo el evangelio seguía ganando terreno y cómo esto era resultado del derramamiento del Espíritu. Aunque los predicadores sufrían oposición, la palabra seguía extendiéndose. En ocasiones, los días de sufrimiento de la iglesia también son días de crecimiento. Así ocurrió en los primeros días de la iglesia.

Entonces los principales sacerdotes y los que estaban con ellos se levantaron contra los apóstoles e hicieron todo lo posible por aplastarlos. Por un tiempo sus manos habían estado atadas, pero sus corazones no habían cambiado en absoluto. Observemos, primero, quiénes se opusieron a los apóstoles. Entre ellos estaban los sacerdotes, y podemos estar seguros de que se encontraban al frente. Siempre habían sido enemigos de Cristo y de su evangelio. Eran tan celosos de su sacerdocio como César lo era de su monarquía, y no toleraban a nadie a quien consideraran un rival, ya fuera que se lo predicara como sacerdote o que él mismo se presentara como profeta.

El capitán del templo se unió a ellos. Se cree que era un oficial romano, el comandante de la guardia apostada en la torre Antonia para vigilar el templo. Así que judíos y gentiles seguían unidos contra Cristo. Los saduceos, que negaban la existencia de los espíritus y de la vida futura, también estaban muy dispuestos a actuar contra los apóstoles. Como dijo el señor Baxter, la gente podría preguntarse qué podía hacer que hombres tan brutales como los saduceos se enfurecieran tanto porque se silenciara y persiguiera a otros. Si no hay una vida venidera, ¿por qué habría de molestarles la esperanza que otros tienen de ella? Pero en los corazones pecaminosos todo está corrompido. Un ciego todavía puede tener un corazón lleno de odio y una mano cruel, incluso en la actualidad.

Observemos, después, lo que sentían acerca de la predicación de los apóstoles. Estaban molestos porque los apóstoles enseñaban al pueblo (Hechos 4:2). Les incomodaba que el evangelio se predicara, y que se predicara con tanta apertura y valentía, y que el pueblo estuviera tan dispuesto a escucharlo. Habían pensado que, después de que Cristo fuera sometido a una muerte tan vergonzosa, sus discípulos siempre sentirían vergüenza y temor de reconocerlo, y que el pueblo nunca aceptaría su enseñanza. En cambio, se enfurecían al ver que sus esperanzas fracasaban y que el evangelio de Cristo avanzaba en vez de retroceder. «Lo verá el impío y se llenará de pesar» (Salmo 112:10). Se afligían por aquello que debió haberles producido alegría, tal como alegra a los ángeles. Es un estado miserable que alguien sienta tristeza por la gloria del reino de Cristo, porque esa gloria durará para siempre, y su tristeza también.

También les entristecía que los apóstoles predicaran por medio de Jesús la resurrección de los muertos. Los saduceos estaban molestos porque se predicaba la resurrección misma, ya que se oponían a esa doctrina y no soportaban oír acerca de una vida futura, especialmente cuando estaba respaldada con tanta claridad. A los principales sacerdotes les molestaba que se predicara por medio de Jesús, porque no querían que él recibiera ese honor. Aunque afirmaban creer en la resurrección, en oposición a los saduceos, preferían renunciar a esa gran verdad antes que permitir que se predicara y demostrara por medio de Jesús.

Finalmente, observemos hasta dónde llegaron en su oposición a los apóstoles (Hechos 4:3). Les echaron mano; es decir, sus siervos y oficiales lo hicieron bajo sus órdenes, y los pusieron bajo custodia. Los retuvieron hasta el día siguiente, bajo el cuidado del funcionario correspondiente. No podían interrogarlos en ese momento porque ya era de noche, pero no estaban dispuestos a esperar más allá del día siguiente. Vemos cómo Dios prepara poco a poco a sus siervos para el sufrimiento, capacitándolos para pruebas mayores por medio de pruebas menores. En ese momento solo enfrentaban la oposición del encarcelamiento, pero más adelante enfrentarían el derramamiento de sangre.

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