Versículo destacado

Hechos 4:5 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Al día siguiente se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los maestros de la ley. "

Hechos 4:5

menu_book El versículo en contexto

3 Los arrestaron y, como ya era tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente.

4 Pero muchos de los que habían escuchado el mensaje creyeron; y el número de creyentes, contando solamente a los hombres, llegó a cerca de cinco mil.

5 Al día siguiente se reunieron en Jerusalén los jefes de los judíos, los ancianos y los maestros de la ley.

6 Allí estaban también el sumo sacerdote Anás, Caifás, Juan, Alejandro y todos los que pertenecían a la familia de los sumos sacerdotes.

7 Ordenaron que les llevaran a Pedro y a Juan y, poniéndolos en medio de ellos, les preguntaron: —¿Con qué autoridad o en nombre de quién han hecho ustedes estas cosas?

auto_stories

Explora estudios bíblicos guiados

Sesiones estructuradas con notas, preguntas y perspectivas del asesor

Micro-Study 5 días

Las bienaventuranzas (microestudio de 5 días)

Un estudio breve sobre las bendiciones de Jesús y el camino del Reino.

Vista previa de la sesión 1:

Dichosos los humildes

schedule 6 min

Micro-Study 5 días

Salmos de consuelo (microestudio de 5 días)

Sesiones breves y tranquilizadoras basadas en los Salmos.

Vista previa de la sesión 1:

El cuidado del Pastor

schedule 5 min

lock_open Crea una cuenta gratis para guardar notas, dar seguimiento a tu progreso y desbloquear todas las sesiones

person_add Crear cuenta gratis

auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí vemos a Pedro y a Juan llevados a juicio ante los dirigentes religiosos por predicar acerca de Jesucristo y sanar en su nombre. Se les acusa como criminales precisamente por aquello que había sido su mejor servicio a Dios y a las personas.

El tribunal se reunió al día siguiente. No se celebró de noche, como había ocurrido con el juicio del propio Jesús, lo cual sugiere que esta vez no estaban impulsando el caso con la misma urgencia. Aun así, no querían demorarlo, porque estaban ansiosos por silenciar a los apóstoles.

La audiencia tuvo lugar en Jerusalén, la ciudad donde Jesús había dicho que sus seguidores debían esperar sufrimiento. Esto hacía aún más grave el pecado de sus habitantes, porque Jerusalén debería haber recibido al Redentor prometido. Sin embargo, muchos se negaron a creer cuando él vino. Jesús había previsto ese rechazo y lloró por la ciudad (Mateo 23:37).

Los jueces eran gobernantes, ancianos y escribas. Los escribas eran hombres instruidos que llegaron preparados para discutir con los apóstoles y esperaban demostrar que estaban equivocados. Los gobernantes y los ancianos eran hombres poderosos, y si no podían responderles a los apóstoles, pensaban que al menos podrían hacerlos callar. Si el evangelio no hubiera venido de Dios, no habría podido mantenerse firme frente a la erudición y al poder del mundo.

Entre los principales dirigentes estaban Anás y Caifás, los líderes principales de esta persecución. Anás había sido presidente del Sanedrín, el consejo gobernante judío, y Caifás era el sumo sacerdote, aunque aquí parece que el título también se usa para Anás. Ambos habían sido profundamente hostiles a Cristo, y ahora eran igualmente hostiles a su evangelio. También estaban allí otros familiares del sumo sacerdote, hombres que dependían de él y probablemente se pondrían de su lado.

Entonces llevaron a Pedro y a Juan ante el consejo. El Sanedrín se sentaba formando un círculo, mientras los prisioneros permanecían en el centro, rodeados por todos lados. Las Escrituras ya habían presentado una escena semejante, en la que los malvados rodean al justo (Salmo 22:16; Salmo 118:12).

El tribunal les preguntó: «¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho esto?». En otras palabras: «¿Quién les dio autoridad para enseñar esto y realizar este milagro?». Anteriormente le habían hecho a Jesús una pregunta parecida (Mateo 21:23). Sabían que los apóstoles predicaban acerca de Jesús y de la resurrección, pero aun así preguntaron, con la esperanza de hacerlos caer y encontrar algo por lo cual condenarlos.

La respuesta de Pedro no tenía como propósito principal protegerse a sí mismo. Su intención era honrar a Jesús, porque el Señor ya les había dicho a sus seguidores que los juicios ante los gobernantes abrirían una oportunidad para dar testimonio. El Espíritu Santo le dio a Pedro las palabras que debía decir en ese momento (Marcos 13:11). Los siervos fieles de Cristo no quedarán sin ayuda cuando tengan que hablar en su nombre.

Pedro se dirigió a los jueces como gobernantes del pueblo y ancianos de Israel. Su cargo no justificaba sus malas acciones; más bien, hacía mayor su culpa si usaban su poder contra la verdad. Deberían haber reconocido las señales de los tiempos y haber identificado el reino del Mesías. Como dirigentes del pueblo de Dios, tendrían que responder por el daño que causaran si llevaban a la nación por el camino equivocado.

Pedro hizo entonces una declaración clara: la sanidad había sido realizada en el nombre de Jesucristo. Si lo estaban interrogando por una buena obra hecha a favor de un hombre indefenso, él estaba listo para responder. Que todos ellos lo supieran, y que lo supiera todo Israel: aquel hombre estaba sano por el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien ellos habían crucificado y a quien Dios había resucitado de entre los muertos. Ese mismo Jesús ahora estaba revestido de la más alta honra y autoridad, y el hombre sanado era una prueba viviente de su poder.

Había sido una buena obra, un acto de bondad hacia aquel hombre que mendigaba y no podía ganarse la vida. También había sido un beneficio para el templo y para quienes entraban a adorar, pues ya no tendrían que escuchar los gritos y el alboroto de aquel mendigo habitual. Si se les pedía que respondieran por una obra tan buena, no tenían razón para avergonzarse, como dice Pedro en (1 Pedro 2:20), (1 Pedro 4:14) y (1 Pedro 4:16). Que se avergüencen quienes les causan problemas por hacer el bien. No es algo nuevo que las personas buenas sufran injustamente por hacer lo correcto. Hacer el bien y luego recibir castigo por ello es parte de la experiencia cristiana.

Pedro atribuye todo el mérito de esta buena obra a Jesucristo. El hombre había sido sanado por Jesús, no por algún poder propio de los apóstoles. Ellos no intentaban ganar seguidores para sí mismos ni obtener la aprobación del tribunal mediante ese milagro. Su preocupación era que solo el Señor recibiera la honra, sin importar lo que les sucediera a ellos.

También acusa a los jueces de haber asesinado a Jesús. «Es aquel a quien ustedes crucificaron», dice, como si les estuviera diciendo: «Piensen cómo responderán por esto». Su verdadero propósito era llevarlos a la fe en Cristo, y para ello trata de convencerlos de su pecado, especialmente del pecado que más debía haberles sacudido la conciencia: haber dado muerte a Cristo. No importa cómo reaccionaran; Pedro no dejaría pasar ninguna oportunidad de recordárselo.

También señala la resurrección de Cristo como la prueba más clara a favor de él y en contra de quienes se le opusieron. Ellos lo crucificaron, pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Le quitaron la vida, pero Dios se la devolvió. Por eso, cualquier nuevo ataque contra su causa tendría el mismo resultado. Pedro afirma que Dios lo resucitó, y los gobernantes ya no podían repetir razonablemente la historia absurda que habían difundido entre el pueblo: que los discípulos habían llegado de noche y robado el cuerpo.

Pedro habla delante de todos los que estaban presentes, para que ellos pudieran contárselo a sus vecinos. Les pide a personas de toda condición, desde las más importantes hasta las más humildes, que presten atención, bajo su propia responsabilidad. Todos los presentes debían saberlo y, por medio de ellos, todo el pueblo de Israel, dondequiera que estuviera disperso, a pesar de cualquier intento de ocultarlo. Así como el Señor Dios conoce todas las cosas, todo Israel debía saber que los milagros se realizan en el nombre de Jesús, no usando su nombre como un amuleto, sino confiando en él como el mensaje de gracia y buena voluntad de Dios para las personas.

A partir de esto, Pedro pasa a una verdad más amplia. El nombre de Jesús, por cuya autoridad actuaron, es el único nombre por el cual podemos ser salvos. No se trata simplemente de fundar un grupo religioso más, al que las personas puedan unirse o ignorar a voluntad, como las escuelas de los filósofos o algunas sectas judías. Se trata de una institución santa y divina, confirmada por el milagro y por el mensaje. Toda persona tiene el deber urgente de someterse a ella y entrar bajo su autoridad. No es algo opcional: es necesario creer en este nombre e invocarlo.

Estamos obligados a hacerlo por nuestro deber hacia Dios y porque esto corresponde a su propósito, como dice Pedro en (Hechos 4:11): «Esta es la piedra que ustedes, los constructores, rechazaron». Pedro se dirige a los gobernantes y ancianos de Israel, quienes deberían haber edificado la iglesia, ya que la iglesia es la casa de Dios. Se les había ofrecido una piedra que debía ocupar el lugar principal del edificio, el apoyo fundamental sobre el cual descansaría toda la estructura. Pero la rechazaron, la consideraron inútil y la desecharon. Sin embargo, esa piedra se ha convertido en la piedra principal del ángulo. Dios levantó a este Jesús, a quien ellos rechazaron, y al colocarlo a su derecha lo convirtió en la piedra angular y principal, el centro de unidad y la fuente de poder. Es probable que Pedro usara este pasaje porque Cristo lo había citado antes, cuando los principales sacerdotes y los ancianos le preguntaron por su autoridad, poco tiempo antes de esto (Mateo 21:42). Las Escrituras son un arma probada en las batallas espirituales; por eso debemos aferrarnos a ellas.

También estamos obligados a confiar en Cristo por nuestro propio bien. Estamos perdidos si no buscamos refugio en su nombre y no hacemos de él nuestra fortaleza y torre fuerte. No podemos ser salvos sino por Jesucristo; y si no somos salvos para siempre, quedamos perdidos para siempre, como dice Pedro en (Hechos 4:12): «En ningún otro hay salvación». Así como no hay otro nombre por el cual puedan sanar los cuerpos enfermos, tampoco hay otro nombre por el cual puedan salvarse las almas pecadoras. Solo por medio de él, al recibir y aceptar su enseñanza, todos deben esperar ahora la salvación. No existe otra religión en el mundo, ni siquiera la que fue dada por medio de Moisés, por la cual puedan salvarse quienes ahora se niegan a entrar en este camino mediante su proclamación.

Nuestra salvación es nuestra principal preocupación, aquello que debería estar más cerca de nuestro corazón. Significa ser rescatados de la ira y de la maldición, y ser llevados nuevamente al favor y a la bendición de Dios. La salvación no está en nosotros mismos, ni puede obtenerse por nuestros propios méritos o fuerzas. Podemos arruinarnos, pero no podemos salvarnos. Muchos nombres entre los seres humanos afirman salvar, pero en realidad no pueden hacerlo. Muchos sistemas religiosos prometen reconciliar a Dios con las personas, pero no pueden lograrlo. Solo por medio de Cristo y de su nombre podemos esperar las bendiciones de Dios que necesitamos para la salvación, y solo por medio de él nuestro servicio puede ser aceptado por Dios.

Esta es la gloria del nombre de Cristo: que es el único nombre por el cual debemos ser salvos, el único nombre que podemos invocar cuando nos presentamos ante Dios. Este nombre nos ha sido dado. Dios lo estableció, y es un regalo de valor incalculable que nos ofrece gratuitamente. Nos ha sido dado bajo el cielo. Cristo tiene un gran nombre no solo en el cielo, sino también bajo el cielo, porque tiene todo poder tanto en el mundo de arriba como en el de abajo. Ha sido dado entre los seres humanos, que necesitan salvación y están a punto de perecer. Somos salvos por su nombre, por ese nombre que significa «El Señor es nuestra justicia», y no podemos ser salvos por ningún otro. No nos corresponde decidir hasta qué punto pueden hallar el favor de Dios quienes no conocen a Cristo ni tienen una fe activa en él, pero viven conforme a la luz que han recibido. Lo que sí sabemos es que cualquier favor salvador que esas personas reciban se debe a Cristo y únicamente a él. Por tanto, sigue sin haber salvación en ningún otro, aunque Dios haya dado a conocer su nombre a quienes no lo conocían, como en (Isaías 45:4).

Esta defensa puso al tribunal en una situación difícil al intentar presentar cargos contra ellos, como se ve en (Hechos 4:13) y (Hechos 4:14). Así se cumplió la promesa de Cristo de darles palabras y sabiduría que ninguno de sus enemigos podría responder ni refutar.

No podían negar que la sanidad del hombre que no podía caminar había sido tanto una buena obra como un milagro. El hombre estaba allí de pie junto a Pedro y Juan, listo para confirmar la sanidad si era necesario, y no tenían nada que decir en contra de ella (Hechos 4:14). No podían demostrar que fuera falsa ni hablar mal de ella. Fue una suerte que no fuera sábado, porque probablemente también habrían usado eso como objeción.

Tampoco podían, a pesar de toda su demostración de autoridad, hacer callar a Pedro y a Juan. Este fue un milagro casi tan grande como la sanidad misma. Aquellos sacerdotes habían sido enemigos feroces y crueles de Cristo, lo suficiente como para hacer que cualquiera tuviera miedo de defenderlo. Y esos mismos discípulos habían sido hacía poco muy débiles y temerosos, especialmente Pedro, quien había negado a Jesús por miedo a una sirvienta. Sin embargo, ahora veían la valentía de Pedro y Juan (Hechos 4:13).

Probablemente había algo impactante y fuera de lo común en su apariencia. No solo estaban tranquilos frente a los gobernantes, sino que parecían desafiarlos y desconcertarlos. Sus rostros mostraban firmeza, sus ojos brillaban y sus voces eran fuertes, autoritarias e incluso intimidantes. Eran como el profeta que dijo que había puesto su rostro como un pedernal (Isaías 50:7; Ezequiel 3:9). La valentía de los seguidores fieles de Cristo a menudo ha avergonzado a sus crueles enemigos.

Se nos dice qué fue lo primero que asombró a los gobernantes: vieron que Pedro y Juan eran hombres sin estudios y del pueblo. Preguntaron por ellos, quizá a los mismos apóstoles o a otras personas, y descubrieron que provenían de un ambiente humilde. Eran de Galilea, habían sido pescadores y no tenían una formación formal. No habían estudiado en una escuela rabínica ni se habían relacionado con los círculos de las cortes, los ejércitos o las instituciones académicas. Si les hubieran preguntado sobre filosofía natural, matemáticas o política, habrían sabido poco o nada. Pero cuando el tema era el Mesías y su reino, hablaban con tanta claridad, fuerza y seguridad, y conocían tan bien el Antiguo Testamento, que ni siquiera el juez más instruido podía responderles.

Eran hombres comunes, personas particulares sin rango ni cargo público, y eso hacía que los gobernantes se preguntaran aún más cómo podían hablar con tanta autoridad. La palabra también puede tener el sentido de «sin preparación» o «inexpertos», y los gobernantes los miraban con desprecio, como si fueran personas simples que no tenían nada que ofrecer. Por eso se sorprendieron tanto al ver la libertad y la valentía con que Pedro y Juan hablaban.

Lo que comenzó a explicar su valentía fue que los gobernantes reconocieron que habían estado con Jesús. Tal vez los habían visto con Jesús en el templo y ahora los recordaban. O quizá algunos sirvientes u otras personas presentes en el tribunal se lo habían dicho, ya que los gobernantes mismos no querrían aparentar que prestaban atención a hombres tan humildes. Pero una vez que entendieron que Pedro y Juan habían estado con Jesús, habían pasado tiempo con él, lo habían seguido y habían aprendido de él, supieron de dónde provenía su valentía.

Esto sigue siendo verdad. Quienes han estado con Jesús, han disfrutado de la comunión con él, escuchan su palabra, oran en su nombre y recuerdan su muerte y resurrección, deben vivir de tal manera que los demás puedan reconocer que han estado con Jesús. Una vida así hace que las personas sean santas, celestiales, espirituales y alegres. Las eleva por encima de este mundo y las llena de una realidad diferente. Como Moisés al bajar del monte, se les reconoce por el resplandor de sus rostros.

IA cristiana que tiene en cuenta tu denominación

Aplica Hechos 4:5 a tu vida hoy

Recibe orientación basada en las Escrituras, consciente de tu denominación y personalizada para tu situación.

1 Haz tu pregunta arrow_forward 2 Considera tu tradición arrow_forward 3 Aplica las Escrituras

✓ No necesitas tarjeta de crédito • ✓ 100 % privado • ✓ Obtén 30 créditos gratis para comenzar

De este capítulo

Oración diaria

Recibe por correo electrónico una reflexión bíblica diaria

Comienza cada mañana con un versículo, una oración y un siguiente paso sencillo.

Gratis. Cancela tu suscripción cuando quieras. Nunca compartimos tu correo electrónico.

Aviso importante: Esta guía bíblica no sustituye la atención profesional de salud mental. Si estás experimentando síntomas de una crisis, comunícate con la Línea 988 de Prevención del Suicidio y Crisis o busca ayuda profesional inmediata.

Bible Guided ofrece orientación basada en la fe y debe complementar, no reemplazar, el apoyo terapéutico profesional.