Versículo destacado

Hechos 4:32 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Todos los creyentes, que eran muchos, pensaban y sentían de la misma manera. Ninguno decía que sus cosas fueran solamente suyas, sino que eran de todos. "

Hechos 4:32

menu_book El versículo en contexto

30 Muestra tu poder sanando a los enfermos y haciendo señales y milagros en el nombre de tu santo siervo Jesús.

31 Cuando acabaron de orar, el lugar donde estaban reunidos tembló; todos fueron llenos del Espíritu Santo y anunciaban abiertamente el mensaje de Dios.

32 Todos los creyentes, que eran muchos, pensaban y sentían de la misma manera. Ninguno decía que sus cosas fueran solamente suyas, sino que eran de todos.

33 Los apóstoles seguían dando un poderoso testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y Dios los bendecía mucho a todos.

34 No había entre ellos ningún necesitado, porque quienes tenían terrenos o casas los vendían, y el dinero

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos nos ofrecen un retrato amplio y hermoso de la iglesia primitiva, como una mirada a la infancia antes de que entrara la corrupción. Los creyentes se amaban profundamente. Lucas dice que toda la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma (Hechos 4:32), y que no había discordia ni división entre ellos.

Eran muchos los que creían, incluso en Jerusalén, donde los principales sacerdotes se oponían firmemente al evangelio. Tres mil se convirtieron en un día, luego cinco mil en otro, y cada día se añadían más. Sin duda, todos fueron bautizados y confesaron abiertamente su fe, porque el mismo Espíritu que les dio valor a los apóstoles para predicar también les dio valor a los creyentes para identificarse con Cristo. El crecimiento de la iglesia es una señal de su gloria, y una gran comunidad de creyentes importa más que su posición social o prestigio externo.

Estas personas eran de un corazón y un alma. Venían de distintas edades, temperamentos y posiciones sociales, y es probable que muchos hubieran sido desconocidos entre sí antes de creer. Algunos incluso pudieron haber pertenecido a diferentes grupos judíos o haber tenido desacuerdos anteriores sobre asuntos públicos, pero todo eso quedó a un lado en Cristo. Una vez unidos al Señor, también quedaron unidos unos a otros en amor santo, cumpliendo el mandamiento de Cristo de amarse mutuamente y su oración de que todos fueran uno.

Probablemente se reunían en varias congregaciones o lugares de adoración, según dónde vivían, y distintos ministros los atendían. Sin embargo, esto no produjo envidia ni resentimiento. Seguían amando a los creyentes de otras congregaciones tanto como a los de la suya. Eso era cierto entonces, y no debemos perder la esperanza de volver a verlo cuando el Espíritu sea derramado desde lo alto.

Los ministros también continuaban trabajando con gran esfuerzo y éxito. Los apóstoles daban un poderoso testimonio de la resurrección del Señor Jesús (Hechos 4:33). Ese mensaje era fundamental, porque la resurrección de Cristo fue un acontecimiento real que confirmó la verdad de la fe cristiana. Cuando se entiende correctamente, también abre paso a las grandes verdades de la vida cristiana, el deber, el privilegio y el consuelo.

Su testimonio puede llamarse poderoso por dos razones. Primero, hablaban con valor, fervor y firmeza. No presentaban la verdad con timidez, sino con confianza, porque estaban completamente convencidos de ella y querían que otros también lo estuvieran. Segundo, confirmaban su mensaje con milagros. Por medio de obras de gran poder daban testimonio de la resurrección de Cristo, y Dios mismo también daba testimonio por medio de ellos.

El favor de Dios resplandecía sobre ellos y sobre todo lo que hacían. Había gran gracia sobre todos, no solo sobre los apóstoles, sino sobre todos los creyentes. Aquí, gracia significa el favor y el poder especial de Dios, dados de una manera extraordinaria. Él les concedía abundante gracia desde lo alto, preparándolos para un servicio importante. Sus vidas también mostraban frutos claros de esa gracia, lo cual los honraba y demostraba que eran preciosos ante los ojos de Dios. Algunos consideran que esto también significa que gozaban de buena reputación entre la gente, que veía en ellos una belleza y un valor auténticos.

También eran muy generosos con los pobres y no se aferraban a las cosas materiales. Esto era una señal tan clara de la gracia de Dios en ellos como cualquier otra, y hacía que el pueblo los respetara. No se aferraban a sus propiedades, aunque la mayoría de las personas naturalmente protege lo que considera suyo. La gente que vive para las cosas materiales presume de sus posesiones y dice, como Labán: «Todo lo que ves es mío» (Génesis 31:43), o como Nabal: «Mi pan y mi agua» (1 Samuel 25:11). Pero estos creyentes estaban tan cautivados por la esperanza de una herencia celestial que las propiedades terrenales les parecían insignificantes.

Nadie decía que alguna de sus posesiones fuera suya (Hechos 4:32). Esto no significa que hubieran eliminado la propiedad privada. Significa que no consideraban sus posesiones una fuente de orgullo o importancia personal. Ya no presumían de lo que tenían ni confiaban en ello, porque en su corazón se lo habían entregado todo a Cristo y esperaban perderlo todo por causa de él. En realidad, no podemos llamar nuestro a nada excepto al pecado. Lo que tenemos en este mundo le pertenece más a Dios que a nosotros, porque lo recibimos de él, debemos usarlo para él y tendremos que rendirle cuentas por ello.

No decían que ninguna posesión fuera suya en el sentido de considerarla privada y exclusiva. Estaban dispuestos a compartir, querían ayudar y no deseaban comer solos. Cualquier cosa que tuvieran más allá de sus propias necesidades la daban con gusto a sus vecinos pobres. Los que tenían propiedades no estaban ansiosos por acumular más. Estaban dispuestos a dar, aunque eso significara vivir con menos comodidad para ayudar a sus hermanos y hermanas. No sorprende que fueran de un corazón y un alma cuando se aferraban tan poco a las riquezas materiales, porque «lo mío» y «lo tuyo» suelen ser la raíz de muchas discusiones.

También eran ricos en generosidad, de modo que en la práctica tenían todas las cosas en común. No había ningún necesitado entre ellos, porque se cuidaban de atender cada necesidad (Hechos 4:34). Es probable que algunos de los que habían vivido de la ayuda pública quedaran sin sustento al convertirse en cristianos, así que era apropiado que la iglesia cuidara de ellos. Muchos pobres recibían el evangelio, y algunos ricos podían sostenerlos, movidos por la gracia de Dios. Como dice la Escritura, quienes reúnen mucho no tienen demasiado cuando lo que les sobra se usa para ayudar a quienes reunieron poco, de modo que nadie pase necesidad (2 Corintios 8:14-15).

En este sentido, el evangelio hizo que todo fuera común, no permitiendo que los pobres les quitaran a los ricos, sino llamando a los ricos a aliviar la necesidad de los pobres. Muchos incluso vendían terrenos o casas para crear un fondo destinado a la ayuda de los necesitados (Hechos 4:34).

Lightfoot calcula que este era el año del jubileo en la nación judía, el año cincuenta. Era el vigésimo octavo jubileo desde que Israel se estableció en Canaán, unos mil cuatrocientos años antes. Como las tierras vendidas ese año no regresarían a sus dueños hasta el siguiente jubileo, sus precios probablemente serían altos. Por eso, vender tierras en ese momento produciría más dinero.

Se nos dice qué hacían con el dinero recaudado: lo ponían a los pies de los apóstoles. Esto significa que se lo dejaban a ellos para que lo usaran como consideraran mejor. Es probable que los apóstoles lo usaran también para su propio sustento, pues ¿de dónde más lo obtendrían? Al ponerlo a sus pies, demostraban su santo desprecio por las riquezas materiales. Consideraban más apropiado que el dinero estuviera a sus pies en vez de estar en sus manos o guardado en sus bolsillos. Una vez entregado, no se almacenaba. Luego, las personas responsables lo distribuían a cada uno según su necesidad.

Debe tenerse mucho cuidado al ofrecer ayuda pública. Primero, debe llegar a quienes realmente la necesitan. Esto incluye a quienes no pueden ganar lo suficiente para sostenerse debido a la edad, la niñez, la enfermedad, una discapacidad física, una limitación mental, la falta de habilidades o energía, circunstancias difíciles, pérdidas, opresión o la responsabilidad de mantener a muchas personas dependientes. Toda persona que verdaderamente carezca de sustento y no tenga familiares que puedan ayudarla debe recibir atención. Sobre todo, la ayuda debe llegar a quienes son pobres porque han actuado correctamente y han conservado una buena conciencia. También debe procurarse que lo entregado se use de la manera que más les ayude.

Segundo, la ayuda debe darse a cada persona con el propósito adecuado y según su necesidad, sin favoritismos ni tratos especiales. Al dar ayuda, igual que al hacer justicia, la regla es que quienes tienen necesidades y méritos semejantes deben recibir una ayuda semejante. La ayuda debe ajustarse a la necesidad.

Aquí se destaca a una persona por su generosidad: Bernabé, quien más adelante sería compañero de ministerio de Pablo. Su nombre era José. Pertenecía a la tribu de Leví, y había levitas entre los judíos que vivían fuera de Israel. Es probable que dirigieran la adoración en las sinagogas y que, conforme al llamado de esa tribu, enseñaran al pueblo el conocimiento del Señor. Bernabé había nacido en Chipre, lejos de Jerusalén, donde se habían establecido sus padres judíos.

Más tarde, los apóstoles le cambiaron el nombre después de que se unió a ellos. Es posible que hubiera sido uno de los setenta discípulos y que, al crecer sus dones y su gracia, llegara a ser conocido y respetado por los apóstoles. Para honrarlo, le dieron el nombre de Bernabé. Ese nombre significa «hijo de profecía», que es su significado propio, porque había recibido dones especiales para profetizar. Sin embargo, como señala Grocio, los judíos helenistas usaban una palabra relacionada con la oración que también podía significar ánimo o exhortación; por eso algunos lo traducen como «hijo de exhortación», es decir, alguien con un don especial para animar y persuadir a los demás. Hechos 11:22-24 ofrece un ejemplo de esto. Otros lo entienden como «hijo de consolación», es decir, un hombre que vivía bajo el consuelo del Espíritu Santo y ayudaba a otros a encontrar ese mismo consuelo. Era un cristiano alegre, y eso lo hacía generoso con los pobres. O puede significar que tenía una habilidad especial para consolar al pueblo de Dios y hablar paz a las conciencias atribuladas. Tenía un don extraordinario para ello.

Entre los apóstoles, dos eran llamados Boanerges, es decir, «hijos del trueno» (Marcos 3:17). En contraste, entre ellos había un hijo de consolación. Cada uno tenía su propio don. Ninguno debía criticar al otro; más bien, cada uno debía ayudar allí donde el otro era débil. Que uno examine la herida y que el otro la sane y la vende.

También se destaca la generosidad de Bernabé, junto con su gran disposición para contribuir al fondo común de la iglesia. Esto se menciona especialmente por su labor posterior en la iglesia, sobre todo por llevar el evangelio a los gentiles. También muestra que su trabajo entre los gentiles no surgió de ningún rechazo hacia su propio pueblo, pues aquí vemos su bondad con los creyentes judíos. O quizá se registra porque fue un ejemplo para los demás.

Tenía un terreno, ya fuera en Chipre, donde había nacido; en Judea, donde entonces vivía; o en algún otro lugar, no lo sabemos. Lo vendió, no para comprar otra cosa con fines de lucro, sino porque, como levita, sabía que el Señor, el Dios de Israel, era su herencia. Le daba menos importancia a las propiedades terrenales y no quería quedar agobiado por ellas. Llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles para que se usara en favor de los necesitados. Así, como alguien que llegaría a ser predicador del evangelio, se liberó de las preocupaciones de esta vida. Al final, no perdió nada al poner el dinero a los pies de los apóstoles, porque después fue contado entre los apóstoles en la práctica, conforme a las palabras del Espíritu Santo: «Aparten a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado» (Hechos 13:2). Así que, por el honor que mostró a los apóstoles como apóstoles, recibió la recompensa de un apóstol.

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