Versículo destacado

1 Reyes 16:29 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

En el año treinta y ocho del reinado de Asá en Judá, Ahab, hijo de Omrí, comenzó a reinar en Israel. Reinó sobre Israel durante veintidós años en la ciudad de Samaria.

1 Reyes 16:29

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Aquí comienza el reinado de Acab, y se nos dice más acerca de él que acerca de cualquier otro rey de Israel. Incluso en esta breve introducción aparece como el peor de todos, así que sabemos qué esperar de los detalles que siguen. Reinó durante veintidós años, tiempo suficiente para causar muchísimo daño.

Fue peor que todos los reyes anteriores e hizo más mal que ellos (1 Reyes 16:30). Era como si tuviera un odio especial contra Dios y contra Israel, porque no dejaba de provocar a ira al Señor, el Dios de Israel, y de atraer juicio sobre la tierra más que cualquier rey anterior (1 Reyes 16:33). La situación era lamentable cuando cada nuevo rey resultaba peor que el anterior. Era inevitable preguntarse en qué terminaría convirtiéndose un pueblo así.

Acab había visto la ruina de otros reyes malvados y de sus familias, pero no aprendió de ello. En vez de eso, su corazón se endureció y se llenó de más enojo contra Dios. Le pareció poca cosa seguir los pecados de Jeroboam (1 Reyes 16:31). Romper el segundo mandamiento adorando imágenes no le bastó, así que también quebrantó el primero al introducir otros dioses. Su ofensa más pequeña contra las leyes de Dios pesaría más que los peores pecados de Jeroboam. Cuando las personas consideran insignificantes los pecados menores, les abren la puerta a pecados mayores; y quienes intentan justificar los pecados de otros solo hacen más grave su propia culpa.

También se casó con una mujer malvada, sabiendo que ella introduciría el culto a Baal; al parecer, se casó con ella precisamente con ese propósito. Como si fuera poca cosa seguir los pecados de Jeroboam, tomó a Jezabel (1 Reyes 16:31) como esposa. Ella era una idólatra devota, de naturaleza dura y cruel, entregada a la hechicería y a la inmoralidad sexual (2 Reyes 9:22), y malvada en todos los sentidos. En Apocalipsis, a la falsa profetisa se le llama Jezabel (Apocalipsis 2:20), porque no podría darse un nombre peor a una mujer malvada. Más adelante veremos el daño que causó y el juicio que finalmente cayó sobre ella (2 Reyes 9:33). Esta sola esposa extranjera llevó a Israel a una corrupción mayor que la causada por todas las esposas extranjeras de Salomón.

Después, Acab estableció el culto a Baal. Abandonó al Dios de Israel y sirvió al dios de los sidonios, es decir, a la deidad fenicia que adoraba ese pueblo. Algunos pensaban que Baal era el sol, mientras que otros creían que era un héroe convertido en dios. Acab se había cansado de los becerros de oro y parecía pensar que ya habían sido adorados durante suficiente tiempo. Esas cosas vacías son ídolos, y hasta quienes alguna vez los amaron pueden llegar a aburrirse de ellos. Como los adúlteros, siempre desean algo nuevo.

En honor de este dios falso, cuyo nombre significa «señor», y para facilitar su culto, Acab hizo varias cosas. Primero, construyó un templo para Baal en Samaria, la ciudad real, porque el verdadero templo estaba en Jerusalén, la ciudad real del otro reino. Quería tener cerca el templo de Baal para poder visitarlo con frecuencia, protegerlo y honrarlo. Segundo, construyó un altar en ese templo para ofrecer sacrificios a Baal, demostrando que dependían de él y deseaban su favor. ¡Qué necedad la de los idólatras, que gastan tanto para ganarse la amistad de alguien a quien ellos mismos decidieron convertir en dios! Tercero, hizo una arboleda alrededor del templo, ya fuera plantando árboles frondosos o construyendo algo parecido a una arboleda si los árboles hubieran tardado demasiado en crecer. El propósito era ocultar y proteger los actos vergonzosos que se cometían en el impuro culto a Baal. El mal ama la oscuridad, porque quien hace lo malo aborrece la luz.

Uno de los súbditos de Acab, siguiendo este mismo espíritu desafiante, se atrevió a reconstruir Jericó, desafiando abiertamente la maldición que Josué había pronunciado mucho tiempo atrás contra cualquiera que intentara hacerlo (1 Reyes 16:34). Esto se presenta como otro ejemplo de hasta dónde se había extendido el pecado, especialmente en Betel, donde estaba uno de los becerros, pues aquel pecador desafiante era de esa ciudad. Obsérvese cuán malvado fue. Como Acán, tomó lo que estaba consagrado a Dios y lo usó para sí mismo. Comenzó a construir a pesar de una maldición bien conocida en Israel, quizá tratándola como si fuera un espantapájaros o pensando que el paso del tiempo la había debilitado, pues habían transcurrido más de quinientos años desde que Josué la pronunció (Josué 6:26). Siguió construyendo incluso después de que parte de la maldición ya se había cumplido, porque cuando murió su hijo mayor al comenzar la obra, continuó adelante despreciando a Dios y la ira que ya se había manifestado contra su pecado.

Obsérvese también cuán mal le fue. Construyó Jericó para sus hijos, pero Dios hizo que quedara sin hijos. Su hijo mayor murió cuando comenzó la obra, el menor murió cuando la terminó, y es probable que los demás murieran en el intervalo. Aquellos a quienes Dios maldice quedan verdaderamente bajo maldición. Nadie ha endurecido su corazón contra Dios y ha prosperado. Que Dios nos libre de los pecados deliberados: esas transgresiones atrevidas y graves.

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