Versículo destacado

1 Juan 3:14 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, y lo sabemos porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama aún está muerto. "

1 Juan 3:14

menu_book El versículo en contexto

12 No seamos como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué lo mató? Porque los hechos de Caín eran malos y los de su hermano eran buenos.

13 Hermanos míos, no se extrañen si los que son del mundo los odian.

14 Nosotros hemos pasado de la muerte a la vida, y lo sabemos porque amamos a nuestros hermanos. El que no ama aún está muerto.

15 Todo el que odia a su hermano es un asesino, y ustedes saben que ningún asesino puede tener vida eterna en sí mismo.

16 Conocemos lo que es el amor porque Jesucristo dio su vida por nosotros; así también, nosotros debemos dar la vida por nuestros hermanos.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Al apóstol apenas le es posible mencionar el amor santo sin insistir en que lo practiquemos. Aquí lo hace presentando varias razones y motivos importantes. Una de ellas es que el amor es una señal de nuestra justificación por el evangelio —es decir, de que Dios nos considera justos— y de que hemos pasado a la vida: «Sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos» (1 Juan 3:14).

Por naturaleza, somos hijos de ira y herederos de muerte. Pero, por medio de la promesa del evangelio, nuestra posición ante el mundo venidero cambia. Pasamos de muerte a vida, de la culpa que conduce a la muerte al derecho a vivir, y esto sucede cuando creemos en el Señor Jesús. «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Juan 3:36). Este cambio bendito puede conocerse, y una evidencia clara de él es el amor por los demás creyentes.

Este amor no es simplemente espíritu de grupo dentro de la religión, ni un sentimiento cálido hacia quienes comparten nuestra etiqueta o nuestras opiniones secundarias. Primero supone un amor general por todas las personas. La ley del amor cristiano dentro de la iglesia se apoya en la regla más amplia para toda la vida humana: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Debemos amar a las personas principalmente por dos razones. Primero, son una obra excelente de Dios: él las creó y las hizo de una manera extraordinaria a su imagen. La razón por la que Dios castiga el asesinato también nos muestra por qué no debemos odiar a ningún ser humano: «porque Dios hizo al hombre a su imagen» (Génesis 9:6). Segundo, en cierta medida son amadas en Cristo. Debemos considerar a toda la humanidad, a diferencia de los ángeles caídos, como una raza redimida, para la cual Dios planeó, preparó y entregó a un Redentor divino. «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna» (Juan 3:16). Un mundo tan amado por Dios también debe ser amado por nosotros.

Este amor se manifestará en deseos sinceros, oraciones y esfuerzos por la conversión y salvación del mundo que todavía está cegado. «El deseo de mi corazón y mi oración a Dios por ellos es que sean salvos» (Romanos 10:1). También incluye el amor correcto aun hacia los enemigos. De manera más particular, incluye un amor singular por la comunidad cristiana, la iglesia universal, es decir, todo el cuerpo de creyentes, porque es el cuerpo de Cristo y ha sido redimida, justificada y santificada en él. Este amor alcanza especialmente a los creyentes que conocemos personalmente o sobre quienes tenemos información confiable. No los amamos principalmente por ellos mismos, sino por causa de Dios y de Cristo, porque Dios y Cristo los han amado. Por tanto, este amor es fruto de la fe en Cristo y una señal de que hemos pasado de muerte a vida.

Por otro lado, odiar a nuestros hermanos y hermanas es señal de una condición mortal, de que todavía vivimos bajo la sentencia de muerte de la ley. «El que no ama permanece en la muerte» (1 Juan 3:14). Esa persona todavía está bajo la maldición y la condenación de la ley. El apóstol lo demuestra claramente: «Todo el que odia a su hermano es homicida, y ustedes saben que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él» (1 Juan 3:15). Odiar a una persona es, en la medida en que el odio se apodera de nosotros, odiar su vida y su bienestar, y naturalmente tiende a desear que esa vida termine. Caín odió a su hermano y luego lo mató.

El odio cierra nuestro corazón a la compasión por los hermanos y hermanas necesitados, y así los deja expuestos al dolor y a la muerte. A lo largo de los siglos, el odio también ha cubierto a los creyentes de nombres ofensivos, acusaciones crueles y calumnias, y los ha expuesto a la persecución y a la espada. Por eso no sorprende que quien conoce el corazón humano y comprende todo el alcance de la ley de Dios diga que el que odia a su hermano es un homicida. Una persona con un corazón homicida no puede tener la vida eterna habitando en ella. Esa persona necesariamente está dominada por la carne, y «tener la mente puesta en la carne es muerte» (Romanos 8:6).

Cuando el apóstol habla de que la vida eterna «permanece» en nosotros, quizá se refiere a un principio interior de vida interminable. Esto concuerda con las palabras del Salvador: «El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás»; es decir, nunca quedará completamente sin ella, «sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente que brota para vida eterna» (Juan 4:14). Por eso, algunos podrían pensar que «pasar de muerte a vida» en 1 Juan 3:14 no se refiere a un cambio en nuestra posición legal ante Dios, sino únicamente al cambio real producido por el nuevo nacimiento. También podrían entender que «permanecer en la muerte» significa seguir en la muerte espiritual o permanecer en la condición corrupta y mortal de la naturaleza humana.

Sin embargo, estas palabras apuntan de manera más natural a la condición de la persona, ya sea que haya sido declarada destinada a la vida o a la muerte. Y el cambio externo de muerte a vida ciertamente puede confirmarse o refutarse según esté presente o no ese principio interior de vida eterna. El perdón de la culpa del pecado está inseparablemente unido a la limpieza de su mancha y a la liberación de su poder. «Pero ustedes fueron lavados, fueron santificados y fueron justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios» (1 Corintios 6:11).

El ejemplo de Dios y de Cristo también debe llenar nuestro corazón de este amor santo. «En esto conocemos el amor: en que él entregó su vida por nosotros; así también nosotros debemos entregar nuestra vida por los hermanos» (1 Juan 3:16). Dios entregó a su Hijo para morir por nosotros. Puesto que este apóstol ya ha dicho que el Verbo era Dios y que se hizo carne por nosotros, hay buenas razones para entender que aquí habla de Dios el Verbo, el Hijo mismo. Este es el amor de Dios: el amor de aquel que es verdaderamente Dios en su propia persona, aunque no es el Padre, y que asumió una vida humana para poder entregarla por nosotros. Aquí vemos la humildad, la maravilla y el misterio del amor divino: Dios redimió a la iglesia con su propia sangre. Sin duda, debemos amar a quienes Dios ha amado, y amado de esta manera. Y si verdaderamente amamos a Dios, sin duda lo haremos.

El apóstol ya nos ha presentado este ejemplo poderoso y ardiente de amor, junto con la razón que lo sustenta. Ahora muestra cómo debe verse el amor cristiano en la práctica. En su nivel más elevado, debe ser tan fuerte que estemos dispuestos a sufrir incluso la muerte por el bien de la iglesia, por la seguridad y la salvación de nuestros queridos hermanos y hermanas. «Debemos entregar nuestra vida por los hermanos» (1 Juan 3:16). Esto puede suceder al servirles, como Pablo habla de ser derramado como una ofrenda en el servicio y sacrificio de la fe de ellos, y aun así alegrarse con ellos (Filipenses 2:17). También puede significar ponernos en peligro cuando somos llamados a hacerlo por causa de quienes son más útiles para la gloria de Dios y el crecimiento de la iglesia que nosotros mismos. Pablo habla de personas que arriesgaron su propia vida para salvarlo, y por quienes él y todas las iglesias de los gentiles dieron gracias (Romanos 16:4). El cristiano debe aferrarse muy poco a esta vida, estar dispuesto a dejarla y tener plena seguridad de que hay una vida mejor.

En un nivel siguiente, este amor debe ser bondadoso, generoso y dispuesto a compartir con las necesidades de otros creyentes. «Si alguien tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad, pero cierra su corazón contra él, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?» (1 Juan 3:17). A Dios le agrada que algunos creyentes sean pobres, para que el amor de quienes tienen más sea probado y crezca. También le agrada dar bienes de este mundo a algunos creyentes para que los usen al ayudar a los santos pobres. Quienes poseen riquezas materiales deben amar a Dios más que a sus riquezas, amar también a sus hermanos y hermanas en la fe y estar dispuestos a dar por causa de ellos. Esto muestra que el amor por los hermanos se apoya en el amor por Dios, porque el apóstol lo llama «el amor de Dios». Amar a otros creyentes es amar a Dios tal como se manifiesta en ellos; donde no existe ese amor por ellos, tampoco hay un amor verdadero por Dios.

El apóstol estaba a punto de mencionar en el versículo siguiente una tercera y menor expresión de este amor, pero ya ha dejado claro que este amor caritativo y generoso, en quienes tienen la capacidad de mostrarlo, es lo mínimo compatible con el amor a Dios. Aun así, este amor tiene otros frutos, por lo que pide que sea sincero y activo de todas las maneras que permitan las circunstancias. «Hijitos míos» —es decir, mis queridos hijos en Cristo—, «no amemos solo de palabra o con la lengua, sino con hechos y en verdad» (1 Juan 3:18). Los cumplidos vacíos y las palabras aduladoras no corresponden a los cristianos. Lo que sí corresponde son palabras honestas de afecto santo y actos de amor que impliquen un verdadero costo.

Este amor también demuestra que nuestra fe es real y nos da confianza delante de Dios: «Por esto sabemos que somos de la verdad y podemos tranquilizar nuestro corazón delante de él» (1 Juan 3:19). Es una gran bendición tener la seguridad de que nuestra fe es sincera. Quienes tienen esa seguridad pueden acercarse a Dios con santa confianza y acudir a él aun cuando el mundo los critique y los condene. La manera de saber que realmente vivimos conforme a la verdad del cristianismo y de conservar la paz interior es crecer en amor y en obras de amor hacia los demás creyentes.

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