Versículo destacado

1 Juan 2:3 - Significado y aplicación

Comprende cómo este versículo habla de lo que estás enfrentando y cómo aplicarlo hoy

Traducción: Biblia BibleGuided — Español

" Si obedecemos los mandamientos de Dios, podemos estar seguros de que hemos llegado a conocerlo. "

1 Juan 2:3

menu_book El versículo en contexto

1 Hijitos míos, les escribo estas cosas para que no cometan pecado. Aunque, si alguno comete pecado, tenemos ante el Padre un defensor, que es Jesucristo, y él es justo.

2 Jesucristo se ofreció en sacrificio para que nuestros pecados sean perdonados; y no solo los nuestros, sino los de todo el mundo.

3 Si obedecemos los mandamientos de Dios, podemos estar seguros de que hemos llegado a conocerlo.

4 Pero si alguno dice: «Yo lo conozco», y no obedece sus mandamientos, es un mentiroso y no hay verdad en él.

5 En cambio, si uno obedece su palabra, en él se ha perfeccionado verdaderamente el amor de Dios, y de ese modo sabemos que estamos unidos a él.

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auto_stories Comentario de Bible Guided

Estos versículos pueden parecer relacionados con el séptimo versículo del capítulo anterior. Entre aquel versículo y estos, Juan habló brevemente del deber y del consuelo del creyente cuando cae en pecado. Lo hizo porque acababa de mencionar una de las grandes bendiciones del creyente: la limpieza del pecado por medio de la sangre del Mediador. En aquel versículo anterior, el apóstol dijo que caminar en la luz conduce a tener comunión unos con otros, esa comunión santa y esa vida compartida que pertenecen a la iglesia de Cristo. Ahora pasa a hablar de la prueba de nuestra luz y de la prueba de nuestro amor.

La primera prueba es la de nuestra luz: «Y en esto sabemos que lo conocemos: si guardamos sus mandamientos» (1 Juan 2:3). La luz divina y el verdadero conocimiento hacen que la mente sea más hermosa y madura. Es apropiado que los discípulos del Mediador, aquel que se interpone entre Dios y las personas, sean personas de sabiduría y entendimiento. Los creyentes jóvenes suelen celebrar su nueva comprensión y sentirse orgullosos de ella, especialmente si la recibieron con rapidez. En cambio, los creyentes mayores pueden darse cuenta de cuánto desconocen y lamentar que comprenden tan poco a Dios, a Cristo y las riquezas del evangelio. Pero esta es la prueba de que nuestro conocimiento es genuino: conduce a guardar los mandamientos de Dios.

Cada aspecto del carácter de Dios respalda su autoridad. La sabiduría de sus planes, las riquezas de su gracia y la grandeza de sus obras recomiendan su ley y su gobierno. La obediencia cuidadosa y sincera demuestra que estas verdades realmente han llegado al alma. Por tanto, lo contrario también tiene que ser cierto: «El que dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y la verdad no está en él» (1 Juan 2:4). Las personas que profesan la verdad a menudo se avergüenzan de su ignorancia, o de admitirla, y por eso suelen afirmar que conocen profundamente los misterios divinos. Pablo habló de ese tipo de persona: alguien que se gloría en Dios, conoce su voluntad y aprueba lo mejor, porque ha sido instruido por la ley, y que está convencido de poder guiar a otros (Romanos 2:17 y siguientes). Pero el conocimiento de Dios no puede ser verdadero si no reconoce que él merece una obediencia completa. Y aun cuando alguien lo reconoce, ese conocimiento sigue siendo superficial si no mueve el corazón a obedecer. Una vida desobediente deja al descubierto un conocimiento religioso falso. Desmiente esas afirmaciones y demuestra que en esas personas no hay verdadera religión ni honestidad.

La segunda prueba es la de nuestro amor: «El que guarda su palabra, en él verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado. Por esto sabemos que estamos en él» (1 Juan 2:5). Guardar la palabra de Dios, o la palabra de Cristo, significa prestarle cuidadosa atención en cada aspecto de la vida. En esa persona, el amor de Dios se perfecciona, es decir, llega al resultado que se propone. Algunos pueden entender esta expresión como una referencia al amor de Dios por nosotros, y ciertamente su amor no alcanza plenamente su propósito sin nuestra obediencia práctica a su palabra. Fuimos escogidos para ser santos y sin mancha delante de él en amor. Fuimos redimidos para ser un pueblo propio, celoso de buenas obras. Fuimos perdonados y reconciliados con Dios para recibir una ayuda mayor del Espíritu Santo en la santificación, es decir, en el crecimiento en santidad. Somos hechos santos para caminar en santidad y obediencia. Ninguna de las acciones amorosas de Dios hacia nosotros alcanza su propósito adecuado si no atendemos su palabra de una manera santa.

Sin embargo, aquí la expresión probablemente se refiere a nuestro amor por Dios, como en los versículos posteriores donde Juan dice que «el amor del Padre no está en él» (1 Juan 2:15) y pregunta cómo puede permanecer en alguien «el amor de Dios» (1 Juan 3:17). La luz debe despertar el amor, y el amor guardará la palabra de Dios. El amor busca lo que agrada y sirve a la persona amada; cuando descubre que Dios se complace en la obediencia a su voluntad revelada, se dedica a ella. Allí se manifiesta el amor, y allí encuentra su plena expresión, acción y gozo. Por medio de esta obediencia dedicada a la voluntad de Dios o de Cristo, sabemos que estamos en él (1 Juan 2:5). Sabemos que le pertenecemos y que estamos unidos a él por medio del Espíritu, quien nos levanta y nos ayuda a obedecer.

Si decimos que permanecemos en él, debemos andar como él anduvo (1 Juan 2:6). El Señor Jesucristo vivió en este mundo y caminó entre nosotros. En esa vida dio un ejemplo resplandeciente de obediencia completa a Dios. Quienes afirman estar de su lado y permanecer con él deben caminar con él, siguiendo su modelo y su ejemplo. En el mundo antiguo, los seguidores de los filósofos prestaban mucha atención a la enseñanza y a la conducta del maestro que habían escogido. Cuánto más debería un cristiano, alguien que afirma permanecer en Cristo, procurar parecerse a su Maestro y Cabeza perfecto, y conformarse a su manera de vivir y a sus mandamientos. «Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando» (Juan 15:14).

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